Capítulo treinta y tres. Kian
capítulo treinta y tres Kian
Caigo de rodillas frente a Sarai. Es un gesto de un dramatismo exagerado, pero es justo la clase de cosas que le gustan, y necesito que acceda a lo que estoy a punto de pedirle.
–Déjanos despedirnos. Por favor.
Sarai mira a Adela, quien repite mis últimas palabras entre dientes.
–Por favor.
–Si quieres perderte el banquete, es cosa tuya –responde con un encogimiento de hombros.
–¿El banquete? –pregunto.
–Por supuesto. Es el primer paso de las ceremonias de emparejamiento en el valle. –Aplaude como una niña emocionada. El placer que encuentra en su juego retorcido de poder es repugnante, en especial cuando amenaza a Adela–. Pero no te tardes, pajarilla, o tu padre y tu amiga sufrirán.
Con eso se marcha de la cripta junto con sus seguidores y casi arrastrando al padre de Adela y a Cecelia con ellos. Los dos intentan llegar a ella, y no es necesario ver sus rostros para saber que no quieren que haga esto, ni siquiera que lo considere.
Yo sí quiero que lo haga.
En cuanto estoy seguro de que se han ido, uso mi magia para restaurar la puerta que Adela desapareció para asegurarme de que tengamos privacidad. Después le quito la calavera con cuidado y la dejo en el suelo de tierra para poder ver su hermoso rostro en mis últimos momentos.
Una cripta llena de calaveras de criaturas no es el lugar más romántico para revelarle a alguien tus secretos más profundos, pero ya sea por su mano o por la de alguien más, no saldré de aquí con vida. Unos pocos minutos a solas para despedirme tendrán que bastar.
Ella avanza hasta mis brazos y me da un beso suave en los labios.
–Pareces tener muchas cosas en tu mente.
–Bueno, sucede que estoy a punto de morir –respondo con una sonrisa de suficiencia, a la que ella responde con una pequeña, cansada y adolorida.
–Creo que es más que eso. –Desliza un dedo por mi cabello, mi oreja y baja por mi cuello. Amo cómo me toca.
–Tengo otra traición que confesar. –Espera mientras doy vueltas para encontrar las palabras. Puede que ella sea la mitad destructiva del fénix, pero soy yo quien lo arruinó todo. Inhalo profundo y comienzo–: Yo fui quien destruyó la cabaña de emparejamiento…
–Lo sé –me interrumpe.
–En verdad creí que era la mejor manera de causar un daño permanente a las órdenes… –Proceso lo que acaba de decir–. ¿Cómo que lo sabes?
–Cecelia me lo dijo en el valle.
–¿Cecelia lo sabía? –Es brillante, pero ¿cómo pudo haber descubierto que yo era el responsable?
–Algo así. Ha estado investigando para confirmar lo que todos decían, que solo el fuego de dragón puede quemar las calaveras.
Todos suponíamos que era una simplificación, ya que no es que haya otra criatura que cree fuego con regularidad.
–Hace una pausa, mira hacia arriba y hacia un lado, pensativa–.
Me pregunto si habrán probado el fuego de fénix.
–¿Y? –Nada de eso explica cómo supo que fui yo.
–Y Ulric no las hubiera destruido. Luego recordé tu interés en las piras después del funeral y lo rápido que me encontraste en el bosque, cuando sentiste mi angustia. Casi como si hubieras estado a mitad de camino.
Se acerca y toma mis manos. Cuando estamos nariz con nariz, me da un beso suave.
–Cuando supe que has pasado años trabajando para derribar a las órdenes, todo encajó.
Por supuesto que fuiste tú el que incendió la cabaña.
–Sus ojos pierden el foco, pero luego niega con la cabeza–.
Por eso estabas tan interesado en las costumbres de los lebrílopes, porque no podrías atravesar sus madrigueras.
Supongo que a eso se refería tu tía al decir que Jamie no entraría al valle por las historias de Ivo sobre los lebrílopes.
¿Uno de los bastardos territoriales lo atacó?
–Lo hirió en la pierna. En verdad creí que iba a desangrarse –respondo, perplejo.
Ella sabía todos mis secretos. En parte me sorprende que no aceptara de inmediato la orden de asesinarme de Sarai.
O que no me ofreciera como sacrificio para salvar al valle sin que se lo pidieran–. No pareces muy molesta.
Por el contrario, está feliz. Es una estrella brillante en medio de la oscuridad de la cripta.
–Ah, estoy más que furiosa, pero ¿qué iba a hacer? ¿Reprenderte por hacer algo que la propia orden hubiera hecho si se le ocurría? ¿Hacerte prometer que no volverías a hacerlo?
–Sí… no sirve de mucho exigir promesas de un hombre moribundo.
–Y ya no hay más cabañas que quemar.
Llevo las manos a sus mejillas, y ella no se aleja de mí. Entonces cierro los ojos y tan solo acaricio su piel suave con el pulgar, disfruto de sentirla.
–El valle ha comenzado a revivir gracias a que tú has destruido las calaveras y su magia volvió a la tierra. Hiciste lo que debía hacerse, por una variedad de razones –agrega y luego me besa otra vez con suavidad.
La rabia hubiera sido más fácil de aceptar, me había preparado para el odio. Pero no para… la bondad. Su perdón es casi imposible de manejar. Y menos aún la esperanza que lo acompaña.
La esperanza de que su amabilidad se deba a que sus sentimientos son tan profundos como los míos.
–Oye, tú –dice con la voz más dulce–. Mírame.
Lo hago, por supuesto que lo hago. No me resistiré a hacer justo lo que anhelo hacer por el resto de mi vida, que no será mucho.
–Lo siento. –Ella me abraza por el pecho y hunde el rostro en mi cuello–.
Lamento lo que va a suceder. Y lamento haber expuesto mi rostro ante el fénix y haber desatado todo esto.
Todo lo que toco, todo lo que amo, termina destruido.
Incluso antes del fénix. Desearía… –hace una pausa, la respiración entrecortada.
–¿Qué deseas? –pregunto con suavidad mientras le acaricio un brazo.
–Que nuestros roles fueran al revés. –Su confesión quiebra algo dentro de mí. Todo este tiempo he deseado lo mismo, ser el que porta el fénix destructivo. Tener el poder. Y ahora escucho que desea lo mismo…
–No –respondo.
–¿No? –Su respiración es cálida sobre mi piel y percibo un pequeño quiebre en su voz.
–No –repito–. Así es como debía ser, es quien eres.
–¿Crees que soy una destructora?
Doy un paso atrás, porque quiero ver su hermoso rostro. La curva suave de sus pómulos, el azul brillante de sus ojos. Aún seguimos en contacto, amo cómo nuestros cuerpos encajan a la perfección, pero ahora puedo verla.
–No creo que seas destructiva. –Busco las palabras, los matices para que pueda ver dentro de mi corazón–.
Creo que eres como mis padres. Ellos querían hacer del mundo un lugar mejor por los medios que fueran necesarios.
Y no se quejaban por el esfuerzo que requería el trabajo, lo abrazaban a pesar del costo que tenía para ellos.
–Y eso te los arrebató.
Asiento con la cabeza. Ella tiene razón, y estaré molesto con ellos por eso incluso en el más allá.
–Pero aun así hicieron lo correcto. Lo intentaron, igual que tú.
La beso, primero con delicadeza. Ella me corresponde, pero su intensidad crece rápido y su beso se vuelve feroz en un instante. Comprendo su desesperación, su prisa.
Sarai solo nos prometió lo que dure un banquete, cuando una eternidad no sería suficiente.
Adela comienza a bajar con besos frenéticos por mi cuello, mientras levanta mi túnica y desata mis pantalones. Entonces la detengo antes de que nos perdamos demasiado en nuestros cuerpos porque hay algo más que quiero decirle. Hay una cosa más que debe saber.
Algo profundo dentro de mí se abre, y me sorprende la alegría y el alivio que siento al por fin dejarlo salir.
–Te amo.
–¿Me amas? –pregunta, aunque sin incertidumbre, sino con asombro.
–Sí, mucho.
–Yo también te amo. –No sabía lo mucho que esperaba escucharla decir eso–. Ahora muéstrame cuánto –agrega, al tiempo que baja con un dedo por mi pecho.
Estoy exhausto hasta los huesos, pero si estos son mis últimos momentos con esta mujer hermosa e increíble, los pasaré demostrándole lo mucho que significa para mí.
Comienzo despacio, pero Adela no tiene paciencia para eso.
Ella me besa con fuerza, con labios, lengua y dientes insistentes, así que le doy lo que me pide.
Acompaño su ritmo acelerado, con las manos en su trasero para atraerla hacia mí, complacido por cómo rebosa mis palmas.
Cuando lamo y mordisqueo su oreja, ella inclina la cabeza para darme mejor acceso.
Casi se derrite de deseo, pero permanece en pie y empuja mi hombro para que me arrodille frente a ella. Luego se quita la túnica prestada y deja caer sus pantalones hasta quedar desnuda frente a mí. Yo la devoro con la mirada.
–Eres perfecta, diosa. Déjame venerarte en tu altar.
Adela levanta una pierna para apoyar la rodilla en uno de mis hombros y mantiene el equilibrio con una mano en el otro y una en mi cabeza. La ayudo con las manos en sus caderas, y ella se adelanta hasta que su centro, mojado y caliente, está justo frente a mi rostro.
Beso y muerdo sus muslos, lo que la hace gemir. Adoro las marcas que mis dientes dejan en su piel pálida, que harán que me recuerde cuando me haya ido.
Inhalo su delicioso aroma y luego me sumerjo en ella.
Después de asegurarme de que esté preparada, muevo una mano hasta llevar dos dedos a su centro y comienzo a tocarla despacio.
Quiero que esté lista, no quiero lastimarla al ir demasiado rápido.
Pero Adela está impaciente, así que flexiona una rodilla para descender sobre mis dedos, que la penetran rápido y con fuerza.
Con un gemido, aferra mi cabello, me atrae más cerca y mueve las caderas para que la toque justo como ella quiere, al ritmo que quiere.
Me rio contra ella mientras se contonea contra mis dedos y mi boca y la correspondo a su urgencia.
–Estoy cerca, muy cerca –gime.
La miro por un instante.
–Córrete para mí, diosa –suplico y vuelvo a mi trabajo de adorar su cuerpo y su alma con la lengua, los labios y los dedos.
Su clímax llega rápido y con fuerza y luego siento que comienza a sacudirse para alejarse, pero sostengo su pierna en el lugar y aumento el ritmo y la intensidad. Se corre otra vez y otra vez.
Está sudorosa y jadeando cuando por fin jala de mi cabello.
–Para –dice entre risas–. Detente.
Baja la pierna temblorosa, hace que me levante y, con los ojos pesados de satisfacción, me da un beso profundo. Luego se arrodilla frente a mí.
–Es mi turno de complacerte, amor. –Por poco gruño al escucharla llamarme así. Amor, me ama–. ¿Qué deseas?
Esta mujer brillante, fuerte, poderosa y perfecta me ama y quiere complacerme. Pero decir qué deseo de ella es imposible.
–Deseo todo de ti –respondo.
Entonces hace que me recueste en el suelo de tierra de la cripta, baja mis pantalones y desciende sobre mí sin un segundo de vacilación.
Se siente mojada, apretada, caliente, y nuestro encastre perfecto me hace gemir.
Después asciende hasta que apenas estoy dentro de ella.
Gruño porque quiero que tome su placer de mí, entonces se contonea, provocadora.
–¿Me deseas a mí? ¿Todo de mí?
–Sí.
–Entonces, tómame –exige–. Soy toda tuya.
Aferro sus caderas, apoyo los pies para impulsarme y empujo hacia ella. Adela grita extasiada, así que continúo como ella lo ordena.