Capítulo veintiséis. Kian
capítulo veintiséis Kian
El día que nos asignan a los jardines de la comunidad en el límite de Poyhia, por poco brinco por las calles de Insborough.
Los jardines son una de las pocas cosas en las que la orden en verdad hace el bien, produciendo alimentos frescos para las comunidades vecinas. Y este jardín en particular es mi preferido.
–¿Qué te tiene tan animado? –pregunta Adela, que todavía no espabila.
–Kian ama las fresas, sin duda –bromea Ulric.
–¿Fresas? –La somnolencia de Adela desaparece casi de inmediato, reemplazada por curiosidad–. En esta época, lo mejor que puedes esperar es ajo salvaje y tal vez espárragos. O tus manzanas mágicas del patio.
Todavía no ha visto los jardines de Insborough, y mis pasos se vuelven aún más ligeros por la anticipación.
–Ya verás.
Me mira con sospechas cuando llegamos al bloque de viviendas destruido que rodea el jardín.
Al igual que en la mayor parte de la ciudad, donde las modas llegan y se van enseguida, este fue un vecindario rico, así que la estructura de los edificios todavía da cuenta de su antigua grandeza.
Aunque ahora la pintura se está descascarando, las ventanas amplias están rotas, tapiadas o ausentes, y las aguas de los techos están cediendo.
Adela mira alrededor, boquiabierta, ya que esta es una desesperación diferente a la que conoció al crecer.
–¿Qué pasó aquí? –pregunta, compungida.
Sus sentimientos viven a flor de piel.
–Corrupción. Codicia. Abandono. –Intento reprimir la esperanza creciente de que vea la verdad sobre las órdenes y pueda entender mis actos.
Ulric se une a los que ya están en los jardines, pero Adela se detiene frente a una escalera precaria, en donde un grupo de niños de cabello enmarañado y rostros sucios se acurrucan juntos.
Sus ropas no son más que harapos, así que tiemblan con el aire fresco.
Ella se acerca, pero la tomo del brazo con cuidado para retenerla.
–Necesitan ayuda –dice al liberarse.
–Vaciarán tus bolsillos si te acercas demasiado.
–¿Y qué podrían querer de mis bolsillos? –resopla.
Su inocencia me sorprende. Crecimos en mundos muy diferentes.
–Lo que puedan encontrar. Dinero, si es posible.
Si no, cualquier cosa que puedan usar o vender.
–Ella frunce el ceño, pero volteo y atravieso la puerta del jardín, instándola a seguirme.
Quiero que lo entienda, pero explicarle las complejidades de la pobreza y la administración en la ciudad sin revelar quién soy en realidad es una tarea muy difícil para este momento.
Y no estoy listo para revelar quién soy y lo que he hecho. No puedo arriesgarme a que me odie.
Gracias al cielo, me sigue. Y en un momento pasa de preocupada a deslumbrada.
Amo cómo su boca perfecta se abre en una O rosada y el gemido encantado que emite.
Miro alrededor y me imagino viendo los jardines por primera vez, pienso en lo maravillosos que deben verse para Adela, alguien que ha crecido en un valle agónico que produce demasiado poco.
Detrás de la cerca el aire es más cálido que en las calles circundantes, los niveles de humedad están equilibrados y el suelo está enriquecido con los minerales adecuados, todo gracias a los esfuerzos del hermano Emi y su esposa, la hermana Evelyn.
No están unidos como los gytrash o los fénix, pero con un pegaso que influencia el clima y un capalus que facilita el crecimiento, sus poderes funcionan en conjunto.
La otra parte del encanto de los jardines se encuentra en la abundancia biológica, en los aromas y colores de los frutos. Muchos no crecen en los mismos climas ni continentes en general, pero aquí mangos, maíz y jícama crecen junto con remolacha azucarera y zarzamoras.
Estaba tan ocupado contemplando los jardines yo mismo que no noté el momento en que el ánimo de Adela cambió. Cuando la miro, tiene los dientes tan apretados como los puños. El vello de la nuca se me eriza al anticipar la presión creciente.
Pero no sucede. Ha tenido mucho cuidado de no dejar escapar ni una pizca de magia desde Etana.
La mayoría de los días ni siquiera finge practicar con los demás, en cambio deambula por los corredores del templo y aprende su disposición.
Que se arriesgue a desatar la ira de la Suma Sacerdotisa a la que tanto admira es un acto desafiante que me sorprende e impresiona.
Pero eso demuestra cuánto miedo tiene de sí misma.
Sin duda no se permitirá perder el control ahora, por algo tan insignificante como un jardín. El fénix me envía una señal de advertencia: así que no es mi imaginación, en verdad se siente la presión en aumento.
Tengo que tranquilizarla. No solo porque los jardines son necesarios para el sustento de la comunidad, sino porque se odiaría a sí misma si perdiera el control aquí.
–¿Adela? –Tomo su mano, y ella gira hacia mí con una expresión llena de rabia. Me estremezco ante la furia que arde en sus ojos–. Adela, belleza, háblame.
Responde en una catarata de palabras:
–Tienen acceso a esta clase de magia, y los guardianes…
–se atraganta con la palabra, que sale como un sollozo, pero está demasiado enfadada para llorar–.
Los guardianes se las arreglan con té de corteza y sopa de raíces arrugadas en invierno y entre las visitas de la orden.
Y ahora que no hay calaveras y no hay Emparejador pasarán todavía más hambre. Mientras tanto, ustedes tienen esto .
Señala los árboles cargados de frutas, a los vegetales que son tan abundantes que algunos se han echado a perder.
Al menos la presión de su magia menguó con la descarga verbal.
Soy un idiota. Como una mujer que creció en una comunidad hambrienta y dependiente, es obvio que esto la enfurece.
Y está bien. Yo crecí con abundancia en comparación con mis vecinos, ya que mi familia tenía muchos recursos, la mayoría robados, pero aun así.
No pasábamos hambre, no teníamos que rebajarnos ni pagar por la “benevolencia” de órdenes religiosas corruptas.
Al menos no tanto como la mayoría de los habitantes de la ciudad y mucho menos que los guardianes.
Debí imaginar que esto sería doloroso de ver para ella. Intento decir algo, lo que sea, pero no puedo hacer que salga ni una sola palabra entre la vergüenza.
Su respiración comienza a agitarse y la presión del fénix vuelve a aumentar. Señala a Ulric y a Svena, que se encuentra descalza, quienes podan un manzano y crean una pila de ramas a sus pies, todas llenas de manzanas maduras entre las hojas.
–La poda debe hacerse cuando se haya terminado la producción de la temporada, no deben tirar las frutas. –Apunta un brazo hacia la cerca, por la que los niños meten los brazos para recoger zarzamoras de ramas bajas–. Mucho menos cuando los niños pasan hambre.
Quiero decir algo, pero lo único que se me ocurre es que planeo solucionarlo, que he dado pasos drásticos y también pequeños para disminuir el poder de la orden y que no haya tanta disparidad y desperdicio.
Aunque no sé bien cómo encaja el valle en todo esto, ahora que he visto las circunstancias de los guardianes y que las he empeorado, también quiero trabajar en enmendar eso.
Su rabia me da esperanzas de poder compartir todo esto con ella, a su tiempo. Tal vez, solo tal vez, me acepte y me agradezca por mis esfuerzos en vez de odiarme por lo que le he robado, pero no puedo arriesgarme todavía.
Así que guardo silencio.
Ese silencio la quiebra, y cierra los ojos, intentando contener la ira que va en aumento.
Me acerco para tocarla, pero es demasiado tarde, porque la presión frenética se libera en un estallido breve y repentino.
Todo el arbusto de zarzamoras se marchita al instante, y hay un coro de pequeños chillidos agudos.
Sus ojos se abren de golpe, con horror evidente.
Los niños corren de vuelta a sus escaleras y observan, con los ojos muy abiertos y un poco impactados, pero también intrigados ante la demostración de una nueva magia.
–Están a salvo –digo–. Todos están bien.
La hermana Evelyn se apresura y corta una rama gruesa para examinar el tallo recién expuesto: está seco por completo, no queda ni un atisbo verde de vida en él. Sus labios se aprietan en una línea fina.
–Has matado las zarzamoras.
Adela tiembla, aunque ya no de rabia. No escucha a la hermana Evelyn, ya que no le importa el arbusto, sino que sus ojos están ya puestos en los niños.
Ya sea que esté imaginando el estertor de muerte de Etana o los gritos de los niños guardianes cuando fueron atacados por el capalus, no está aquí con nosotros.
–Tendremos que arrancar esto –dice la sacerdotisa con tono práctico, señalando las enredaderas marchitas–. Y traer un esqueje de otro jardín.
Su pareja deja el trabajo que estaba haciendo (quitar gusanos gruesos de las plantas de patata) y se une al resto de nosotros. Su voz suena afectada.
–Con razón la Suma Sacerdotisa Sarai te adora.
–Extiende la mano y chasquea los dedos frente al rostro de Adela, quien por fin enfoca la mirada en el aquí y ahora–.
Los jardines son una fuente importante de alimentación para esta comunidad, así que usaremos las manos el resto de la tarde, ¿de acuerdo? Nada de magia.
Adela se pone tan roja como los tomates en la cesta de mimbre de Jasmyn y asiente con obediencia.
Cuando estamos a solas, me pregunta si puedo devolverles la vida a las zarzamoras.
Lo intento, pero, como con Etana en el valle, no lo logro, quizás porque su ira fue demasiado grande o porque mi voluntad es demasiado pequeña.
Sea cual sea la causa, no puedo hacer lo que me pide.
En cambio, me arrodillo junto a ella para trabajar en el jardín.
No hablamos, trabajamos en silencio, arrancando malezas y cortando la vegetación crecida. Recogemos cocos y desgranamos maíz.
Al anochecer, los demás se van, pero Adela se queda de rodillas, trabajando sin descanso. Yo permanezco con ella, cavando en la tierra hasta entrada la noche, expiando.