El beso del fénix Capítulo treinta y cuatro. Adela
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Capítulo treinta y cuatro. Adela

capítulo treinta y cuatro Adela

Kian y yo nos aferramos uno al otro, pecho contra pecho, las piernas entrelazadas y las frentes en contacto.

–Te amo –susurra contra mi boca. Y con voz firme y sin temor, agrega–: Confío en ti.

–También te amo –respondo, apenas capaz de contener los sollozos.

Después de que volvemos a vestirnos, podemos oír que la alegría del banquete está llegando a su fin y, en efecto, en unos minutos vienen a buscarnos.

Levanto la fénix y los sigo, dócil. Nos llevan arriba, y beso a Kian por última vez antes de que el sacerdote de la Hilandera me conduzca a mis propios aposentos.

Allí me espera Cecelia. Se ha cambiado de ropa, y supongo que Sarai le ha asignado el papel de mi asistente, ya que lleva la túnica plateada y lila de su hermana y tiene el cabello recogido en tres trenzas de tres hebras.

Está temblando, pero intenta ser valiente.

–Te han preparado un baño –dice. Lo rechazo. No quiero lavar el aroma de Kian de mi piel. Y, además, no voy a arreglarme para ellos, no necesito su pompa y ceremonia. No soy una participante voluntaria en la falsa Ceremonia de Emparejamiento de Sarai.

No es que Cecelia lo sea. La escucho sollozar por lo bajo mientras deja las cosas a un lado.

–Odio esto –susurra–. Todo está muy mal.

Sus ojos se desvían hacia el sacerdote de la Hilandera, que está de espaldas en la esquina de la habitación, pero sin duda está escuchando.

Quiere decir más, preguntar más, de seguro tiene un millón de preguntas sobre por qué estoy haciendo esto, por qué siquiera consideraría algo así.

Siento el peso de sus palabras no dichas asentarse como una piedra en mi pecho.

–Lo está –coincido y espero que perciba las verdades que callo: todo esto está mal, la forma en que los líderes de los templos abusaron de su poder, cómo acumularon las calaveras, su amenaza de lastimar a personas que amo para que cumpla sus caprichos. ¿Y todo para qué? Por nada que no tengan ya.

Oleadas de impotencia, dolor, rabia y miedo fluyen a través de mí, una tras otra, pero las ignoro. Ya podré ahogarme en mis sentimientos más tarde, después de haber hecho lo que debía hacerse.

Hasta entonces, no puedo quebrarme.

–Me hicieron buscar suministros en sus despensas –susurra Cecelia y me lleva a la pequeña mesa frente al fuego, donde hay aceites, ungüentos, bálsamos y hierbas–. No tenían mucho de buena calidad, pero hice lo mejor que pude.

Reviso su colección. No está mal, considerando lo rápido que la reunió.

–Veo que no hay consuelda.

–Gracias a la Diosa –dice, con un escalofrío genuino.

–Es hora de irnos –anuncia el sacerdote de la Hilandera, así que recogemos los aceites y ungüentos. Puede que no esté dispuesta a usar las vestiduras de la Emparejadora, pero esta parte de la ceremonia la realizaré con gusto para aliviar a esas calaveras torturadas.

Descendemos a la cripta otra vez, donde esperan las calaveras, y nos dirigimos al altar.

Allí, Sarai ha hecho una pila para su Ceremonia de Emparejamiento.

Llevo mi fénix y la coloco con cuidado junto a las demás, ya que no la necesito para el trabajo de emparejadora.

Las calaveras que ha elegido la Suma Sacerdotisa consisten en tres dragones, un par de kelpies, un único gytrash y un unicornio.

Los dragones, en particular, son antiguos y raros, y me sorprende que se arriesgue con ellos, ya que no sabemos cómo resultarán estos emparejamientos.

Quizás no le importe.

Después de todo, la cripta está llena de reemplazos.

Sobre nosotros, las órdenes preparan a sus novicios mientras nosotras preparamos los huesos y yo le enseño a Cecelia cómo comprobar la viabilidad de las calaveras.

Necesitamos saber cuáles podrán ser emparejadas y cuáles no.

Examinarlas no le resulta natural, pero eso no es ninguna sorpresa. Aun así, ayuda.

Uno de los dragones se ha ido, ambas lo comprobamos.

Incluso apoyo mi mejilla contra él, como hice con el fénix: no hay respuesta.

Agradezco en silencio a la criatura en nombre de la Diosa, ya que ha hecho un trabajo excelente en vida y luego ha sufrido colgando en la oscuridad mucho más tiempo del debido. Lo aparto con cuidado.

Una vez que comprobamos que las demás criaturas están presentes, aunque algunas de forma muy tenue, comenzamos el siguiente paso del proceso.

Pulo los huesos de las criaturas, frotando pequeñas pinceladas de aceites perfumados y ungüentos calmantes sobre las superficies pálidas y escarpadas.

Sus insistentes deseos susurrados resuenan en mi cabeza.

Atiendo a sus voces tristes y apenadas y les respondo en mi mente: “Lamento lo que estoy a punto de pedirles, amigos míos. Lo lamento mucho”.

Cecelia y yo terminamos de preparar todo para la ceremonia. Una nave de la cripta será nuestra cabaña de emparejamiento; el espacio más amplio y abierto es donde los miembros de la orden esperarán y cantarán, como si fueran mi comunidad de guardianes en los campos de madrigueras de lebrílopes.

Cuando no queda más que hacer, tomo mi calavera de fénix y la coloco sobre mi rostro. Ha estado en silencio durante todo este tiempo, sea lo que sea que esté sintiendo, no lo comparte conmigo.

Asciendo con Cecelia al santuario. Terminado el banquete, los miembros de las tres órdenes se mezclan, ataviados con sus mejores mantos azules, rojos y negros. Todos están casi ebrios de hidromiel y muy emocionados por la ceremonia inminente.

Busco a Kian, esperando que forme parte de la procesión, y cuando no logro encontrarlo, cierro los ojos para ver si esa atracción sigue presente. No la he sentido mucho desde que salimos del valle, aunque tampoco he pasado mucho tiempo lejos de él.

Ya lo han llevado de vuelta a la cripta.

–¿Lista? –le pregunto a Cecelia. No sé cuánto sabe del siguiente proceso.

Aunque es probable que lo sepa todo, tanto por su investigación como por haberlo visto innumerables veces a lo largo de su vida.

Pero, por supuesto, eso no es lo mismo que dirigirlo una misma.

Está temblando un poco, pero asiente, así que empezamos a caminar.

Detrás de nosotras, las órdenes entonan los cantos de los guardianes.

Las palabras familiares con las que crecí resuenan en el santuario de mármol negro y eso me irrita.

Odio escuchar esas palabras, ese ritmo, saliendo de sus bocas.

No están hechas para ellos. Son de mi gente y solo suya.

Desciendo a la cripta, luchando con cada paso cargado.

Las voces de las calaveras se vuelven ensordecedoras. Son un caos de sonido, de deseo. Quieren ser liberadas. Quieren vida. Están confundidas, lastimadas y esperanzadas. Dejo que sus deseos me atraviesen, los recibo dentro de mí, me convierto en ellas.

Pronto les daré lo que quieren. Tan pronto como me sea posible.

Entramos en la cripta, y allí está él, esperando. Kian. Mi amor.

Está arrodillado en el centro, con el pecho desnudo que se eleva con cada respiración.

Verlo es casi doloroso. Está hermoso en este momento, increíblemente vivo.

Su cabello está revuelto y suelto, alborotado por el tiempo que pasamos juntos.

Me mira con sus ojos oscuros e insondables y me guiña un ojo, burlón hasta el final.

Y ese guiño es lo que me quiebra. Me prometí ser fuerte, firme, inquebrantable. Pero ¿cómo puedo serlo cuando me mira así? Como si todavía me viera, me apreciara, me perdonara.

Me muevo antes de darme cuenta de lo que hago, y me dejo caer frente a él. Toco su rostro y su cuello, aparto el cabello de sus ojos. Recorro su clavícula como si temiera que fuera a desaparecer si no lo mantengo anclado con mi contacto.

Y entonces lo beso. Una y otra vez. En las mejillas, la frente, la nariz, el cuello. Y, por supuesto, en los labios. Cada beso es una promesa, una súplica, una protesta: en la oscuridad que se avecina, recuérdame. Recuérdanos.

–Levántate, diosa. –Su sonrisa atraviesa algo profundo dentro de mí.

Aprieto sus manos.

–Lamento haber arruinado tus planes de venganza.

–Vaya que lo hiciste. –Sonríe con picardía, y quiero besar otra vez esa sonrisa perfecta que intenta ocultar. Así que lo hago. Cuando termino, dice–: Amarte es mucho más dulce que cualquier venganza.

Sarai se aclara la garganta y pone los ojos en blanco con impaciencia, como si tuviera que darme prisa para matar al amor de mi vida.

De todas formas, me levanto.

–Eres magnífica y confío en ti –me dice Kian en voz tan baja que estoy segura de que solo yo lo escucho.

Al principio, quiero negar con la cabeza y discutírselo, porque soy impulsiva, y reacciono por rabia, miedo y rencor, pero pensándolo mejor sé que eso no siempre es así.

Cecelia, mi padre y Kian me han dicho que confiara en mí misma, que creyera en mí.

Sí, actúo rápido, a veces me precipito, pero no siempre es de forma impulsiva, no siempre es condenable.

De hecho, casi siempre actúo de acuerdo con mis valores.

Entonces tal vez no sea impulso, sea intuición. Soy buena para ver el mundo de prisa, para evaluarlo todo y luego decidir rápido qué hacer y cómo. No es algo de lo que deba estar avergonzada, es algo que aceptar.

Todos ellos tienen razón, tengo que confiar en mí misma. Y en mi fénix. Ella es quien me mostró el camino a seguir, pero ¿comprende la complejidad de la situación? Y si lo hace, ¿puedo confiar en que no destruiré todo en mi intento de salvarlo?

–Vamos –ordena Sarai, sin duda irritada por mi demora.

Dejo que su irritación me invada y siento la presión que crece y se expande de prisa dentro de mí.

Mis emociones están tan a flor de piel que es fácil recurrir a ellas.

Cuando la presión aumentó al punto en que podría explotar, la libero: la magia pulsa a través de la cripta, visible en un remolino dorado, bajo mi control.

Las calaveras caen de las paredes que nos rodean. Las velas sobre el altar se apagan. Los miembros de las órdenes retroceden.

Yo no me detengo, no lloro, ni siquiera me muevo.

Mato a Kian.