Capítulo veintidós. Kian #2
Está lloviendo otra vez y hace frío, pero emprendo el camino a través de la ciudad de todas formas.
Paso por los barrios con calles adoquinadas y grandes casas con pequeños jardines y maceteros con flores en las ventanas.
Cuanto más me alejo de los templos, los espacios entre las casas se vuelven cada vez más estrechos, hasta que no queda nada de verde.
Sin embargo, sí hay fachadas pintadas con colores vivos y algún que otro mural o mosaico.
Incluso nosotros, la basura de alcantarilla, apreciamos la belleza, es solo que no tenemos tiempo para cuidar flores entre las calles apestosas de Insborough. Estamos demasiado ocupados intentando ganarnos la vida.
La lluvia se mezcla con la tierra y la mierda, animal y humana, pero no tiene a dónde ir, ya que los templos no se han molestado en mejorar los drenajes y la disposición de desechos en el vecindario de Poyhia.
Por supuesto que no lo hicieron. Las órdenes solo se interesan en quienes pueden usar para conseguir poder, y los pobres no servimos para eso.
Giro en la calle estrecha en la que crecí. Al atravesar la puerta principal, me beso los dedos y toco el romero que cuelga del marco. Es una tradición tonta que solía hacer con mi padre cuando era niño; él me alzaba para que tocara las hierbas que mi madre secaba en la cocina.
Después de su muerte, tía Ujvala siempre tiene romero seco en el marco de la puerta de la cocina en su memoria, aún después de que yo me mudara al templo. Es una extraña muestra de sentimentalismo para una mujer que no suele tener tiempo más que para practicidad y confabulación.
Recorro la casa, tomo un caqui en el camino, y encuentro a tía Ujvala en medio del patio, entrenando con Ivo y Ava bajo la lluvia. Asumo que mi primito se siente mejor. Por como cojeaba en el bosque, la sangre y cómo colgaba de tía Ujvala, pensé que era una herida mucho más grave.
Observo cómo se golpean uno al otro protegidos de la lluvia bajo un alero.
–¿Descansan alguna vez?
–El templo te ha ablandado si crees que la vida es para descansar –replica mi tía, al tiempo que barre los pies de Ivo de un solo golpe. Él cae en un charco y se queda en el suelo, lamentándose. Ava retrocede para no acabar como su mellizo, y tía Ujvala la llama–. La diosa exige perfección.
Pongo los ojos en blanco y me despego del marco de la puerta. Ella derriba a Ava con un solo empujón y ríe por lo bajo mientras deja su equipo de entrenamiento. Los mellizos ya tienen edad para saber que deben cuidarse la espalda hasta que ella no vuelva a su ropa de civil.
Igual que en la vida real.
Después de secarse un poco, me guía a través del laberinto de casas conectadas que hacen a la vivienda familiar.
Desde afuera, parecen casas independientes, apretadas para ahorrar espacio y ganar calor en los meses más fríos, pero por dentro están todas conectadas con pasadizos y puertas pequeñas que pueden dejarse abiertas o cerrarse para parecer parte de las paredes.
Me lleva hasta la cocina y señala la mesa a la que me senté mientras crecía. La madera está suave, gastada por el uso.
–Asumo que Ivo sobrevivirá –comento al sentarme.
–Así es –responde mientras saca el pan, el queso y la hidromiel robados. Espero que diga más y, tras un suspiro, lo hace–: Fuimos a ver a uno de los sacerdotes de la Hilandera para que lo sanara.
–¡No! –Mi tía odia pagar por las bendiciones de los templos. Ivo debió estar muy mal para que lo considerara–. ¿Cuánto costó?
–Solo un par de los rubíes que robé de tu sacerdote muerto –responde con una sonrisa satisfecha.
Me rio de su audacia y pienso en lo agradable que sería volver a casa.
–Me alegra que esté bien.
–También a mí –dice mientras intenta reprimir un escalofrío.
Tuesta pan en el fuego, lo unta con mantequilla y añade una lonja generosa de queso. Luego retira el sello de cera de la hidromiel y bebe directo de la botella antes de ofrecérmela. Bebo también.
–Los templos hacen buena hidromiel –admito.
–Aún mejor si es robada. –Sirve un vaso para cada uno y propone un brindis–: Por el poder de la resurrección, del renacimiento.
Me ahogo con el trago de hidromiel. Ella lo sabe, por supuesto.
–No me sorprende que tengas el poder del renacimiento. A fin de cuentas, es lo que siempre has querido, la capacidad de restaurar el mundo a cómo debería ser.
Me hace sonar casi noble, pero agacho la cabeza y, no por primera vez, desearía estar usando la calavera del fénix para poder esconderme detrás de ella.
Seguimos comiendo y bebiendo en silencio, mientras que contemplo la cocina que se ve igual a como ha lucido toda mi vida, con un hogar amplio y estantes disparejos, todos llenos a rebalsar de alimentos secos, loza, tazas, platos, tazones, sartenes y utensilios de cocina con formas extrañas de todas partes del mundo.
–¿Qué hay de nuevo por aquí?
Tía Ujvala se levanta y me indica que la siga al sótano.
Lo hago, mientras deseo que “descansar” fuera parte de su vocabulario.
Estoy agotado después de una noche sin dormir seguida de una caminata húmeda desde el valle, pero no tengo energías para discutir con ella por qué debería quedarme en la cocina cálida y bien iluminada.
–Nada nuevo de lo que no sepas ya, al parecer.
–En el sótano oscuro, revisa los vegetales y elige una patata muy grande–.
Encontramos compradores para el ágata del grifo y he estado reuniendo suministros para ofrecer como intercambio, así que hemos fijado una fecha para volver al valle para comenzar con las negociaciones.
Había olvidado su plan de reestablecer el contrabando con el valle. He estado demasiado sumergido en mi propia mierda.
–Es buena idea ir con ofrendas.
–Sí, lo sé –sentencia–. Es como si hubiera estado haciendo esto toda mi vida.
Supongo que lo merezco por decirle a la matriarca de una operación multigeneracional de contrabando que apruebo sus tácticas de negocios.
–¿Cuándo volverán? –pregunto para cambiar el tono.
–En una semana.
Es mi turno de sorprenderme, porque una semana es demasiado pronto. Pero no insinuaré que conozco su trabajo mejor que ella otra vez.
–Estate atento a correspondencia del valle por nosotros, ¿puedes? Ve si hay actualizaciones sobre lo que los guardianes puedan querer o necesitar o si hay planes de viajes espontáneos.
–Por supuesto.
Hace tiempo que no me pedía que hurgara en el escritorio de la Suma Sacerdotisa y los de sus lacayos. Supuse que tenía a otro topo en el templo que le daba información, pero nunca le pedí detalles. Es mejor no saber en caso de que me atrapen.
Con suerte, ellos tampoco saben nada sobre mí.
De vuelta en la cocina, tía Ujvala corta en cubos la patata y arroja los trozos dentro de la olla que cuelga sobre el fuego, mientras que yo le cuento sobre el incendio de la cabaña de emparejamiento.
Aunque también lo sabía, por supuesto. En un momento en la conversación, se ve como si tuviera algo que decir y, ya que no es de las que se guardan sus pensamientos, doy la vuelta para marcharme, seguro de que lo que sea que esté retrasando no es algo que quiera escuchar.
–Quédate.
–No quiero que noten mi ausencia. –Sueno como un niño petulante.
–¿Tu linda emparejadora? –pregunta al tiempo que sala y revuelve la patata–. Vi cómo la contenías por las calles. Ella te importa, y se siente a salvo contigo.
La vergüenza me invade.
No debería sentirse así, yo destruí su futuro y a su comunidad con una sola llama robada. Pero ignoro esos sentimientos. Tenía que hacerse. Muchas otras personas están sufriendo y mis esfuerzos las ayudará. El fin justifica mis medios.
–De acuerdo, ve –concede sacudiendo la cuchara hacia mí–. Hablaremos después.
Asiento con la cabeza y huyo, tal como hice con Adela.
Ojalá el fénix pudiera revivir mi valor.