Capítulo treinta y cinco. Kian
capítulo treinta y cinco Kian
Me encuentro en un vacío que se siente eterno y efímero al mismo tiempo, pero es bien recibido. Es la ausencia radiante y serena de… todo. Del peso de las expectativas. De las garras del deseo. Del dolor del fracaso, del miedo, de la esperanza. Soy libre.
Descanso en la nada, me deleito en el silencio hasta que siento una fuerza de atracción dentro de mí, bajo el tórax, junto al corazón o entre los pulmones.
Pensaba que no creía en las almas, pero algo dentro de mí me llama a salir de esta nada.
Sigo el llamado a través de lo que se siente como una expansión sin fin, que se vuelve cada vez más y más oscura.
Al final de esa expansión encuentro a Adela, arrodillada a mi lado, llorando lágrimas hermosas y elegantes.
Extiendo la mano para secar una de ellas.
–¿Por qué lloras, diosa?
–Porque te maté.
–Pero aquí estoy. Para nada muerto.
Se muerde el labio inferior y frunce el ceño perfecto por la inseguridad. Paso un dedo sobre una de sus cejas rubias.
–Tenía mucho miedo de equivocarme. De destruirte y que te fueras para siempre.
–Pero tú no destruyes –respondo, con un beso suave en sus labios.
–¿Qué quieres decir? –Su voz tiene una chispa frágil de esperanzas–. Tú creas, yo destruyo. Somos las dos partes de la vida y la muerte. Dos partes de un fénix.
Busco las palabras para expresar lo que quiero decir:
–En el curso natural de las cosas, la vida no es destruida. Como cuando cae un árbol en el valle, no desaparece, sino que se descompone, se deshace para dar lugar a la próxima etapa, a nueva vida. –Levanto una mano temblorosa. Mi brazo se siente pesado–. Así es tu magia, mi amor.
Le doy tiempo para procesar las ideas. Veo que quiere creerlas, pero eso implica dejar ir viejas heridas que le dicen que es impulsiva y está rota, que todo lo que toca se arruina. Veo cómo se acepta a sí misma, tal y como es. Y creo que nunca he visto algo más sagrado.
Adela es justo quien debe ser, y la amo por ello, con sus enormes sentimientos, sus grandes ideas, su caos.
–Entonces… ¿desmantelo? –pregunta, radiante. No espera a que lo confirme o lo refute, tiene que llegar a la verdad por sí misma, sin importar quién la comparta. Ni siquiera yo–. Desmantelo.
–Eres el primer paso hacia la sanación, mi amor.
Se inclina sobre las rodillas, apoyada en una mano cerca de mi cintura sobre el suelo de tierra, mientras acuna mi mejilla con la otra. Y luego me besa, con cuidado al principio, ya que le preocupa que esté herido. Pero nunca me he sentido mejor.
La beso con más fuerza, me incorporo para acercarme hasta pegarme a su pecho, con un brazo en su cintura para atraerla hacia mí. Intenta moverse a un lado, despegarse de mí, pero no le doy tiempo. La sostengo con firmeza y profundizo el beso.
Aunque tenemos cosas que hacer, no me apresuro. Me deleito en ella, en su boca. Tardeo o temprano se libera y me sonríe desde arriba, entre la cortina de cabello que rodea nuestros rostros.
–Soy muy feliz de que hayas vuelto –dice con una sonrisa amable.
–Mi amor, nunca me fui –respondo–. Solo me alejé un momento. Somos dos partes de un par, no creo que podamos irnos por completo mientras que el otro sobreviva.
–Eso fue lo que la fénix me mostró. Su compañero murió ante sus ojos. Y aunque le dolió, no lo lamentó ni se perdió a sí misma, tan solo lo aceptó. Sabía que él volvería a ella.
Le acomodo un mechón de cabello detrás de la oreja, miro alrededor de la cripta llena de huesos y espero. Tiene más para decir.
–Pero… –Un sollozo ahoga sus palabras. Está desbordada de alivio y pena por igual–. Me aterraba estar equivocada, haberlo malentendido y que te hubieras ido para siempre, por obra mía.
–Como siempre, has visto la verdad de todo, tan clara y brillante como el sol de la mañana. –Le doy un beso suave en la nariz–. Ahora tenemos otros asuntos que resolver. ¿Dónde está Sarai?
–¿Qué quieres con ella? –Adela se levanta y me extiende una mano para ayudarme.
–Quiero que vea en qué se convierte la orden sin ella al frente.
Quiero que viva en este mundo despojada de todo lo que ella valora, su magia, su poder, sus riquezas.
Como me despojó de mi mundo cuando tenía diez años y mató a mis padres.
No solo quiero que sufra, eso sería muy bondadoso.
Quiero que viva en agonía mientras, lento pero seguro, pierde todo lo que siempre ha deseado o amado. Si es que es capaz de amar.
Me detengo, consciente de que estoy esperando que Adela me censure. Tiene tan buen corazón que de seguro insistirá en que tenga piedad, misericordia. Sé que soy una decepción para ella en este aspecto y temo que odie que, aún ahora, siga anhelando venganza.
Pero ella no me censura. Cuando tengo el valor, levanto la vista hacia ella.
Está firme, rodeada por siglos de calaveras de criaturas acumuladas, sonriéndome. Su sonrisa es tan grande que sus ojos casi desaparecen en sus mejillas redondeadas.
–Creo que eso es justo lo que se merece –responde y me extiende una mano. La tomo, y una visión repentina se apodera de nosotros.
Estamos acurrucados en nuestra cueva, rodeados de huevos que, a pesar de nuestros esfuerzos, nunca eclosionaron.
Algunos son nuestros, otros pertenecen a una pareja de fénix mucho más antigua.
La magia en el valle ha comenzado a menguar, aunque no sabemos por qué.
Pero creemos que eso es parte de la razón por la que los huevos no eclosionan.
Somos los últimos de nuestra especie. Y con nuestra muerte, habrá un cambio drástico en las criaturas. Lo sabemos y, aun así, no hay nada que podamos hacer al respecto. Nuestro tiempo ya casi termina. Con suerte, en nuestra próxima vida podremos intentarlo de nuevo.
Desde algún lugar lejano, escuchamos el canto de los guardianes. Está ocurriendo una ceremonia de despedida, a la que deberíamos ir. Tenemos que ayudar a quemar los huesos, devolverlos al valle y guiar la magia salvaje para que fluya de regreso hacia las criaturas más jóvenes.
Pero estamos muy cansados, así que nos quedamos. Nos recostamos juntos en nuestro hermoso nido y, después de mil años en esta tierra, finalmente decimos adiós.