Capítulo veintiocho. Adela #2
–Lo hice. –Su voz tiene un filo que no había oído desde la noche en que me emparejé. Me extiende mi calavera de fénix–. No es algo que me agrade. No quiero que esta pequeña criatura esté enjaulada, no quiero que sufra. Escucha sus gritos, solo un monstruo disfrutaría de eso.
–Entonces, ¿por qué? –Odio lo quejumbrosa que sueno, lo desesperada que estoy por encontrar una explicación.
–El problema, Adela, es que parece que solo puedes acceder a tu magia cuando estás molesta. Así que hice lo necesario para alentarte. –Me extiende la calavera de fénix otra vez–. Derriba ese edificio.
No me muevo.
Permanezco inmóvil, mirándola. Mirando la jaula, a la criatura que tiembla y corcovea dentro, aterrada. Estoy pegada al suelo. Mis puños se aprietan. No puedo ni quiero ponerme el fénix y hacer lo que se me ordena.
La voz de la Suma Sacerdotisa se vuelve más dura.
–Esto será tu responsabilidad, pajarilla –dice y le hace una señal a Ulric con la cabeza.
Él se estremece. Es sutil, pero lo noto. Aun así, obedece. Levanta una mano, la gira y una pequeña bola de fuego florece en su palma. Luego la acerca a la criatura.
Una amenaza.
Kian toma mi mano.
–Adela. No tienes que hacer nada que no quieras.
Me libero de él.
Pero no porque esté de acuerdo con la Suma Sacerdotisa Sarai.
No porque vaya a obedecer sin más, sino porque estoy ardiendo de rabia.
Furiosa de que la Suma Sacerdotisa Sarai crea que amenazarme con la vida de una criatura indefensa, la bebé de Etana, sea una forma aceptable de empujarme a acceder a mi poder.
Furiosa de que Ulric la siga, de que queme cuando le dicen que queme, casi sin dudar.
Furiosa de no tener otra forma de protegerla.
–No dejes que mate a nadie –le digo a Kian. Aunque no es que pueda detenerme.
Le doy la espalda a la jaula. Tengo el pecho cerrado, la respiración superficial y demasiado acelerada. Mis uñas penetran mis palmas. Me paro con firmeza frente al edificio torcido, con los hombros erguidos y las piernas en posición como si fuera a iniciar una pelea.
Tal vez eso sea lo que haré.
Observo la madera podrida y mohosa, a la pintura descascarada, al pórtico destruido, al techo semicaído. Pero no es el edificio lo que veo, es la expresión fría y condescendiente de la Suma Sacerdotisa. Veo a Ulric, obediente y peligroso. Veo a la criatura que tiembla dentro de su jaula.
Y entonces exploto.
Se enciende una llama, caliente y brillante, y extiendo las manos lejos de mi cuerpo. Estoy sorprendida, pero no tengo miedo.
Este fuego es mío. Me responde a mí.
La bebé de Etana vuelve a gritar, y no la culpo. Debo verme peligrosa e impredecible ante sus ojos.
Soy peligrosa e impredecible.
Escucho cómo la Suma Sacerdotisa Sarai comienza a reír, un sonido de alegría profunda y frívola. Las llamas se extinguen cuando la desazón me invade. Esto es lo que ella quería, que perdiera el control y accediera a mi magia. Y lo consiguió.
–Te dije que solo necesitabas el incentivo correcto, pajarilla –celebra y enlaza su brazo con el mío como si aún fuéramos amigas.
Su contacto me repugna, pero si lo nota en mi rostro, no lo demuestra.
En cambio, me lleva más cerca del edificio inclinado y lo señala–.
Ya no más fuego, después de todo, ya tenemos un dragón para eso –dice casi brincando de alegría–.
Ahora exploremos lo que solo tú puedes hacer.
Como si estuviéramos en una simple clase de magia. Yo soy la pupila y ella, mi mentora. Solo que no es mi mentora. He tenido un mentor, un hombre que, a pesar de ser gruñón y mezquino, dio todo de sí para enseñarme, para guiarme en los mejores métodos y llevarme a la excelencia.
Esta mujer quiere guiarme, pero no porque le importe mi capacidad de aprender o porque quiera lo mejor para mí. Ella nos lastimó a mí y a la potranca y disfrutó hacerlo.
–Comenzaremos por algo simple. –Señala la ventana del edificio–. Rómpela.
La potranca grita en pánico detrás de mí, y oigo cómo sus alas golpean los barrotes otra vez.
Lo único que quiero es liberarla, envolverla en mis brazos y llevarla a casa.
Aunque no es que ella quiera el consuelo de mis brazos.
Es una criatura salvaje, no una niña ni un borrego domesticado.
De todas formas, ignorar sus lamentos es doloroso. Me ocuparé de ella después.
Esto ya casi termina. Solo que no comenzaré por algo simple como romper una ventana.
¿La Suma Sacerdotisa de la Orden de la Cazadora quiere que sea destrucción?
Entonces seré destrucción.
Tal vez Sarai tenga razón y yo sea peligrosa, pero en ese caso debería temerme. Ha cruzado una línea.
Miro el edificio torcido. Quiero que desaparezca, quiero que este día, que este momento, que todo desaparezca. La presión aumenta dentro de mí hasta que creo que podría explotar.
–Ahora, suéltala –me anima Kian con voz suave.
Eso hago.
Y el edificio se esfuma. No colapsan las paredes ni estallan los cristales. No se reduce a una pila de escombros, ni siquiera de cenizas. Solo queda un campo vacío con una porción de tierra donde solía estar el edificio.
Detrás de nosotros, Ulric suspira aliviado, y al girar lo veo apagar su llama, mientras que la bebé de Etana tiembla en la esquina de su jaula.
Algo parecido al temor destella en los ojos de la Suma Sacerdotisa Sarai. Está complacida, pero también inquieta. Bien por ella.
–Maravilloso. Sabía que podrías hacerlo. Prepárate para más, pronto. Ahora ven, vamos a casa.
La ignoro. Odio la autosatisfacción en su voz, como si estuviera orgullosa de su acto monstruoso. Del mío. Ella se encoge de hombros y voltea, y creo escucharla reír mientras sube al carruaje, pero estoy muy ocupada corriendo hacia la potranca como para estar segura.
El carruaje se aleja sin nosotros, pero no me importa que nos haya dejado. Podemos caminar o volver con Ulric y la bebé.
Ulric, quien amenazó a una criatura indefensa. Quien la capturó y enjauló. Por eso volvió al valle.
–Cómo te atreviste –exijo apuntando a su pecho–. Cómo te atreves. Creí que eras mi amigo.
–Lo soy. –Se le quiebra la voz, pero no tengo lugar para sus sentimientos. Sarai y Ulric como su cómplice han despertado esta rabia y no se apagará con facilidad. Quiero discutir, quiero pelear, quiero destruir.
Kian se interpone entre los dos, lo miro con el ceño fruncido. Sé que ama a Ulric a su manera, que son importantes uno para el otro, pero imagino que no va a defenderlo ahora.
–Se robó a esta criatura. La enjauló. Fue al valle y…
–Míralo, amor –me interrumpe.
Su voz es suave, intenta tranquilizarme, pero no quiero ser tranquilizada.
Con cautela, se hace a un lado para que pueda ver a Ulric, que se quitó la calavera de dragón y permanece ahí parado, meciéndose de un lado al otro y con los ojos vacíos, perturbados.
Luce como yo me veo por dentro, debajo de la rabia ardiente: devastado y totalmente exhausto.
–¿Me equivoco? –exijo.
Ulric niega con la cabeza.
–Adela, así no es como se ve un hombre que ha hecho algo por voluntad propia ni con gusto. –Kian habla con amabilidad, como si yo fuera la criatura aterrada dentro de la jaula–. Él también ha sido lastimado para que Sarai obtuviera lo que quería.
–Lamento haber permitido que me usara –dice Ulric–. Odio haberlo hecho, desearía ser más fuerte, como tú.
¿Más fuerte? No soy más fuerte que Ulric. Alguien fuerte se hubiera negado a hacer lo que ella exigía, se hubiera resistido, no se hubiera rendido sin más.
Hoy, todos le fallamos a la criatura.
–¿Puedes llevarla a casa ahora? ¿De vuelta al valle? –pregunta Kian, con la mano en el hombro de Ulric.
–La Suma Sacerdotisa quiere que permanezca cerca… –Los ojos de Ulric se desvían hacia mí, pero los aparta con culpa–. Por si acaso.
Por si acaso necesito un recordatorio de su poder.
Kian guarda silencio por un largo tiempo, pero siento que está pensando en algo por la forma en que se mueve.
–Conozco a algunas personas que podrían ser capaces de ayudar a llevarla a casa –dice por fin.
¿A quién conoce que podría devolver a un potrillo al valle? Ulric recién se ha sumado al puñado de personas que conocen el camino.
–La pequeña alicornia tiene un lugar en los establos, en caso de que necesiten encontrarla –dice Ulric antes de que pueda preguntar.
–¿Alicornia?
–Es su especie. –Aunque sigue tenso, comenzó a relajarse, y puedo ver rastros de mi amigo en su postura–.
Cecelia me lo dijo. Estaba cerca de los restos de la cabaña de emparejamiento y me vio saliendo del bosque.
Me trajo el paquete para ti y me hizo prometer que mantendría a la alicornia a salvo.
A cambio, me dio diez minutos de ventaja antes de alertar a los ancianos.
–¿Y la has mantenido a salvo? –La rabia hacia él se desvanece.
–He hecho mi mayor esfuerzo para mantenerla lo más segura y cómoda posible. Cuando no está aterrada, es una amenaza. Una pequeña fuente de destrucción eufórica. –Su voz está cargada de afecto–. A muchos peones les encantaría que sea devuelta al valle de inmediato.
–Espero que lleve el manto de la destrucción mejor que yo.
–Lo lleva con la confianza de una joven a la que nunca le han dicho que debe hacerse pequeña para encajar en el mundo –responde, y percibo que quiere abrazarme, igual que Kian. Pero no puedo con más sentimientos, ni con la bondad de Ulric ni con la compasión de Kian.
Necesito acción.
–Muy bien –le digo a Kian–. Llévame con esas personas que pueden devolverla al valle.