El beso del fénix Capítulo treinta y seis. Adela
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Capítulo treinta y seis. Adela

capítulo treinta y seis Adela

Nos toma semanas desmantelar la cripta de huesos.

Mientras que algunos trabajamos por debajo del imponente templo de mármol negro, los recién emparejados se mueven por la ciudad para esparcir la noticia de lo ocurrido y asistir a los necesitados.

Se ocupan de retirar edificios podridos y en ruinas y de encontrar sitios vacíos donde crear jardines.

Kian ayuda en esa parte, haciendo crecer alimentos desde semillas secas y plantas podridas.

Otros se ocupan de limpiar el río para que su agua vuelva a ser potable, y los más ambiciosos encaran proyectos a mayor escala: educación, vivienda, servicios para los más jóvenes, los más viejos y quienes necesitan cuidados extra.

No es perfecto. Insborough nunca será una utopía.

Pero a pesar de los contratiempos ocasionales, la transición hacia un nuevo liderazgo en la orden no es tan caótica como esperaba.

Resulta ser que, para muchos, quiénes están en el poder tiene poca incidencia en su vida diaria, así que solo siguieron con su rutina, sin darle mayor importancia a lo que sucedía dentro y alrededor de los templos.

Kian, Cecelia, Ulric y yo seguimos trabajando en desmantelar la cripta. Separamos calaveras, y a las que aún están presentes les doy a elegir. Pueden esperar a emparejarse con nuevos novicios o ir por fin a descansar al valle.

La mayoría elige descansar.

De todas ellas extraemos las joyas, que forman una pequeña pila muy valiosa sobre el altar.

A su tiempo, serán vendidas junto con la colección de arte singular y preciada en los corredores del templo sobre nosotros.

Usaremos las ganancias para financiar nuestras tareas y para ayudar a las personas más pobres en la ciudad. También para ayudar al valle.

La noche después de haber bajado la última calavera del techo de la cripta, Kian y yo nos recostamos sobre las mantas de la cama.

Estamos mojados de sudor y éxtasis, pero nos abrazamos de todas formas, yo descanso la frente en su pecho y él me acaricia con calma desde el pelo hasta la espalda, lo que provoca escalofríos por mi piel.

–Eres muy hermosa, diosa –dice con una risita después de besar mi vello erizado.

Abro la boca para responder, pero antes de que pueda hacerlo, una visión diferente a todas las que hemos experimentado se apodera de nosotros.

El mundo es borroso, se presenta ante nosotros en pinceladas de color intenso y emociones avasallantes. El movimiento se siente diferente, forzado, lento, cerca del suelo.

Extraño volar, surcar el cielo sobre el valle que es mi hogar y mi dominio. Pero pronto recuperaré mis alas. Antes, mi amado y yo tenemos otra tarea esencial que cumplir.

Nuestros cuidadores y otros están reunidos ante una pila de calaveras de nuestras compañeras criaturas, que han hecho su trabajo y están listas para el descanso final, para ser reabsorbidas por el valle y hallar vida nueva en su magia.

Los guardianes comienzan con sus cánticos, la presión aumenta.

Mientras proceden, nos colocan sobre el fuego. La tensión llega al zenit hasta que, con un acuerdo final conjunto, estallamos en una luz dorada y santificadora.

Tras un momento de nada en absoluto, volamos una vez más.

Volvemos de la visión aturdidos.

–Creo que nos han dado instrucciones muy claras –dice Kian.

–¿Tú crees? –Le doy un piquete suave en las costillas, entonces él se mueve de prisa, toma mi mano para llevarla sobre mi cabeza y gira hasta tenderse sobre mí. Su agarre en mi muñeca es firme pero cuidadoso, y su boca hermosa y sonriente roza la mía mientras habla.

–No me hagas cosquillas, diosa.

–Y si lo hago, ¿qué? –Recorro la piel desnuda de sus costillas con la mano libre, y él se retuerce sobre mí.

–Tendré que vengarme. –Inmoviliza esa mano sobre mi cabeza también, sostiene ambas muñecas con una mano y, con la otra, baja por mi brazo, mi clavícula, mi esternón.

–Dame lo peor que tengas –lo insto, con la voz cargada de deseo.

Y él obedece con entusiasmo.

Alrededor, Tani da brincos, persiguiendo polvo que flota en los rayos de sol y metiéndose entre los pies de los presentes.

Por encima, Lathai vuela formando ochos en el aire mientras contempla la alegría de su retoño.

–¿Estás segura de que no puedes darme una semana para buscar el ritual correcto en nuestros archivos? –pregunta Cecelia, casi a punto de llorar–. ¿Y si lo hacemos mal y no funciona?

–Funcionará –respondo con certeza. Si algo he aprendido en el último mes es que, para la magia, los rituales no son tan necesarios como la intención. Pero también me agradan, son algo familiar que nos ayuda a sentirnos a salvo y en control–. Puedes buscarlo para la próxima, ¿sí?

–De acuerdo –concede mientras coloca una calavera de grifo sobre la pila.

Las criaturas vivas se acercan, atraídas por la curiosidad. Las más grandes y voladoras me ponen nerviosa, ya que aún hay un dragón con gusto por la carne humana suelto en el valle.

Pero tenemos protección, que incluye a dos portadores de dragón.

Cuando todo fue descargado, les pido a todos que se queden y sean testigos por el tiempo que puedan. Casi todos lo hacen.

Respiro hondo, porque no estoy del todo lista para dar el siguiente paso. Crecí como guardiana y luego como emparejadora, por lo que destruir a más de mil calaveras se siente mal, pero ya han servido por mucho más tiempo del que deberían. Las que están aquí deseaban descanso, y no se los negaré.

Kian me toma de la mano y, a mi señal, Svena y Ulric prenden fuego a las calaveras con su magia. Mientras los huesos arden, Kian guía su energía y magia de vuelta al valle.

Vemos los efectos del regreso de la magia casi de inmediato, aún más poderosos de los que comenzaron a vislumbrarse cuando devolvimos a Tani a casa de contrabando.

Crecen brotes en árboles que creíamos muertos; la tierra se vuelve de un tono café oscuro y fértil; incluso parece haber más pájaros cantando.

Lo más revelador es que las criaturas vivas a nuestro alrededor se vuelven inquietas, bailan, emiten sus llamados, corren y pelean, juguetonas.

Me recuerdan a la pequeña alicornia, pura energía caótica.

Estas criaturas no aceptarán vivir en una casa en la aldea como los dragones mascota de Bartholomew, ellas son salvajes y quieren ser libres, no alimentadas por la mano humana.

Cuando no queda más que cenizas y algunas llamas débiles, Kian y yo nos miramos uno al otro. Es momento de la parte más dura y honesta de este proceso.

Debería ser fácil dejar ir a la fénix, a fin de cuentas, alteró mi vida en una forma para la que no estaba preparada y que no deseaba, pero nada de esto es fácil. De todas formas, lo hacemos.

Juntos, Kian y yo nos sacamos las calaveras de fénix, nos acercamos todo lo posible al fuego, tanto que el calor acaricia nuestros pies, y arrojamos las calaveras a las llamas.

–Adiós –susurro al hueso oscurecido.

–Hasta luego –dice Kian, lleno de emoción.

Luego volteamos para irnos, pero surge un pulso de luz dorada a nuestro alrededor.

Giramos justo a tiempo para ver a dos fénix vivos y completos. Un nuevo comienzo para nuestras maravillosas criaturas.