Capítulo 27
Mireya se arrodilla frente a Noah con paciencia.
Sus manos, acostumbradas a los cuchillos y a la exigencia del fuego, se mueven ahora con una delicadeza distinta mientras le ajusta la chaqueta a su hijo, estirando la tela con cuidado sobre los hombros del niño.
El roce de la tela bajo sus dedos le recuerda, por un instante, otras caricias que ha intentado olvidar estos últimos días.
Sobre todo, después de los últimos acontecimientos.
Mireya observa a Noah un segundo de más, como si quisiera grabar ese momento de calma antes de que la noche se complique.
Noah hace un puchero pronunciado, con los labios fruncidos y la mirada baja.
—Yo quiero que la abueli se quede más en casa —protesta, con cierta tristeza impregnada en su voz.
Mireya siente cómo se le forma un nudo en la garganta, consciente de que incluso ella misma siente ese vacío que traen los cambios, las ausencias, la forma en que la vida adulta se impone por encima de todas las cosas.
—Lo sé, cariño —responde, convirtiendo la voz en un susurro mientras le acomoda el cuello de la chaqueta—. Pero ella tiene que hacer cosas en la ciudad. Seguro que puede volver pronto, ya lo verás. Y mientras tanto, yo estoy aquí contigo.
Noah no parece convencido, pero asiente igualmente, alargando la respuesta con un suspiro infantil.
—Valeeeeee…
Mireya sonríe, se inclina hacia él y le deja un beso en la mejilla, cálido, intencionado, prolongando el contacto durante un rato. El niño reacciona al instante, como si ese gesto fuera suficiente para cambiarle el ánimo.
—¿Vas a cocinar mucho esta noche? —pregunta, con los ojos brillando de curiosidad.
Ella asiente, y por primera vez en todo el día, su expresión se ilumina de forma genuina.
—Muchísimo. Va a venir mucha gente importante, así que tengo que dar lo mejor de mí para que todo salga perfecto. ¿De acuerdo?
Noah asiente con más entusiasmo esta vez, como si de repente formara parte de algo grande y emocionante.
—Entonces tienes que hacer comida muy rica —dictamina, con una seriedad que la hace reír.
—Te prometo que lo intentaré.
Se levantan, preparándose para salir. Mireya repasa mentalmente todo lo que le queda por hacer: el orden de los platos, los tiempos de cocción, las posibles complicaciones que va a traer el servicio.
La gala no es solo un evento más. Ella se lo toma como una prueba, de hecho.
Una de las más importantes de su carrera.
Y no piensa fallar. No después de las últimas dos semanas de ensayos y los días de dolores de cabeza.
Pero antes de que puedan salir, alguien llama a la puerta y Mireya se sorprende al ver a Astrid al otro lado. Durante un instante, no sabe qué decir y su corazón da un vuelco traicionero.
—¿Qué haces aquí? —pregunta, sin poder evitar la sorpresa.
Pero no es ella quien responde primero.
—¡¡Astrid!! —exclama Noah con alegría.
El niño se lanza hacia ella sin dudarlo, rodeándola con los brazos en un abrazo que rompe por completo la formalidad. Astrid reacciona con una risa, inclinándose para devolverle el gesto, claramente sorprendida pero también… acariciada en lo más profundo de su ser.
—Hola, campeón —murmura Astrid, revolviéndole el pelo con delicadeza—. Qué fuerte estás ya.
Al levantarse, su mirada encuentra la de Mireya y, por un momento, ninguna de las dos sabe cómo continuar.
—He venido a hablar contigo —dice Astrid.
La frase es sencilla, pero el peso que arrastra no lo es y, de inmediato, Mireya nota cómo el pulso se le acelera. Después se mira el reloj de muñeca y carraspea, intentando recuperar la compostura.
—Pues vas a tener que hacerlo de camino a casa de Anja, porque ya vamos tarde. No puedo retrasarme más.
Astrid duda un instante, como si no hubiera previsto esa circunstancia o, tal vez, como si hubiera esperado otro tipo de respuesta. Sin embargo, al final asiente.
—De acuerdo.
Los tres salen a la calle. Pero enseguida, Noah se adelanta, caminando a saltos, ajeno a todo lo que no sea su propio impulso y la emoción de las horas que le quedan al día.
Mireya lo observa un segundo, asegurándose de que mantiene una distancia prudente. Después, sin mirarla directamente, habla.
—Si es por algo del menú, ya es un poco tarde para improvisaciones.
Astrid niega rápidamente, ajustándose el abrigo mientras caminan.
—Es sobre la gala… pero no exactamente sobre el menú.
Han pasado días sin hablar, evitando cualquier contacto que no sea estrictamente profesional. Y ahora, esa cercanía forzada les resulta hasta extraña.
Mireya siente el cosquilleo en el estómago, ese que había intentado ignorar, controlar, reducir a algo manejable durante las últimas jornadas. Pero sus sentimientos por Astrid no han desaparecido, ni mucho menos.
—No pienso hacer caso a Henrik y Sebastian —suelta Astrid de repente, sin más concesiones y Mireya abre la boca, pero la atención de Astrid parece fija en Noah, unos metros por delante, como si necesitara un ancla para continuar.
Mireya se detiene, totalmente sorprendida.
—¿Qué?
Astrid continúa caminando, como si necesitara mantener el movimiento para continuar adelante con la decisión que ha tomado.
—Y por eso… —añade, con un leve titubeo—, me gustaría que llegaras a la gala conmigo.
Mireya se para en seco. El mundo parece reducirse a esa frase, al sonido de su propia respiración.
—¿Qué? —repite. «Joder, me he olvidado hasta de hablar».
Noah se gira de inmediato, alarmado por el cambio de tono y corre hacia ellas con el ceño fruncido.
—¿La estás regañando? —pregunta preocupado, mirando alternativamente a una y a otra.
La inocencia de la pregunta rompe la tensión de una forma inesperada. Y Astrid no puede evitar echarse a reír.
—No, renacuajo —responde, agachándose un poco para estar a su altura y mirarlo con cariño—. Le estaba diciendo a tu madre que quería que viniera a la gala conmigo de esta noche conmigo.
El niño entrecierra los ojos, procesando la información.
—¿Cómo hacen las parejas?
La pregunta queda flotando en el aire, y Mireya siente que el calor le sube a las mejillas.
Astrid sonríe de nuevo, pero esta vez su mirada se desliza hacia Mireya, evaluándola, dejando que la decisión no sea solo suya.
—No sé qué pensará tu madre de eso —responde poco después.
Noah junta las manos, mirándolas con una seriedad que resulta hasta cómica.
—Yo creo que sois muy guapas.
Y después de decir eso, retoma su camino como si acabara de resolver el enigma más grande del mundo.
—¡Cuidado con la gente, Noah! —le advierte Mireya, aunque su atención regresa enseguida a Astrid, como atraída por un imán invisible.
Mireya la observa, intentando calibrar lo que acaba de escuchar. No es solo una invitación. Es una declaración de intenciones. Un posicionamiento público. Y, como poco, un riesgo bastante calculado.
—¿Y bien? —pregunta Astrid, sosteniendo su mirada con una intensidad que hace que el aire entre ellas se vuelva hasta eléctrico—. ¿Quieres venir conmigo o no?
Mireya siente el pulso en las sienes, en el pecho, en las manos. Todo su cuerpo parece consciente de la magnitud de ese momento. Porque no se trata solo de asistir a una gala. Se trata de cómo hacerlo. Con quién. Y lo que eso implica para las dos.
Piensa en Mateo. En el equipo. Piensa en la presión, en las miradas, en las consecuencias que podrían desestabilizar el delicado equilibrio del Aureum.
Y luego la mira a ella. A Astrid.
Ve la tensión en su postura, la leve rigidez en los hombros, la forma en que mantiene la barbilla alta como si necesitara dejar claro que esta decisión no ha sido fácil.
Pero también ve algo más. Algo que no encaja con la frialdad de días atrás.
Determinación. Y una honestidad que no había estado presente antes, como si Astrid hubiera decidido dejar caer por fin una parte de su armadura.
Mireya observa a Noah jugar con un perrito y da un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que casi pueden sentir el calor del otro cuerpo.
—¿Estás segura? —pregunta, sin apartar la mirada—. Porque esto no es más que ponernos en el centro de todo. De las habladurías, de las críticas, de las expectativas…
Astrid no titubea esta vez. Sus grises observan a Mireya brillantes y llenos de seguridad.
—Sí. Lo sé. Y por si quieres saberlo, estoy cansada de esconderme, de fingir que lo que pasa entre nosotras es solo un error o una distracción. Quiero intentarlo de verdad, Mireya.
Mireya exhala despacio, sintiendo cómo esas palabras se le clavan en el pecho y despiertan un calor que creía haber controlado.
—¿Y qué pasa con el club? ¿Con tu hermano? ¿Con Sebastian? Hace unos días estabas convencida de que esto podía hundir el club.
Astrid da un paso más, acortando aún más la distancia.
—He pasado días dándole vueltas. He hablado con Freja, he discutido conmigo misma hasta el agotamiento.
Y he llegado a la conclusión de que si tengo que elegir entre mantener una imagen perfecta y la posibilidad de tener algo real contigo…
prefiero arriesgarme. No quiero seguir mirándote desde lejos, fingiendo que no me importa.
El corazón de Mireya late con fuerza. La sinceridad de Astrid le deja sin habla. Durante un momento, solo se oye el bullicio lejano de la calle y la risa de Noah más adelante.
—Esto va a cambiarlo todo —susurra Mireya, casi para sí misma.
—Quizá sea necesario que cambie —responde Astrid, con una sonrisa pequeña pero esperanzada—. Y justo lo que necesitamos.
Mireya siente un torbellino de emociones: miedo, deseo, ilusión y una ternura profunda hacia la mujer que tiene delante. Levanta la mano y, con un gesto tímido, roza los dedos de Astrid.
—Entonces… sí —le dice—. Iré contigo.
Astrid deja escapar un suspiro de alivio y sus ojos brillan con una luz nueva. Por un momento, el mundo parece reducirse a ellas dos en medio de la acera. Pero pronto, Noah vuelve corriendo hacia ellas, ajeno a la trascendencia del momento.
—¿Ya sois novias? —pregunta con total naturalidad.
Las dos mujeres se miran y, poco después, estallan en una risa compartida, liberadora.
—Parece que sí, cariño —responde Mireya, revolviéndole el pelo con cariño.
Astrid mira a Mireya con intensidad y añade, muy orgullosa:
—Entonces, tenemos una cita.