Capítulo treinta y uno. Kian #3
–Comparado con las sumas sacerdotisas de antaño, el poder que tengo bien podría ser nada.
–Sarai toma uno de los candelabros que encendimos y camina con él en alto por parte de la cripta para que podamos ver mejor las calaveras de las criaturas–.
Emparejaremos a estas antiguas calaveras con novicios ansiosos por seguir la voluntad de la Cazadora.
–Mira a los miembros de las otras órdenes y los reconoce con un leve asentimiento de cabeza–.
Y de la Pupila y la Hilandera también, por supuesto.
Emparejará las calaveras con quienes estén ansiosos por ser sus marionetas, más bien. Sin importar a qué orden pertenezcan.
Siento cómo la presión del fénix aumenta dentro de mí conforme crece mi rabia.
No puedo creer que esté pidiéndole a Adela que haga esto, que traicione todo lo que cree.
Pero sin un objetivo ni dirección, la presión no es más que frustración sofocante.
A fin de cuentas, ¿qué se supone que haré?
¿Hacer crecer una enredadera que la estrangule?
¿Ponerla en una caja que sus seguidores derribarán?
Así que me quedo aquí parado, hirviendo por dentro.
Sarai vuelve al altar, se arrodilla e inclina la cabeza como si estuviera lista para recibir una unción. Se ve como una suplicante devota.
–La Gran Diosa debe estar de acuerdo, ya que no solo me ha bendecido con un par de fénix para destruir a los enemigos que puedan presentarse y reconfigurarlos a nuestros propósito… –gira el rostro hacia Adela–, sino también a una emparejadora.
–¿Y por qué te ayudaría? –Adela me suelta, pero me resisto a tomar su mano otra vez.
Si quiere imponerse sola, estaré a su lado o detrás de ella, donde me necesite–.
Me has manipulado. Has acumulado poder y riquezas que no te correspondían mientras le negabas comida y otros recursos prometidos a mi comunidad.
Nos has hecho imposible cumplir nuestro destino como guardianes y has roto tus pactos con nosotros.
–Ayudarás porque quieres influencias, por supuesto. –Sarai se levanta y se acerca con los brazos abiertos–. Como mi mano derecha, tendrás voz en las decisiones que tomemos y en el mundo que reconstruiremos.
Eso sí capta la atención de Adela. Desea con desesperación hacer el bien en el mundo, por lo que comprendo que sea tentador. Si tan solo fuera una oferta real, pero todos aquí sabemos que no lo es. Eso es seguro.
Gracias a la Diosa, no es suficiente para persuadir a Adela.
–No –responde. Entonces, Sarai se encoge de hombros y cambia de estrategia. Ahora inclina la cabeza, como si fuera el unicornio que usa, listo para atacar.
–Si te rehúsas a unirte a mí, tu preciado valle sufrirá las consecuencias. Primero –levanta un solo dedo–, retiraremos la ayuda. La de las tres órdenes.
Adela no vacila. Después de todo, sabe que el valle está sanando. Eso junto con la ayuda de mi familia podría ser suficiente para sostenerlos.
Sarai alza un segundo dedo y da un pequeño paso hacia nosotros en el centro de la cripta.
–Segundo, evitaremos que los contrabandistas lleguen al valle para llevar sus propios recursos. No puedo bloquear el camino por completo, pero puedo mover la entrada lo suficiente para que el antiguo les haga daño.
Mierda.
Ahora sí veo a Adela dudar. A juzgar por lo que ha dicho sobre cómo pasaban hambre en invierno, dudo que los guardianes tengan suficientes reservas para sobrevivir sin nada de comida del mundo exterior.
Y pasarán meses hasta que los brotes actuales produzcan lo suficiente para alimentar a toda la aldea.
Y Sarai no ha acabado con las amenazas. Levanta un tercer dedo, se acerca un poco más y baja la voz. Su tono suave es más escalofriante de lo que serían sus gritos.
–Y luego, cuando estén debilitados por el hambre, iremos al valle.
Puede que no tengamos a un dragón que coopere ni la capacidad destructiva de un fénix, pero aún tenemos magia.
Aún tenemos poder. Y, por supuesto, aún tenemos armas.
Y lo más importante: estamos dispuestos a aplastar a nuestros enemigos.
Baja el puño en el aire, una promesa de violencia.
Sus amenazas pesan en el aire, lo vuelven sofocante. Y aunque no puedo ver el rostro de Adela ni la esté tocando, casi puedo sentir una tormenta de emoción creciendo dentro de ella, como la tormenta de Lathai en el valle.
–¿Lo destruirás todo sin pensarlo dos veces?
Sarai no retrocede, responde en tono suave y calculador.
–Por el contrario, lo he pensado mucho. No es algo que haga a la ligera. Y puede decirse que no soy yo quien lo hace, ya que al final es tú decisión. Puedes someter tu lealtad y tu poder a mí o puedes ser responsable de la destrucción de tu hogar y de todas las personas y criaturas que lo habitan.
Adela mira alrededor, a las paredes y el techo de la cripta, donde descansan las miles de calaveras robadas a su gente y, antes de que abra la boca, sé que ha tomado una decisión. Nunca fue una opción, fue una trampa.
Sus hombros caen y su expresión se tiñe de resignación, como si el fuego dentro de ella se estuviera apagando, sofocando. Me mira un instante, pero desvía la mirada, como si fuera a juzgarla por lo que sé que está por venir.
–Acepto –dice apenas en un susurro.
–Excelente. –Sarai se acerca a mí, delinea mis hombros con un dedo y despliega una sonrisa calculadora y satisfecha, carente de calidez–. Ahora, como primera prueba de lealtad, por sus crímenes en contra de las órdenes y del valle, matarás a Kian.