El beso del fénix Capítulo treinta y uno. Kian
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Capítulo treinta y uno. Kian

capítulo treinta y uno Kian

De camino de vuelta a Inborough, Adela y yo nos sentamos juntos en el carro.

Ella cierra los ojos y finge dormir, pero está demasiado rígida como para que sea creíble.

Cuando se me entumece el trasero de estar sentado sobre la madera dura, me muevo y rozo su pierna, entonces ella se aleja apenas un ápice para evitar el contacto.

Me ha estado evitando desde que dejamos el valle, ni siquiera me dijo si pudo escuchar a Etana. No sé si es que está enfadada o solo distraída por algo más. Espero que esté distraída, pero me temo que es lo primero.

Y eso que apenas conoce la superficie. Cuánto peor sería si se lo dijera todo: que trabajo para derribar a la orden, que soy quien destruyó la cabaña de emparejamiento y las calaveras dentro de ella. Aun así, parte de mí sueña con decírselo, con que me vea y me acepte.

Tal vez incluso con que me acompañe y me apoye en mi misión.

Y que, en última instancia, me ame.

La esperanza es dolorosa.

No me he permitido mostrarle a alguien mi verdadero ser desde que era un niño pequeño, ni siquiera a Ulric, mi mejor amigo y, alguna vez, amante. Él deseaba que le permitiera conocerme, pero no pude superar mi miedo para hacerlo. Aún no puedo.

Cuando llegamos de vuelta al patio del templo, Adela por poco salta del carro.

–¡Tu calavera! –exclama tía Ujvala.

Adela toma al fénix, le pasa el cinturón por la cuenca del ojo y lo sujeta con fuerza. Después de una despedida cálida pero rápida, por poco se aleja corriendo por la plaza de gravilla. Se detiene después de atravesar las puertas del templo, con la cabeza inclinada como para escuchar algo.

–Creo que deberíamos cambiarnos –sugiero, apuntando hacia las habitaciones. Si alguien nos viera, se preguntaría por qué no usamos los mantos de novicios.

Al parecer no le importa, porque avanza de prisa en la dirección contraria.

Mientras la sigo, le pregunto a dónde vamos, si está bien, si no le gustaría un bocadillo o un baño.

Le ofrezco todo lo que se me ocurre para intentar que me preste atención, pero ella no dice nada, solo sigue un camino extraño por el templo.

De tanto en tanto, levanta una mano para indicar que me calle.

–¿A dónde vamos? –le pregunto. Me extiendo para tomar su mano. Quiero disculparme y tal vez si la toco sienta mi sinceridad y sepa que lamento no haberle hablado antes de mi familia–. Adela, por favor.

–¡Detente! –sentencia, sin gritar, pero con firmeza, tanta que cae como una piedra en mi pecho. Luego libera su mano, y entonces me siento como el fénix, cayendo desde el aire–. Guarda silencio, deja de intentarlo.

Sus palabras son una ráfaga helada que arrastra la chispa de esperanza a la que me estaba aferrando. No me quiere aquí, ni siquiera quiere que intente enmendar las cosas entre nosotros.

–Podremos hablar después.

–¿Lo prometes? –Mi esperanza es como el fénix de las visiones, que planea sobre el verde valle. Extasiado y peligroso.

–No prometeré nada. –Suspira, y el desencanto en ella me cala hasta los huesos–. Ahora necesito que guardes silencio. Puedes venir conmigo si quieres o puedes irte, pero necesito rastrear de dónde vienen las voces.

–¿Voces?

–Las he escuchado desde que llegué, pero no sabía qué eran. Sonaban diferentes a las del valle. Pero cuando me comuniqué con Etana… –Su voz se suaviza, aunque no es por mí–. Hay calaveras en el templo, en algún lugar. Pero no sé de dónde vienen sus voces.

Por supuesto que hay calaveras en el templo, muchas.

Cada sacerdotisa, sacerdote y novicio tiene una.

Pero Adela nunca mencionó escuchar las suyas.

No escucha a mi fénix ni escucha sus anhelos excepto a través del suyo.

Y no puede haber calaveras sin emparejar en el templo.

¿De qué le servirían a la orden? ¿Y dónde las ocultarían?

Nunca he visto un cráneo sin emparejar aquí, y he recorrido cada rincón y pasillo, cada torre y escalera.

Escaleras.

Además de los dormitorios, solo hay una puerta cerrada en todo el templo, una que nunca he atravesado. Es mi turno de dar la vuelta y caminar en otra dirección.

–Sé dónde están –digo sobre mi hombro.

Adela me sigue de inmediato y comenzamos a descender hacia la oscuridad absoluta sin decir palabra, hasta que llegamos a la puerta tallada con símbolos de la Cazadora y con incrustaciones de oro.

–¿Cuántas veces has intentado forzar la cerradura?

–Una docena –admito–. Pero puedo volver a intentarlo, tal vez la treceava sea la vencida.

Percibo el pequeño rastro de una sonrisa en sus labios carnosos, pero no hay alegría en ella.

Es amenazante. Extiende una mano hacia la puerta, se siente una fuerza, presión en aumento, y luego la puerta desaparece, igual que la del cubículo de Tani en el establo.

Y Adela ni siquiera trae puesta la calavera de fénix, la tiene colgando del cinturón.

–No será necesario.

Su poder es descomunal y, por primera vez, me alegra que la destrucción no sea mi parte. Yo no la blandiría con tanta gracia.

Atravesamos la puerta y bajamos más escaleras. Abajo, el aire es frío y rancio, y Adela baja el ritmo, como si le costara moverse y tuviera que forzar su cuerpo a avanzar.

–Son muy ruidosas y son demasiadas. –Se tapa los oídos y se sostiene la cabeza–. Están sufriendo.

Vemos una luz parpadeante detrás de un pasillo de tierra estrecho, así que nos apresuramos hacia ella. Llegamos a una cripta cavernosa, iluminada por una sola vela en un candelabro lleno de otras velas apagadas. Encendemos las demás e iluminamos alrededor, lo que revela el horror.

Adela deja escapar un lamento.

Sobre cada superficie, paredes, nichos, techos, incluso por los bordes del suelo, cuelgan calaveras de criaturas.

No son decenas, ni siquiera cientos, sino miles.

Hay lebrílopes, grifos, kelpies, unicornios, pegasos.

Gytrash en grupos de tres. Dragones y capaluses.

Incluso algunas criaturas que no reconozco, como una que parece una polilla gigante y otra que se asemeja mucho a un lobo.

Adela cae de rodillas, deja caer las velas y se sujeta la cabeza.

–¿Cómo es posible? –pregunta con la voz cargada de angustia.

Recojo el candelabro, sin molestarme en reencender las velas que se apagaron.

Las demás siguen ardiendo dichosas, indiferentes a la miseria que han revelado.

Las dejo a un lado para acompañar a Adela, abrazarla y atraerla a mí.

Aunque se recarga contra mi cuerpo, no está presente, está consumida por el dolor.

Su desesperación y pena fluyen dentro de mí, no sé si por la magia de los fénix o por nuestra propia conexión.

En algún lugar sobre nosotros, se oyen los pasos apagados de quienes circulan por el templo, de seguro camino a cenar o a rezar.

–Es por esto que el valle estaba muriendo –dice Adela mirando alrededor. La esperanza ha desaparecido de su voz, que ahora es plana–. ¿Qué han estado enviándonos en lugar de las cenizas de las calaveras cuando morían sus sacerdotes y sacerdotisas?

Es demasiado pura, siempre firme en su fe en las diosas y en las otras personas. Pero gran parte de lo que creía era una mentira; la prueba del engaño está a nuestro alrededor.

Ha sido traicionada. Y no solo por la orden.

Ya no puedo permanecer en silencio. No puedo seguir ocultándole quién soy en verdad ni un momento más, así que pongo un dedo bajo su barbilla y giro su rostro hacia mí.

Es tan hermosa y valiosa para mí que verla sufrir me provoca dolor físico.

Tiene los ojos cerrados, cegados ante la abominación de calaveras acumuladas que nos rodea.

–Ayúdame a destruirlos. A la orden.

Sus ojos se abren de golpe.

–No solo transmito información a mi familia.

–Respiro hondo y me dispongo a revelarle mis verdades–.

Toda mi vida he estado trabajando para desestabilizar a la Orden de la Cazadora.

Ellos mataron a mis padres. Y sí, mis padres eran contrabandistas.

Para muchos eran villanos que se ganaban la vida con robos y mentiras, pero nunca fueron malintencionados. No eran codiciosos.

La observo en busca de cualquier indicio de lo que piensa o siente, pero es como si llevara una máscara de su propio rostro. Su expresión de angustia no cambia, y permanece inmóvil, escuchándome.

Me permite tomar sus manos, pero no aprieta las mías con fuerza.

–Mis padres eran bondadosos. Querían ayudar a quienes no tenían acceso a los bienes que necesitaban, llevar alegría. Volvían loca a tía Ujvala con lo poco que ganaban, pero eso no les importaba. El resto de la familia podía ganar dinero, ellos solo querían hacer el bien en el mundo. Como tú.

Mis manos tiemblan. Ella las mira, pero no se aparta ni se acerca más.

A pesar de que cada músculo de mi cuerpo me grita que guarde silencio, que oculte mis secretos, sigo adelante.

Bajo la mano hasta la calavera de fénix en su cintura, la inclino y paso el dedo por el pico afilado como una navaja, con cuidado de no cortarme.