Capítulo veintinueve. Kian #3
–Gracias por la distracción –le dice Adela. Por supuesto que fue Ulric. Y yo que pensé que mis plegarias podrían haber sido escuchadas por la diosa–. Pero ¿cómo la atrapamos? –Mira alrededor con frenesí en busca de una solución.
–¡Ah! –Ulric saca una pastilla de menta del bolsillo.
–¿Con antojo de algo dulce? –pregunto. Como si fuera el momento.
–El encargado del establo me la dio antes, cuando me vio intentando tranquilizarla –explica al tiempo que le entrega la pastilla a Adela–.
Dijo que a los caballos suelen gustarles, pero después de la pesadilla de atraparla en el valle y luego meterla en la jaula, no quiso acercarse lo suficiente para tomarla de mi mano.
–Perfecto. –Adela se apresura hacia la alicornia con el dulce en la palma extendida. Curiosa, como las crías de todas las especies, la potranca desciende un poco desde el techo para ver qué le ofrecen y aterriza sobre patas temblorosas.
Oímos pasos sobre nosotros, sin duda de los demás peones que se apresuran para despertar y vestirse.
La alicornia olfatea la mano de Adela y luego toma la pastilla de menta con los labios gruesos y sensibles. Mientras come, Adela le rasca entre las alas con una mano y se aferra a la crin con la otra.
–Vamos –nos dice.
Ulric da un paso adelante, pero la potranca intenta escapar. Por fortuna, Adela la sostiene con fuerza por una de las alas y la crin.
–Me quedaré, me tiene demasiado miedo –dice Ulric–. Los cubriré.
Pienso en los latigazos que recibimos de Sarai cuando tía Ujvala robó algunas de las gemas del hermano Victor. Le debo una disculpa cuando todo esto haya terminado.
–No quiero que tengas que sufrir por la desaparición de la alicornia.
Él señala la calavera de dragón sobre su rostro y luego mira al fuego. El humo es espeso y nos irrita los ojos, pero de repente se extingue casi por completo.
–Ahora soy demasiado poderoso para ser castigado.
No le recuerdo que Sarai hizo que amenazara a sus amigos más cercanos y a una criatura indefensa apenas hace horas, es algo que él debe resolver.
–Cuídate, amigo mío.
Se oyen pasos presurosos en las escaleras, luego, con una ráfaga, se enciende una llama en la base.
–Vayan.
Eso hacemos. Adela guía a la potranca y los tres salimos y cerramos la puerta detrás de nosotros. Antes de salir, veo cómo Ulric vacía la cubeta de avena y la llena con agua del abrevadero. Después corre hacia las escaleras como si acabara de ver el fuego y le lanza el agua.
–¿Una cuerda? –pregunta Adela.
Le extiendo la que recogí cuando pasamos corriendo junto al muro de aperos. Los hábitos de ladrón son difíciles de romper, en especial cuando no quieres romperlos.
–Gracias a la Diosa.
Adela me dice dónde poner las manos, y me aferro a la alicornia como si mi vida, y la suya, dependiera de ello. Porque así es.
Si una cría de alicornio apareciera de repente volando sobre Insborough, Sarai tendría muchas preguntas y, tarde o temprano, alguien acabaría hablando o quebrándose.
Nadie puede sobrevivir a la tortura y permanecer en silencio para siempre.
Bueno, casi nadie. Mis padres lo hicieron.
Ellos nunca traicionaron a la familia, aunque tal vez eso les hubiera salvado la vida.
Por suerte, Adela es rápida. Anuda la cuerda para formar un arnés, que le coloca sobre la cabeza a la alicornia casi al instante, y seguimos avanzando por el patio.
Llegamos al punto de encuentro, donde tía Ujvala y tío Jamie nos esperan.
Juntos descargamos los bienes de intercambio y los falsos para que Adela suba al carro.
Luego jala la brida de cuerda, y la potranca la sigue.
Una pastilla de menta y Adela se volvió confiable de inmediato. ¿Quién iba a decir que eso era lo único que se necesitaba?
Tía Ujvala la mira boquiabierta. No creo haberla visto tan llena de alegría antes, se ve como una niña pequeña viendo un poni por primera vez.
Pero, en cierto modo, lo es. Solo mis padres entraban al valle con regularidad, y tía Ujvala apenas estuvo allí durante unos días, escondida en el bosque.
Y aunque hubiera pasado un mes allí, es extraño ver a una criatura bebé con la baja en la tasa de natalidad.
Mucho más a un alicornio.
–¿Cómo se llama? –pregunta mientras se acomodan en el carro.
–Aún no tiene nombre. –Adela rasca el hocico de la alicornia, pensativa. La criatura parpadea complacida con sus grandes ojos negros–. Creo que Tani, por su mamá.
–Es un buen nombre –respondo.
Adela se recuesta en la parte trasera del carro y coloca un brazo y una pierna sobre la potranca con cuidado, en parte para reconfortarla y en parte para contenerla si se asusta.
Cuando Tani no parece oponerse, asiente con la cabeza, y yo las cubro con una manta de lana pesada, luego cargo costales de patatas, cajas de libros y otros bienes mundanos.
No resistiría una inspección minuciosa, pero si hay algo que he aprendido al crecer en una familia de contrabandistas es que muy poca gente observa las cosas con detenimiento.
Como dice Adela, gracias a la Diosa.