Capítulo 8
—¿Se puede saber de qué vas?
La voz de Mireya resuena en el pasillo con fuerza.
El murmullo habitual de los fogones, de los utensilios y el ritmo constante del trabajo ya ha quedado atrás.
El pasillo, largo, ancho y tenuemente iluminado por varios apliques de pared, parece estrecharse alrededor de ellas, creando un espacio íntimo en el que parece que hasta los focos vayan a estallar.
Astrid se detiene en seco y se gira hacia ella. Después, esboza una sonrisa irónica, cruzándose de brazos con lentitud, como si estuviera provocándola.
—¿Y tú? Apenas llevas una semana en este club y ya te crees con el poder de controlarlo todo —responde Astrid, con la barbilla levantada—. ¿Tengo que recordarte que aquí la que manda soy yo? El Aureum no es un laboratorio donde puedas imponer tus ideas sin más.
Astrid mantiene el gesto frío y contenido que ha perfeccionado a lo largo de los años. Sin embargo, la proximidad de Mireya en ese pasillo desierto hace que su pulso se acelere de forma traicionera.
Pero Mireya no aparta la mirada. Sus ojos oscuros permanecen fijos en los de Astrid, desafiándola de una forma que solo la termina por irritar.
Si cabe, mucho más. En esa mirada hay un fuego que la invita a perderse, una fuerza que contrasta con la rigidez de Astrid y que da razón a las palabras que Freja tuvo con ella en el puerto.
«Ni de coña».
—Sé muy bien dónde está mi sitio, gracias —responde Mireya—. Pero tú también deberías saber dónde está el tuyo. La cocina sigue siendo mi territorio mientras yo esté al frente. No puedes entrar y supervisarlo todo como si fueras una sombra constante.
Astrid abre la boca, incapaz de creer que Mireya acabe de decir exactamente lo que parece haber dicho.
Durante un segundo, el aire se vuelve espeso entre ambas, denso, tenso, casi imposible de respirar.
Astrid siente cómo una corriente de calor le sube por el pecho, extendiéndose hasta el cuello en un rubor que espera que la penumbra oculte.
—No me extraña que no dures en ningún sitio —le espeta con frialdad, aunque la frase le deja un regusto amargo en la boca en cuanto la pronuncia—. Eres una insolente. Crees que tu talento te da derecho a todo.
La reacción de Mireya es inmediata. Sus dedos se tensan a los costados y algo cambia en su expresión. Una punzada sutil de dolor que Astrid percibe con claridad; acaba de abrir una herida, una herida oculta bajo su capa de profesionalidad.
—Tú no sabes nada de mi vida —responde Mireya, esta vez con un filo cortante en su voz—. Así que cállate, por favor. No tienes derecho a juzgar lo que desconoces.
Durante una fracción de segundo, Astrid comprende que ha ido demasiado lejos, que la frase ha abierto una grieta en la armadura de Mireya.
La percepción la atraviesa como un destello incómodo, mezclada con un inesperado deseo de retirar sus palabras, de pedirle perdón.
Pero su orgullo se interpone antes de que pueda hacer nada con esa sensación.
—Muy bien —añade Astrid con una calma que resulta más amenazadora que el enfado anterior. Descruza los brazos y deja que las manos caigan a ambos lados de su cuerpo—. La cocina es tu territorio, como tú dices. Y podrás hacer lo que quieras con el menú.
Mireya entrecierra los ojos, estudiándola con atención. Las diferentes luces del pasillo resaltan los contornos del rostro de Astrid, la línea de su mandíbula, el leve cansancio que se dibuja más allá de sus ojos.
—Pero te lo advierto —continúa Astrid—, cualquier cambio va a tener que pasar por mi supervisión. Lo quiero a primera hora. Y si no estoy de acuerdo, el plato no sale ahí fuera. ¿Te queda claro? No toleraré que el Aureum se convierta en un capricho de otra persona.
Mireya le sostiene la mirada sin retroceder ni un milímetro. Astrid nota el calor que emana del cuerpo de la otra mujer, el leve aroma a limón y eneldo que aún persiste en su piel.
—Perfecto —sonríe—. Supongo que tendremos que empezar a trabajar juntas —cede Mireya, y le muestra la mano, como si estuviera cerrando un trato profesional—. Pero mejor, mañana ven a cocinas. Para supervisar los nuevos cambios que tengo pensados, dos horas antes de que todo el equipo venga.
Sus ojos brillan por el desafío, pero también con una curiosidad que Astrid no logra ignorar.
Astrid tarda un segundo en reaccionar.
—¿Ahora vas a darme órdenes?
Mireya lleva las manos hacia el delantal, limpiándose con un gesto innecesario pero que le sirve para ganar tiempo.
—Querrás asegurarte de que todo está bajo tu control ¿no? —añade mientras la mira una última vez, con una sonrisa breve y escéptica asomando en sus labios—. ¿O es que temes que mi forma de cocinar te haga cuestionar todo lo que has dicho?
La insinuación queda suspendida en el aire, con un doble sentido que a Astrid le crispa los nervios.
De inmediato, siente una presión extraña en el pecho.
Pero antes de que pueda responder, Mireya se da media vuelta.
Su paso es firme, decidido, y el sonido de sus zapatos se mantiene unos segundos más en su cabeza.
El ruido de la cocina, amortiguado por la puerta cerrada, regresa poco a poco a su alrededor, aunque ahora le llega lejano, como si estuviera escuchándolo desde cierta distancia.
Nota las miradas furtivas que algunos empleados le lanzan, antes de que pierda por completo la visión de lo que pasa ahí dentro.
—Maldita insolente —masculla. Pero antes de que pueda alcanzar el pasillo principal, una figura aparece frente a ella.
—¿Se puede saber qué pasa? —le pregunta Henrik.
Su hermano está apoyado en la pared con los brazos cruzados, observándola con cansancio. Evidentemente ha escuchado parte de la discusión.
Astrid ni siquiera se detiene.
—Nada que te importe —espeta mientras pasa a su lado.
Empieza a caminar por el pasillo con paso rápido, y su hermano tarda un segundo en reaccionar, pero enseguida se aparta de la pared y la sigue.
—Astrid.
Ella no responde.
—Se os ha escuchado desde el otro pasillo —añade él mientras intenta ponerse a su altura—. ¿Qué demonios ha pasado ahora? Parecía que ibais a prender fuego al club entero.
Astrid aprieta la mandíbula, sintiendo cómo la irritación se mezcla con un calor residual que aún le recorre la piel.
—No deberíamos haber contratado a esa chica —espeta poco después—. Y os lo dije muy claro desde el principio. Es… disruptiva.
Henrik frunce el ceño.
—Eso no es lo que opinan nuestros clientes. Los platos nuevos están causando sensación.
Astrid suelta una risa, sin humor, que resuena por todo el maldito pasillo.
—Ellos opinarán lo que yo les diga. El Aureum no se construye con modas pasajeras ni con chefs que creen que pueden hacer lo que les da la gana nada más llegar.
Su hermano la mira de reojo mientras caminan, con una expresión que mezcla preocupación y escepticismo.
—No puedes seguir dirigiendo este sitio como si todos estuviéramos aquí solo para obedecer órdenes, Astrid. A veces, un poco de aire fresco no viene mal. Y Mireya… tiene algo especial. Se nota en cómo defiende sus ideas.
Astrid se detiene en seco. El movimiento es tan brusco que Henrik casi choca contra ella. Se gira hacia él con los ojos brillando con una intensidad fría que su hermano conoce demasiado bien.
—Eso es exactamente lo que significa dirigir un negocio. Lo que haría nuestro padre si estuviera vivo —responde ella—. Mantener el control. Sin excepciones.
Henrik suspira, pasándose una mano por el pelo.
—Astrid… A veces hay que dejar espacio para que las cosas respiren. Y por lo que he visto, esa mujer no te deja indiferente. ¿Es solo el trabajo, o hay algo más?
La pregunta se queda flotando en el aire y, de repente, Astrid siente un dolor punzante en la cabeza, igual que un nudo en el estómago, consciente de lo cerca que ha estado Mireya de ella en ese pasillo, de cómo su presencia ha alterado hasta el ritmo de su respiración.
—No digas idioteces. Y te pido que lo dejes ahí —le corta ella, tajante. La forma en que lo dice deja claro que la conversación ha terminado.
Astrid reanuda la marcha sin esperar respuesta.
Durante el trayecto, nota la tensión en los hombros, la presión persistente en el pecho que va a tardar en desaparecer.
Y joder, no debería afectarle tanto. Es solo una chef.
Una empleada más. Sin embargo, la sensación que le ha dejado ese intercambio sigue ahí, incómoda y obstinada, como esas voces en mitad de un sueño que se niegan a apagarse.
Cuando llega a la puerta de su despacho, la abre con un gesto rápido y entra sin encender la luz. La estancia está en penumbra, iluminada únicamente por la claridad que entra por el gran ventanal que da al canal. Astrid cierra la puerta detrás de sí.
Durante un rato permanece apoyada contra la madera, con los ojos cerrados.
Respira lentamente, intentando recuperar el pulso habitual.
El silencio del despacho es casi protector, pero su mente no se detiene.
Vuelve a ver la escena en el pasillo una y otra vez.
Con esa chispa de interés mutuo que ha vibrado entre ellas.
Astrid abre los ojos. Se pasa una mano por el rostro con gesto cansado, sintiendo el calor residual en las mejillas.
—Esta mujer… —murmura para sí misma.
Se aparta de la puerta y camina hacia el escritorio, pero no llega a sentarse.
En lugar de eso, se detiene frente al ventanal y observa las luces reflejadas en el agua oscura del canal.
El club está en sus últimos minutos de apogeo a esas horas; puede oír el murmullo lejano del comedor, el sonido amortiguado de las conversaciones.
Todo está funcionando exactamente como debe.
Y, sin embargo, Astrid se ve obligada a apretar los labios.
No está acostumbrada a que alguien le discuta de esa manera.
Mucho menos delante de todo el personal, aunque el pasillo hubiera ofrecido una ilusión de privacidad.
Pero lo que más le irrita no es la discusión en sí.
Es la sensación de que Mireya no lo hizo por ser una insolente, sino por una pasión con la que Astrid se sintió, por un instante, expuesta.
Expuesta y vulnerable.
Astrid se cruza de brazos. Recuerda el instante exacto en que mencionó que Mireya no duraba en ningún sitio, y cómo la expresión de la chef cambió por un segundo.
Poco después, sacude la cabeza. «No es asunto mío». Las historias personales de sus empleados no forman parte de su trabajo. Lo único que importa es que el club funcione. Que todo esté bajo control. Veinticuatro horas al día. Siete días a la semana.
—Y esta mujer solo me va a traer problemas.