El beso del fénix Capítulo veinticuatro. Kian
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Capítulo veinticuatro. Kian

capítulo veinticuatro Kian

No puedo dormir. El aroma del placer de Adela se filtró en mi piel y me roba el sueño, pero mi cuerpo es incapaz de otra descarga, mucho menos por mi propia mano. No cuando persiste la sensación de estar dentro de ella.

Entonces me levanto y dejo a Adela en la cama.

No tiene caso dar vueltas y torturarme con recuerdos del mejor sexo de mi vida cuando no hay nada que pueda hacer al respecto, así que bien podría buscar algo útil que hacer.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me escabullí por los corredores del templo hacia las oficinas donde la Suma Sacerdotisa y sus asistentes trabajan durante el día, pero mis pies conocen el camino.

Era una ruta que recorría con frecuencia cuando era joven y mi venganza por mis padres todavía no tenía rumbo.

Ahora que soy mayor y he llevado a cabo la acción clave de mis grandes planes, nada ha cambiado demasiado. Sigo esperando una nueva inspiración.

Y las consecuencias de la desaparición de las calaveras.

Pensé que sería un evento mucho más drástico, que crearía pánico y caos, pero, además de los novicios que están un par de años por detrás de nosotros, nadie parece demasiado alterado.

Quizás sea porque las sacerdotisas y sacerdotes ya consagrados llevan máscaras, y la falta de nuevas calaveras solo hará que su poder sea más valioso.

Eso sería típico de la visión egocéntrica de la mayoría de los miembros de la orden.

La tranquila indiferencia de Sarai es lo más extraño. Sí, los emparejamientos exitosos que Adela logró justo antes de reavivar al fénix deben traer algo de calma, pero sospecho que hay algo más, algo que no estoy viendo.

Por ahora, estaré atento a cualquier indicio mientras busco información para proteger a tía Ujvala en su próxima incursión al valle.

Mis pies descalzos no hacen ruido sobre el suelo de mármol sólido, avanzo con rapidez. Frente a la gruesa puerta de madera de Sarai, tallada con varios símbolos de la Cazadora, me detengo, espío por la rendija inferior en busca de cualquier brillo de luz revelador y, al no ver nada, llamo despacio.

La primera vez que abrí la puerta y encontré a la Suma Sacerdotisa Sarai dentro, trabajando, nos sorprendimos los dos y recibí una reprimenda de una hora por no respetar su privacidad y entrar sin llamar. Tenía solo diecisiete años.

No he vuelto a cometer el mismo error.

Cuando no veo más que oscuridad alrededor del borde de la puerta, giro la manija hacia la derecha con cuidado y evito el chirrido que siempre hace si la giro hacia la izquierda.

Otra lección aprendida a base de experiencia, de la vez que abrí la puerta de forma incorrecta y la encontré dormida en su escritorio en medio de la noche, babeando sobre un montón de papeles.

Aquella vez tenía veinte años y me gané unos azotes leves por ser una infracción repetida.

Por suerte, en ambas ocasiones asumió que se trataba de un afán por hablar con ella y no de la verdad más siniestra: que estaba allí para robar sus secretos.

Esta vez, la oficina está vacía, así que me apresuro hasta el panel oculto en la pared y lo abro con cuidado. En cuanto echo un vistazo al interior sé que es mi día de suerte: hay una pila de cartas. Lo consideraría un regalo de la diosa si creyera en esas cosas.

Reviso las cartas, la mayoría inofensivas.

Hay notificaciones aburridas sobre comercio o el estado de los suministros para una ceremonia cercana.

Es extraño que esta esté oculta, pero quizás se mezcló con las demás.

Encuentro una misiva interesante sobre una reunión entre las tres sumas sacerdotisas para discutir qué hacer respecto a la falta de calaveras, como si tuvieran muchas opciones.

La única carta relevante es una entre la Suma Sacerdotisa y la líder de los ancianos guardianes. Está escrita con letra gruesa, sobre el mismo papel grueso y nudoso de muchos de los libros de Cecelia en la biblioteca del valle.

Suma Sacerdotisa:

Con gusto recibiremos a su portador de dragón y las cenizas del sacerdote Pupilo y su calavera de lebrílope en unos días. Será recibido con amabilidad y cuidado.

En cuanto a su solicitud, mientras que reconocemos su frustración por la incapacidad de Adela de acceder a su poder tan rápido como le gustaría, no podemos ni estamos dispuestos a aprobar las soluciones que propone como incentivo.

Comprendo que rehusarnos a asistir a Ulric en su misión de encontrar y capturar al híbrido pegaso unicornio resultará en el retiro total del apoyo financiero de las órdenes.

En ese sentido, le pido recuerde su deber sagrado de mantener el equilibrio y compartir la abundancia.

Después de todo, sus promesas no son hacia nosotros, sino hacia la Gran Diosa de todos.

Nuestro deber sagrado es cuidar de las criaturas durante sus vidas naturales y protegerlas de toda clase de amenazas. Incluso de la suya.

Las criaturas nunca deben ser enjauladas.

Petra

Críptico. Me pregunto qué solución propuso Sarai que implicaría que Ulric capture a la potranca y con qué fin. Suena a que quiere sacarla del valle, pero eso sería imposible. Sea cual sea el motivo, es evidente que irritó a Petra; es una mujer terminante, pero su tono fue abiertamente agresivo.

Desearía haber visto el rostro de Sarai mientras lo leía.

Reviso el cajón de Sarai para encontrar papel y carbonilla para transferir la carta y poder mostrársela a tía Ujvala. Debe saber que Ulric viajará al valle para que nadie se cruce con él en el camino.

–¿A dónde vas? –pregunta Adela la noche siguiente mientras descansamos en su cama. Su habitación es muy austera, ya que no ha pasado por los años de decoración acumulada de todas las demás.

–¿A dónde voy? –repito con la voz tranquila a pesar de la sorpresa.

–Ajá. –La suya es baja por el sueño y la satisfacción–. Siempre estás yendo a algún sitio. A la ciudad o a algún lugar en el templo. Anoche te vi volver a tu habitación descalzo pasadas las dos.

Se encienden las alarmas, pero su voz es ligera y curiosa, no crítica ni sospechosa. Me esfuerzo por igualar su energía y pienso en algo que la intrigue y se acerque lo más posible a la verdad para ser creíble, pero no tanto que pueda descubrir lo que he estado haciendo en realidad.

–Eh… salgo a explorar.

–¿El templo? –Su rostro se ilumina. Se sienta en la cama, de modo que las sábanas caen y revelan su cuerpo perfecto. Mi mano se dispara a su vientre y acaricia su piel, y soy incapaz de responder con palabras.

–Mmmm.

–Muéstrame tu lugar preferido.

Comienzo a señalar un lunar en la cara interna de su muslo, pero aparta mi mano con un golpe juguetón, luego pasa sobre mí con torpeza y se pone algo de ropa.

Cuando no la sigo de inmediato, me arroja la mía.

Bufo por lo bajo, debí decirle que buscaba lugares donde echarme a dormir y que su cama era el mejor, pero sospecho que eso no hubiera cambiado nada.

–¿Dónde está tu sentido de la aventura? –bromea–. Levántate y enséñame algunos secretos.

Si tan solo pudiera.

Pienso en llevarla al lugar que creo que más le va a gustar, así que la guío hacia una escalera de piedra en espiral que se aleja de nosotros en ambas direcciones, hacia arriba y hacia abajo.

Para arriba conduce al campanario más alto y grande de la ciudad.

Comienzo a subir y ella me sigue, casi rebotando sobre la punta de los pies.

Pero de repente se detiene y retrocede unos pasos. Mira hacia abajo por las escaleras de piedra retorcidas, con la cabeza inclinada como si estuviera escuchando algo.

–¿Qué hay por ahí?

–Lo opuesto a arriba –bromeo, y ella me da un golpe suave en el hombro–. La leyenda dice que hay túneles debajo de nosotros que conectan los tres templos –le respondo con sinceridad.

–¿Leyenda?

–Bueno, hay una puerta cerrada con llave al fondo, pero nadie sabe a dónde lleva o nadie quiere decirlo.

Y yo nunca he logrado atravesarla, a pesar de tener bastante habilidad para forzar cerraduras.

Estoy casi seguro de que está sellada o de que el mecanismo está bloqueado por magia, algo así como el camino hacia el valle.

–Si la leyenda es cierta, sería fácil comprobarlo con una simple visita a los otros templos. ¿También tienen la misma escalera misteriosa y puertas cerradas?

Es demasiado lista.

Porque sí, los demás templos tienen puertas cerradas iguales, de hecho. Pero no voy a decirle que he estado husmeando por los otros templos. Hasta donde ella sabe, soy un novicio irreverente pero en general obediente, en camino al sacerdocio completo.

El fénix me envía una punzada de diversión.

Lo ignoro y vuelvo a subir las escaleras, tirando de ella con suavidad para que me siga.

–¿Quieres explorar, belleza? Exploremos algo más que puertas cerradas que de seguro solo lleven a un montón de verduras medio podridas o vino caduco. Creo que te gustará subir.

Subir hacia el cielo. Subir hacia las estrellas.

Ella sube un par de escalones de un salto hasta quedar cara a cara conmigo y me da un beso dulce en la mejilla.

Aprieto su mano para seguir, y subimos. Cuanto más alto, más frío el aire, hasta que por fin llegamos a la cima.

El campanario está abierto, por supuesto, para que la ciudad pueda oír el tañido de la enorme campana de bronce al mediodía, en los días festivos, durante los ritos funerarios de los miembros de la orden y para muchas otras cosas.

Por suerte, ahora la campana está inmóvil, colgando bajo el alero de la torre.

Adela jala de la gruesa cuerda tejida con cautela y todo el conjunto se balancea un poco. Sonríe, y estoy convencido de que está a punto de hacerlo otra vez, de hacer sonar la campana como loca. Si lo hace, tendremos que correr escaleras abajo antes de que nos atrapen y nos reprendan.

O peor, nos castiguen. Por suerte, contiene el impulso. No es que no disfrutaría verla hacer una travesura, pero no quiero arriesgarme a que su hermosa espalda sea marcada por el látigo demasiado entusiasta de Sarai.

La hago girar para alejarla de la campana, hacia lo que en realidad quiero que vea.

Se le corta la respiración al contemplar la ciudad: los tejados irregulares formando un mosaico de sombras disparejas bajo la luz de la luna, pequeños destellos de faroles amarillos cálidos asomando por las ventanas y en las calles.

–Es hermoso.

–Hermoso –coincido, aunque no hablo de la ciudad. Lo único en lo que puedo pensar es en sus ojos brillando a la luz de las estrellas, lo bastante intensos como para rivalizar con el cielo nocturno del valle.

Nos sentamos en una pequeña saliente en el exterior del campanario, y ella se apoya contra mí, con la cabeza entre mi hombro y mi mandíbula. Le doy un beso suave y me dejo llevar por el momento.

–Esto es perfecto –susurra, su aliento como una suave caricia sobre mi clavícula.

Tomo su mano. Estoy de acuerdo, es casi perfecto.

Lo único que impide que sea perfecto de verdad soy yo y mi farsa, porque si supiera quién soy y lo que he hecho, me odiaría, sin duda.

No vería mis intenciones de hacer espacio en el mundo para el bien, solo vería a un hombre furioso que busca venganza por los padres que murieron hace veintiún años.

¿Y quién puede decir que no es así? Después de todo, mi gran plan no está yendo muy bien hasta ahora. Nada ha cambiado.

Sostengo su mano. Sus pies se balancean como si fuera una niña, alegre y despreocupada, sin miedo a caer ni al futuro.

Ojalá yo tampoco temiera al futuro, ni a su reacción.

Ella es caótica e impulsiva, pero también es creativa y tiene buen instinto.

Quizás si le dijera la verdad, vería mi corazón y no solo me aceptaría, sino que participaría con entusiasmo en mis planes.

Quizás me acompañaría a hacer de Insborough un lugar mejor.

Quizás no tendría que estar solo en esto.

O quizás me odiaría para siempre.

Ese último “quizás” es lo que me impide hablar. No quiero que me odie, quiero que me conozca. Quiero que me ame.

Como yo la amo.