Capítulo treinta y uno. Kian #2
–Siempre pensé que eran las calaveras, que el acceso a la magia y al poder que otorgan sobre el mundo natural contribuían a la corrupción.
–Mi voz vacila al admitirlo–. Pero tú me has ayudado a ver que el problema no son las calaveras ni la magia.
Tú tienes ambas, probablemente la magia más poderosa y destructiva que existe.
–Ahora se estremece. Su primera reacción a algo que he dicho.
Me apresuro a continuar–. Pero haces el bien con ella.
Rescataste a Tani. Aliviaste el sufrimiento desesperado de Etana.
Cuando están en manos de buenas personas, las calaveras brindan los medios para hacer un bien inmenso.
No es solo venganza por mis padres muertos lo que me mueve, es justicia.
–Extiendo los brazos hacia las paredes llenas de calaveras que nos rodean.
Seguro puede ver que esto es mucho más grande que mi venganza.
Mis motivos pueden ser pequeños en el gran esquema de las cosas, pero mi objetivo es justo–.
La corrupción de la orden es profunda y antigua.
Generaciones de deshonestidad, perversión y dolor.
Adela se levanta y comienza a caminar alrededor de la cripta. Extiende las manos hacia las calaveras, pero no puede tocarlas, es como si una barrera invisible las protegiera. Es muy probable que así sea. Una barrera como la que rodea el valle, como la que bloqueaba el cubículo de Tani.
Entonces, apoya la frente contra la barrera y susurra a través de ella.
Aunque no puedo escuchar sus palabras, apostaría todo el oro oculto en las paredes de mi casa familiar a que son amables y reconfortantes.
Si las calaveras escuchan, y ahora creo que lo hacen, sin duda se sienten en calma por su gentileza.
Pienso en cómo hizo desaparecer la puerta de la cripta y la del cubículo de Tani sin siquiera pestañear. En el edificio torcido que redujo a la nada. En lo rápido que alivió la agonía de Etana.
Tiene el poder de hacer todo lo que yo no puedo lograr solo.
Pero ¿lo hará?
–Ayúdame –le suplico–. Ayúdame a destruir lo malo para hacer lugar a lo bueno.
Se vuelve hacia mí y, por un momento, es casi como si viera el contorno de llamas y alas alzarse detrás de ella. Pero su rostro se suaviza. Está escuchándome, y algo muy dentro de mí se desenrolla. Le mostré quién soy y no me abandonó.
Dirá que sí. Será mi compañera en esto. Juntos alteraremos el orden, arrancaremos la corrupción de raíz y haremos espacio para el bien.
Pero antes de que pueda responder, una voz suave y sedosa surge de la oscuridad:
–Hola, mis pequeños pajarillos. –La Suma Sacerdotisa Sarai sale de las sombras–. No se supone que estén aquí. Todavía.
Las gemas brillan a la luz de las velas debajo del velo negro de Sarai.
Cuando chasquea los dedos de una mano casi tan blanca como la calavera de unicornio, media docena de sacerdotisas y sacerdotes, dos de cada orden, avanzan con faroles en las manos.
Linden, Molvi, Ylysia y Jasmyn también los acompañan.
Sus ojos se amplían cuando alzan sus faroles y contemplan la cripta llena de huesos y las miles de calaveras que nos rodean, pero permanecen firmes y en silencio.
Linden se lanza sobre mí, junto con dos hermanos fornidos cuyos nombres desconozco.
Uno viste el rojo de la Hilandera, otro el azul marino de la Pupila.
Siempre me había preguntado qué tan involucradas estaban las otras dos órdenes en las acciones de la Cazadora: al parecer, no son inocentes como yo había esperado.
Los sacerdotes me sujetan los brazos con fuerza y los retuercen detrás de mi espalda mientras que Linden se queda cerca, en actitud amenazante.
Pongo los ojos en blanco hacia él.
–¿Qué es esto? –pregunta Adela–. ¿Por qué lo están sujetando?
–Es un traidor –dice Sarai con una risa sin humor–. Y debe ser castigado por sus crímenes.
–¿Crímenes? –replica Adela.
–Hemos seguido a Kian durante años mientras conspiraba contra las órdenes. Sabemos que guio a su familia de contrabandistas hasta el valle, incluso incendió…
Empiezo a forcejear y a soltar maldiciones.
Adela nunca puede saber que yo fui responsable de la destrucción de la cabaña de emparejamiento. Eso nunca podría perdonármelo.
Sarai hace una señal con la cabeza, entonces el sacerdote de la Pupila arranca la calavera de fénix de mi rostro y luego Linden me amordaza con un trozo de tela.
Es rápido y brutal. La sujeta tan fuerte que me empuja la lengua demasiado atrás en la boca, se me llenan los ojos de lágrimas y la piel de las mejillas parece a punto de romperse.
Adela se adelanta como si fuera a liberarme, pero niego con la cabeza porque no quiero que la lastimen a ella. Se detiene a treinta centímetros de mí, luego siento un tirón en mi interior, que desaparece de inmediato junto con la mordaza.
–Maldito… –escupo.
Como si hubieran anticipado que la mordaza desaparecería, Linden saca otro trozo de tela y vuelve a silenciarme, esta vez incluso con más fuerza que antes.
Pero un pequeño trozo de tela no evitará que dé pelea.
Forcejeo contra las manos que me retienen, moviéndome con violencia hacia adelante y atrás, pero a pesar de mi fuerza y tamaño, consigue contenerme.
Cuando siento que el poder de Adela comienza a crecer otra vez, espero que desaparezca la segunda mordaza, pero, en cambio, son las manos de Linden las que desaparecen.
Todos lo observamos perplejos por un momento antes de que comiencen los gritos y que la sangre nos riegue a Linden, a los sacerdotes y a mí.
Cuando él se da la vuelta, salpica el suelo, las velas, los faroles y los mantos de todos alrededor.
Ylysia colapsa en el suelo sucio y su calavera de gytrash se tuerce cuando se golpea la cabeza contra el suelo.
Molvi se inclina para ayudarla, incluso cuando Jasmyn le pasa por encima para llegar a Linden.
El sacerdote de la Pupila está más cerca, así que me libera para enfocarse en sanarlo.
El sangrado se alivia de inmediato, pero el hombre no tiene magia suficiente para hacerle crecer las manos otra vez.
Yo sí podría lograrlo.
Sin embargo, le doy la espalda y dejo que experimente el mundo sin manos y sin calavera de criatura. El destino que merece por fin lo ha alcanzado.
Aprovechando el caos, me libero del sacerdote que todavía me retenía y me apresuro a alcanzar a Adela, a besarla. Es un beso desesperado, hambriento, como si fuera el último.
–Desearía ser tú, una sanadora –dice con voz suave, como si fuera un adiós–. Una creadora.
–No, mi amor. Tú eres mucho más que eso. Estás dispuesta a hacer lo que sea necesario, aunque lo aborrezcas. –Pienso en mi cobardía al no decirle que quemé la cabaña de emparejamiento y desearía poder volver el tiempo atrás para revelarle mi verdadera identidad–. Acepta quien eres, tal como eres.
–¿Incluso a la parte destructiva?
Le echo un vistazo a Linden, que está chillando, y a Sarai, que da instrucciones. Todos siguen sus órdenes sin pensarlo. O sin preocuparse, tal vez.
–En especial esa parte.
Una vez que Linden es escoltado fuera de la cripta, con sus compañeros lamentándose tras él, la atención de Sarai vuelve a nosotros.
–No creí que lo tuvieras en ti –le dice a Adela, con algo semejante a orgullo en la voz.
–¿Crees que no conozco la necesidad de la violencia?
–Adela ríe sin soltarme–. Soy una guardiana.
Cuidar de las criaturas a veces implica usar la violencia.
Todo cuidador de animales sabe que no puedes dejar que un absceso persista, debes cortarlo y dejar salir el pus, aunque la criatura se sacuda y grite de dolor.
Sus ojos recorren el camino de sangre que mancha el suelo de la cripta.
–Las cosas que conseguiremos juntas, maravillosa pajarilla. –Los diamantes en la calavera de unicornio de Sarai destellan en la luz parpadeante.
Puedo sentir a Adela tensarse entre mis brazos. Quiere discutir, pelear, pero sacude la cabeza como si intentara liberarse de algo. Me pregunto qué tan ruidosas deben ser para ella todas estas calaveras, cuán doloroso debe ser tenerlas susurrándole sus deseos, sus caprichos, dentro de su mente.
–¿Qué es exactamente lo que quieres? –le pregunto a Sarai.
–La magia está fallando. –Sarai camina lento hacia otra parte de la cripta, donde hay un altar similar al del santuario de arriba.
Pasa la yema de un dedo por el borde y luego enciende las tres velas que hay allí: una roja, una azul marino y una negra, los colores de las tres órdenes.
Como miembro de la Orden de la Cazadora, no tiene derecho a encender la azul ni la roja, ya que esas pertenecen a la Pupila y a la Hilandera.
Ni siquiera deberían estar en su posesión.
Solo que es evidente que las otras órdenes también están involucradas–.
Estoy asegurando nuestros futuros utilizando los medios que las sumas sacerdotisas establecieron hace trescientos años.
Trescientos años acumulando calaveras. Trescientos años incumpliendo sus compromisos con el valle. Trescientos años de engaños.
–¡Pero la razón por la que la magia se está agotando es porque han estado acaparando calaveras!
–replica Adela y vuelve a estremecerse. Presiona una oreja contra mi hombro, como si eso pudiera aislarla de algunos de los sonidos que la rodean–.
Y, además, tú tienes magia. La única magia que existe. ¿Para qué querrías más?
Estoy de acuerdo con ella. Sarai dirige la orden más grande y poderosa.
Cobra a la gente por el privilegio de ayudar a sus seres queridos a cruzar al más allá.
Controla las frutas y verduras frescas de toda una ciudad.
Les dice a sus sacerdotisas a quién sanar.
Y a quién no. En efecto, ¿para qué necesitaría más?