El bocado perfecto Capítulo 5
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Capítulo 5

Dos días después de la incorporación de Mireya Kovács a las cocinas del Aureum, Astrid Falkenberg decide permitirse algo que rara vez forma parte de su rutina: alejarse unas horas del club.

No es exactamente una necesidad. Es más bien una concesión que ha aceptado tras varias insistencias de Freja.

Según su amiga, incluso las personas más disciplinadas necesitan abandonar su propio territorio de vez en cuando para evitar convertirse en un muro de piedra.

Astrid no está segura de compartir esa teoría, pero al final ha cedido darse el gusto.

A las doce en punto del mediodía llega al lugar donde han quedado: una pequeña terraza situada frente al agua en Nyhavn, uno de los rincones más animados de la ciudad.

Su puntualidad es tan exacta que muchas veces roza la locura, y mientras busca la mesa que ha reservado, mantiene el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja.

—Yo solo digo que tienes que dar un poco más de luz a tu piso, cariño —insiste la voz de su madre al otro lado de la línea—. No puede ser todo tan blanco y negro. ¿Por qué no te pasas por el vivero y te llevas unas cuantas plantas? Algo vivo, para variar.

Astrid deja el bolso sobre una de las sillas de la terraza y suspira discretamente.

—Porque no tengo tiempo, mamá —responde Astrid con paciencia, aunque la palabra «tiempo» no es más que una excusa barata—. Y porque se me van a morir en cuanto toquen mi casa. El club me lleva mucho trabajo.

—El club, el club, el club… —repite su madre con una mezcla de ironía y cansancio—. Siempre es lo mismo contigo. Como si el mundo fuera a derrumbarse si te tomas un respiro.

Astrid se quita la chaqueta, intentando acomodarse en la silla sin interrumpir la conversación.

—Es mi trabajo —dice en voz baja.

—Es más que tu trabajo, Astrid. Es prácticamente tu vida. Y a veces me pregunto si no te estás perdiendo todo lo que hay más allá de esas cuatro malditas paredes.

Astrid observa el canal durante unos segundos, mientras el reflejo del sol cae sobre el agua que ondula como un espejo inquieto.

—Mira —continúa su madre—, si no fuera porque ese lugar era el tesoro de tu padre, lo habría vendido en cuanto murió. O al menos lo habría transformado en algo menos… absorbente.

Las palabras atraviesan el aire con una brusquedad inesperada. Astrid se queda inmóvil mientras siente el golpe en su pecho. Su madre se ha dado cuenta al instante de que lo que ha dicho, no ha estado bien.

—Perdona —añade esta al cabo de un momento—. No quería sonar tan brusca. Es solo que… te veo tan sola en ese mundo… que ya no sé qué hacer.

Astrid mantiene la mirada fija en el agua del canal, donde una gaviota planea con elegancia.

Cuando habla, su voz es fría.

—¿Tú no eras la que decía que mostrar sentimientos es una debilidad?

La respuesta llega con un suspiro largo.

—La gente cambia, Astrid. Y yo me he dado cuenta… demasiado tarde… de que la vida son dos días. Que uno se pasa controlándolo todo y al final se queda con las manos vacías.

Astrid pone los ojos en blanco, aunque nadie puede verla. Se inclina hacia atrás en la silla, y cruza una pierna sobre la otra con elegancia.

—Me pasaré pronto, ¿de acuerdo? Intentaré sacar un hueco.

—Eso estaría bien. Me gustaría verte sin el móvil en la mano.

—Primero tengo que ver cómo siguen las cosas por cocinas —añade Astrid, y su tono se endurece ligeramente sin que pueda evitarlo—, y evitar que la nueva jefa ejecutiva eche todo a perder.

Su madre suelta una pequeña risa al otro lado de la línea.

—Siempre tan optimista, hija mía. ¿Tan terrible es esa mujer?

Astrid duda un instante. «Terrible» no es precisamente la palabra. Es más bien… perturbadora, quizá. Inquietante en su capacidad para romper el orden perfecto del Aureum.

—Digamos que tiene ideas propias —responde Astrid con sequedad—. Y ya veremos si encajan.

Decide terminar la conversación antes de que derive hacia terrenos más incómodos, aquellos en los que su madre insiste en hablar de vida, de amor, de todo lo que Astrid ha archivado bajo la etiqueta de «distracciones».

—Te llamaré mañana.

—De acuerdo, cariño. Cuídate. Y respira un poco, por Dios.

Cuando cuelga el teléfono, se queda unos segundos mirando la pantalla apagada. El reflejo de su propio rostro le devuelve una expresión que no termina de convencerla. Luego lo deja sobre la mesa y ve cómo uno de los camareros se acerca hacia ella.

—¿Desea tomar algo mientras espera?

—Una copa de vino blanco, por favor. Algo fresco.

El camarero desaparece entre las mesas. Cuando regresa con la copa, Astrid ya ha recuperado su postura habitual.

Nadie diría que hace apenas unos minutos ha sentido cómo un recuerdo de su padre atravesaba su pecho con la fuerza de un huracán, abriendo un resquicio por el que se cuela una nostalgia que prefiere mantener totalmente encerrada.

Bebe un pequeño sorbo. El vino es fresco, con un toque de cítricos que le despierta ligeramente los sentidos. Cierra los ojos un instante, permitiéndose disfrutar del momento mientras el sol calienta su piel y el rumor del canal la envuelve.

Diez minutos después, Freja aparece entre la multitud. Su chaqueta clara contrasta con el ambiente colorido del muelle, y su sonrisa ilumina el rostro con esa calidez natural que Astrid envidia en secreto.

—Perdona el retraso —dice Freja mientras deja el bolso sobre la silla—. El tráfico estaba imposible y, para colmo, un cliente se ha empeñado en alargar una llamada que no tenía fin.

Astrid levanta la vista y la observa con una sonrisa.

—Diez minutos. Eres incorregible.

Freja sonríe abiertamente.

—Siempre tan indulgente, querida. Podrías haberme regañado un poco, al menos.

Se sienta frente a ella y observa la copa de vino.

—Vaya. ¿Tan desesperada estabas por un trago?

—Solo te estaba esperando —responde Astrid con calma—. Pero la oportunidad de probar un buen vino no espera a nadie.

Freja levanta una ceja, con cierta diversión.

—Debo admitir que es una imagen solitaria y elegante.

Como sacada de una película. Al menos podemos disfrutar de un poco de tiempo libre —añade Freja mientras mira alrededor, respirando hondo el aire del puerto—.

¿Cuánto hace que no quedábamos fuera del Aureum?

Semanas, ¿verdad? A veces pienso que ese club es como un amante celoso que no nos deja escapar.

Astrid toma otro sorbo, saboreando el líquido con deliberada lentitud.

—Yo me siento muy bien allí. No sé por qué te quejas tanto.

Freja deja escapar una risa, ligera como el viento que agita las servilletas.

—Si tuvieras vida personal, no dirías lo mismo. Una cena, un paseo, alguien que te haga reír sin hablar de menús ni de reservas. ¿Te suena de algo?

El comentario está claramente teñido de humor, pero Astrid lo recibe con la misma neutralidad de siempre.

—Prefiero ocupar mi tiempo en otras cosas —responde, girando la copa entre los dedos—. Cosas que realmente importan en lugar de distracciones.

—¿Cosas como cabrearte con la nueva chef mientras el resto alaba sus platos? Porque yo sigo escuchando comentarios muy elogiosos, Astrid. Muy de mucho.

Astrid levanta una ceja mientras el camarero se acerca para tomar el pedido de Freja.

—Un vino tinto, por favor —dice ella con naturalidad.

Cuando el camarero se marcha, el silencio entre ambas duras apenas un segundo.

—Yo no estoy cabreada con ella —responde abiertamente Astrid, aunque la verdad es que no suena muy coherente.

Freja apoya los codos sobre la mesa y la mira con atención, como quien examina un cuadro que se conoce de memoria.

—¿Ah, no? Entonces explícame esa tensión que aparece cada vez que alguien menciona su nombre.

—Que no es eso —insiste Astrid—. Solo estoy preocupada. El Aureum siempre ha seguido unas reglas. Y no quiero que lo ponga todo patas arriba con sus experimentos y su forma de… entender la cocina. Por mucho que Sebastian tenga el ojo para poder expandirnos.

Freja observa su expresión con atención, con una mirada penetrante que no le gusta nada.

—¿Me vas a decir que lo que hace no es interesante? Porque los clientes están encantados, y el equipo… bueno, el equipo parece haber descubierto que la cocina puede ser apasionante de nuevo. Incluso para Lars.

«Otro traidor más».

Astrid se inclina hacia atrás en la silla y cruza los brazos.

—Ahora resulta que os tiene a todos eclipsados —protesta Astrid con un leve matiz de irritación—. Como si hubiera llegado una salvadora con sus ideas revolucionarias.

El camarero regresa con el vino de Freja. Ella bebe un pequeño sorbo antes de responder, saboreándolo con placer evidente. Luego deja la copa sobre la mesa y la observa con una expresión pensativa, casi traviesa.

—Quizá tú también deberías dejarte eclipsar por ella. Eso no te mataría.

Astrid frunce ligeramente el ceño, sintiendo cómo un calor inesperado sube por su nuca.

—¿Perdona? ¿A qué viene eso ahora?

—A que hay algo en esa mujer… una fuerza…, una luz que te vendría muy bien —le aclara Freja—. Cuando el otro día la vi defendiendo el plato sabía que iba a encajar. Y tú necesitas a este tipo de gente en tu vida.

Astrid mantiene la mirada fija en su amiga. Durante un instante parece estar evaluando si merece la pena responder o simplemente cambiar de tema.

—Hace mucho tiempo que no tengo ganas de que eso pase. De que alguien entre, me mueva los cimientos y…

Freja inclina la cabeza con curiosidad.

—¿Te eclipse?

Astrid aparta la mirada hacia el canal, donde el agua continúa brillando.

—Me haga perder el control —corrige, y la frase se escapa con una sinceridad inesperada.

Freja bebe otro sorbo de vino, como si necesitara algo de tiempo para encontrar qué responder.

—Tú control es sinónimo a miedo, Astrid. Miedo a que te hieran, miedo a que vean qué hay debajo de esa coraza dura y fría. ¿Y si por una vez te permitieras sentir las cosas tal y como vengan?

Astrid vuelve a mirarla, y esta vez esboza una pequeña sonrisa.

—Siempre tan filosófica.

—Y tú tan obstinada —replica Freja.

El camarero regresa para tomar nota de la comida; ensalada fresca para Astrid y un plato de marisco para Freja, acompañado de pan crujiente y una selección de aceites.

Durante los minutos siguientes, la conversación se desplaza hacia los proveedores que han subido precios y eventos futuros del club; algunos rumores sobre nuevos socios potenciales que podrían aportar frescura al alma del lugar.

El Aureum siempre termina apareciendo en medio de cualquier conversación entre ellas, como un tercer personaje que no se termina de marchar.

Sin embargo, cada vez que el nombre de Mireya Kovács surge indirectamente entre líneas, Astrid nota una pequeña tensión instalarse en sus hombros.

Como si una corriente eléctrica recorriera sus venas sin ningún tipo de permiso.

Freja, que la conoce demasiado bien, lo percibe al instante.

—¿Sabes qué creo? —comenta, antes de limpiarse los labios y dejar el tenedor a un lado—.

Que llevas demasiado tiempo rodeada de personas que no te contradicen.

Que te dicen sí a todo porque temen tu mirada fría.

Y de repente llega alguien que no se achanta y eso es… cuanto menos, un desafío para ti.

—Eso no es cierto. Tengo gente competente a mi alrededor.

—¿Ah, no? Dime una persona en el Aureum que se atreva a plantarte cara como lo ha hecho ella.

Astrid guarda silencio. La escena vuelve a su mente con una nitidez incómoda, pero enseguida aparta el recuerdo con esfuerzo.

—La disciplina no se negocia —afirma Astrid.

Freja sonríe, casi con ternura.

—No. Pero la creatividad tampoco. Y quizá, solo quizá, esa combinación podría ser… interesante. Para el club. Y, sobre todo, para ti —comenta Freja, encogiéndose de hombros—. Mira, yo solo digo que deberías relajarte un poco.

—Estoy relajada —responde Astrid automáticamente.

—Ya… seguro —le rebate su mejor amiga.

Astrid no responde más. De hecho, bebe otro sorbo de vino para borrar lo que aparece en su cabeza y, al final, vuelve a girar la conversación hacia otros temas.

Cuando terminan de comer, pagan a medias y caminan cerca del puerto, donde el aire sigue siendo fresco.

—Ha estado bien salir un rato. Deberíamos repetirlo más a menudo.

Astrid asiente, aunque sabe que no será fácil.

—Sí. Ha sido… agradable. Aunque me sometas a una inquisición —bromea, por primera vez en el día.

Las dos se echan a reír y Freja le da un golpecito con el cuerpo.

—Así me gusta, que sonrías más.

Caminan juntas unos metros por el muelle mientras los pensamientos de Astrid giran y giran una y otra vez hacia una persona. Una mujer que, sin esperarlo para nada, se presenta ante ella unos metros más allá.