Capítulo veintinueve. Kian
capítulo veintinueve Kian
Caminamos con pesadez por la ciudad hacia la casa de mi familia. Adela no está bien. Ahora que su enojo se ha disipado, también lo ha hecho toda su energía. No deja de tropezar con los adoquines y, después de andar unos veinte minutos, comenzó a descansar su peso en mí.
No me molesta. Me gusta el peso de su cuerpo contra el mío, pero sus pasos se vuelven torpes y su respiración más superficial y rápida. Tiembla y le castañean los dientes, aunque el aire es fresco, pero no lo suficiente como para provocar estas reacciones.
Necesita descansar, tanto el cuerpo como la mente.
Me apresuro para llegar a casa, mientras intento no pensar demasiado en lo que siento al tener que decirle la verdad sobre quién soy.
O al menos una parte. Mi mente gira en torno a lo que puedo mantener oculto y lo que tendré que revelar.
Por supuesto que si descubre que provengo de una familia de contrabandistas, tendrá que saber que no soy el sirviente fiel de la Cazadora que finjo ser, pero no necesita saber nada más allá de eso.
No tiene por qué enterarse de mi deseo de desestabilizar el orden ni de que soy responsable de la destrucción de las calaveras. No ahora. Ni nunca.
–Vamos, diosa. –Beso la parte superior de su cabeza y doblo por el siguiente callejón. Está sucio y mal iluminado, con escombros en las esquinas y adoquines faltantes. Ratas o ratones, o algún tipo de pequeño roedor, se escabullen bajo nuestros pies.
–Nos hemos equivocado de camino. –Señala la plaza del templo, ahora a nuestra derecha. El campanario de la Cazadora asoma por encima de los tejados de Insborough.
–Shhh, diosa. –La rodeo con un brazo y acomodo su cabeza en mi hombro–. Ya casi llegamos. Entonces podrás descansar y veremos cuáles son los siguientes pasos.
Me sigue, dócil y silenciosa. Resulta menos aterradora cuando no está derribando edificios enteros solo con su voluntad.
No estoy seguro de qué resulta más sorprendente para tía Ujvala al encontrarnos en su puerta: su sobrino con atuendo de la Cazadora y la calavera de fénix, o la mujer sollozante con prendas a juego que trae apoyada en el brazo.
–Hola, Kian –dice con su semblante imperturbable. Porque, por supuesto, nada desconcierta a mi tía. Al menos, nada que esté dispuesta a admitir–. Adela.
Adela parpadea al verla.
–¿Nos conocemos?
–No. Pero es parte de mi oficio saber cosas sobre la gente.
Es innecesariamente críptica. Ignora mi mirada y nos hace pasar. Si Adela se sintiera bien, sospecharía de inmediato de esa afirmación, pero está demasiado cansada como para prestarle atención.
Una vez dentro, mientras tía Ujvala va a la cocina a buscar algo de sustento, llevo a Adela a la sala de estar y la siento en una silla junto al fuego.
Retiro las calaveras de fénix de nuestros rostros y las coloco sobre una pequeña mesa auxiliar de caoba, luego tomo un montón de mantas tejidas de su soporte en la esquina y envuelvo a Adela en ellas.
Una alrededor de sus hombros, otra sobre su cabeza y alrededor de su cuello, dos alrededor de sus piernas y pies.
Las ajusto bien hasta que parece una enorme oruga envuelta en lana.
Poco a poco, deja de temblar y un tono rosado florece en sus mejillas.
Cuando tía Ujvala vuelve con una taza de té de peonias blancas y dulces, libero a Adela de su capullo exagerado.
Ella se mete un mantecado de sésamo en la boca y se lleva la taza a la nariz para inhalar el vapor, como siempre hace para darse consuelo.
Aunque todavía alterada, han comenzado a dejarse ver destellos de su personalidad.
En particular de su curiosidad. Está mirando alrededor, contemplando los estantes llenos de chucherías.
Tía Ujvala es coleccionista, así que hay piezas de arte de varios estilos, pinturas y joyas de aspecto extranjero, flores secas de lugares lejanos y frascos de lociones hechas con ingredientes de los que ni yo he oído.
Sus ojos se detienen en un pequeño cuenco de vidrio en una esquina, entre libros con cubiertas de cuero labrado y una estatua de forma fálica muy antigua. Un cuenco que contiene las piedras rojas que tía Ujvala me dio para marcar el camino hacia el valle.
No.
Se sacude fuera de las mantas que la envuelven para ponerse de pie.
–Adela, ¿quieres un panecillo? –pregunto para captar su atención–. Creo que son de chocolate y naranja.
Todavía no estoy listo para decirle quiénes somos.
Quería decírselo en la mañana, después de que descansara y comiera un desayuno abundante.
Cuando no estuviera tan alterada, emocional, peligrosa.
En cuanto relacione estas piedras con las que encontró en el bosque, lo sabrá, y no estoy seguro de lo que hará después.
Camina hacia el estante.
Miro a tía Ujvala en busca de apoyo, pero está tejiendo y evita mi mirada con obstinación.
Adela toma una piedra, la frota entre sus dedos y abre la boca para preguntar sobre ella, pero Ivo aparece a los saltos. Cierro los ojos, aliviado, porque él de seguro la distraerá. Ella es hermosa, y él es un joven de dieciséis años.
Como esperaba, Ivo se le acerca de inmediato y se presenta.
–Vine a preguntarle a Kian si quería jugar a Engaña al tonto con nosotros. ¿Te gustaría participar?
–Ah, escuché hablar de ese juego, podría ser divertido –responde Adela con franqueza. Luego extiende una piedra hacia Ivo–. Pero primero, ¿podrías decirme qué son estas?
Veo la escena como si ella fuera uno de los pequeños lebrílopes determinado a apuñalarme por atreverme a poner un pie en su territorio.
Intento llamar la atención de Ivo para indicarle que guarde silencio o, mejor aún, que se vaya.
No es que no quiera que ella lo sepa, sino que no es el momento. Y menos por boca de Ivo.
–Ivo –digo cuando mi mirada silenciosa y exagerada no da resultado.
Él ni siquiera me vio, porque está demasiado ocupado sonriéndole a Adela, quien tiene toda la atención en él.
También fui un joven de dieciséis hormonal, lleno de lujuria y esperanzas, así que entiendo que no escuche a su tedioso primo mayor, que ni siquiera sepa que existo en este momento.
O tal vez crea que ella ya sabe quiénes somos.
A fin de cuentas, no acostumbramos a invitar extraños a nuestra casa, que es mucho más lujosa de lo que debería ser cualquier casa en este vecindario.
–Ah, son señaladores de cristal que a veces usamos para marcar el camino cuando hacemos nuestras rondas –explica–. ¿Lista?
Ella sigue sonriéndole, pero ahora es un gesto congelado que no alcanza sus ojos.
–Dame un momento y haré lo posible por acompañarlos.
No necesito del vínculo entre nuestros fénix para saber lo que siente y piensa en este momento, puedo verlo en su rostro mientras relaciona la pequeña pila de piedras que encontró en el bosque con estas.
Y con el hecho de que le dije que conocía a personas que podrían llevarnos de vuelta al valle.
Está procesando lo que todo eso significa y es cuestión de tiempo que lo deduzca.
No estoy listo para esto, para dar explicaciones. Y ella no está lista para escucharlas. Tendremos suerte si no hace desaparecer toda la casa a nuestro alrededor, como hizo con ese edificio inclinado.
–¡Ven en cuanto puedas! –exclama Ivo de camino a la salida.
Adela voltea, pero no me mira a mí, tampoco tía Ujvala. Ella está dando puntadas mientras espera comprobar si Adela es tan astuta como sospecha.
Por desgracia, es eso y más.
–Sus rondas… –dice para sí misma, al tiempo que observa las puertas que conectan la casa, los estantes llenos de libros y artículos inusuales, a mi tía con su ropa oscura y ceñida–. Estas son las personas que pueden ayudarnos a llevar a la potranca de vuelta a casa. Son contrabandistas.
–Niña lista –dice tía Ujvala con evidente admiración.
–Y tú… –me señala y levanta la piedra–, los guiaste hasta el valle en tu noche de iniciación. Marcaste el camino seguro con estas piedras.
Contengo la respiración a la espera del colapso, con esperanzas de que no me odie por haber guiado a forasteros hacia su preciado valle y haber puesto en riesgo a las criaturas a las que su comunidad debe proteger. En cambio, Adela se ríe y aplaude, como una niña emocionada.
–¡Ustedes eran los que nos llevaban libros y dulces cuando era niña! –le dice a tía Ujvala–. Pero ¿por qué necesitaban que Kian marcara el camino hacia el valle si ya lo conocían?
–Solo dos de nosotros lo conocían. –Mi tía deja su tejido y comienza a levantar los platos y tazas–. Lo perdimos al perderlos a ellos –dice con la vista en mí.
–¿Eran tus padres? –Adela me mira con una pena que aborrezco y anhelo a la vez. No quiero su lástima, quiero su admiración, su adoración. Su amor.
Asiento con la cabeza.
–De hecho, iremos al valle esta noche. ¿Te gustaría que lleváramos algo por ti?
–Sí, hay algo que me gustaría que llevaran al valle –responde Adela con ojos brillantes–. ¿Qué saben de contrabando de criaturas?
Ivo estará devastado de que ella no se una al juego esta noche.
Si alguien alguna vez nació para ser contrabandista, esa fue Adela.
Nos explica lo que quiere hacer y cómo casi al instante: nosotros volveremos al templo a robar a la alicornia de los establos, luego tía Ujvala las guiará a ella y a la criatura de vuelta al valle.
–Iré contigo –le digo.
Gruñe un asentimiento desganado y sigue planificando con mi tía. Ujvala propone que ella y tío Jamie nos encuentren en el límite de la plaza del templo con el carro, donde Adela y la alicornia se esconderán, tal como escondemos cualquier bien ilícito.
Yo podré seguirlos a pie para protegerlas a ambas y servir de distracción si fuera necesario.
–Jamie se niega a entrar al valle –agrega–. Nadie quiere hacerlo después de las historias de Ivo sobre el dragón y sus heridas de lebrílopes.
Adela asiente con la cabeza y señala nuestras túnicas de novicios, mojadas y sucias.
–¿Tienes algo de ropa con la que pueda pasar un poco más desapercibida?