Capítulo treinta. Adela
capítulo treinta Adela
El viaje a casa es tranquilo y, a pesar de la ansiedad creciente, el agotamiento se hace aún mayor.
Tani y yo dormimos en la parte trasera del carro que se traquetea, ocultas debajo de una manta áspera y apretadas por cajas, barriles y costales hasta llegar al límite del bosque que divide las afueras de la ciudad del valle.
Nos detenemos y después de una conversación lejana, Kian nos libera.
–¿Están bien?
Tani levanta la cabeza y le resopla. Yo salgo de encima de ella, pero mantengo la soga enroscada en mi muñeca, solo por si acaso, ya que aunque parece estar cómoda conmigo, es mejor no confiar demasiado en las criaturas.
Kian se extiende para ayudarme, y todo lo que quiero es lanzarme a sus brazos, que me envuelvan y él me diga que todo estará bien y que me ama…
interrumpo ese pensamiento al sentarme con un quejido.
Me duele el cuerpo por haber permanecido en la misma posición sobre el suelo de madera del carro.
Y el corazón me duele también. El pensamiento reaparece sin ser llamado: quiero que me diga que me ama, porque yo lo amo.
Pero si me amara, ¿me hubiera ocultado quién es en realidad? Debería confiar en mí y saber que comprendería que su familia es de contrabandistas y que quería ayudarla con sus tareas. Yo también haría todo por mi familia, eso no cambia nada entre nosotros.
–¿Te ayudo? –pregunta, con la mano todavía extendida. Tani baja del carro y yo lo hago con piernas rígidas tras ella, sin ayuda. Estoy batallando con mis sentimientos.
Algo parecido al dolor atraviesa por su rostro, pero no dice nada, así que sigo caminando, incapaz de enfrentarlo.
Ujvala nos da una manzana a Tani y a mí y me alienta a comer la mía.
–Necesitarás energía. –Luego me ofrece una botella. Bebo un trago largo, pero lo escupo de inmediato, ya que no esperaba un trago de brandy a primera hora de la mañana. Ella sonríe, igual que su sobrino–. Te despertamos, ¿eh?
Toso, agradecida por la distracción de mis pensamientos desbocados. No es el momento de lidiar con temas como el amor y la reciprocidad, así que me guardo mis sentimientos complejos por Kian bien adentro, salgo de mi mente y me centro en mi cuerpo.
Descargamos del carro todo lo que Kian, Ujvala y yo podemos cargar en los bolsos que trajimos.
Libros, especias, pasteles decadentes, fruta enlatada, frijoles secos e incluso un rollo de encaje fino, cosas que no solemos tener en el valle.
Cosas útiles, pero también pequeños lujos de los que disfrutar.
Desearía que pudiéramos traer mucho más.
Pero Ujvala me asegura que, si todo sale bien en su negociación con los ancianos, y creo que así será, volverá con más. Y con frecuencia.
Después de despedirnos de Jamie, comenzamos a avanzar por el valle. El camino es zigzagueante y extraño, pero intento memorizarlo. Aunque no sé cómo alguien podría recordarlo y sospecho que tiene alguna clase de demarcación, pero no la veo y Ujvala no me da detalles.
Cuanto más caminamos, el bosque se hace más espeso y silencioso. Tani comienza a inquietarse, a jalar de la cuerda. Quiere ser libre y correr.
–¿Ya hemos entrado al valle? –pregunto.
–Aún no, pero pronto lo haremos –responde Ujvala–. Te avisaré cuando lleguemos, no es algo que puedas sentir.
Confío en ella.
Tani no. Conforme nos adentramos en el bosque crece su agitación. Las ramas se agitan con una brisa ligera y el sol en ascenso comienza a crear sombras alrededor. Tani intenta escapar ante cada sonido nuevo y se aleja cada vez más de nosotros, jalando de su cuerda.
Cuando un halcón de cola roja desciende en picada para atrapar una ardilla, Tani se encabrita, y un pequeño rayo estalla en lo alto. Luego comienza una lluvia repentina.
–Bueno, esto es molesto –dice Kian mientras se levanta la túnica por encima de la cabeza para protegerse de la lluvia.
Yo, en cambio, miro hacia el cielo oscuro y furioso y dejo que la lluvia me empape.
Y me río. Esto no es molesto, es asombroso.
Miro a nuestro alrededor para confirmarlo: en todas partes hay un cielo rosado matutino, despejado, y fuera del pequeño círculo en el que estamos, los árboles y el suelo están secos.
Esta tormenta es obra de Tani. Nunca había visto que una criatura bebé usara su magia.
Ujvala está mirando alrededor, alerta, aferrando las correas de su bolso con fuerza por si necesitara salir corriendo.
–Es Tani –le explico con esperanzas de que eso calme sus nervios–. Tiene miedo. –Luego me dirijo a la alicornia–. Estás bien, pequeña. Estamos llevándote a casa, ya casi llegamos.
Y entonces siento algo más maravilloso. Una especie de reacción. No son las voces de la calavera, sino algo más sutil, como si el deseo fuera mío. Me descubro queriendo soltar a Tani, liberar la cuerda para que pueda correr, ser libre.
Pasé mi infancia junto a Cecelia, leyendo sobre unicornios, pidiéndoles historias a los ancianos, estudiando las pinturas en el gran salón, queriendo saber todo lo posible sobre Etana, por eso sé que influir en las emociones es una magia que solían poseer.
Las sacerdotisas más poderosas aún pueden acceder a ella en pequeñas cantidades a través de las calaveras, pero no ha sido manifestada por una criatura viva en generaciones.
–¿Ella…? –Kian mira a Tani, luego a mí–. ¿Es ella quien hace que me sienta de este modo? Como si no hubiera nada mejor en el mundo que convencerte de que sueltes la cuerda y la dejes correr.
–Sí, es ella.
–Muy bien, entonces llevémosla al valle y démosle el gusto, ¿de acuerdo? –dice Ujvala.
Avanzamos rápido el resto del camino, hasta que llegamos a una abertura en los árboles, con manchas oscuras en algunos troncos y el suelo revuelto. Sospecho que aquí fue donde Enkidus se comió al sacerdote.
Tani relincha. Suena menos agresivo que sus gritos cuando estaba enjaulada, pero igual es como uñas sobre cristal.
La respuesta llega casi al instante, seguida por un aleteo sobre nosotros.
Mientras que Ujvala se estremece, yo vuelvo a mirar al cielo: allí, volando entre los árboles a gran velocidad, veo la figura oscura de Lathai. La tormenta se aplaca y luego se detiene cuando Tani lo ve, pero su deseo dentro de mí se intensifica hasta ser casi doloroso.
Libérame, libérame, libérame.
Lathai aterriza con fuerza, golpea el suelo y agacha la cabeza para gruñir hacia mí. Ujvala se esconde a medias detrás de un árbol, y no puedo culparla, ya que Lathai es grande, está enfadado y no la conoce.
Pero él pronto ve que no hay necesidad de amenazas, entonces libero la brida de su pequeña. Como imaginaba, en cuanto libero a Tani, los dos corren el uno hacia el otro y se frotan los hocicos en el cuello del otro. Luego, sin siquiera una mirada atrás, desaparecen juntos en el cielo matutino.
Algo profundo en mi interior se relaja. Ella estará bien y ya está con Lathai. Está a salvo.
Estará a salvo.
Ahora es momento de ir con mi familia.
El viaje a través de la pradera y los campos se siente como si hubiera vuelto en el tiempo, como si hubiera cruzado a un mundo que de algún modo es a la vez familiar y ajeno. Es inquietante la disonancia entre lo que dejé y lo que veo ahora en tan poco tiempo.
La pradera se ve como en primavera en mis recuerdos de la infancia.
El aire ha perdido su frío. El césped está creciendo.
El cielo es de un azul brillante y alegre, salpicado de nubes esponjosas.
Las flores silvestres tienen capullos y pequeñas floraciones, y el trigo asoma a través de los campos labrados.
Había llegado a pensar que recordaba mal aquellos días perfectos de primavera.
Y las criaturas están activas. Pegasos y grifos vuelan por el cielo, regresan de sus zonas de caza a los acantilados donde anidan, y los lebrílopes están más lejos de sus territorios de lo que jamás recuerdo haberlos visto. Incluso hay un trío de gytrash avanzando a lo lejos sobre las colinas.
Ujvala, en particular, mantiene una buena distancia de los lebrílopes, pero ellos nos ignoran, ya que están ocupados acumulando comida para sus inminentes camadas de crías.
Cuando llegamos al pueblo, veo tulipanes y los primeros brotes de vegetales ansiosos que empiezan a asomar en los huertos.
Parpadeo con fuerza para intentar encontrarle sentido a todo esto.
Todo se siente correcto y equivocado al mismo tiempo.
Ahora el valle rebosa de vida, cuando hace muy poco estaba luchando por sobrevivir.
Una chispa de esperanza se enciende en mi pecho y susurra su peligrosa canción: el valle puede volver a ser lo que era, a pesar de sus dificultades y sus pérdidas.
Quizás yo también pueda.
De repente, oigo que llaman mi nombre, así que dejo de ver el paisaje repentinamente verde que me rodea para ver a Cecelia, que corre hacia mí a través de la plaza.
Suelto el fardo con los bienes de intercambio de Ujvala para que no me pese y echo a correr también, hasta que chocamos en un abrazo apretado, sus brazos alrededor de mi cuello y los míos alrededor de su cintura.
Me aprieta tan fuerte que por un momento me deja sin aliento, pero ninguna de las dos se suelta.
La he echado demasiado de menos. Y aquí está.
Inhalo profundo, disfruto del aroma de su cabello, que huele a peonías y a hogar.
Escondo el rostro en su cuello. Soy feliz de abrazarla todo el tiempo que me lo permite, hasta que por fin nos soltamos y nos separamos un poco.
Entonces, sus manos se posan con suavidad en mis mejillas y sus ojos me recorren, desde la línea del cabello hasta la barbilla.
–Extrañé esta cara –dice, con la voz afectada–. Pero ¿dónde está tu fénix?
Señalo mi fardo, que ahora sostiene Kian.
–Guardado ahí. Es más cómodo estar sin ella.
–Sin duda –responde.
Estoy riendo o llorando, o quizás ambas cosas.
–¿Cómo supiste…?
Ella responde antes de que termine la pregunta:
–Vi a Lathai volando con la potranca. Y solo lo supe…