El beso del fénix Capítulo treinta y cuatro. Adela #2
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Capítulo treinta y cuatro. Adela #2

En un instante está aquí, con ojos bien abiertos y llenos de admiración. No tiene miedo, sino que parece… impresionado, orgulloso de mí. Y al instante siguiente, se ha ido.

Su cuerpo sigue aquí, tendido en el suelo de tierra apisonada, pero su belleza, su vida, ya no están.

Lo amo.

Lo amaba.

Y lo maté.

Algo parecido a un sollozo escapa de mí, pero no es de pena, es rabia. Ira pura y luminosa. Todo en mí está en llamas, incluso mis ojos. Podría incendiar el mundo con solo parpadear.

–Bien hecho, pajarilla. –Sarai da un paso hacia mí–. Ahora sumemos esa calavera de fénix a nuestra ceremonia, ¿sí?

Giro hacia ella, preguntándome si estará tan habituada a ser intocable que no percibe el peligro. A fin de cuentas, nadie se atrevería a amenazar a una Suma Sacerdotisa, sería como una amenaza directa a la diosa a la que sirve, y nadie se arriesgaría a despertar la ira de la Cazadora.

Reprimo la ira, oculta detrás de una sonrisa como Kian me enseñó.

–Por supuesto. –Mi voz es miel envenenada, pero ella está tan emocionada por la posibilidad de cumplir sus sueños retorcidos que no percibe la amenaza en ella.

Señalo la multitud tras ella, luego a la cripta que nos rodea, llena de novicios de todas las órdenes que esperan a ser emparejados y solo un puñado de calaveras disponibles.

–Si bajas la barrera de protección podremos hacer más emparejamientos. Bájala para que Cecelia y yo podamos probar las calaveras y prepararlas mientras avanzamos. ¿Por qué esperar?

Percibo un pequeño destello de intuición en Sarai.

En el fondo sabe que no debería confiar en mí después de haber hecho que asesinara a mi amado, pero su ambición gana y, con unos movimientos de las manos, derriba la barrera que protege a las calaveras.

En cuanto lo hace, dejo que mi ira, cruda y monstruosa, se desate.

Cómo se atreve.

Cómo.

–No soy tu pajarilla. No soy tu nada.

–Por supuesto que lo eres. –Es la mujer más valiente que conozco o la más estúpida–. Eres miembro de la Orden de la Cazadora y yo soy la Suma Sacerdotisa. Eres mía y estás bajo mis órdenes.

–Podrías ser la mismísima Diosa y aun así te diría que te pudras.

–Mi garganta arde tanto que me sorprende no escupir fuego como Enkidus–.

¿Quieres que redefina el orden de las cosas?

¿Que derribe el sistema que las órdenes han prometido sostener?

–Apunto mi magia–. Soy una criatura destructiva y te destruiré a ti.

Señalo su rostro y la calavera de unicornio se reduce a cenizas. Todos los ópalos, diamantes y perlas desaparecen con ella. Sarai permanece allí parada, boquiabierta. Tiene un rostro pequeño y afilado, bonito, con piel suave y pecosa y nariz respingada. Y luce vulnerable sin su unicornio.

Sin esperar su respuesta, giro hacia los demás miembros de las órdenes de la Cazadora, la Pupila y la Hilandera. Casi todos los de la Cazadora retroceden y levantan las manos para proteger sus rostros de mí.

Pero eso no los salva.

Todos los que retroceden pierden sus calaveras. Gemas, huesos y oro caen en pilas de cenizas a sus pies.

Mi padre se acerca, sólido y fiel. Cecelia está a su lado, observando con detenimiento, y casi que veo cómo toma nota en su mente como si estuviera escribiendo sobre este periodo en la historia de los guardianes. Espero que deleite a futuros académicos con su liturgia dramática.

Hay otros miembros de las órdenes que no me temen, que permanecen firmes e inquebrantables frente a mi destrucción. Al frente de ellos se encuentra Ulric, quien avanza y lleva una mano a mi mejilla.

–¿Estás bien? –pregunta, con ojos llenos de lágrimas.

Miro el cuerpo de Kian a mis pies: no sé si alguna vez volveré a estar bien.

–¿Cómo puedo ayudar? –agrega.

Observo a las personas que me rodean y al cuerpo de mi amado, que fueron testigos de mi dolor, mi rabia y destrucción, pero no se estremecieron.

La mayoría son extraños, pero me alegra llamar amigos a algunos de ellos: Svena, la hermana Ihi, el trío de sacerdotes gytrash y, por supuesto, Ulric.

Sigo en llamas, pero ellos no me tienen miedo.

–Si confían en mí, podría contar con su ayuda.

–Por supuesto –responde de inmediato. Los demás asienten a su alrededor–. ¿Qué necesitas?

–La mitad de ustedes vayan a la comunidad a buscar a quienes hacen el bien, a las personas en quienes confíen. Si están de acuerdo, tráiganlas aquí. Y rápido. Las emparejaremos con criaturas y les enseñaremos a usar magia. Luego, cuando la crisis y el caos hayan pasado, reevaluaremos sus lazos.

–¿Y la otra mitad? –pregunta Cecelia.

Señalo a los miembros de las órdenes con rostros descubiertos y cenizas a sus pies.

–Mantengan a todos estos fuera de mi camino.

Eso hacen.

Todo tipo de personas llegan a la cripta en poco tiempo: novicios, sirvientes, maestros, contrabandistas. Y, uno a uno, avanzan a pesar del miedo evidente en sus rostros.

Junto a Ulric y Cecelia, comienzo a emparejarlos con calaveras del altar y luego de las paredes. Pero antes consulto con cada una de ellas.

–Ayúdenme y cuando terminemos con nuestro trabajo, prometo liberarlos de vuelta en el valle si eso es lo que desean –les digo a los viejos huesos.

Algunos se niegan, así que los dejo a un lado. Ya le han dado eones a este mundo, no les pediré más. Pero a los que aceptan, los emparejo.

Comienzo por Cecelia. Ella se retira la máscara de madera y se empareja de inmediato con un kelpie. Luego mi padre se empareja con un grifo. Svena lo hace con uno de los dragones más antiguos y fuertes.

Linden se encuentra aquí, con vendajes en los muñones de sus brazos. Se adelanta, esperanzado, pero lo ignoro en favor de un hombre joven a su lado.

–No quiero ser un sacerdote en realidad –dice el joven novicio de manto rosado mientras arrastra los pies.

–Entonces no tendrás que serlo –respondo–. Nadie tiene que servir a una diosa, humano o criatura. No habrá participantes involuntarios aquí, será un pacto entre iguales o no será nada.

Tras una hora, he emparejado a unas cincuenta personas. Algunas se acercaron a ver de qué se trata, pero decidieron permanecer sin pareja, y eso me alegra. Este no es un camino para todos.

Ningún camino lo es.

Pero estoy agradecida con quienes han confiado en mí. En especial con Kian, quien yace en el suelo.

Espero no haber traicionado su confianza.

–¿Cómo seguimos? –pregunta Cecelia mientras toca con cuidado la calavera de kelpie sobre su rostro.

–Las calaveras los guiarán –le aseguro–. Pero, básicamente, ir a la ciudad, ayudar a quienes puedan. Preparar a todos para los cambios que se avecinan. El mundo será reconstruido y eso puede provocar incertidumbre. Pero la Gran Diosa aún nos protege. Aún la veneramos y ella aún nos bendice.

Al terminar aquí, Ulric y algunos otros escoltan a los miembros de las órdenes malvados, ahora con rostros descubiertos, escaleras arriba. No sé a dónde los llevarán, pero tampoco me importa.

Por fin estoy sola.

Me arrodillo junto a Kian, agradecida, y me saco la calavera de fénix. Debajo, mi piel aún tiene el brillo dorado de las llamas, que se refleja en el techo de calaveras. Dejo a la fénix a un lado, me recuesto junto al cuerpo de Kian tomándolo de la mano, cierro los ojos y lloro.