El bocado perfecto Capítulo 6
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Capítulo 6

—Anda, qué casualidad—, comenta Freja.

La frase rompe con naturalidad el hilo tranquilo de la conversación mientras ambas avanzan por el paseo del puerto.

Astrid tarda un segundo en comprender a qué se refiere su amiga, pero cuando sigue la dirección de su mirada, su paso se detiene casi de inmediato.

El corazón le da un pequeño vuelco, imperceptible para cualquiera que no la conozca tan bien como Freja.

A unos cuantos metros de distancia, cerca de la barandilla que separa el muelle del agua, está Mireya.

Corre de un lado a otro con un niño pequeño que sostiene una nube de algodón de azúcar rosado en la mano.

El pequeño zigzaguea entre los peatones con una energía desbordante, mientras Mireya le sigue a carcajada limpia.

Esa risa, fresca y espontánea, resuena por encima del rumor de las olas y las voces de los turistas, y lleva a su interior un cosquilleo que termina por recorrerle todo el cuerpo.

La escena tiene algo inesperadamente luminoso.

Mireya no lleva la chaquetilla del club ni la expresión concentrada que se le dibuja en el rostro cuando trabaja en la cocina.

Viste ropa sencilla, una chaqueta oscura que se ajusta con elegancia a su figura y un pañuelo claro que el viento mueve suavemente sobre su cuello.

Su pelo, cae hoy suelto sobre los hombros, y cuando corre detrás del niño lo aparta de la cara con un gesto rápido que resulta sorprendentemente humano.

Astrid la observa sin moverse, con la espalda erguida y las manos relajadas a los costados.

—¿No vas a saludarla? —pregunta Freja, volviéndose hacia ella con una ceja arqueada y una sonrisa pícara asomando en los labios.

Astrid carraspea, como si necesitara despejar la garganta antes de responder, aunque en realidad no tiene nada que decir.

Su primer impulso, silencioso y casi instintivo, es dar media vuelta y regresar por el mismo camino por el que han venido.

No hay ninguna razón real para hacerlo, ni para entrometerse en un momento que parece tan íntimo y ajeno a su mundo.

Pero no llega a hacerlo.

Antes de que pueda tomar una decisión, el niño se gira en su dirección y empieza a correr hacia ellas a toda velocidad.

—¡Noah, ten más cuidado! —grita Mireya desde atrás.

El pequeño no parece demasiado preocupado por la advertencia. Su risa se mezcla con el ruido del puerto mientras pasa entre dos grupos de turistas y sigue corriendo, describiendo círculos amplios alrededor de la gente.

Astrid lo observa acercarse sin moverse, con la mirada fija en esa pequeña figura llena de vida. «Es igualito a ella», piensa. El niño pasa junto a ellas como una pequeña ráfaga de energía, dejando tras de sí el olor dulce del algodón de azúcar y el sonido de sus zapatillas golpeando el suelo.

Mireya llega unos segundos después, ligeramente jadeante.

Cuando por fin consigue alcanzarlo, lo levanta en volandas, sujetándolo con seguridad contra su cadera antes de fulminarlo con la mirada.

Sin embargo, la severidad dura apenas un instante, porque el niño se echa a reír con una carcajada limpia y contagiosa.

—Has dicho que podría correr todo lo que quisiera, mami —protesta el pequeño.

—Ya —responde Mireya, intentando mantener el gesto serio mientras le aparta un mechón de pelo húmedo de la frente—, pero el puerto está lleno de gente y no quiero que te tropieces con alguien. ¿Qué te he dicho siempre sobre correr entre la multitud?

Mientras habla, levanta la vista. Y entonces se queda quieta.

Astrid está frente a ella, inmóvil, con la misma postura recta que adopta cuando algo la toma por sorpresa y decide ocultarlo bajo esa capa de frialdad. Sus ojos se encuentran durante un segundo que parece estirarse más de lo debido, y Astrid nota cómo un calor sutil asciende por su cuello.

Durante unos segundos, ninguna es capaz de decir nada. El viento del puerto agita el pañuelo de Mireya y el pelo suelto de Astrid, unos segundos antes de que Freja rompa el silencio con la naturalidad que siempre la caracteriza.

—Así que tienes un hijo. Qué sorpresa más agradable.

¿Cómo es posible que no se hubieran enterado de ese detalle?

El niño, todavía en brazos de Mireya, gira la cabeza hacia ellas con curiosidad.

—¿Las conoces, mamá?

Mireya duda un instante. Astrid lo percibe en la forma en que su mirada vacila entre ambas mujeres antes de asentir finalmente.

—Sí —responde Mireya, ajustando mejor al niño en sus brazos—. Ellas son Freja y Astrid. Del trabajo de mamá.

El niño frunce ligeramente el ceño mientras las observa, como si buscara en su memoria algo que le resulta vagamente familiar.

Y de pronto lo encuentra.

—¡Ella es la jefa borde! —exclama Noah sin ningún tipo de filtro, apuntando a Astrid con el dedo.

Las cinco palabras salen con tanta claridad que Mireya reacciona por puro reflejo, llevando una mano a la boca del niño para intentar silenciarlo.

Pero ya es demasiado tarde.

Astrid entrecierra ligeramente los ojos, con esa expresión inalterable, aunque no puede evitar sentirse algo incómoda. ¿Así es cómo la ve la propia Mireya cuando no está en cocinas?

Freja, en cambio, está a punto de estallar en carcajadas. Astrid lo percibe y, sin apartar la mirada de Mireya, le da un discreto codazo en las costillas.

Mireya, mientras tanto, siente cómo el calor sube hasta sus mejillas con una rapidez imposible de controlar. El rubor tiñe su piel de un tono suave que contrasta con la frialdad del aire, y Astrid no puede evitar mirar cómo ese color la hace parecer aún más… real.

—Noah —murmura entre dientes—, eso no se dice. ¿Dónde has aprendido a hablar así?

El niño parpadea con inocencia.

—Pero tú lo dijiste el otro día, cuando llegaste a casa enfadada.

Astrid observa la escena con atención durante unos segundos antes de hablar.

—Espero que estés disfrutando del día libre —dice cuando habla por fin, rompiendo el breve silencio.

Mireya levanta la mirada hacia ella, y por un instante sus ojos se encuentran con una intensidad que ninguna de las dos esperaba.

—Mañana tenemos invitados importantes en el club —continúa Astrid, aunque su tono se suaviza ligeramente—. Tendrás que estar a la altura. No podemos permitirnos ningún desliz.

Las palabras no son exactamente una reprimenda, pero tampoco suenan amistosas. Ni mucho menos. Son el escudo habitual de Astrid.

Mireya traga saliva antes de asentir, ajustando de nuevo al niño en sus brazos.

—Lo estaré. No te preocupes por eso.

Astrid mantiene su mirada un segundo más, evaluándola con intensidad. Luego inclina levemente la cabeza.

—Nosotras nos vamos. Cuídate. Y disfruta del resto de la tarde con… tu pequeño.

Sin esperar respuesta, se gira y comienza a caminar con la misma tranquilidad con la que suele moverse por los pasillos del Aureum.

Freja tarda un segundo en reaccionar.

—Bueno… encantada de conocerte campeón —alcanza a decir con una sonrisa rápida y cálida antes de apresurarse a seguir a Astrid.

El sonido del agua golpeando suavemente el muelle acompaña sus pasos mientras se alejan del lugar.

Freja es la primera en romper el silencio, con la voz teñida de diversión.

—¿Se puede saber por qué eres así? La pobre se ha puesto roja como un tomate.

Astrid no reduce el ritmo de sus pasos, aunque sus dedos se crispan ligeramente dentro de los bolsillos.

—No he dicho nada malo.

—Astrid, el crío se ha quedado a cuadros y tú has sonado como si estuvieras en las cocinas del club. Un poco de calidez no te habría matado.

—La culpa la tiene su madre por contarle cosas que no vienen a cuento —responde Astrid.

Freja se engancha a su brazo, y la risa que estaba conteniendo estalla finalmente, imposible de reprimir.

—Madre mía… eres incorregible. De verdad, a veces pareces sacada de otra época. ¿Cómo consigues que incluso los niños te tengan fichada de esa manera?

Astrid gira la cabeza para mirarla, con una ceja ligeramente levantada.

—No estoy aquí para caer bien a nadie. Mi trabajo es mantener el nivel del Aureum, no ganar concursos de popularidad.

—Eso está claro —admite Freja, aun sonriendo—. Pero reconócelo, a Mireya le pega muy bien la faceta de madre.

El bullicio del puerto queda poco a poco detrás de ellas mientras avanzan hacia una zona más tranquila del paseo, donde el rumor de las conversaciones se atenúa y solo queda el suave chapoteo del agua contra los barcos.

Freja la observa de reojo durante unos segundos, estudiando su perfil con cierta perspicacia.

—Además… —añade con un brillo divertido en los ojos—, ahora entiendo muchas cosas.

Astrid frunce ligeramente el ceño, sintiendo cómo una tensión familiar se instala en sus hombros.

—¿Qué cosas?

—Que estuvieras tan obsesionada con ella desde el primer día. Se nota que chocáis muchísimo. En el mejor de los sentidos.

—No estoy obsesionada con nadie —protesta Astrid.

—Claro que no —responde Freja con ironía, apretando ligeramente su brazo mientras sacude la cabeza con gesto teatral—. Pero mírate. En cuanto la has visto con el niño te has puesto rígida como una estatua. Y ese rubor en sus mejillas… ¿no te ha parecido encantador?

Astrid se detiene de repente. Freja también, sin soltar su brazo.

—No me he puesto rígida —protesta de nuevo Astrid—. Simplemente no sabía que tenía un hijo, no me he parado a conocer en detalle su vida. Ni tampoco sabía que hablaba del trabajo con él. Eso es todo.

Freja levanta una ceja con escepticismo.

—Ay.. ay… ay…

La imagen vuelve a aparecer en su mente con una claridad incómoda: Mireya corriendo detrás del niño, con el pelo moviéndose contra el viento como una bandera, y la risa espontánea que iluminaba su rostro de una forma completamente distinta a la mujer concentrada que trabaja en la cocina.

Y luego el rubor, ese rubor repentino cuando el niño pronunció esas palabras.

Astrid retoma la marcha, y Freja la sigue sin soltar su brazo.

—Yo tengo una teoría —le dice, unos segundos después.

—Preferiría que no la compartieras conmigo —responde Astrid, anticipando la dirección de la conversación.

—Creo que ella es la persona que acaba de mover todos tus cimientos —comenta Freja, ignorando su petición.

—Deja de decir tonterías, por favor.

Freja se inclina ligeramente hacia ella.

—¿Tonterías? Dime entonces por qué has salido huyendo en cuanto has podido. Ni siquiera has preguntado cuántos años tiene Noah. Las cosas habituales, vamos.

Astrid se detiene otra vez. La paciencia empieza a agotársele.

—No he salido huyendo. Simplemente no tenía nada más que decir. Su vida privada no es asunto mío.

—Astrid… llevamos trabajando juntas casi quince años. Sé perfectamente cuándo alguien te llama la atención. En fin… —Freja deja escapar un suspiro—. Como alguien no te pegue un buen polvo pronto, no sé qué va a ser del Aureum. Estás más tensa que la cuerda de un violín.

Astrid se gira hacia ella con expresión escandalizada.

—La vida no se reduce a eso, Freja.

—Lo digo en serio —replica su amiga, sin perder la sonrisa—. Llevas demasiado tiempo encerrada en tu torre de marfil, controlándolo todo. Y de repente aparece Mireya Kovács, con su hijo, su risa y un cuerpazo impresionante… y te das cuenta de que hay vida más allá de los balances y los menús.

—Estoy bien —afirma Astrid con rapidez.

Freja la observa un instante más, como si estuviera valorando hasta qué punto merece la pena seguir presionando a su mejor amiga. Finalmente levanta las manos en gesto de rendición.

—Vale, vale. Estás perfectamente. Si tú lo dices…

Astrid asiente con gesto seco y retoma el paso, aunque su mente sigue atrapada en la misma imagen. En Mireya y el niño riendo en sus brazos. En la forma en que sus ojos se encontraron, en cómo se mordió su labio inferior por culpa de los nervios…

Astrid intenta apartar el pensamiento, concentrarse en la cena del día siguiente, en los invitados importantes, en la logística del club.

Pero la imagen regresa una y otra vez con una persistencia irritante, acompañada de una pregunta: ¿cómo sería conocer más de esa Mireya que corre detrás de un niño con el pelo suelto y con total libertad?