El beta cuidadoso (Cascada nº 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

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— Heaven —

Estaba en los brazos de Jackson cuando sonó la alarma. No había dormido. Él tampoco. Pero había algo pacífico en el silencio entre nosotros, esa quietud que llega después de una tormenta, cuando todo se ha dicho y solo queda la decisión de quedarse.

Entonces el aullido atravesó el aire de la mañana.

Jackson se puso de pie antes de que el sonido se desvaneciera; su cuerpo se tensó al reconocerlo.

—Alarma de frontera. Cresta occidental.

Más aullidos se unieron al primero, un coro en cascada que me heló la espalda. Esto no era como las patrullas a las que me había acostumbrado en las últimas semanas. Esto era urgente. Una advertencia.

Peligro.

La casa de la manada estalló en movimiento. Las puertas se cerraron de golpe. Se oían gritos. Los lobos salían a raudales de edificios que ni siquiera sabía que estaban ocupados y convergían en el salón principal como arroyos que fluyen hacia un río.

Jackson me agarró la mano —la primera vez que me tocaba sin preguntar— y no me estremecí.

—Quédate cerca de mí.

Nos movimos juntos a través del caos, con su cuerpo interpuesto entre mí y cualquier amenaza potencial. El gran salón ya se estaba llenando cuando llegamos: lobos a medio vestir, algunos todavía vistiéndose, otros con los ojos desorbitados de quienes han sido arrancados del sueño por una crisis.

Marshall estaba al frente, y apenas lo reconocí. El Alfa cálido y mesurado que me había dado la bienvenida a su hogar había desaparecido. En su lugar había algo más duro. Algo peligroso. El aire a su alrededor parecía crepitar de autoridad, y el peso de su poder se cernía sobre todos los presentes.

—Informe —dijo, y aun desde el otro lado del salón, esa única palabra bastó para silenciar el murmullo de la multitud.

No tuvo que preguntar en voz alta. Sabía lo suficiente sobre la dinámica de la manada para entender que los cambiantes podían comunicarse a través del enlace mental.

Eso significaba que Marshall podía recibir informes y dar órdenes sin pronunciar una sola palabra.

En Silvercrest, eso es exactamente lo que habría sucedido.

Decisiones tomadas en silencio, información compartida solo entre quienes se consideraban dignos de saberla.

Pero Marshall pronunció su pregunta en voz alta porque otras compañeras humanas y yo estábamos allí. Quería que entendiéramos lo que estaba sucediendo, que nos incluyeran en lugar de dejarnos al margen.

Otra pequeña diferencia. Otra prueba de que esta manada no era Silvercrest.

Un lobo joven que no reconocí dio un paso adelante, todavía jadeando.

—Tres lobos, Alfa. Avistados en la cresta occidental, justo dentro de nuestros marcadores fronterizos. No atacaron, solo observaron. Cuando nuestra patrulla se acercó, se retiraron.

—¿Silvercrest?

—No pudimos acercarnos lo suficiente para confirmarlo, pero sus olores eran desconocidos. No son de manadas aliadas.

La habitación se quedó en silencio. Sentía las miradas volverse hacia mí. Curiosas, calculadoras, algunas comprensivas. Lo sabían. Las noticias viajaban rápido en una manada, y la advertencia que había traído Rita ya no era un secreto.

Silvercrest me había encontrado.

La pregunta que me había estado carcomiendo durante días surgió de nuevo, aguda e insistente: ¿Por qué? Él me había rechazado.

Entonces, ¿por qué me estaba cazando ahora? ¿Qué podía tener yo que él quisiera?

No lo entendía, y no entenderlo lo empeoraba todo. Al menos cuando Soren era predecible en su crueldad, sabía qué esperar. Esto no tenía sentido.

—Están probando nuestras defensas —la voz de Jackson sonaba tensa—. Reconociendo el terreno.

Marshall asintió con gravedad.

—De acuerdo.

Quería hundirme en el suelo. Desaparecer.

Aquellos lobos, con la mayoría de los cuales apenas había hablado, muchos de los cuales ni siquiera conocía por nombre, ahora estaban en peligro por mi culpa.

Porque había sido tan estúpida como para pensar que podía esconderme aquí.

Porque había sido tan egoísta como para quedarme cuando huir los habría protegido.

—Debería irme.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Todas las miradas de la habitación se volvieron hacia mí.

—Si me voy, si saben que ya no estoy aquí...

—No.

La voz de Jackson cortó la mía como una cuchilla.

—Absolutamente no.

—Me quieren a mí. No a la manada. Si yo...

—Heaven.

La voz de Marshall era gentil pero firme. Cruzó la habitación hacia mí, y tuve que luchar contra todos mis instintos para no retroceder. Se detuvo a varios metros de distancia —para darme espacio, me di cuenta—. Incluso ahora, incluso en plena crisis, estaba siendo cuidadoso conmigo.

—No te vas —dijo—. No es una orden, es un hecho. Si sales del territorio de esta manada, probablemente estarás muerta antes del atardecer. ¿Una humana sola contra lobos que ya han demostrado estar dispuestos a usar órdenes Alfa con personas inocentes?

Negó con la cabeza.

—Eso es un suicidio.

—Pero la manada...

—Puede con esto.

La voz de Marshall se endureció.

—Hemos enfrentado amenazas mayores. Esto no es nada.

—No lo entiendes.

Las lágrimas me ardían en los ojos.

—No van a rendirse. Soren...

Su nombre se me atragantó, extraño en mi lengua después de tantos meses de silencio. La orden era más débil ahora, agrietada por el vínculo de pareja, pero aún luchaba contra mí.

—No se detendrá. Seguirá viniendo hasta que...

—¿Hasta qué? —preguntó Marshall en voz baja—. ¿Hasta que te recupere? ¿Y luego qué? ¿Te mata? ¿Te lleva de vuelta a Silvercrest, vuelve a hacerte daño? ¿A controlarte? Esa no es una opción, Heaven. No mientras estés bajo mi protección.

—¿Por qué?

La pregunta me brotó desgarrada.

—¿Por qué arriesgarías a tu manada por mí? Ni siquiera soy... No soy nada. Solo soy una humana que apareció sin invitación. No valgo...

—Detente.

Esta vez fue Annalise quien habló. Había aparecido junto a Marshall, todavía en ropa de dormir, con el cabello suelto sobre los hombros. Pero no había nada suave en su expresión.

—No te atrevas a terminar esa frase.

Se acercó a mí, y antes de que pudiera retroceder, me tomó las manos. Su agarre era firme pero gentil, cálido de una manera que me hizo un nudo en la garganta.

—Eres de la manada —dijo en voz baja—. Y esta manada protege a los suyos.

—Yo no pedí esto.

—No. No pediste nada de esto —los ojos de Annalise brillaban—.

No pediste que te hicieran daño. No pediste que te silenciaran.

No pediste un compañero que te tratara como a una propiedad en lugar de como a una persona.

Pero eso ya terminó. Ya pasó. Lo que viene ahora —me apretó las manos— es que nos dejes luchar por ti.

No porque seas débil, sino porque vales la pena.

No podía respirar. Las palabras tocaron algo en lo más profundo de mi pecho, algo que llevaba tanto tiempo encerrado que había olvidado que existía.

Digna de que lucharan por mí.

Nadie me había dicho eso jamás.

—Tiene razón —dijo una voz que no reconocí, procedente de algún punto entre la multitud.

Me giré y vi a un lobo de pelo gris que daba un paso al frente—. No conocí personalmente a la compañera de Harold. Era joven cuando falleció. Pero recuerdo las historias. Recuerdo lo que solía decir sobre proteger a los vulnerables.

Me miró con algo feroz en la expresión.

—Esta manada se fundó sobre el principio de que la fuerza existe para proteger, no para dominar. Si abandonamos eso ahora, no somos la manada que Harold ayudó a construir. Y que me parta un rayo si permito que su legado sea destruido por la cobardía.

Un murmullo de aprobación recorrió la multitud. Luego, otra voz:

—El viejo lobo tiene razón. Es la compañera de Jackson. Eso la convierte en parte de la manada.

—Da igual si se han vinculado o no. Está aquí. Es una de los nuestros.

—Que esos bastardos de Silvercrest intenten algo. Ya verán cómo les va.

Más voces se sumaron. Observé atónita cómo lobos con los que nunca había hablado daban un paso al frente para declarar su apoyo.

Guerreros. Ancianos. Madres con niños a su lado.

Un lobo joven que no podía tener más de dieciséis años, con los ojos encendidos de esa furia justiciera que solo los jóvenes son capaces de sentir.

—Estamos con ella.

—Quien amenace a la manada nos amenaza a todos.

—Que vengan. Estaremos preparados.

El salón se llenó de voces, un coro de apoyo tan abrumador que no podía asimilarlo. Esa gente no me conocía. Me habían visto encogerme ante los ruidos fuertes y esconderme en la sala de archivos. Me habían visto en mi peor momento, completamente rota. Y aun así estaban dispuestos a luchar por mí.

¿Por qué?

No lo entendía. No podía entenderlo. En Silvercrest, mostrar debilidad equivalía a invitar al ataque. Significaba ser eliminada del rebaño, expulsada, descartada. Pero aquí...

Aquí, a la debilidad se le respondía con protección. Con ferocidad. Con un salón lleno de lobos que proclamaban que mi vida importaba simplemente porque existía.

Marshall levantó la mano y las voces fueron apagándose poco a poco.

—Entonces estamos de acuerdo —su voz llevaba el peso de su autoridad, pero ahora también había calidez en ella. Orgullo—. Heaven se queda. Y si Silvercrest la quiere, tendrán que pasar por encima de cada lobo de esta manada para llevársela.

La respuesta fue inmediata: un coro de aullidos que hizo temblar las vigas. Afirmación. Acuerdo. Una declaración de guerra, si era lo que hacía falta.

Me quedé en el centro, con lágrimas cayéndome por la cara, incapaz de hablar. Incapaz de procesar lo que estaba pasando. Toda mi vida me habían dicho que mi valor dependía de lo que pudiera ofrecer: hijos, obediencia, utilidad. Que el amor era condicional. Que la protección había que ganársela.

Pero esos lobos no me protegían porque me lo hubiera ganado.

Me protegían porque habían decidido que yo importaba.

Porque en algún momento, durante las semanas que había pasado escondida en la sala de archivos, comiendo lo que Annalise me enviaba, aprendiendo los nombres de los niños que entraban sin llamar, en algún punto de todo aquello, me había convertido en una de ellos.

La mano de Jackson buscó la mía. Me aferré a ella como a un salvavidas.

—Respira —murmuró, tan bajo que solo yo pude oírlo—. Estoy aquí.

Alcé la vista hacia él.

—No lo entiendo —susurré—. ¿Por qué hacen esto por mí?

—Porque eso es lo que significa ser manada —su pulgar trazaba círculos en el dorso de mi mano—. Nos protegemos unos a otros. No porque tengamos que hacerlo, sino porque elegimos hacerlo.

—Pero yo no... no les he dado nada. No he...

—No tienes que ganarte la protección, Heaven —su voz era feroz—. No tienes que ser útil ni productiva ni perfecta. Solo tienes que existir. Con eso basta. Tú eres suficiente.

Esas palabras rompieron algo en mí, o tal vez lo sanaron. Ya no sabía distinguirlo. Lo único que sabía era que estaba llorando, llorando de verdad, delante de una manada entera de lobos, y nadie me miraba con asco ni decepción.

Me miraban como si importara.

Marshall ya estaba dando órdenes: turnos de patrulla, posiciones defensivas, protocolos de comunicación.

La manada se movilizaba con una eficiencia ensayada, transformándose de un grupo de individuos en una fuerza unificada.

Lo observé todo con la visión borrosa, intentando memorizar cada rostro, cada voz, cada lobo que se había puesto en pie para declarar que mi vida merecía ser defendida.

Por primera vez desde que había huido de Silvercrest con nada más que la ropa que llevaba puesta y una voz que no podía usar, no me sentí sola.