Capítulo 9
La cocina del club aún está envuelta en un silencio que a Mireya Kovács siempre le ha cautivado. Las luces iluminan las superficies de acero y el aire huele al pan recién tostado que se ha hecho para desayunar, hierbas frescas y el café que ha dejado preparado en la pequeña cafetera del fondo.
Mireya lleva en cocinas alrededor de una hora.
Ha encendido los fogones, ha organizado las tablas de corte y ha dejado alineados varios recipientes con ingredientes ya preparados.
En la encimera principal reposan cebollas picadas en juliana, chalotas, un pequeño manojo de estragón, mantequilla fría cortada en dados y un fondo oscuro que ha empezado a calentar a fuego muy bajo.
Mientras corta unas zanahorias en brunoise con movimientos rápidos y exactos, siente que da la bienvenida a ese ritual que tanto le gusta.
No se trata solo de cocinar; es algo personal que solo ella puede entender.
Desde la discusión del día anterior, una parte de ella se ha quedado enganchada a la expresión de Astrid, a ese orgullo que, por alguna razón, le llama demasiado la atención.
Porque sabe que detrás de esa frialdad, Astrid Falkenberg esconde mucho más.
Aunque lo principal, es que no piensa permitir que la vigilen como si fuera una amenaza. Ni que pongan en duda su trabajo.
Antes de que amaneciera en la ciudad, ha dejado a Noah con Anja, abrazado a su peluche favorito.
La imagen le ha provocado una breve punzada de ternura que ahora, en mitad de la cocina silenciosa, regresa fugazmente a su mente.
Noah es todo lo que tiene en la vida, y no piensa perder la oportunidad de demostrarle que puede ser una gran cocinar, alguien importante dentro del Aureum.
Mireya termina de cortar las zanahorias y las aparta con la hoja del cuchillo. Entonces oye el sonido de unos pasos en el pasillo. No necesita mirar el reloj para saber que ya son las siete y media. Porque Astrid Falkenberg nunca llegaría tarde.
Cuando la mujer entra a cocinas, Mireya levanta la vista y durante un momento, solo se limita a observarla.
Astrid lleva unos pantalones oscuros de corte impecable y una blusa sin mangas de un tono marfil que deja al descubierto la línea elegante de sus brazos.
El pelo rubio está recogido en una coleta baja que deja su cuello completamente visible, y la luz blanca de la cocina resalta el contraste delicado de su piel clara.
Pequeños lunares salpican la parte superior de su brazo derecho y ascienden hasta desaparecer bajo la tela de la blusa.
Mireya los observa apenas un segundo de más antes de obligarse a apartar la mirada. No está ahí precisamente para distraerse.
—Antes de empezar, ponte esto —le pide naturalidad, tomando una chaquetilla blanca que había dejado preparada sobre una silla
Astrid arquea ligeramente una ceja, pero no abre la boca.
—Ya sabes que no puedes estar aquí cocinando si no vas vestida como es debido. Lo de ayer no se puede repetir —añade Mireya.
Durante un instante parece que Astrid podría negarse simplemente por llevarle la contraria, pero finalmente toma la prenda mientras deja escapar un suspiro de sus labios.
—Muy bien —dice mientras se la pone, ajustándola su cuerpo con cuidado—. Como la chef quiera. ¿Ya estás contenta, o también me vas a obligar a llevar gorro?
El tono tiene un matiz burlón que Mireya reconoce al instante, pero decide ignorarlo. En lugar de responder de inmediato, se gira hacia la encimera y continúa con lo que estaba haciendo, aunque una sonrisa fugaz asoma a sus labios.
—Hoy vamos a probar algunos cambios en el menú de temporada —explica mientras acerca una sartén al fuego—. Si vas a supervisar mi trabajo, lo justo es que veas cómo se hace de verdad. No desde la distancia o en un despacho con papeles y balances.
Astrid se apoya contra una de las mesas de acero, cruzando los brazos con esa elegancia natural que parece innata en ella, mientras observa cada movimiento de Mireya con atención.
Mireya empieza a trabajar. Primero prepara una base aromática; la mantequilla que se derrite lentamente en la sartén, junto a las chalotas picadas que chisporrotean, liberando un aroma dulce cuando comienzan a hacerse trasparentes.
Después añade un chorrito de vino blanco y deja que el alcohol se evapore mientras remueve los ingredientes con calma, sintiendo cómo el vapor cálido le roza el rostro.
Astrid mantiene el silencio. Pero Mireya siente su mirada como una presencia constante y silenciosa que la supervisa sin perder un solo detalle. Sabes que está analizándola, y lo nota cada vez que hace un pequeño movimiento en cocinas.
A lo largo de los años, Mireya ha aprendido a trabajar bajo presión, a ignorar observadores, críticas y expectativas.
Y sin embargo hay algo en la manera en que Astrid la mira que resulta difícil de ignorar: una intensidad que se desliza bajo la piel, que hace que el pulso se acelere sin poder ponerle control.
No solo está desafiando su cocina; también desafía toda su entereza.
—Tu concentración es admirable —comenta Astrid minutos después.
Mireya levanta la vista apenas un instante, sin dejar de remover el contenido de la sartén.
—Digamos que no me gusta hacer las cosas a medias. ¿Tú no eres así con tus números y tus reglas?
Astrid suelta una carcajada.
—Touché. Pero mis reglas mantienen este lugar a flote. No todos podemos permitirnos improvisar.
Mireya añade un pellizco de sal y continúa.
En un momento determinado, mientras corta unas setas en láminas finas con el cuchillo bien afilado, percibe claramente cómo Astrid suspira.
Levanta la vista y la ve de brazos cruzados, con el gesto pensativo y los ojos fijos en sus manos hábiles.
Y entonces, casi sin darse cuenta, también observa cómo se muerde el labio inferior. Otra vez.
El gesto dura solo un segundo. Pero le provoca una reacción inesperada: una breve tensión en el pecho, un calor que le sube por el cuello y que, por su bien, decide ignorar de inmediato.
Añade las setas y las saltea hasta que comienzan a dorarse para después incorporar el fondo oscuro que había estado calentando.
El aroma se intensifica al instante, profundo y complejo, llenando la cocina con notas terrosas y herbáceas que podrían abrir el estómago incluso al más exigente de los comensales.
—Esto que ves… —explica Mireya, sin llegar a mirar a los ojos de Astrid—, es una adaptación de una receta que aprendí durante una temporada en Francia. No es lo típico del club, lo sé. Pero créeme, el riesgo merecerá la pena.
Astrid se acerca un poco más, rodeando la isla de trabajo para deleitarse con unos aromas que no cambian su expresión, aunque la boca se le haya hecho agua.
Mireya añade estragón fresco y picado, y una pequeña cantidad de nata para suavizar el conjunto. Después coloca en otra sartén un trozo de solomillo de ternera que empieza a sellar a fuego fuerte.
—Ayer, después de nuestra… conversación, estuve pensando —continúa Mireya sin mirarla, aunque es muy consciente de su proximidad—.
No quiero estar todo el día peleándome contigo, Astrid.
Solo quiero que confíes en lo que hago. En lo que soy capaz de crear.
Porque no creo que me eligieran ganadora del concurso solo por mi cara bonita.
Astrid se detiene a un paso de ella, apoyando una mano en la encimera. Y la mira con una ceja arqueada. «Bien, he llamado su atención».
—El club no es solo un restaurante, Mireya. Tienes que tener en cuenta muchas cosas. Aquí se cierran tratos muy importantes, y cambiar el gusto de mis clientes, podría costarme muy caro.
Mireya retira la carne del fuego en el punto exacto, la deja reposar unos segundos y luego la corta en medallones perfectos. El plato empieza a tomar forma. En el centro coloca una base de puré de apionabo, encima dispone la carne y finalmente napa todo con la salsa aromática de setas y estragón.
Es un plato intenso. Más audaz que la cocina habitual del club. Mireya lo sabe perfectamente. Y por eso lo ha elegido.
Cuando termina, gira el plato hacia Astrid con un gesto elegante, antes de cruzarse de brazos y sonreír.
—Pruébalo antes de dictar sentencia.
Astrid se acerca despacio. Toma el tenedor que Mireya ha dejado junto al plato y corta un trozo pequeño.
Mireya observa cada uno de sus movimientos: la forma en que sostiene el cubierto, la ligera tensión en su mandíbula antes de llevarse el bocado a la boca, la manera en que sus pestañas se mueven al masticar.
Lo hace con lentitud. Y durante unos segundos permanece completamente inmóvil.
Mireya percibe el momento exacto en que la explosión de sabores deleita sus papilas gustativas. La sorpresa es casi imperceptible, pero está ahí, en el leve ensanchamiento de los ojos de Astrid, en cómo su respiración se detiene un instante.
—¿Es que no vas a decir nada? —insiste Mireya, con una nota de desafío en la voz todo—. ¿De verdad vas a fingir que no te ha impactado?
Astrid carraspea. Levanta la vista y la mira directamente a los ojos, con una intensidad que hace que el aire entre ellas se electrifique.
—Es… intenso —admite Astrid, y se obliga a carraspear—. La salsa tiene una profundidad que no esperaba. El estragón equilibra lo terroso de las setas, y la carne… está en su punto perfecto.
Mireya arquea una ceja, satisfecha y lo denota en la mirada que le echa a Astrid.
—Es excepcional —le dice con orgullo—. No me lo irás a negar, ¿verdad? Vamos, Astrid. Sé sincera por una vez.
Astrid deja el tenedor sobre el plato. Durante un segundo parece debatirse entre varias respuestas posibles, mientras permanece con los labios entreabiertos. Entonces se apoya con una mano en la mesa de acero y acorta un poco más la distancia.
—Lo que no puedo negar… —murmura, con una sonrisa que apenas curva sus labios—, es que estás desafiando todas las reglas del club, y que este plato es provocador. Como tú, en realidad.
Mireya da un paso hacia ella, sin apartar la mirada.
—¿Y cuál ha sido el resultado? ¿Te ha parecido tan terrible como temías?
Mireya esboza una sonrisa pícara. Una sonrisa que sabe perfectamente a qué viene. La distancia entre ambas se reduce, y la tensión se vuelve palpable, como un hilo invisible que se tensa entre sus cuerpos.
Astrid siente el latido de su propio corazón acelerarse de forma inesperada. Durante un segundo se sorprende observando los labios de Mireya, ligeramente entreabiertos por la respiración, y la idea de cómo sería rozarlos; sentir su calidez, aparece en su mente antes de que pueda negárselo.
—El resultado se verá en los balances de final de mes —le suelta a Mireya sin más—. Si has dado en el clavo, nuestros ingresos no disminuirán ni un poco. Sino todo lo contrario. Porque, además, es exactamente lo que espero.
Mireya se acerca un poco más, hasta que el aroma a hierbas se mezcla con el perfume de Astrid.
—En definitiva, te ha gusto —dice con calma, casi como una caricia verbal—. No, no… te ha impresionado. —Mireya se acerca un poco más—. Y yo diría… que incluso algo más.
Mireya levanta ligeramente la cabeza para mirarla desde abajo.
La diferencia de altura entre ambas ronda los diez centímetros, pero la seguridad con la que la observa hace que esa distancia parezca irrelevante.
Sus ojos se encuentran, y por un instante el mundo de la cocina parece encogerse hasta reducirla solo a ellas dos.
—¿Qué estás haciendo? —murmura Astrid, sin retroceder.
—Dejarte claro que aquí hay algo que va más allá de las normas del club. Y lo has sentido desde que entre por la puerta del Aureum.
Astrid traga saliva, luchando contra el impulso de alargar la mano, enredar los dedos en su nuca, y estamparle un beso en la boca.
—Yo no rompo las reglas, Mireya.
—Pues deberías hacerlo alguna vez —insiste esta, con una sonrisa maliciosa en los labios—. Probar que puedo ofrecerte en estas cocinas, sin temor a rechazarlo.