El bocado perfecto Capítulo 7
27%

Capítulo 7

—Es la última vez que le digo algo así a Noah.

Mateo vuelve a reírse, inclinándose ligeramente hacia atrás mientras deja el cuchillo sobre la tabla de corte. Niega con la cabeza con esa mezcla de incredulidad y diversión que no ha conseguido ocultar desde que Mireya empezó a contarle lo sucedido en el puerto.

La cocina aún está tranquila. Es uno de esos momentos extraños en los que el silencio ocupa el espacio antes de que empiece la verdadera batalla del servicio y el resto del equipo entre.

Las luces blancas iluminan las superficies de acero inoxidable, los fogones todavía apagados esperan su turno y el olor a hierbas frescas se mezcla con el del caldo que reposa lentamente en una olla al fondo, desprendiendo un aroma reconfortante y profundo.

Mireya está de pie frente a una mesa de trabajo, concentrada en limpiar cuidadosamente unos lomos de pescado ya que Jonas tiene el día libre.

Sus dedos se mueven tranquilamente, aunque su expresión mantiene ese gesto ligeramente tenso que aparece cuando algo le ronda la cabeza con insistencia.

El recuerdo de la tarde anterior no la abandona: la mirada imperturbable de Astrid, el rubor que había subido a sus propias mejillas y esa frase seca que aún le escuece.

Mateo la observa con una sonrisa ladeada, apoyado contra la encimera.

—Lo siento —dice—, pero sigo pensando que ha sido fantástico. El crío llamándote la atención en público y soltando lo de la «jefa borde»… No tiene precio.

Mireya levanta la mirada, con los ojos entrecerrados.

—Fantástico para ti. Para mí fue una situación bastante incómoda. Sentí que me estaba examinando como si fuera a encontrar un motivo para despedirme.

Mateo vuelve a coger el cuchillo y empieza a cortar zanahorias en tiras finísimas.

—Lo que está claro es que tu hijo es maravilloso. Tiene carácter, como su madre.

Ella resopla suavemente, aunque una sombra de sonrisa asoma en sus labios.

—¿Maravilloso? Si hubieras visto la cara de Astrid, te habría dado algo.

La imagen vuelve a su mente con una claridad incómoda: Astrid de pie frente a ella, con esa postura recta que parece tallada en mármol, observándolo todo con una calma casi intimidante.

Mateo encoge los hombros mientras organiza las verduras en pequeños recipientes metálicos.

—Esa mujer es imperturbable. No creo que le haya molestado tanto. Probablemente ya lo habrá archivado como un incidente menor en su perfecto mundo ordenado.

Mientras habla, empieza a preparar uno de los componentes del menú de esa noche. Sobre la encimera coloca cuidadosamente un bol con aceite de oliva virgen extra, otro con ralladura de limón y un pequeño puñado de eneldo fresco que pica a toda velocidad.

—Además —añade con tono despreocupado—, si se ha molestado, peor para ella. No puede pretender que el mundo gire alrededor de sus normas.

Mireya deja el cuchillo sobre la mesa.

—No me hace ninguna gracia, Mateo. No quiero que piense que voy por ahí contando intimidades o que mi vida privada afecta al trabajo.

—Lo sé —responde él con tranquilidad, sin dejar de mezclar el aceite con el limón y las hierbas, creando una emulsión ligera que servirá para acompañar el pescado—.

Pero tampoco puedes vivir preocupándote por lo que piense Astrid.

Eres buena en lo tuyo, Mireya. Muy buena. Y lo demás te tiene que dar igual.

Mireya suspira, dejando escapar el aire con lentitud.

—No estoy dándole vueltas.

Mateo levanta una ceja sin mirarla, concentrado en su tarea.

—Claro que sí. Se te nota en la cara. Cada vez que mencionas su nombre, se te tensa la mandíbula.

Mireya suspira de nuevo. Durante unos segundos se concentra en preparar una bandeja con los ingredientes que utilizarán más tarde: chalotas, mantequilla fría cortada en dados, unas láminas finísimas de hinojo y un pequeño recipiente con sal marina que brilla bajo la luz.

Mateo continúa trabajando a su lado con naturalidad, como si la conversación fuera parte del ritual previo al servicio.

—Mira —comenta de nuevo, rompiendo el breve silencio—, al final tú eres la que disfruta de la vida. Tienes a Noah, tienes pasión por lo que haces, ríes. Y ella solo parece… amargada. Encerrada en su torre de pomposidad y armonía.

—Shhhttt —Mireya lo fulmina con la mirada, bajando la voz—. Como alguien te oiga, estamos perdidos, joder. No quiero problemas.

Mateo se encoge de hombros con indiferencia.

—No estoy diciendo nada que no piense medio restaurante.

Ella niega con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa traiciona su intento de mantenerse seria. El comentario, aunque imprudente, alivia un poco la tensión que lleva acumulando desde el puerto.

—Eres imposible.

Mateo le guiña un ojo y vuelve a concentrarse en su trabajo, tarareando una melodía baja.

Poco a poco el silencio vuelve a instalarse entre ellos, pero esta vez es un silencio productivo, lleno de movimientos, cuchillos golpeando las tablas, recipientes colocados en fila.

El resto del equipo ya está presente en cocinas, y Mireya intenta centrarse en lo que tiene delante, en la textura del pescado bajo sus dedos, en el aroma que desprende.

Pero la escena del puerto sigue apareciendo en su mente sin que pueda evitarlo.

La mirada de Astrid. Ese gesto casi imperceptible con el que evaluó la situación, como si estuviera midiendo no solo a Noah, sino también a ella.

Antes de que pueda seguir pensando en ello, sacude la cabeza y sigue a lo suyo.

La cocina vuelve a respirar, viva y eléctrica.

Mireya ocupa su puesto con naturalidad, ajustándose el delantal y revisando sus estaciones. Cuando empieza el servicio de noche, las comandas empiezan a entrar poco después, y el ritmo se acelera hasta convertirse en esa coreografía que solo funciona cuando todos saben exactamente qué hacer.

—Dos lubinas para la mesa cinco.

—En marcha.

—Tres raciones del risotto.

—Listas en dos minutos.

Las manos de Mireya trabajan con rapidez mientras controla varias preparaciones al mismo tiempo, junto a Lars y Kasper.

Sella el pescado en una sartén caliente, añade una pequeña nuez de mantequilla que se derrite al instante y perfuma el aire con un aroma cálido y envolvente.

Todo fluye. Los platos salen uno tras otro, impecables, equilibrados, con esa mezcla de técnica y creatividad que empieza a convertirse en la firma personal de la nueva cocina del club.

La noche avanza con la intensidad habitual. Las comandas se acumulan, los fogones arden con fuerza, el vapor empaña momentáneamente el aire antes de disiparse entre el bullicio controlado.

Y entonces la puerta vuelve a abrirse, para dar paso de nuevo a la presencia de Astrid.

En cuanto cruza el umbral, una parte del equipo se queda ligeramente más rígida. No es algo evidente, pero Mireya lo nota enseguida. Últimamente su presencia es casi diaria.

Astrid camina entre las estaciones con su habitual serenidad, observándolo todo con una atención tranquila y penetrante, y las manos cruzadas a la espalda.

—Solo he venido a asegurarme de que lo que dicen ahí fuera tiene sentido —comenta con voz firme, casi neutral, aunque sus ojos se detienen un segundo más de lo necesario en la estación de Mireya.

Mireya ni siquiera se gira al principio. Sigue trabajando, con los hombros tensos. Pero la sensación de tenerla allí, a pocos metros, observándolo todo con esa mirada escrutadora, empieza a resultarle incómoda. Demasiado cercana. Demasiado consciente de cada uno de sus movimientos.

Cuando Astrid se detiene demasiado cerca, finalmente habla, sin levantar del todo la vista.

—Puedes mirar todo lo que quieras —comenta, y levanta la vista lo justo para encontrarse con sus ojos—. Pero no obstaculices el paso.

Durante un segundo la cocina entera parece contener la respiración. Mateo deja de mover una sartén. Lars levanta ligeramente la cabeza. La insolencia de la frase queda suspendida en el aire como una chispa que amenaza con prender fuego a su alrededor.

Astrid observa a Mireya durante un rato, y después sonríe.

—No tengo intención de hacerlo —responde.

Mireya asiente sin añadir nada más y vuelve a su trabajo, pero algo dentro de ella se ha tensado como una cuerda.

La presencia de Astrid tan cerca resulta extrañamente perturbadora.

Cada movimiento parece más consciente de lo habitual.

Cada gesto requiere un poco más de atención, como si su cuerpo reaccionara a una presencia invisible que la obliga a ser más precisa en su trabajo.

Y esa leve distracción empieza a pasar factura.

Primero es una salsa que reduce más de la cuenta, adquiriendo un tono demasiado oscuro. Luego un plato que tarda unos segundos más de lo previsto en salir. Nada grave. Pero suficiente para que Mireya frunza el ceño y sienta cómo la irritación crece en su interior.

Intenta ignorar la mirada que siente a su espalda, convenciendo a su mente de que no tiene ninguna importancia, de que Astrid solo está haciendo su trabajo.

Pero cuando vuelve a coger el cuchillo para cortar unas hierbas frescas, su concentración se rompe por completo y la hoja resbala contra su piel.

—Joder.

El corte es pequeño, pero suficiente para que un hilo de sangre aparezca inmediatamente en la yema de su dedo. El dolor agudo la saca del trance.

—Espera —Lars se acerca enseguida—. Yo te ayudo.

Le sujeta la mano con cuidado mientras busca rápidamente el botiquín que guardan en un cajón cercano.

—No es nada —murmura Mireya, intentando restarle importancia.

—Aun así. Mejor curarlo ahora.

Lars limpia el corte con delicadeza antes de colocar una pequeña tirita. Astrid, sin embargo, sigue en el mismo sitio. Observando.

Su mirada se ha oscurecido ligeramente, y Mireya percibe en ella algo que no logra descifrar: ¿desagrado?, ¿vigilancia? El aire entre ellas parece vibrar con una tensión silenciosa, y cuando Lars suelta la mano de Mireya, ella retira los dedos con rapidez y vuelve a su puesto.

—Gracias.

—Ten más cuidado —responde Lars con una sonrisa.

Mireya asiente, y el servicio continúa. Los últimos platos salen con la misma rapidez que los anteriores, y poco a poco el ritmo empieza a descender hasta que finalmente llega el silencio que siempre acompaña al final de la noche, roto solo por el tintineo de utensilios y el rumor lejano del comedor vacío.

Algunos miembros del equipo empiezan a recoger. Otros limpian las superficies, y Mateo lanza una última mirada cómplice a Mireya antes de desaparecer hacia la despensa para ordenar los ingredientes restantes.

Pero Astrid sigue allí. No se ha movido ni un centímetro. Su figura elegante contrasta con el desorden controlado de la cocina.

Mireya la observa durante unos segundos mientras se lava las manos en el fregadero. El agua fría resbala sobre sus dedos mientras siente cómo la irritación que llevaba conteniendo toda la noche empieza a subir lentamente por su pecho.

Cuando se seca las manos con un paño limpio, toma una decisión.

—Necesito hablar contigo.

Astrid levanta la mirada. Durante un instante parece evaluarla, pero poco después asiente con un leve movimiento de cabeza.

—De acuerdo.

Las dos salen de la cocina hacia el pasillo. El ruido de cocinas queda atrás cuando la puerta se cierra.

Mireya se gira hacia ella sin esperas, con los puños ligeramente cerrados a los costados.

La tensión que ha estado acumulando durante horas estalla finalmente, alimentada por el recuerdo del puerto, por la vigilancia constante y por esa corriente invisible que fluye entre ellas cada vez que sus miradas se cruzan.

—¿Se puede saber de qué vas?