El beso del fénix Capítulo treinta. Adela #3
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Capítulo treinta. Adela #3

Pero, ahora, no tengo mucho tiempo y necesito saber si puedo escuchar a las calaveras.

Comenzando por Etana.

Comienzan a sudarme las manos, que seco en mis prendas prestadas. No sé por qué la ansiedad, Etana está muerta. Nunca volveré a rascarle la cabeza ni a apoyar la mano en sus costillas para sincronizar nuestras respiraciones. Ya no puedo lastimarla más.

Cecelia por fin gira la manija y comienza a abrir la puerta, pero la detengo con una mano en el hombro.

–¿Beadda la escucha? –le pregunto antes de entrar–. ¿O alguien?

–Hasta yo la escucho. –Cecelia no está muy en sintonía con las calaveras, así que es una buena señal–. Podrás con lo que sea que enfrentes. Como siempre has hecho –dice con un apretón a mi mano.

–¿Podré? Sobreviviré, tal vez.

–¿Y? Eres auténtica, tienes buenos sentimientos.

Y también tienes un gran instinto. –Suelta la manija de la puerta y voltea hacia mí.

No puedo ver su expresión detrás de la máscara, pero sí percibo la sinceridad en su voz.

Además, Cecelia no miente–. Eres inteligente.

Ves el mundo como es y sí, a veces te enojas.

Pero reprimir la rabia no nos hace buenos.

Suceden cosas muy, muy horribles. Deberíamos enojarnos por eso.

–Abre la puerta y extiende el brazo hacia adentro, una invitación–. Confía en ti misma.

No tengo el valor de atravesar la puerta, pero tampoco puedo alejarme. Tengo que avanzar. Puedo enfrentar lo que sea que me espere. Tal vez no lo haga con tranquilidad. Tal vez no lo haga con elegancia. Pero avanzar de forma caótica es mejor que no avanzar en absoluto.

Tras una inhalación profunda, entro.

Ahí en la biblioteca, en medio de un estante, está mi Etana.

De inmediato, me hace sentir cálida, alegre y bienvenida.

Casi rebosando de dicha, corro hacia el estante y la abrazo contra mi pecho.

Puedo escucharla. Sentada a la mesa, coloco la calavera sobre mi regazo, mientras por dentro le agradezco a la Gran Diosa.

–Ojalá tuviera ungüentos o aceites –digo en voz alta, más para mí misma que para Cecelia. Pulir los huesos es la mejor manera de comulgar con ellos.

–¡Yo tengo! –Toma unos viales de un estante alejado y los trae a la mesa. Abro uno, y un hedor horrible invade mi nariz, dulce y rancio a la vez, como fruta que fue dejada al sol por mucho tiempo. Vuelvo a taparlo enseguida.

–¿Qué es eso?

–Eh… consuelda pasada. Con Beadda queríamos experimentar un poco. Ya que no tenemos las notas de ningún emparejador reciente, hemos estado usando recetas que encontré en el diario de esa emparejadora. Tiene algunas mezclas inusuales.

–Si con “inusual” te refieres a “asquerosas”…

Las dos nos reímos.

Por la Diosa, cuánto la extrañaba.

En vida, a Etana le encantaba revolcarse en los campos de amapolas o dormir bajo los arbustos de lilas, así que reviso el resto de los viales en busca de algo suave y floral.

Al encontrarlo, froto la calavera con el aceite mientras le susurro.

Fluye alegría dentro de mí, suya y mía. Agradezco su sonido.

Es diferente a como era antes, pero es perfecto.

Me transmite sus emociones: gratitud por el cuidado, gusto por la esencia que elegí. Y, luego, perdón.

Me conoce, sabe quién soy. Apoyo la mejilla en su frente, justo debajo del cuerno, y por un momento deseo poder emparejarme con ella. Si todo esto debía pasar, ¿por qué no podía ser con mi hermana estelar?

Etana y yo nos sentamos juntas, transmitiéndonos sentimientos.

Me esfuerzo por contarle sobre Tani, y me sorprende cuando parece entenderme.

La resonancia de comunicarme con ella es muy diferente a cómo era con las otras calaveras, es un murmullo más bajo, más suave pero más claro.

Es como si antes las calaveras tuvieran que gritarme para que las entendiera y ahora ella pudiera hablarme con normalidad.

Algo en el sonido, o en la sensación, me resulta familiar. Pero eso es imposible. No he estado cerca de ninguna calavera sin emparejar desde que me uní al fénix y no escucho a las de los demás miembros de la orden.

Por poco dejo caer a Etana al descubrir que ya había escuchado esta clase de murmullo. Más silencioso, como si fuera lejano, pero también a gran escala. En el templo.

Dejo a Etana con cuidado con manos temblorosas, mientras le prometo volver tan pronto como pueda. Luego vuelvo casi corriendo a casa de mi padre, con el corazón acelerado y los pasos de Cecelia pesados detrás de mí. Ni siquiera le doy un momento para preguntar qué está pasando.

Irrumpo por la puerta de la cocina y sorprendo a todos en la mesa.

–Tenemos que volver. De inmediato.

Todos me miran con ojos grandes, pero no encuentro las palabras para explicarlo y un temor gélido me deja sin voz.

La orden, el templo, la Suma Sacerdotisa, todo está mal.

En algún lugar del templo de la Cazadora hay una horda de calaveras que no deberían existir.

Están atrapadas, abandonadas. Y soy la única fuera del valle que puede oírlas.

Tengo que encontrarlas. Y salvarlas.