El beso del fénix Capítulo veintiséis. Kian #2
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Capítulo veintiséis. Kian #2

Cuando ya está muy oscuro para ver, Adela por fin acepta volver al templo. Al llegar, espera a que abra nuestra puerta con los hombros caídos y abrazándose el vientre suave. Una vez abierta, entra en la habitación arrastrando los pies y con la mirada perdida.

Odio que su poder le haya provocado esto. Si pudiera, la liberaría de él y se lo cambiaría por el que debió haber tenido: el poder de sanación. Anhela hacer el bien en el mundo y mi fénix la ayudaría a hacerlo.

–¿Quieres té? –le ofrezco y por poco suspiro aliviado cuando acepta.

Le agrego canela y una cucharada generosa de miel mientras me pregunto si merece la pena dejarla sola por ir a la cocina en busca de leche.

Ella se saca la calavera de fénix con manos temblorosas, la deja sobre la mesa pequeña y se sienta en una de las sillas enormes para contemplar el fuego recién avivado.

No, no la dejaré. Le doy el té sin leche, y ella se acerca la taza al rostro con las dos manos y cierra los ojos cuando el vapor la envuelve. La he visto hacerlo en momentos de estrés, así que espero que le dé algo de consuelo.

Se ve como uno de los libros falsos en las estanterías de mi familia: con la portada de siempre y sus lomos fuertes y coloridos, pero el interior ha sido ahuecado.

Y pensar que apenas hace unas horas quería revelarle quién soy en realidad. Cuánto peor sería saber que el hombre con el que se ha estado acostando, coqueteando y al que se ha acercado demasiado es el mismo que arrebató el futuro de su familia. Cuando lo descubra, y algún día lo hará, me odiará.

Ahora bebe su té, aún con la mirada perdida. El silencio es difícil.

–¿Quieres hablar? –pregunto después de unos minutos. Mantengo la voz suave y pareja con esperanzas de ocultar la desesperación y hacerla sentir mejor–. Soy sacerdote, así que soy bueno para escuchar.

Eso capta su atención.

–Eres un novicio emparejado, no un sacerdote. Y debes ser el peor que he conocido. No estoy segura de que alguna vez llegues al sacerdocio. –Son palabras mordaces, pero está provocándome, incluso las arrugas de sus ojos delatan el rastro de una sonrisa.

Verlas me da esperanzas, así que me apresuro a buscar una respuesta que amplíe esa sonrisa.

–¿Me hubiera emparejado con un grandioso fénix si así fuera?

Pero mi corazón se estruja cuando el rastro de esa sonrisa desaparece, reemplazado por esa terrible indiferencia.

–Al parecer, el juicio de los fénix no es muy bueno –comenta señalándose a sí misma.

Si todo el mundo estuviera lleno de personas como ella, que se arremangan para trabajar con los muertos y en los jardines con la misma diligencia, ávidas de aprender y reticentes a usar su magia por temor a lastimar a otros, yo no estaría aquí. No tendría nada que derribar.

–O juzgan mejor que todos los demás –respondo.

–Me siento como esos. –Señala el jarrón lleno de vainas entre las dos ventanas amplias.

Una de las novedades adorables e irritantes de vivir con Adela es que siempre hay flores frescas.

Esos restos tristes solían ser narcisos, pero parece que olvidamos renovar el agua o cumplieron su ciclo de vida, porque ahora son pequeñas vainas resecas.

Me concentro por un instante y los narcisos vuelven a ser como antes, brillantes y lozanos. Como Adela. Lo pensé como un regalo para animarla, pero creo que la juzgué mal o tal vez nada pueda ayudar en este momento.

–Has recibido un gran don –dice con voz anhelante. Extiendo la mano, ella la toma, y acaricio la piel suave de sus nudillos–. Yo destruyo todo y a todos.

Se lleva las rodillas al pecho y las rodea con el brazo libre.

–No destruyes todo, diosa.

–¿No? ¿Y qué hay de la potranca? ¿De las zarzamoras? ¿De Etana? –Toma una inhalación temblorosa por la desazón–. Soy un peligro para todos y todo. La Suma Sacerdotisa Sarai estará muy decepcionada por mi falta de control.

Eso enciende mi ira. Sarai debe adorar que Adela haya demostrado su poder otra vez. Es una mujer explotadora y está manipulando a Adela al mostrarse dulce y comprensiva mientras debilita su confianza. Pero, otra vez, no puedo advertirle sin delatarme.

Y quiero advertirle. Quiero decirle que el interés de Sarai en ella no puede ser nada bueno, que de seguro quiera usarla a ella y a su magia como herramientas para lastimar, para intimidar a las personas y que den más de lo que tienen para poner más monedas en sus arcas.

Monedas que no son nada para ella, pero que podrían comprar una semana de carbón para los hogares o leche para los niños.

Adela es cálida, suave y huele delicioso. Quiero llevarla a la cama y sanar su dolor con besos, perderme en la dicha de su cuerpo, borrar sus dudas y mis esperanzas lacerantes y estar presente con ella. En ella.

Pero no puedo hacerlo.

En cambio, suelto su mano y muevo mi silla más cerca de ella, luego me inclino para que nuestros hombros se toquen, le tomo la mano otra vez y la sostengo firme sobre mi regazo.

No sé si lo hago para consolarla a ella o a mí mismo.

Y hago lo mejor posible por encontrar palabras que sean tanto genuinas como reconfortantes.

–Eres una mujer que está intentando descubrir cómo funcionan las cosas. Nunca has hecho esto, nunca has entrenado para esto. Ni siquiera sabemos de lo que el fénix es capaz. –Levanto su mano, beso el dorso y la giro para besarle la palma y cada uno de los dedos–. Resolveremos esto juntos.

–¿Lo prometes? –Me mira con ojos amplios llenos de esperanza, y quiero estar a la altura.

–Lo prometo –afirmo, aterrado por la sinceridad en mis palabras.