El beso del fénix Capítulo veintitrés. Adela
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Capítulo veintitrés. Adela

capítulo veintitrés Adela

En mi primer día completo en el templo, Ulric se sienta conmigo en el desayuno.

Es temprano, las oraciones comienzan a las siete, así que tenemos tiempo para las tareas asignadas para el día y las lecciones de magia, pero estoy habituada a la rutina de guardiana, así que desperté con el sol, llena de preocupaciones.

–¿Cómo estás? –Ulric come un bocado de una fruta que nunca había visto y parpadea para despejarse.

–Estoy… –Pincho una especie de suflé de huevo decadente que me han servido.

Pensaba que la vida en el valle era la única opción para mí, pero ahora estoy usando el manto gris de una novicia, con una calavera de fénix en la mesa, en el templo de la Cazadora.

Y llegué aquí por medio de muerte y destrucción–. Nerviosa. Quiero hacerlo bien.

–Lo harás –dice con voz suave y amable–. Quieres hacerlo y ese el primer paso hacia el bien.

Kian se deja caer en la silla a mi lado, me choca el hombro como saludo y por poco succiona una tostada con té.

–¿Lista para el trabajo duro, Adela? –Resopla y señala a un grupo de jóvenes que levantan platos sucios–. Como la novicia más nueva en la Orden de la Cazadora, es momento de decirte la verdad. Los novicios son encargados de la limpieza, ayudantes de cocina y sirvientes de las sacerdotisas.

–Hay nobleza en servir –dice Ulric.

Me agrada.

–Bueno, hoy serviremos noblemente a los muertos. –Kian pone los ojos en blanco y gira hacia mí–. ¿Está bien?

–Si estuviera en casa, estaría preparando la calavera de Etana para emparejamiento. No creo que preparar a los muertos de Insborough sea un problema.

Además, si ya están muertos al menos no podré lastimarlos.

Nos dirigimos al fondo del templo, hacia donde tiene lugar el elaborado proceso de preparación funeraria.

Espero encontrar una sala de piedra limpia, pero es más del mismo mármol negro veteado de oro.

La única diferencia con las salas más lujosas es que esta tiene grandes desagües en el suelo y más antorchas en las paredes, de modo que el espacio está bañado de luz.

De hecho, podría decir que es hermosa, a pesar de los montones de cuerpos desnudos o amortajados dispuestos sobre losas de mármol por toda la sala. Ya hay sacerdotisas y sacerdotes trabajando, preparando los cuerpos, y también la pareja de gytrash. Linden me fulmina con la mirada.

Kian se coloca frente a mí.

–Deja de mirarla así.

–Puedo mirar como quiera –replica Linden–. Me falló. Le falló a la orden.

Me estremezco ante su franqueza, pero entiendo su furia. Cuando empiezo a disculparme, Kian habla por encima de mí.

–La emparejadora no sirve a la orden. Sirve a la Gran Diosa. No te debía nada.

Aunque agradezco la defensa, Linden no se equivoca.

Le fallé a mi comunidad y a Linden y a Svena en especial.

Si hubiera sido más cuidadosa con las calaveras de fénix o si hubiera regresado para ver si aún podía comunicarme con las calaveras después del emparejamiento, antes de que la cabaña se incendiara, tal vez las cosas serían distintas.

Me digo a mí misma que ese profundo dolor del fracaso es solo una sensación, no un hecho. El emparejamiento se interrumpió, sí. En parte por mis actos, sí. Pero no fue intencional. No fue malicia.

–¿Qué quieres que haga? –El puño de Kian se cierra en señal de amenaza–. ¿Que vuelva al valle y mate a un trío de gytrash, deshaga el vínculo de Molvi e Ylysia, y les deje intentar la ceremonia otra vez?

–Deja de empeorar las cosas –le susurro.

Sobresaltado, da un paso atrás y relaja el puño. Pero es demasiado tarde, ya que una chispa de esperanza se enciende en el rostro de Linden. De seguro sabe que es imposible, pero la esperanza es algo difícil de apagar. Da un paso hacia mí.

–¿Sería posible hacer eso? –pregunta con voz débil.

Le respondo al suelo de mármol negro, incapaz de mirarlo a él. Ni siquiera los Emparejadores más audaces dejaron notas sobre cómo deshacer un vínculo ya formado. Yo jamás lo intentaría.

–No. El vínculo entre criatura y humano es eterno. Continúa después la muerte, incluso después de que sus cenizas vuelvan a la tierra.

Ylysia da un paso adelante y rodea a Linden con los brazos.

–Todo estará bien, cariño.

–Encontraremos la forma de seguir. Los tres juntos, como siempre –Molvi se une a ellos.

Él esconde el rostro y deja escapar un sollozo de dolor contra la piel de Ylysia. Me doy vuelta para darles privacidad, decidida a ayudar a los muertos al menos, ya que no puedo ofrecerles consuelo a esos tres.

El hermano Liarn, un sacerdote joven y apuesto, de voz aguda y nasal y que lleva una calavera de gytrash, nos instruye sobre cómo lavar los cuerpos, luego perfumarlos con aceites impregnados de clavo de olor y envolverlos en sus mortajas funerarias.

No es muy distinto del proceso para preparar una calavera para el emparejamiento, y agradezco esa familiaridad.

Explica, sobre todo para mí que no conozco las costumbres de la ciudad, que aquellos cuyas familias o amigos pueden pagar los diezmos de muerte reciben las bendiciones del gytrash.

Señala a sus compañeros, el hermano Keil y el hermano Robin, que continúan su trabajo en otra parte de la sala.

Sus esfuerzos aceleran el proceso de duelo y permiten que el alma del difunto cruce al más allá más rápido.

Nadie sabe todavía cómo se verán afectados los ritos con uno de los miembros del trío ausente. La hermana Roberta solo pudo hacer una parte con ellos en el valle, así que averiguarlo es su objetivo principal para hoy.

Nos guía a Ulric, Kian y a mí hacia una gran pila de cuerpos, y luego cruza la sala para trabajar junto a los otros portadores de gytrash.

Algunas de estas personas han esperado mucho más de lo que deberían para la preparación de los ritos funerarios.

–¿Por qué han esperado tanto? –pregunto.

Kian responde:

–Sus familias no pagaron los diezmos requeridos para agilizar el proceso.

No puede ser tan simple. Tal vez una oleada de enfermedades azotó la ciudad o algún episodio de violencia provocó un aumento en las muertes.

A fin de cuentas, uno de los propósitos principales de la Orden de la Cazadora es ayudar a las personas a cruzar al más allá.

Si están aquí, esperando, sus almas quedan atrapadas.

La sacerdotisa se aleja para ocuparse de sus propias tareas.

Me arremango y recojo el cabello, quiero quitarme la calavera del fénix también para no tener que inclinar la cabeza a un lado y al otro, pero no sé si está permitido. Así que comenzamos a trabajar.

Debajo de la calavera de dragón, Ulric arruga la nariz y gruñe por lo bajo al tomar el aceite y comenzar por el primer cuerpo.

Va despacio y se mantiene lo más lejos posible del difunto.

Parece estar concentrado en evitar las náuseas.

Kian se burla de él, pero yo comprendo su resistencia a tocar a un ser vivo que ahora quedó reducido a un trozo de carne.

Por suerte para mí, aprendí de niña cómo controlar la repulsión para hacer las tareas más sucias como guardiana.

Encuentro un ritmo en el trabajo, en limpiar, aceitar, envolver.

–¿Por qué las personas se resistirían a pagar el diezmo fúnebre? –le pregunto a Kian.

–No es resistencia, es incapacidad –responde con rabia en sus palabras–. No pueden pagar las tasas exorbitantes.

Mientras que mis manos siguen trabajando, mi mente sigue su propio curso.

–Los gytrash deberían ser utilizados para facilitar los ritos fúnebres de los pobres más que de los ricos. Son ellos quienes más necesitan de las bendiciones, no los que pueden permitirse tiempo libre de sus obligaciones diarias.

Kian me mira como si hubiera dicho algo convincente, pero ¿no era eso lo que él estaba insinuando? Las criaturas permanecen con nosotros después de la muerte para ofrecernos una vida más fácil y abundante. Sirven junto a las órdenes para hacer el bien, ese es el punto.

Desde algún lugar lejano, creo oír murmullos, así que hago una pausa en mi trabajo para escuchar con atención.

Es más bien como la sensación de un sonido, como sentía a las calaveras antes de emparejarlas, pero a la vez es distinto: un zumbido triste en lugar de emocionado, más agudo y, de algún modo, más abundante.

Parece algo entre el murmullo de las calaveras, una voz humana normal y una corriente de agua que fluye con rapidez.

Cuando paso a trabajar en otro cuerpo, el sonido se vuelve más tenue, hasta que dejo de notarlo por completo.

Es extraño lo silencioso que es trabajar con los muertos en comparación con las calaveras de las criaturas, y me sorprende la pequeña parte de mí que extraña sentir sus deseos dentro de mí.

Bueno, sería un trabajo silencioso. Excepto que Kian llena el silencio, parloteando sobre todo y nada.

Me descubro atenta a sus manos, que son grandes y parecen fuertes, pero realizan el trabajo con suavidad, casi con reverencia.

Como si quien sea que yace frente a nosotros fuera alguien preciado y fuera un honor asistir a su cuerpo físico en los últimos momentos en nuestro mundo.

El día pasa rápido y me alegra haber avanzado mucho con los muertos en espera.

–Estás bien preparada para esto –me dice el hermano Liarn cuando terminamos el trabajo–. Si quisieras un puesto permanente aquí después de esta semana, serías bienvenida.

Estoy tentada a aceptar de inmediato, preferiría usar mi espalda fuerte y mi estómago aún más fuerte en esto antes que abrazar la destrucción que fluye a través de mí.

Pero luego imagino lo decepcionada que estaría la Suma Sacerdotisa Sarai si eligiera un rol en el que no utilizara mi magia.

Me ha dado un regalo inmenso, no quiero decepcionarla.

Así que le agradezco la oferta al hermano Liarn y voy a la sala de baños, donde me froto la piel casi hasta dejarla en carne viva.

Puede que me alegre ayudar a los muertos, pero no quiero que permanezcan en mí.