El beso del fénix Capítulo veintinueve. Kian #2
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Capítulo veintinueve. Kian #2

–¡Yo tengo! –celebro, feliz de por fin poder contribuir en algo. No tengo muchas opciones, pero cuento con un par de pantalones corrientes y túnicas aquí, en caso de que necesite escapar rápido del templo.

A mi regreso, las encuentro repasando los tiempos y los caminos a través de la ciudad en los que pasaremos desapercibidos o los ciudadanos no nos delatarán con ningún miembro de la orden que aparezca haciendo preguntas.

–¿Y qué hay de nuestras calaveras? –pregunto, señalando hacia donde dejé a ambos fénix.

Eso hace que las dos se detengan a mirarme.

Adela se muerde el labio, pensativa, y es tan transparente que por poco puedo escuchar sus pensamientos.

Por una parte, por fin ha descubierto cómo usar su magia, muy útil durante un atraco, por cierto, aunque sea algo que la aterra.

Por otra, no tiene sentido usar ropa de civil si atravesaremos la ciudad con calaveras de ave gigantes sobre nuestros rostros.

–Debemos llevarlas, solo en caso de que necesitemos usar nuestra magia –decide.

Cuando las dos mujeres están satisfechas por haber abordado todas las contingencias que se les ocurrieron y yo no tolero estar sentado ni un segundo más, tomo un farol y me pongo de pie.

–Muy bien, ¿listas para robar una criatura?

–¿Robar? –replica Adela en tono frágil–. Querrás decir liberar. La orden es quien la robó.

Adoro su fuego.

–Tú lo has dicho.

Ahora que tenemos un propósito, que se ha alimentado y calentado, Adela parece tener mucha más energía, así que llegamos rápido al templo. Puede que de hecho superemos esta larga noche. Y sí que será larga con el robo de la potranca y el viaje al valle por delante.

Con suerte, después podré disculparme y explicarle bien por qué le oculté tantas cosas sobre mí.

Al llegar al patio de los templos, pasamos entre los de la Cazadora y de la Pupila rumbo a los establos tras ellos. Los tres templos comparten los mismos establos, lo que hace que me pregunte qué tanta participación han tenido las otras dos órdenes en el robo de la alicornia.

Pero ¿qué podrían ganar con la extorsión de Sarai a Adela?

Los establos se encuentran detrás de los tres templos, al límite de la ciudad, donde Insborough mira hacia el mar.

Constan de dos pisos, construidos de piedra caliza pulida con arena y madera oscura, uno para los caballos y las mulas y el segundo para los peones que se ocupan de ellos.

Las puertas arqueadas son tan grandes como para que pase todo un equipo lado a lado, y entre ellas hay faroles de hierro forjado, que ahora emiten una luz tenue.

Es bastante majestuoso, como si hasta los caballos de las órdenes fueran ostentosos, pero al menos no es un granero construido de mármol demasiado costoso.

Entramos por una puerta lateral que osa crujir, pero por fortuna el establo se encuentra vacío.

No hay nadie haciendo rondas nocturnas, así que no tenemos que molestarnos poniendo excusas para explicar por qué dos novicios visitarían a los caballos en medio de la noche.

Aunque si hubiera sido necesario, el plan era confesar con vergüenza una aventura amorosa.

Por dentro, el establo es como cualquiera que haya visto, que no fueron muchos. Huele a heno, a limpiador de cuero y a orina. Avanzamos rápido entre los cubículos de madera pulida, con sus placas identificadoras de latón.

Sabemos de inmediato que hemos encontrado el cubículo correcto, no solo porque Ulric duerme medio sentado medio recostado sobre una pila de costales de alimento, sino porque es la única con cerramiento de piso a techo.

Corremos hacia ella y encontramos a la potranca dormida en una esquina, acurrucada con la cabeza escondida debajo de un ala.

Adela esquiva el cuerpo tendido de Ulric e intenta abrir la puerta.

No cede.

–Puedo ir a buscar mi equipo de ganzúas –sugiero.

No creemos que Ulric intente frustrar nuestros planes, pero es mejor no ponerlo a prueba, y cuanto menos sepa, menos podrá sonsacarle Sarai con torturas.

–Por supuesto que tienes ganzúas –ríe Adela. Tiene la mirada distante, como si recordara algo–. Por eso sabes que la puerta debajo del templo está cerrada y que lleva a otros templos. Lo has explorado todo.

Me estremezco aunque no hay sorna en su voz, de hecho, hay un rastro de admiración. Pero no estoy habituado a que alguien sepa quién soy en realidad, así que sigo esperando a que me juzgue con dureza como mentiroso o ladrón.

Y no se equivocaría, ya que soy ambas cosas. Y peor.

Con suerte, nunca descubrirá lo de las calaveras y seguirá pensando que fue un accidente producto de la pena de Lathai. Haber quemado la cabaña de emparejamiento es imperdonable.

–No tenemos tiempo –dice, y me toma un momento captar que está hablando de la cerradura–. Tus tíos estarán en el patio pronto, no queremos dejarlos esperando demasiado tiempo o levantarán sospechas.

Ulric se aclara la garganta desde el suelo.

–No tiene llave. Hay una secuencia específica para abrirla. –Permanece en el lugar con los ojos cerrados–. Como el camino al valle, solo que a una escala mucho más pequeña. Sarai la configuró y es la única que la conoce.

La alicornia despierta al escuchar nuestras voces y comienza a volar de inmediato, chocando con fuerza contra el techo y los barrotes del establo.

–De acuerdo, entonces, liberemos a esta pequeña –decide Adela y, en un parpadeo, el frente del cubículo desaparece. Por la diosa, sí que es ardiente cuando abraza su poder. Y no solo su magia, sino quien es en realidad, su corazón fuerte y feroz.

–Apuesto a que Sarai estará muy feliz de haberme forzado a aprender eso –dice con una sonrisa satisfecha.

Por desgracia, deshacernos de la pared que contenía a una criatura salvaje aterrada que apenas puede volar no da los mejores resultados.

La alicornia sale disparada de su establo, choca con una pared de donde cuelgan aperos y derriba bridas relucientes y una silla de montar de cuero aceitada hasta lograr un brillo profundo. Todo cae al suelo con un estrépito.

Con una mueca de dolor, miro hacia el techo, sobre el que se encuentran los aposentos de los peones.

Al oír el más leve crujido de una cama metálica, me apresuro a apagar los faroles en este extremo del corredor.

La oscuridad no es absoluta, ya que eso sería sospechoso, pero si alguien baja a investigar, tal vez asuma que el cubículo vacío sin pared ni cerradura no es más que un depósito para aperos o paja. Los establos tienen muchos de esos.

Adela y Ulric también oyeron el crujido y dejaron de intentar atrapar a la alicornia.

Todos nos quedamos congelados, aguzando el oído, pero no se escuchan más movimientos.

Bendita sea la Hilandera si solo fue un peor moviéndose dormido.

Si no lo fue y ellos también están despiertos y escuchando con atención, tenemos que darnos prisa. En silencio.

Tomo un puñado de heno y me acerco a la potranca, que ha encontrado una bolsa abierta de avena y está comiendo con alegría.

–Eso es paja, no heno –susurra Adela. La miro desconcertado–. Es para dormir, no para comer.

–Ah. –Dejo la paja y avanzo rápido para intentar atraparla, pero ella levanta la cabeza de golpe, se aparta asustada y patea una cubeta de plata vacía. A su vez, la cubeta sale volando y golpea un abrevadero con un estrépito metálico.

–Shhh, shhh, shhh.

Adela da un paso al frente e intenta calmar a la alicornia. Por un momento, creo que funcionará, porque la criatura da un paso vacilante hacia nosotros, pero entonces oímos pasos sobre nuestras cabezas, moviéndose a toda velocidad en dirección a la escalera.

–¡Escóndanse! –digo y le señalo un establo vacío a Ulric. Él entra corriendo y luego entorna la puerta con cuidado.

Me meto en uno de los rincones oscuros entre la pared del establo y unos fardos de heno (o quizás de paja) apilados y llevo a Adela conmigo.

Ella intenta alcanzar a la potranca, que vuela cerca de los techos altos, pero mientras que hay una posibilidad de que la criatura no sea vista allá arriba, fuera de la mirada de un peón, no hay ninguna de que Adela pase desapercibida.

La jalo hacia abajo, hasta que queda medio sentada en mi regazo. El peso es una ligera distracción agradable en medio del caos. Me siento tentado a besarle el cuello, apenas un roce, pero seguro que me ganaría una bofetada.

Al menos así, si nos descubren, la excusa de actividades amorosas sería fácil de creer.

No hay mucho que podamos hacer por la potranca ahora, pero en cuanto veo al peón que bajó la escalera, me preocupa todavía menos.

Es solo un chico, quizás de trece o catorce años, y tengo la sensación de que lo sacaron de la cama para que revisara qué era el ruido, porque lleva una camisa de dormir y botas y avanza por el pasillo del establo con los ojos entrecerrados.

Mira a su alrededor con aire somnoliento y cuando creo que se dará la vuelta y volverá a la cama, se detiene. Mira con los ojos entornados en la oscuridad hacia el extremo del establo, donde se encuentra el cubículo de la potranca.

–¡Kian! ¡La puerta del cubículo! –dice Adela.

Resoplo, porque no sé cómo devolverla a su lugar en este momento. El peón se ve confundido, como si no supiera muy bien qué hay de raro, pero si de repente hiciera reaparecer un pedazo de pared con una puerta ante sus ojos de seguro sospecharía.

Podría arrojar algo y hacer que mire para el otro lado, pero no encuentro nada con peso suficiente a mi alcance.

Mientras pienso qué hacer, comienza a salir humo de uno de los faroles al otro lado del establo. El peón corre hacia allí, toma una manta y comienza a sacudirla hacia el fuego, lo que solo sirve para avivarlo más.

–¡Fuego! –grita, sin duda para despertar a sus compañeros–. ¡Fuego!

Cuando no hay respuesta inmediata, corre escaleras arriba y comienza a sacudirlos.

Es nuestra oportunidad.

Devuelvo la puerta a su lugar mientras nos levantamos de la pila de heno. Ulric ya está en el pasillo, esperando.