El beso del fénix Capítulo veintiocho. Adela
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Capítulo veintiocho. Adela

capítulo veintiocho Adela

Al salir, choco de frente con Kian. Él me sujeta por los hombros para evitar que me tambalee hacia atrás y me acerca para darme un beso ligero en la frente.

Murmuro un saludo e intento zafarme de sus manos suaves. Estoy concentrada en mi tarea, debo hablar con la Suma Sacerdotisa.

Él me suelta, pero se apoya contra la pared en un ángulo pronunciado que me bloquea el paso. Sé que si intento pasar por encima de sus piernas, se pondrá delante de mí.

–¿A dónde vas tan de prisa?

Levanto las pinturas y las agito un poco frente a él. Luego me muevo hacia un lado, y él se desplaza conmigo, tal como supe que haría. Es una irritante danza de pasillo.

–Cecelia envió algo que descubrió investigando.

Creo que aún puedo emparejar las calaveras y tengo que hablar con la Suma Sacerdotisa Sarai.

–Hablo rápido, con el pánico creciendo en mi interior y amenazando con desbordarse–.

Tal vez pueda volver a casa y comprobarlo.

Etana… –El pánico desborda y me roba las palabras.

Apenas logro terminar–: Tal vez pueda recuperar mi antigua vida.

Él se queda muy quieto y esta vez, cuando me muevo, me deja pasar, pero me sigue.

–Iré contigo.

–Excelente. –Puede acompañarme hasta el valle, estaría perfecto para mí.

La Suma Sacerdotisa está saliendo de sus aposentos cuando llegamos.

–Vaya, Adela, qué bien –dice con calidez–.

Justo iba a buscarte. Hoy vamos a trabajar en desarrollar tu magia otra vez.

Sígueme. –No espera respuesta y avanza por el pasillo, con su manto y velo negros habituales ondeando tras ella–.

Supongo que tú también deberías venir –le dice a Kian por encima del hombro.

Dudo, inquieta por razones que no logro identificar, pero doblo rápido las páginas del diario y las pinturas y los guardo en un bolsillo.

Kian lo nota, me gira para que lo mire y se inclina hasta apoyar la frente de su calavera de fénix contra la mía.

–Sea lo que sea que te pida que hagas hoy, no tienes que aceptar. No tienes que demostrar nada. Y menos a ella –dice en voz baja.

–Es la Suma Sacerdotisa de la Cazadora. –Y mientras yo sea una novicia, ella controla mi futuro. Tal vez eso cambie si logro volver a ser emparejadora o un híbrido entre ambas cosas. Hasta entonces, por supuesto que tengo que demostrarle mi valía. Pero es más que eso–: Quiero intentarlo –admito.

Kian es independiente, de voluntad fuerte, audaz. Cumple con sus obligaciones, pero en el fondo no le importa lo que los demás piensen de él.

A mí sí.

Así que la sigo. Cuando llega el carruaje, subimos. La Suma Sacerdotisa Sarai se sienta en una banca, y nosotros frente a ella. Recojo los pies todo lo posible para dejarle espacio. El muslo de Kian presionado contra el mío es un peso reconfortante.

Aunque la sensación de que algo anda mal persiste.

Quiero hablarle a la Suma Sacerdotisa del arte, pero no puedo.

Aún no, al menos hasta que pueda determinar qué está provocando la inquietud dolorosa en mis entrañas.

Observo el carruaje y a la sacerdotisa para intentar identificar qué es lo que me altera.

Y entonces lo veo: ha añadido más gemas a su calavera de unicornio.

Me siento decepcionada. Una cosa es tener jardines a los que no tenemos acceso y arte y objetos juntando polvo en esquinas del templo, pero se supone que el valle y las órdenes deberían ser iguales y cooperativas.

Pero mientras mi gente pasa por dificultades, la Suma Sacerdotisa ha añadido más ópalos y diamantes a su calavera de unicornio.

Como si sintiera crecer mi furia, Kian presiona su pierna un poco más contra la mía. Eso me centra.

Tal vez es solo que aun no entiendo las costumbres de la ciudad.

Tal vez se espera que la Suma Sacerdotisa se vea de cierto modo, que exhiba su poder y el favor de la Cazadora con gemas y majestuosidad.

No podría liderar a los ciudadanos y sacerdotes si la creyeran débil.

O tal vez las gemas fueron obsequios, ofrendas por su noble trabajo de servir a la Cazadora.

No lo sé y no debería apresurarme a juzgarlo.

–¿A dónde vamos? –pregunta Kian mientras ve pasar la ciudad despacio.

–A un lugar en donde Adela no tenga que sentir temor –responde la Suma Sacerdotisa Sarai con sequedad.

Si él nota su frialdad, actúa como si nada y sigue jugueteando con las cortinas del carruaje, con su manto, sus uñas, su calavera.

–No existe un lugar seguro –digo–. No cuando se trata de mi magia.

–Haremos lo necesario para que superes esa idea.

–La Suma Sacerdotisa Sarai se inclina hacia adelante y toma mis manos entre las suyas.

Aprieta con fuerza y me acaricia los nudillos con el pulgar tal como lo hacía mi madre cuando yo era pequeña y quería tranquilizarme. Igual que lo hace Kian–. Y pronto.

Con la frialdad que le dirigió a Kian aún presente en su tono, la promesa suena un poco como una amenaza.

Nuestro recorrido por la ciudad es lento, y por fin reúno valor para sacar el arte que Cecelia envió.

Sarai examina las pinturas con atención, mientras pasa un dedo sobre las figuras centrales.

–¿Cómo conseguiste esto?

Abro la boca para responder, pero titubeo. Ulric me pidió que no dijera nada y acepté, no puedo faltar a mi palabra, pero tampoco puedo mentirle a la Suma Sacerdotisa. Miro a Kian, presa del pánico.

–Paloma mensajera –responde por mí.

La Suma Sacerdotisa Sarai está tan absorta en las pinturas que ignora su respuesta despreocupada y claramente falsa. En el valle no se utilizan palomas mensajeras ni se crían aves de ningún tipo. Las criaturas se las comerían en un instante.

–Esto, pajarilla, es muy interesante. –Enrolla las pinturas y las guarda en su propio manto. Quiero pedirle que me las devuelva, pero nos detenemos antes de que reúna el valor–. Las guardaremos para poder centrarnos en tu magia, ¿de acuerdo?

Con las manos casi adoloridas por la pérdida de las pinturas, miro más allá de ella y veo que estamos en el mismo campo con el mismo edificio torcido donde practicamos magia antes. Solo que esta vez no estamos solos.

Al otro lado del campo hay una gran jaula con un caballo joven dentro y un hombre con manto de novicio junto a ella. Entorno los ojos para ver mejor qué ocurre. El fénix me envía una oleada de alarma, y noto que Kian se sobresalta a mi lado. Él también lo ha sentido.

Entonces, un sonido como un silbido agudo resuena en el aire.

No es un caballo. Me arranco la calavera de fénix y la arrojo al suelo, levanto el dobladillo de mi manto hasta los muslos y echo a correr por el campo lo más rápido que puedo.

Es la bebé de Etana.

Llego a la jaula, me dejo caer de rodillas frente a ella e intento alcanzarla a través de los barrotes.

Está chillando, golpeando la jaula, intentando liberarse.

No tiene espacio suficiente para desplegar las alas, así que sus plumas se enganchan en los barrotes y se doblan.

Una se desprende por completo y cae flotando hasta la hierba bajo la jaula.

¿Qué hace fuera del valle? ¿Y enjaulada?

Las criaturas no deben ser enjauladas, jamás.

Tengo que liberarla. Jalo de la puerta, pero está trabada.

Sigo jalando y sacudiendo los barrotes, pero ella chilla otra vez porque la estoy asustando.

Está delgada y su manto y plumas están deslucidos.

¿Será por la captura o porque Lathai no ha podido cuidar bien de ella?

Volteo hacia la Suma Sacerdotisa, que está observando de cerca, pero demasiado lejos como para preguntarle por qué le haría esto a una criatura indefensa. O a mí.

A pesar de estar estallando por dentro, giro de vuelta hacia la potranca y obligo a mi voz a sonar tranquila. Soy el sol, calmo y cálido.

–Sé que no me conoces, pequeña –le digo.

Aunque ella no entiende mis palabras, me ayudan a centrarme–.

Conocí a tu mamá. Nacimos al mismo tiempo, bajo la misma estrella fugaz.

–Deja de intentar volar, así que continúo con voz estable y una mano extendida–.

Los guardianes no deberíamos tener favoritos, pero ella era la mía.

Ahora deja de corcovear y acerca el hocico para olerme.

–La amaba, la amaba mucho, pequeña. Y ella me amaba a mí.

Ella me salvó. luchó contra un dragón para protegerme.

Ojalá hubiera sido egoísta y escapado, pero no lo hizo.

Y Enkidus la lastimó. –La pena que se ha alojado dentro de mí desde que desaté la primera ola dorada por el valle ahora me domina, pero reprimo un sollozo por el bien de ella–.

Yo la maté. No quería hacerlo, pero lo hice.

Kian se arrodilla a mi lado y acaricia mi mejilla, por la marca que siempre deja la calavera de fénix.

–Le mostraste piedad.

La potranca frota su hocico suave contra mi mano, como si intentara consolarse. También me consuela a mí, y cuando dejo de estar abrumada por el pánico y la pena, hay espacio para otros sentimientos. Como la rabia.

Giro hacia la figura que está junto a la jaula, furiosa, esperando ver a algún monstruo desconocido. O quizás a Linden.

Es Ulric.

Pero no. No puede ser Ulric. Él es amable y gentil. Me trajo el arte del valle, algo que estoy bastante segura de que no debía hacer. Me dio la bienvenida al templo. Es mi amigo.

–¿Qué es esto? –mi voz es ronca y la rabia se cuela en las palabras.

Sus hombros están encorvados, su mandíbula palpita cuando aprieta y afloja los dientes. No me mira a los ojos, como si estuviera avergonzado. En cambio, observa a la Suma Sacerdotisa Sarai con atención, sin reaccionar.

Volteo hacia ella otra vez, confundida. De seguro la Suma Sacerdotisa no haría algo tan monstruoso, ella se preocupa por las criaturas, por mí.

Me pongo de pie y camino hacia ella. Kian se une a mí. Veo cómo su mano se flexiona, como si quisiera tomar la mía, pero me deja enfrentarla sola.

–¿Tú hiciste esto? –exijo. Sueno más valiente de lo que me siento.