Capítulo treinta y dos. Adela
capítulo treinta y dos Adela
Siento el ardor amargo de la traición en la garganta.
Me atormentan las criaturas en las paredes y el techo de la cripta.
Criaturas a las que mi familia ha sido responsable de cuidar durante generaciones.
Las hemos alimentado, protegido, sanado y, después de su muerte, las hemos guiado por el camino a cumplir su destino.
Un camino que debía ser sagrado, bendito, significativo.
En cambio, están siendo utilizadas. Sus vidas y muertes han sido torcidas obedeciendo a caprichos egoístas de personas ambiciosas.
El calor fluye dentro de mí, a mi alrededor, agita mi manto y mi cabello como si estuviera en una pradera, a merced de una fuerte brisa veraniega.
La luz de la cripta se intensifica e ilumina las calaveras de los sacerdotes y sacerdotisas, cuyos ojos, amplios y aterrados, trazan el contorno de mi cuerpo, pero mucho más amplio.
Luego todos retroceden hasta pegarse a la barrera que rodea las calaveras.
Quién soy y quién quiero ser están en un equilibrio delicado.
Me gusta ver el miedo en sus rostros, y parte de mí ansía borrarlos a todos.
Podría aceptar la parte de mí que disfruta la destrucción, el deseo ardiente de quemarlo todo.
A Sarai, a la cripta, al templo sobre nosotros, a los templos de la Pupila y la Hilandera.
Con un solo pensamiento todo desaparecería. Para siempre.
Todo excepto las calaveras.
Si puedo enviarlas a descansar, lo haré. Con Kian a mi lado y el valle a salvo, podría encontrar una forma de seguir adelante a pesar de la muerte y la destrucción de las que sería responsable. Pero no puedo atravesar la barrera de protección con mi magia.
Y tampoco puedo matar a Kian. Lo amo.
–Nunca.
–Nunca digas nunca, pajarilla. –Sarai se asemeja a un halcón a punto de devorar a un pinzón–. Temía que necesitaras más incentivos. Por fortuna, mi leal hermana Roberta aceptó hacer un recado por mí más temprano.
Como si hubiera dado una señal, se oyen pasos arrastrándose por los escalones de piedra, luego la hermana Roberta aparece de las sombras, con mi padre y Cecelia a cada lado de ella, maniatados y con máscaras de álamo simples sobre sus rostros.
Roberta debió haber seguido nuestros pasos para poder llegar al valle y de vuelta justo detrás de nosotros.
El pánico me invade, ya que sé que Sarai no dudará en lastimarlos. He visto las heridas en el cuerpo de Kian, castigos por pequeñas rebeldías. Sé que llegará mucho más lejos para poder acceder a la magia que nos rodea.
–Comenzaré a preparar la Ceremonia de Emparejamiento mientras piensas, ¿de acuerdo? –pregunta mientras camina por la cripta y elige algunas calaveras.
Pero antes de que pueda responder, una visión se apodera de mí.
Oímos los rugidos de dragones adolescentes al otro lado del valle y volamos hacia ellos.
Los encontramos sobre los acantilados en los que anidan, envueltos en una espiral descendente, rugiendo hacia el cielo. A esta hora, los mayores o bien están cazando o han decidido ignorar a los jóvenes dramáticos.
Pero nosotros no podemos hacerlo.
Los picos hacia los que descienden son fuertes y afilados, si golpean mal contra ellos podrían lastimarse un ala, o peor, perder la vida. Son demasiado jóvenes para convertirse en herramientas para los sirvientes de la diosa.
“Quédate atrás”, me transmite mi compañero antes de volar hacia la trifulca.
Solo deben verlo para que la pelea se detenga, siempre es así.
Este es nuestro valle, al que debemos gobernar y proteger.
Mantenemos la magia en equilibrio. Las demás criaturas nos veneran y, a cambio, las mantenemos a salvo de los foráneos y unas de las otras.
Pero ser visto por un dragón enfadado en medio de una pelea puede ser difícil, así que obedezco y me mantengo lejos. Soy nuestra seguridad.
Él rodea a los dragones, con las plumas doradas brillando al sol. Vuela a un lado y al otro en su despliegue dramático, disfrutando de la danza, pero eso hace que no note cuando uno de los dragones lleva la cabeza hacia atrás en una inhalación profunda.
“¡Cuidado!”.
Es demasiado tarde. El dragón escupe fuego, pero no impacta contra su rival, sino contra mi compañero. Sus plumas arden y, en un instante, se reducen a cenizas. Entonces cae en picada hacia las rocas.
Con un grito de dolor, bajo tras él, que yace quemado, roto e inmóvil en el extremo de una formación rocosa afilada. No hay nada que pueda hacer por él.
Ha muerto.
Así que descanso a su lado y espero a que vuelva a mí.
Vuelvo de la visión temblando. El dolor de la fénix fue tan real como el mío al ver a su compañero quemarse y caer al suelo.
Pero también había una certeza en ella que apenas comienzo a comprender. Aunque lamentaba su dolor y sufrimiento, sabía que no la había dejado por completo. No podía hacerlo, eran dos mitades de un todo.
Como Kian y yo.
Solo que Kian no es un fénix que pueda resurgir de las cenizas, él es un hombre mortal. Esperar que exista la posibilidad de que vuelva a mí sería una locura y un riesgo mucho más allá de lo que estoy dispuesta a afrontar.
Giro para enfrentar a Kian, aterrada por la clase de juicio que me espera.
Él está abatido; es obvio que también tuvo la visión, pero su mirada tiene una bondad y compasión que no merezco.
La luz de las velas y de los faroles se refleja en su mirada oscura como si tuviera un fuego dentro suyo igual al mío.
Sus ojos me suplican, me instan a obedecer a Sarai, a asesinarlo.
Como si sintiera cuán cerca estoy de capitular, Sarai se acerca y se coloca frente a mí.
–¿Qué es la vida de un hombre que te ha abandonado y traicionado comparada con la de todos y todo lo que amas?
Odio que tenga razón. Es una vida contra miles, y solo yo puedo protegerlas de su violencia. No me deja opción más que aceptar sus órdenes.
Mataré a Kian.