El beso del fénix Capítulo veinticinco. Adela
70%

Capítulo veinticinco. Adela

capítulo veinticinco Adela

La semana encuentra el ritmo. Las mañanas son de plegarias y desayuno, seguidas por un día de trabajo. Sigo ocupándome con los muertos, donde me siento más segura. Y después de cenar practicamos magia en el patio, donde no me siento segura.

Sigo temiéndole demasiado a mi poder como para siquiera intentar utilizarlo, aunque sé que debo superarlo, debo aceptar mi destrucción.

Las sacerdotisas de la Cazadora no son cobardes.

Sin embargo, aquí estoy, en medio del patio privado del templo, con el cielo azul brillante sobre mí, la fachada de mármol negro detrás de mí, y no puedo actuar.

En lo único que puedo pensar es en qué podría pasar si Kian y yo tuviéramos visiones simultáneas y un pulso de energía recorriera la ciudad, o si drenara la fuerza vital de los elegidos de la Cazadora.

Ya es bastante malo que los ojos de Etana acechen mis sueños.

Alrededor del patio hay balcones donde los miembros de la orden pueden sentarse a descansar o a ver las demostraciones que podrían suceder abajo.

Ahora, la Suma Sacerdotisa nos mira desde uno de ellos, con una leve sonrisa en los labios.

Debería estar encantada, ya que los novicios están progresando con sus poderes. Excepto yo.

–Kian, comencemos con la hierba. –La hermana Roberta señala un jardín extenso y arreglado en el límite del espacio exterior. Es encantador, frondoso y verde a pesar del frío de inicios de primavera.

Desearía que la hierba del valle fuera al menos la mitad de saludable.

Por el borde del césped hay pequeños árboles con flores, cuyos pétalos se agitan con la brisa suave y esparcen una fragancia dulce.

No veo nada muerto aquí, pero Kian sabe lo que ella quiere. Con un movimiento ligero de su cabeza, la hierba crece y se torna de un verde aún más profundo.

–Excelente, ahora aquí. –Roberta señala un árbol que apenas comenzó a florecer. Las hojas se despliegan, luego aparecen pequeñas manzanas–. Más –presiona.

Kian se concentra hasta que las manzanas crecen. Su éxito me hace sentir como un fracaso aún mayor. Daría lo que sea por tener un poder tan benéfico y productivo.

Cuando voltea, nota que lo observo con detenimiento y despliega una sonrisa amplia y genuina. No el gesto protector de siempre.

–¿Intentaras esa temible magia hoy? –me anima–. ¿Destruirás algo?

Aunque sé que no tiene malas intenciones, mis ojos se llenan de lágrimas. Aun así, la última vez que vi esa sonrisa fue cuando estaba entre mis piernas y preferiría tenerlo ahí otra vez, provocándome hasta el clímax y no hasta las lágrimas.

Cuando nota mi titubeo, se acerca de inmediato y apoya su frente contra la mía. Yo cierro los ojos e inhalo. Quizás sea mi imaginación, pero huele a césped veraniego y a manzanas.

–¿Te encuentras bien, diosa?

Asiento con la cabeza, pero antes de que pueda hablar, una visión se apodera de mí.

Volamos hacia las colinas de los grifos, donde los adolescentes, que aún ostentan matas de plumas sedosas de polluelos, están saliendo al mundo.

Uno audaz nos ve y se lanza hacia adelante para intentar atraparnos, entonces bajamos la velocidad y volamos en círculos sobre el pequeñín que ruge al cielo con alegría.

Más abajo, los más jóvenes brincan con torpeza por el borde, tropezando con sus colas y patas demasiado grandes.

En un nido, una madre está sufriendo para dar a luz. Huele a sangre y a muerte. Su noveno grifo está atorado dentro de ella. Han sido demasiados bebés para un solo parto y su cuerpo está demasiado agotado para seguir pujando.

Cuando las dos almas se apagan, dejamos el orgullo para llorar a los suyos. Volveremos para devolverlos a la tierra en tres días.

Ahora, comenzaremos con nuestras rondas por el valle.

Pero por detrás de la línea de árboles, emerge una figura de negro, que porta los huesos de un ancestro.

Peligro.

Vuelvo al patio en brazos de Kian. Él no tuvo la misma visión, y ahora su rostro está teñido de preocupación. Pero antes de que pueda preguntar si me encuentro bien, la Suma Sacerdotisa aparece en el patio, aplaudiendo.

–Excelente trabajo, todos. Bien hecho. Ahora vayan a disfrutar de un merecido descanso.

Todos los novicios se dan la vuelta para marcharse, incluso Kian y yo, pero Sarai hace que nos detengamos. Luego se acerca a la hierba y se agacha para acariciarla.

–Es evidente que tu parte de resurrección funciona muy bien. –Vuelve a levantarse, con una sonrisa triste–. ¿Qué pasa con la parte destructiva?

No puedo decirle que estoy muy asustada, así que no digo nada.

–Está bien tener dificultades, pero debemos encontrar la forma de avanzar –insiste.

–Apenas ha pasado una semana –dice Kian, en un tono que roza la insubordinación. Quiero decirle que se calle–. Encontrará su camino.

–No tengo dudas de que lo hará –responde la Suma Sacerdotisa con paciencia–. Porque yo la ayudaré. Ahora ven, Adela. Creí que te gustaría trabajar conmigo en persona fuera de la ciudad, donde no tendrás que preocuparte demasiado por… provocar accidentes.

Mis ojos se humedecen ante su comprensión y gracia. Me ve y hace lo mejor para que pueda explorar mi magia sin presionar mis miedos.

–Eso sería muy bueno.

Kian nos sigue cuando volteamos para irnos, pero ella alza una mano.

–Tú no.

–Pero somos un par –insiste él–. Destrucción. Resurrección.

Valoro su entusiasmo por apoyarme, pero cuanta más gente nos acompañe, más probabilidades de que lastime a alguien por accidente. Así que toco su brazo y niego con la cabeza.

–Estaré de vuelta antes de que lo notes. Solo iré a destruir algunas cosas. –Le guiño un ojo en un intento de parecer jovial.

Sus ojos analizan mi rostro, y luego sonríe de una manera que se siente forzada, pero presiona mi mano y la suelta sin decir una palabra más.

Me reúno con la Suma Sacerdotisa Sarai en su carruaje, un enorme vehículo negro con un símbolo dorado de la Cazadora en la puerta, tirado por cuatro caballos tan negros como Lathai.

Avanzamos por la ciudad, que es una forma mucho mejor de experimentarla que como llegué la primera vez, abriéndome paso a pie, húmeda y exhausta.

Insborough no se parece en nada a lo que imaginaba. Es ruidosa y está llena de color y movimiento. Hay belleza en ella, en cierto modo. En la encantadora forma en que un edificio angosto pintado de rojo rubí se une a su vecino de color ciruela oscuro, que a su vez se une a otro turquesa brillante.

Pero apesta. El hedor es mucho peor que cualquier pradera o establo en el que haya estado, tanto que se filtra incluso dentro del carruaje.

Por mi experiencia como emparejadora, eligiendo aromas para las calaveras, es automático intentar categorizar los olores: desechos, descomposición, enfermedad, muerte.

Todo mezclado con el sudor de los animales y el olor corporal de muchísima gente sin aseo.

El valle no es el paraíso idílico que los forasteros esperan, cuidar criaturas es trabajoso, a menudo es sucio, violento y duro.

Pero no es este caos y podredumbre. Me pregunto cuántos se quedarían en Insborough en lugar de mudarse al campo o a alguno de los pueblos más pequeños en las afueras de la ciudad si pudieran elegir.

Y entonces me doy cuenta: sí tienen opción.

Por supuesto que la tienen. Solo los guardianes están obligados a permanecer en la comunidad en la que nacen.

Todos están aquí porque quieren.

Llegamos a una curva del río que rodea tres cuartas partes de la ciudad, donde hay un terreno casi vacío. En medio de la hierba seca queda un único edificio rectangular, inclinado hacia la derecha.

Bajamos del carruaje y nos dirigimos hacia él.

Es un edificio alto, de unos tres pisos, que alguna vez fue hermoso, con un techo a dos aguas, un pórtico envolvente y molduras intrincadas. Las dos ventanas que aún permanecen intactas son de cristal grueso y ondulado. Parece que una ráfaga fuerte podría derribarlo en cualquier momento.

Cuando estamos casi en el pórtico estrecho del edificio, Sarai señala hacia él.

–Derríbalo.

Los ópalos y diamantes en su calavera de unicornio centellean bajo la luz del atardecer.

–¿Derribarlo? –repito. Pero ¿cómo? Solo he quitado una vida y fue un acto instintivo.

Pero no quiero fallarle, así que doy la vuelta hacia el edificio y, sin idea de cómo acceder de forma activa e intencional a mi magia, tan solo deseo que se caiga.

No pasa nada. Lo intento otra vez, imagino el edificio derrumbándose frente a nosotras.

Busco a la fénix para que me ayude, pero está en un silencio extraño, y no la culpo. Mi miedo es demasiado grande. Aunque los riesgos no se sienten tan graves como en medio del patio del templo dentro de la ciudad, aún hay gente aquí que podría resultar herida.

No logro mover ni un clavo de su sitio.

Lo intentamos una y otra vez, con la Suma Sacerdotisa animándome, pero nada de lo que sugiere logra desbloquearme.

Aun así, lo intento una y otra vez, y otra más.

Llega el momento en que nos quedamos sin luz, y los sirvientes de la Suma Sacerdotisa se acercan con linternas y nos conducen de vuelta al carruaje.

Cuando estamos sentadas, la Suma Sacerdotisa se inclina hacia adelante y coloca un solo dedo en la punta del pico del fénix y lo levanta, con lo que alza mi barbilla hacia el aire.

Me aseguro de seguir el más mínimo movimiento para no cortarla con el pico afilado mientras lo mueve arriba y abajo, luego de lado a lado, como si lo examinara.

–Había esperado que mi pequeña sorpresa fuera una celebración de nuestros logros destructivos, pero por desgracia fue una noche decepcionante para ambas. –Retira la mano, y dejo caer la barbilla a su posición natural–. Supongo que, después de todo, será solo un regalo.

–Gracias por su generosidad y su gracia –respondo, confundida.

Ella tan solo me sonríe. Aunque es cálida como siempre, la vergüenza me inunda. Su tiempo es valioso, ya que como líder de la Orden de la Cazadora tiene cien cosas más importantes que hacer, y aun así pasó horas intentando ayudarme, solo para que yo le fallara.

Viajamos en un silencio incómodo, en el que cada sacudida y traqueteo del carruaje aumenta mi preocupación de que esté frustrada y descontenta con mi falta de desempeño.

Cuando por fin nos detenemos frente al templo, me apresuro a bajar, pero ella me detiene antes de que me aleje con sus palabras y con su amabilidad.

–Descubrirás la parte destructiva de la magia del fénix, estoy segura de ello. No me decepcionarás.

Si su aliento fuera una hoguera, me acercaría para calentarme las manos. Su benevolencia la hace parecer más como una sacerdotisa Hilandera. La Cazadora valora el ingenio y la fuerza y atrae a seguidores que los representen.

La Suma Sacerdotisa Sarai cierra la puerta del carruaje desde dentro y se aleja.

Doy la vuelta para entrar al templo, entonces me encuentro con la hermana Ihi esperándome, con su máscara sin joyas y su temperamento apacible, algo que tampoco esperaría de una servidora de la Cazadora.

Comienzo a preguntarme si mi visión de la orden será demasiado estrecha.

Como novata, he conocido mayormente a novicios.

–Buenas noches, Adela. Ven conmigo –dice la hermana Ihi.

Camina de prisa, arrastrando su manto negro por un corredor desconocido. Las sacerdotisas y sacerdotes de la Cazadora parecen estar entrenados para moverse de forma dramática, me pregunto quién se los enseñará.

Nos detenemos frente a una puerta, que ella abre hacia unos aposentos bien equipados. El suelo está cubierto de alfombras superpuestas, cuelgan pinturas de cada pared decorada, y en el centro se encuentra una cama amplia con mantas mullidas y almohadas gigantes.

–¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?

–Tu nueva habitación. La Suma Sacerdotisa Sarai la arregló para ti.

–Pero… –No encuentro las palabras correctas.

Esto es más lindo que los aposentos que designamos para las propias sumas sacerdotisas en el valle.

Es una habitación gigante y completa, mucho mejor que la anterior, con paredes desnudas y suelo de madera.

Aunque quiero disfrutarla, no comprendo cómo podría merecerla.

–No puedo aceptarla.

La hermana Ihi me mira con tanta pena que hace que quiera esconderme detrás de las cortinas largas y pesadas que enmarcan las ventanas de piso a techo.

–Tus cosas ya fueron trasladadas aquí.

Una puerta en el interior de la habitación se abre, y Kian sale de un cuarto de baño. Alcanzo a ver un atisbo de una tina grande como para que quepamos los dos, pero apenas la miro, porque Kian, envuelto en una toalla y con el torso desnudo, extiende los brazos y da un giro para enseñarme el lugar.

–Bienvenida a casa, diosa.

Mis ojos se abren de par en par.

–¿Viviremos juntos?

La hermana Ihi nos da a cada uno una llave, luego murmura algo sobre darnos tiempo para familiarizarnos con la habitación y se marcha de prisa. Kian cierra la puerta y se apoya contra el marco, con una sonrisa amplia pero rígida.

Ah. No está feliz, está fingiendo. Él disfruta de la privacidad y el aislamiento, y este espacio compartido amenaza ambas cosas. Me recorre una punzada de miedo de que no quiera esto, de que no me quiera a mí, pero la ignoro.

Estoy a punto de salir corriendo al pasillo tras la hermana Ihi para suplicarle que me devuelva mi antigua habitación cuando él da un paso hacia mí y me envuelve en un enorme abrazo.

Me encanta la sensación de su piel aún húmeda bajo mis manos y cómo calma el miedo y la inseguridad que todavía quedan de mi terrible sesión de magia con la Suma Sacerdotisa Sarai.

Seguro que solo estoy proyectando. Que Kian necesite privacidad no significa que no quiera compartir estas habitaciones conmigo.

Podemos adaptarnos juntos a esta nueva realidad.

Él me aprieta con fuerza y me levanta. Me río cuando me lanza sobre la cama y hace volar almohadas mullidas y mantas de plumas.

Me sigue, y me encanta cómo sus brazos me rodean, sus bíceps y antebrazos tatuados tensos por el esfuerzo de sostenerse sobre mí.

Estoy a salvo dentro de su fuerza y a su merced.

Beso su muñeca y disfruto del sonido que emite en la garganta.

–Te deseo.

No tiene que decirlo dos veces. Volteo en busca de su boca y lo beso con intensidad. Al menos esto es algo que puedo hacer sin dudarlo.