El beso del fénix Capítulo veintitrés. Adela #2
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Capítulo veintitrés. Adela #2

Durante la cena, la única conversación gira en torno a practicar magia.

Tenemos tiempo después de comer antes del toque de queda bastante flexible, así que los demás están emocionados, ansiosos por ir al patio y ver de lo que son capaces, pero la idea de unirme a ellos hace que se me contraiga el estómago.

Si no logro acceder a mi magia, decepcionaré las altas expectativas de todos sobre lo que podría aportar a la orden como forastera.

La fénix envía emoción y entusiasmo a través de mí.

Está confiada y ansiosa por explorar nuestro vínculo y lo que podemos hacer juntas.

Lo cual resulta aún más aterrador. Su poder es volátil en mis manos, destructivo.

Mi éxito dará como resultado peligro y daño.

Odio admitirlo incluso para mí misma, pero esta noche la magia del fénix no se siente como una bendición, sino como un arma que no puedo manejar con seguridad.

Frente a mí, Ulric se ríe y se atraganta justo cuando toma un sorbo de sopa, mientras Kian cuenta una de sus historias ridículas de la infancia, algo sobre intentar atrapar un cerdito en un mercado concurrido.

No estoy escuchando con atención, solo dejo que mis ojos y mi mente divaguen.

Los veo reír juntos, admiro la curva del cuello de Kian, la forma en que sus ojos se arrugan cuando bromea con su amigo.

Es tan hermoso. De rasgos marcados y pulidos, como el resto de la orden, con su cabello oscuro trenzado, pendientes y anillos de oro y un atisbo de su tatuaje asomando por debajo del escote de su manto.

Pero admiro más que su belleza. Admiro la forma en que encuentra razones para reír, la reverencia con la que trató a los muertos, la manera en que intentó defenderme de Linden y cómo se apartó cuando le dije que se detuviera.

Está lleno de vida. Un contraste enorme con nuestro día.

No puedo quedarme así dentro mi cabeza ni un momento más, necesito estar completamente presente en mi cuerpo, y Kian puede ayudar.

Me levanto de mi lugar en la mesa y en el instante en que me muevo, sus ojos se encuentran con los míos. Sus pestañas oscuras descienden y sus labios carnosos se curvan hacia arriba: reconoce mi deseo. Se pone de pie, listo para complacerme, y se despide de manera automática de un Ulric risueño.

Damos apenas unos pasos antes de que me arrastre por un corredor pequeño hasta un rincón, donde retira nuestras calaveras de fénix para dejarlas en el suelo.

Luego me besa con energía mientras recorre mi cuerpo con las manos.

Baja con los labios por mi cuello, sus manos suben a mi cabello y jalan con cuidado para que le dé mejor acceso.

Todos mi pensamientos y sentimientos complicados se esfuman al instante.

Me froto contra él para disfrutar de cómo lo pongo duro y de los gemidos que extraigo de sus labios.

El placer compartido hace eco en el mármol pulido que nos rodea.

Cierro los ojos para gozar de las sensaciones, y él me hace girar y jala mi cadera de modo que mi trasero se pegue a él con firmeza mientras hace que me incline hacia el frente.

Su abdomen y pecho empujan mi espalda, su mano aferra mi cabello, sus labios, lengua y dientes me provocan recorriendo mi hombro.

Con la mano libre, me rodea para alcanzar mi pecho y estimular mi pezón endurecido con el pulgar, lo que me hace gemir de placer y abrir los ojos.

Pero entonces jadeo, pero ahora de sorpresa, porque no estamos en un rincón privado, sino en el balcón del santuario vacío. Hay una baranda de mármol delante de mí, pero tras ella no hay más que el espacio abierto del templo sagrado. Eso explica el eco de nuestros gemidos.

–¡Kian! –susurro.

Gracias a la Hilandera, el santuario parece vacío, pero tiene numerosas entradas, balcones en otros niveles y media docena de puertas en el nivel inferior. Cualquiera podría aparecer en cualquier momento por alguna de esas puertas. Una parte de mí se siente horrorizada, la otra, excitada.

Kian por fin detiene el curso de sus besos y nota que perdió parte de mi atención.

–No seremos los primeros que hagan esto aquí –dice con una risita y una mordida a mi hombro–. Debe ser el lugar de veneración preferido de la Cazadora.

Ella es la diosa de los cuerpos. Muerte, violencia, danza, fuerza, sexo.

Él sigue besándome y tocándome, mientras que me atrae lo más cerca posible para frotarse contra mi trasero.

La otra mano baja por mi pierna para levantarme el manto.

Cuando lo logra, sube entre mis muslos hasta encontrar mi centro desnudo y mojado.

No consigo contener los gemidos ante sus dedos expertos e insistentes.

–Pon las manos en la baranda, diosa –ordena, con el aliento cálido en mi oído mientras me invade con un dedo.

Obedezco de inmediato, pero antes de que llegue a tocar la baranda él empuja dentro de mí.

Aunque es repentino, no le pido que se detenga ni que me deje adaptarme, sino que empujo hacia él y disfruto la plenitud.

Mientras me enviste, me rodea para estimularme con una mano.

Estoy en éxtasis. Él se ríe, y amo cómo su voz, cargada de deseo por mí, nos envuelve.

–¿Te gusta?

–Sí, más –es todo lo que puedo decir. Él me concede lo que pido y sigue tocándome y penetrándome. La presión aumenta, se eleva y agudiza hasta que me deshace con un grito de deseo que hace eco por el santuario.

Cuando el pico del orgasmo desciende, espero que deje de tocarme y se concentre en su propio placer, pero no aparta sus dedos expertos de mí. En cambio, vuelve a aumentar la presión en mi interior. Pero no creo ser capaz de otro orgasmo.

Es evidente que él cree lo contrario.

–Otra vez –exige entre mi cabello.

Obedezco, me retuerzo y tiemblo por el placer de sentirlo por dentro y por fuera. Bajo del segundo clímax, y esta vez sí retira los dedos y comienza a apartarse, pero empujo hacia él otra vez y giro para verlo sobre mi hombro.

–Pero tú… quiero… –las palabras se me enredan, pero él sabe lo que quiero.

–Ya llegaremos a mí –responde al tiempo que se arrodilla y separa mis piernas–. Pero todavía no terminé contigo. Una vez más, diosa.

Me lame apenas un momento antes de que llegue a la cúspide y al orgasmo otra vez. Empujo contra su rostro y grito su nombre hacia el espacio sangrado frente a mí.

Cuando cesan los espasmos, Kian le da un beso a cada nalga y se sienta en el suelo entre risas. Está orgulloso de sí mismo, y hace bien, ya que ha hecho un excelente trabajo.

Finalmente se levanta, me extiende una mano y comienza a voltear como para marcharse.

–Nada de eso. No terminé contigo –repito y bajo de rodillas. Levanto su túnica y bajo sus interiores para liberar su pene, llevármelo a la boca y sentirme a mí misma en él.

Tarareo de placer mientras subo y bajo por la deliciosa extensión de su miembro y estimulo la punta. Acompaño el movimiento de la boca con la mano, y él comienza a empujar con cuidado. Entonces bajo con fuerza, hasta que los movimientos de ambos son rápidos y descontrolados por el deseo.

Él se corre en mi boca, rápido y con fuerza y con un gruñido de placer. Entonces, con una oleada de orgullo, trago la prueba de lo bien que lo hice sentir.

Después de acomodar nuestros mantos y recoger las calaveras de fénix del suelo, nos apresuramos a nuestras habitaciones. Creí que nos despediríamos al llegar a la suya, pero él la ignora y me acompaña a la mía. Se desnuda en cuanto atravesamos la puerta y luego hace lo mismo conmigo.

–No tengo energías para una segunda vuelta, todavía. –Aún me tiemblan un poco las piernas por los tres orgasmos increíbles de la primera–. Pero haré lo mejor que pueda.

Kian se recuesta en mi cama estrecha, me lleva con él y recorre mi espalda desnuda con la punta de los dedos.

–Todavía no. Solo quiero esto, es encantador.

–Necesito una cama más grande. –La mitad de mi cuerpo está sobre él y debo estar aplastándolo.

–Buena suerte con eso –resopla–. Solo los santurrones más bendecidos pueden tener aposentos con camas más grandes. A los demás nos tocan los barrancos.

–¿Los santurrones más bendecidos?

Se queda helado, como un niño atrapado robando pastel de miel de las cocinas antes de cenar. Pero es un instante tan breve que creo haberlo malinterpretado.

–Es un nombre tonto con que mi familia solía llamar a los miembros de las órdenes, santurrones. No es muy respetuoso.

No le doy importancia. No me preocupa qué nombre un poco despectivo use para llamar a los miembros de las órdenes, en especial cuando es uno de ellos.

–¿Pero qué significa los más bendecidos? ¿Quién recibe más o menos bendiciones? ¿Son concedidas por la Cazadora?

–Son concedidas por Sarai a quien más le agrade en ese momento –resopla.

A veces parece como si le desagradara la orden, pero no lo creo, ya que le ha dedicado su vida entera–.

En general son para quienes se emparejan con calaveras poderosas o quienes vienen de familias influyentes.

Pero, básicamente, sus favoritos son los que mejor le besen el trasero, como Roberta.

Y Thad antes de que el dragón se lo comiera.

Es fácil reconocerlos, cuantas más gemas tenga, más “bendecido” el santurrón.

Acaricia mis omóplatos y me hace estremecer, pero no puedo dejar de pensar en lo que dijo. Las bendiciones de la Cazadora no deberían ser concedidas según los caprichos de la Suma Sacerdotisa. Así no es como debería funcionar.

Y así no es la Suma Sacerdotisa Sarai. Es cálida, atenta y alentadora. Estoy segura de que no concedería su favor basándose en motivos tan egoístas y superficiales.

–No suena justo –digo mirándolo a la cara.

Él comienza a bajar con besos por mi cuello otra vez.

–Adela, esta es la Orden de la Cazadora –dice entre besos–. Si alguien te prometió que algo aquí sería justo, lo más seguro es que te haya mentido. Ahora recuéstate y déjame saborearte otra vez.

Hago lo que pide.