Capítulo veintisiete. Adela
capítulo veintisiete Adela
Anoche, cuando Kian y yo volvimos a la habitación, encontramos un pequeño rubí para cada uno en las mesas de noche, junto con notas de aliento. Un obsequio amable de la Suma Sacerdotisa Sarai.
Kian no lo añade a su calavera de fénix por motivos que se guarda para sí, y yo no puedo añadirlo a la mía. Me provoca náuseas. Así que permanece en la mesa de noche, brillando frente a mí, una recompensa por aterrar a niños inocentes.
Cuando ya no puedo seguir dando vueltas en la cama, me levanto.
Lo único que se ha sentido bien durante mis últimos días aquí ha sido mi tiempo con Kian y explorar.
Ahora, ya que él está ocupándose de sus propios asuntos, deambulo por el laberinto del templo, algo fascinante e irritante a la vez.
La cantidad de riquezas exhibidas en cada esquina es obscena: candelabros de oro con forma de astas de lebrílope; tapices de seda con criaturas que no reconozco, pero que Cecelia de seguro podría nombrar; retratos de siglos de sumas sacerdotisas en marcos incrustados de gemas colgados en nichos y grietas de los corredores serpenteantes de mármol negro.
Todo está olvidado y juntando polvo, cuando podría ser vendido y las ganancias utilizadas para ayudar a las personas.
La Suma Sacerdotisa Sarai es generosa con su tiempo, sus obsequios y atención, muy diferente a lo tacañas que son las órdenes con el valle.
Siempre creí que se debía a la reducción de la magia, que resultó en la reducción de recursos, pero si eso ha sucedido aquí, sus circunstancias no lo demuestran.
Las habitaciones por las que paso en el camino son tan extrañas y cautivadoras como el arte y los accesorios.
Ya que no estoy en el ala de dormitorios sino en las áreas comunes, abro cada puerta que veo, siempre y cuando no se oigan voces detrás.
Hay una habitación que solo alberga telas en todos los tonos de gris, negro y blanco, y un gran telar reluciente en el centro.
En otra, encuentro una gran mesa redonda y seis sillas, todas talladas en álamo.
La mesa me recuerda a casa, como si debiera estar en el gran salón y no aquí, en el templo de la Cazadora.
Inhalo temblorosa y, en la exhalación, oigo un sonido extraño y familiar.
Me detengo a escuchar con atención: se parece mucho al de las calaveras antes de la Ceremonia de Emparejamiento.
Un murmullo, más una vibración que un sonido en realidad.
Pero es tan tenue que podría estar imaginándolo.
Es mi corazón nostálgico que manifiesta una sensación de familiaridad.
Vuelvo a la habitación, a la cama, y por fin enfrento los sentimientos de los que he estado escapando.
Extraño mi hogar. Extraño a mi padre, los amaneceres vibrantes del valle, el aire fresco y limpio que no huele a nada y solo esparce dulce silencio por las praderas. La ciudad es demasiado ruidosa y agresiva con sus olores, sonidos y habitantes abrumadores.
Le doy la espalda a los rubíes críticos y me permito sucumbir a la tristeza.
Alrededor de una hora más tarde, escucho ruido en la puerta. Suspiro al imaginar que es Kian, que llega con demasiadas cosas en las manos como para usar la llave. Arrastro los pies hasta la puerta, con los ojos hinchados por el sueño y el llanto, y abro.
Solo que no encuentro a Kian del otro lado, sino a Ulric, agachado en el suelo. Él palidece al verme, como si fuera la última persona que esperaba.
–Yo, eh, iba a deslizar esto por debajo de la puerta –explica mientras me extiende un pequeño manojo de papeles y una carta.
Estoy a punto de preguntarle por qué no tocó cuando veo la letra sobre el papel: es de Cecelia.
–¿Has estado en el valle? –exijo, pero no le doy tiempo a responder–. ¿Los has visto? ¿Cómo están? ¿Por qué no me dijiste que irías? Pude haber enviado cartas también o al menos un abrazo para mi padre y Cecelia.
Sus ojos recorren el pasillo, y gira la cabeza para mirar por encima del hombro.
Está actuando de forma muy extraña, probablemente esté agotado o quizás tenga hambre o frío.
Aún lleva puesta una capa de viaje, por amor de la diosa.
Fui grosera al acribillarlo con preguntas en lugar de ofrecerle un sitio donde sentarse a entrar en calor.
Entonces contengo la emoción desbordada, doy un paso atrás y abro bien la puerta.
–¿Quieres pasar?
Él hace una mueca y niega con la cabeza. Luego me entrega el paquete y la carta.
No puedo evitar acercármelos a la nariz e inhalar. Huelen a papel común, pero me hacen pensar en el valle con sus acantilados y praderas, las casas sencillas del pueblo y las viejas criaturas gruñonas. Los presiono contra mi pecho.
–Por favor –digo con los ojos cerrados–. Por favor, entra y cuéntame sobre ellos. Dime cómo están.
–Lo siento. –Ulric parece sentir dolor físico mientras lanza miradas furtivas por el pasillo.
De repente, me percato de que tal vez no debía traerme nada, tal vez por eso no me dijo que se iba.
Aunque no puedo imaginar quién hubiera querido ocultarme algo así.
Antes de que pueda hacer alguna de las mil preguntas que rondan por mi mente, se da la vuelta y empieza a alejarse por el pasillo–.
Están bien, te lo juro. Están bien. Por favor, no le digas a nadie que te traje esto.
Asiento y volteo para buscar una lámpara con la que poder leer. Sentada frente a una mesa pequeña, saco el montón de papeles atados con una cinta amarilla. Debajo del lazo hay una nota breve de Cecelia:
Espero que esto te ayude a encontrar tu camino. Vuelve a casa cuando puedas.
–C
Ojeo las páginas escritas a mano que, a juzgar por la tinta desteñida y el color del papel, sin duda arrancó con cuidado de un diario muy viejo.
Reconozco la letra apretada y arremolinada de la emparejadora que escribió sobre comulgar con las calaveras a través del tacto, la que me convenció de que apoyar la mejilla contra un fénix dormido sería una buena idea.
Pero estas páginas no son de su diario de emparejadora, son más bien notas de experimentos o de alguna clase de investigación.
Las repaso rápido: hablan de la importancia del descanso para la renovación y del vínculo de dos.
Nada hace mucho sentido, ojalá Cecelia estuviera aquí para ayudarme a entenderlo.
Paso enseguida a otra cosa, ahora un trozo de lienzo, ya sin su marco, que despliego con cuidado.
No puedo creer que Cecelia haya arrancado páginas del diario y desmontado una obra de arte, en especial dada su antigüedad.
La obra, en particular, es frágil, podría dañarla con solo tocarla.
Pero el lienzo no se rasga ni la pintura se descascara.
Si va a deshacerse de repente en la nada, al menos no lo hará hoy.
De todas formas, lo manipulo con cuidado.
Cuando termino de desplegarlo, me quedo boquiabierta.
¿Dónde encontró esto? Jamás lo había visto.
La imagen representa a un grupo numeroso de guardianes, con una versión antigua de nuestras prendas de lana coloridas, junto a un grupo mucho más reducido de novicios en sus mantos blancos de siempre.
La mitad de los novicios usan calaveras de criaturas, la otra mitad aún usa máscaras simples de álamo blanco.
El grupo completo se encuentra alrededor de una construcción pequeña que no es nuestra cabaña de emparejamiento, pero se parece lo suficiente para reconocer su función.
Incluso hay pequeños montículos de las madrigueras de lebrílopes alrededor.
No hay nada destacable en todo eso.
Lo que sí resulta impactante son las dos figuras en el centro de la imagen.
El papel de las dos personas es evidente: la emparejadora del valle, con su túnica púrpura y dorada, y la Suma Sacerdotisa Pupila en su manto azul característico.
Sus rostros están cubiertos, pero la emparejadora no lleva una máscara de álamo, sino una calavera de fénix.
Igual que la Suma Sacerdotisa junto a ella.
Dejo la pintura a un lado con manos temblorosas, invadida por un sentimiento al que no quiero mirar muy de cerca.
También hay otra pintura pequeña en el paquete, que extiendo con cuidado.
El estilo indica que es de otro artista y de otra época, pero también representa a dos personas que usan calaveras de fénix.
Una de ellas usa el manto de las sumas sacerdotisas Hilanderas.
La otra persona usa pantalones de lana y una túnica anaranjada: un guardián.
Dejo caer el lienzo junto al primero.
Esto es imposible y glorioso. Cambia todo lo que siempre he creído de la historia de las órdenes y los guardianes, del vínculo entre el valle y el mundo exterior.
Me invade el alivio, al tiempo que la sensación inherente de ser inapropiada, impía, desaparece. No estoy sola en esto. No soy la primera guardiana que se empareja con una calavera. Miro las pinturas, extendidas frente a mí. Más precisamente, no soy la primera que se empareja con un fénix.
Recojo todo, abrazado contra el pecho, y tomo el farol de camino a la salida. Tengo que hablar con la Suma Sacerdotisa Sarai.