El beta cuidadoso (Cascada nº 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

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— Heaven —

El paseo que Jackson había prometido se convirtió en algo inesperado.

Me mostró lugares que nunca habría encontrado por mi cuenta: una cascada oculta enclavada en un barranco, cuyo sonido resonaba contra rocas cubiertas de musgo.

Un prado donde las flores silvestres crecían con una profusión imposible, sus colores tan vívidos que casi dolía mirarlos.

Un roble ancestral con ramas tan anchas que generaciones de niños de la manada habían tallado sus iniciales en el tronco, las marcas más antiguas casi borradas por el paso del tiempo.

No me agobió. No intentó llenar cada silencio con conversación. Simplemente caminó a mi lado, me señalaba cosas y compartía pequeños fragmentos de la historia de la manada mientras recorríamos su territorio.

—Harold solía traerme aquí cuando era niño —dijo mientras estábamos al borde de la poza de la cascada, con la niebla humedeciéndonos el rostro—.

Cuando necesitaba alejarme del entrenamiento, cuando la presión de ser el próximo Beta se volvía insoportable.

Se sentaba justo ahí —Jackson señaló una roca plana con vista al agua— y me contaba historias sobre la manada.

Sobre lo que significaba proteger a la gente.

Estudié su rostro mientras hablaba. La forma en que su expresión se suavizaba al mencionar a Harold. El dolor genuino que asomaba en sus ojos.

—Lo echas de menos —dije.

—Todos los días —la voz de Jackson sonó ronca—.

Él fue quien me enseñó qué tipo de lobo quería ser.

Mi padre... era un buen hombre, me quería con locura, pero los deberes de Beta lo alejaban a menudo.

Patrullas fronterizas, disputas de la manada, entrenamiento de los guerreros.

Estaba ahí para los momentos importantes, pero el día a día...

—Jackson hizo una pausa, tragando saliva—.

Harold ocupó su lugar. Se aseguró de que tuviera a alguien que me cuidara, que me enseñara, cuando mi padre no podía estar.

Pero era discreto: se esfumaba cada vez que mi padre estaba disponible.

Nunca le hizo sombra. Nunca intentó reemplazarlo.

Se volvió hacia la cascada, con la mirada perdida.

—Harold me dijo una vez que lo veía como su deber: asegurarse de que la próxima generación de Alfa y Beta siguiera por el buen camino.

Que el futuro de la manada dependía de que lobos como Marshall y yo aprendiéramos no solo fuerza, sino sabiduría.

Paciencia. No era solo el historiador de la manada.

Era... —la mandíbula de Jackson se tensó—.

Era más que eso. Un anciano, sí, pero de esos a los que todo el mundo escucha.

De esos cuya opinión tenía peso, incluso para mi padre y el padre de Marshall.

Pensé en los diarios que había estado leyendo.

En cómo Harold había documentado con esmero la sanación de su propia compañera.

En los años de paciencia que había descrito, las pequeñas victorias y los reveses devastadores, el lento proceso de aprender a amar a alguien a quien le habían enseñado que el amor era solo otra palabra para el dolor.

—Escribió sobre ella —dije en voz baja—. Su compañera. Sobre cómo llegó a él destrozada, y cómo aprendió a darle espacio para sanar.

Jackson se quedó inmóvil.

—¿Encontraste esos diarios?

Asentí.

Durante un largo momento, Jackson no dijo nada. Luego, con cautela:

—¿Te ayudaron? ¿Leerlos?

Sopesé la pregunta. Sopesé la esperanza que había percibido en su voz, cuidadosamente contenida pero innegable.

—Aún no lo sé —admití—. Pero me hicieron pensar. En si lo que aprendí antes era la única forma en que las cosas podían ser. En si... —me detuve, sin saber cómo terminar la frase.

—En si podrías estar a salvo aquí —terminó Jackson en voz baja—. En si la gente de aquí podría ser realmente diferente de quienes te hicieron daño.

Asentí, sin fiarme de mi voz.

—No puedo prometerte que nunca volverán a hacerte daño —dijo Jackson—. Esa no es una promesa que nadie pueda hacer. Pero puedo prometerte que yo nunca te haré daño. Y puedo prometerte que mientras me quede aliento, haré todo lo que esté en mi mano para protegerte.

Las palabras deberían haber sonado a amenaza. Como las declaraciones posesivas que Soren solía hacer, las afirmaciones de propiedad disfrazadas de protección.

Pero no fue así.

Sonaron como una puerta que se abría. Como el primer atisbo de luz tras años de oscuridad.

❧

Tres días después del paseo, estaba en la sala de archivos, donde catalogaba los diarios de Harold y los organizaba por fecha y tema.

Era un trabajo tedioso, pero encontraba consuelo en él: la clasificación metódica, la tranquila soledad, la forma en que las horas pasaban sin que mi mente encontrara resquicio para entrar en pánico.

La puerta se abrió. Levanté la vista, esperando ver a Fenrir con su ofrenda de magdalena matutina, y me encontré con Jackson.

—Perdón por interrumpir —dijo, plantado en el umbral—. Annalise me pidió que te trajera esto —levantó un termo y una pequeña bolsa de papel—. Te has vuelto a saltar comidas.

Sentí que el calor me subía a las mejillas. Era verdad que me había saltado comidas, no a propósito, sino porque el trabajo me absorbía y la idea de entrar en el comedor abarrotado me revolvía el estómago de ansiedad.

—No tenía por qué...

—Quería hacerlo —Jackson dejó el termo y la bolsa en la mesa más cercana a la puerta, manteniendo su cuidadosa distancia—. Hay sopa y pan recién hecho. Y me dijo que te avisara de que si no te lo comes, enviará a Fenrir a supervisarte, y te dará la tabarra con los dragones durante tres horas.

Se me curvaron los labios a pesar de todo.

—¿Dragones?

—Con efectos de sonido y recreaciones dramáticas —su expresión era perfectamente seria, pero pude ver un destello de humor en sus ojos—. Va en serio.

—No nos andamos con bromas cuando se trata de comida —un amago de sonrisa le asomó a la comisura de la boca—.

Annalise tiene expectativas muy concretas sobre la nutrición de la manada.

Yo solo soy el mensajero —Jackson hizo una pausa, y algo vacilante cruzó su rostro—.

Puedo dejarlo aquí e irme. O, si quisieras compañía, podría quedarme. Ayudarte a organizar, quizá.

Estaba preguntando. Otra vez. Siempre preguntando.

—No tienes por qué ayudar —dije.

—Lo sé. Pero los registros de Harold también me importan. Él era... —la voz de Jackson se volvió ronca—. Era importante. Me gustaría saber que alguien cuida de su trabajo.

Lo estudié durante un largo momento. Buscando la trampa, la manipulación, las segundas intenciones.

Solo encontré a un hombre que echaba de menos a su mentor y quería estar cerca de algo que le recordara lo que había perdido.

—De acuerdo —dije—. Puedes quedarte.

Jackson entró en la habitación despacio, eligió un sitio en la mesa frente a mí y dejó bastante espacio entre nosotros.

—¿Por dónde quieres que empiece?

Le expliqué el sistema que había desarrollado: fechas a la izquierda, categorías temáticas a la derecha, una pila aparte para lo que no lograba descifrar. Jackson escuchó con atención, hizo preguntas para aclarar dudas y se puso a revisar una pila de papeles sueltos con eficiencia silenciosa.

Trabajamos en silencio durante casi una hora.

Debería haber sido incómodo, con el peso de todo lo que había entre nosotros gravitando sobre aquel silencio.

Pero no lo fue. Había algo casi apacible en compartir el espacio con él, los dos concentrados en la misma tarea, sin exigirnos nada el uno al otro.

La sopa se enfrió en el termo. El pan quedó intacto. Tenía pensado comer, pero el trabajo me había absorbido de nuevo, y...

—Deberías comer —dijo Jackson con suavidad, sin levantar la vista de los papeles que estaba ordenando—. Antes de que Annalise cumpla su amenaza.

—Lo haré. Solo quiero terminar esta sección primero.

—Los diarios seguirán aquí después de que comas.

Su voz era suave, pero había algo más en ella: preocupación, quizá. O ternura.

Alargué la mano hacia el termo justo cuando Jackson hacía lo mismo hacia la pila de papeles que tenía al lado.

Nuestras manos se rozaron.

No fue nada. El más leve contacto: sus dedos rozando los míos, un instante y nada más. Un roce tan breve que apenas llegó a serlo.

Pero lo sentí en todo el cuerpo.

Una chispa de algo que nació en las yemas de los dedos y me subió por el brazo, extendiéndose por el pecho como un incendio.

Se me cortó la respiración. El corazón me dio un vuelco.

Cada nervio de mi cuerpo despertó a su presencia: el calor que irradiaba de su piel, el aroma a pino, la forma en que llenaba el espacio sin abrumarlo.

Debería haberme apartado. Debería haber dado un respingo, retrocedido, huido como siempre hacía cuando alguien se acercaba demasiado.

No lo hice.

Me quedé perfectamente quieta, con los dedos aún cerca del termo, el cuerpo entero vibrando de sensaciones. Jackson también se había quedado inmóvil, la mano suspendida en el aire entre nosotros, los ojos fijos en los míos con una intensidad que me cortó la respiración.

—Lo siento —dijo con voz ronca—. No quería...

—No pasa nada.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Antes de que pudiera analizarlas, dudar de ellas, convencerme de que estaba mintiendo.

Pero no mentía.

Estaba bien. Más que bien. Por primera vez en mucho tiempo, que alguien me tocara no me había parecido una amenaza. Había sido como...

No tenía palabras para describir aquella sensación. Solo sabía que no quería que terminara.

Jackson retiró la mano despacio, con deliberación, para darme tiempo a asimilarlo. Su expresión era de una neutralidad estudiada, pero yo veía la tensión en sus hombros, cómo se le había tensado la mandíbula.

—Te dejo comer tranquila —dijo mientras se levantaba—. Pero podría volver mañana. Si quieres. Para seguir ayudando con el catálogo.

Quería volver.

—Vale —me oí decir—. Mañana.

La tensión de sus hombros se relajó. Asintió una vez y se marchó sin decir nada más, cerrando la puerta con suavidad tras de sí.

Me quedé sola en la sala de archivos, con la mano aún hormigueándome donde él me había rozado, e intenté recordar cómo se respiraba.

Aquello era peligroso. Aquel sentimiento, aquel deseo, aquella calidez desconocida que se extendía por mi pecho.

Sabía que no debía confiar en ello. Sabía que no debía creer que las cosas podían ser diferentes, que la gente podía ser diferente, que tal vez, solo tal vez, yo podía tener algo más que dolor.

Pero cuando por fin alargué la mano hacia el termo y me serví una taza de sopa, me di cuenta de algo que me aterrorizaba más que ninguna otra cosa.

Quería creerlo de todos modos.