Capítulo veintidós. Kian
capítulo veintidós Kian
Entrar a la ciudad con Adela a mi lado es como sumergirme en un baño de burbujas.
Un baño ruidoso, colorido y apestoso, pero reconfortante de todas formas.
Aún a altas horas de la madrugada hay movimiento aquí; vendedores que instalan sus carros, niños que venden flores, tenderos que llegan para iniciar sus tareas del día.
Y, por supuesto, todos nos miran boquiabiertos.
–La basura de las alcantarillas inundó las calles hoy –murmura Linden. Molvi lo manda callar.
El comentario me crispa, ya que Linden también me consideraría basura a mí, ya que estamos en Poyhia, el vecindario en el que crecí.
La multitud se pone casi frenética conforme se esparce la noticia de nuestra llegada.
Todos se empujan unos a otros para intentar vernos avanzar hacia la plaza del templo.
Al principio, pienso que se debe a que no suelen ver a un grupo de miembros de la orden mojados, sucios y exhaustos caminando por sus calles.
Mucho menos en Poyhia, donde hay mendigos en cada esquina y los niños duermen en pórticos.
Pero luego me percato de que nos están mirando a Adela y a mí en particular.
Nadie con vida ha visto una calavera de fénix, mucho menos a un par, por supuesto que eso es lo que capta su atención.
Las personas de la ciudad están acostumbradas a ver a sacerdotisas y sacerdotes, a fin de cuentas, la principal industria de Insborough es la religión y está todo alrededor.
Entre el gentío, detecto sacerdotes con mantos rojos de la Hilandera y azules de la Pupila que intentan cumplir con sus tareas de la mañana, e incluso ellos voltean a vernos.
Pasamos por la calle de mi familia. Todos están afuera mirando, saludando, pidiendo bendiciones. La mejor manera de pasar desapercibidos es cumplir con las expectativas.
Los ojos de tía Ujvala pasan sobre mí como si fuera un desconocido, y un alivio que no esperaba me inunda. Lo lograron . Requiere de toda mi fuerza de voluntad resistirme a correr para ver cómo está Ivo. No lo veo con los demás, pero es temprano, sin duda aún está descansando.
Pasamos junto a una panadería, el aroma a pan recién horneado llena mi nariz y me hace rugir el estómago. Pienso en acercarme a comprar un bollo, hasta que escucho a una mujer cubierta de harina susurrarle a otra:
–Mira su vestido. Su piel llena de pecas y sus manos ásperas. ¿Qué hace una guardiana en Insborough?
Adela se tensa a mi lado.
–¿Una guardiana? Si lo es, es una terrible. Lleva una calavera –suelta la segunda panadera antes de lanzar un escupitajo cerca de nuestros pies.
Me lleno de rabia y puedo sentir cómo despierta la conciencia del fénix, pero Adela se acerca a mí.
Está temblando y desviando la mirada; necesita mi calma, no mi furia.
Aún sin el juicio cruel de las mujeres, esto debe de ser abrumador, nunca ha estado entre una multitud de este tamaño, ni siquiera ha visto una ciudad excepto en pinturas o libros.
No ha visto calles húmedas por orina humana y de caballo ni ha sentido la ansiedad de multitudes bulliciosas que intentan vislumbrar a los nuevos miembros emparejados de la orden.
Entonces, la abrazo por los hombros y susurro palabras sin sentido en su cabello, como que está a salvo, aquí, conmigo. Casi que se derrite. Por la Diosa, me fascina cómo responde a mi atención. Me odiaría si supiera la verdad sobre mí, pero no la sabe, y no la soltaré.
Cuanto más nos acercamos a los templos, más agradables se vuelven los vecindarios. Las calles pasan de ser de tierra apisonada a madera, luego a adoquines y ladrillo. Y por fin llegamos a la plaza del templo, en el extremo de la ciudad.
Los templos de la Pupila y la Hilandera son encantadores. Uno está hecho de piedra; el otro, de ladrillo blanqueado, con vitrales y adornos dorados en los bordes de sus techos y ventanas. Comparados con el templo de la Cazadora, ambos se asemejan a la pequeña capilla del valle.
En cambio, el templo de la Cazadora es monstruoso.
Su fachada es de un raro mármol negro, atravesado por vetas de oro y plata que brillan con el sol.
Un edificio decorado con tal extravagancia que vender un fragmento de una sola esquina bastaría para alimentar a todos los habitantes de Poyhia durante al menos un mes. Lo odio.
Tal vez Adela perciba mi irritación o tan solo se sienta más firme ahora que estamos fuera de la multitud, porque se aparta de mí. Extraño el calor de su cuerpo junto al mío, pero me contengo de extender la mano para atraerla de nuevo.
Seguimos a la Suma Sacerdotisa Sarai y a la hermana Roberta hacia el interior del templo, donde nos recibe la hermana Ihi, la secretaria de Sarai.
La sacerdotisa es una de las pocas que se ha negado a ornamentar su calavera de lebrílope, por lo que permanece desprovista de joyas u oro.
Eso hace que agrade más, a pesar de su cercanía con la Suma Sacerdotisa.
–Bienvenidos, emparejados –nos dice a todos.
Sarai y Roberta se alejan sin siquiera saludar a su compañera, rumbo a sus tareas habituales.
O quizás solo a tomar una siesta. Eso es lo que me gustaría hacer a mí.
Pero no, por supuesto que primero hay más rituales y normas que seguir.
Ihi nos guía, nos recuerda que durante las próximas semanas estaremos trabajando en la comunidad como una forma de perfeccionar aún más nuestra magia y descubrir cómo podríamos servir a la Cazadora.
Luego haremos nuestros juramentos finales y asumiremos nuevos roles como sacerdotisas y sacerdotes plenos.
Cuanto más habla, más cansado me siento. Es abrumador todo lo que quieren que hagamos. Y no tengo forma de escapar de esto.
¿O sí?
He logrado mi objetivo de destruir las calaveras y, gracias a la tormenta alimentada por el dolor de Lathai, ni siquiera tengo que enfrentar sospechas.
Siento un vacío o tal vez solo un silencio al que aún no termino de acostumbrarme ahora que he cumplido la parte principal de aquello por lo que he trabajado durante tanto tiempo.
Siento la necesidad de llenarlo, pero ¿con qué?
Ya no estoy seguro de lo que quiero ni de lo que mi vida podría llegar a ser.
Supongo que podría dejar todo atrás y observar desde lejos cómo empieza a desmoronarse. Llevará años, y no es algo que necesite mi participación activa. Ya he cumplido el trabajo que me propuse hacer.
Podría hacer algo descabellado, como unirme a una troupe ambulante o comenzar una nueva vida al otro lado del mar. O quizás podría volver con mi familia. Ah, qué reconfortante sería estar otra vez rodeado de personas que me conocen de verdad y me aman.
Pero veo a Adela animarse mientras la hermana Ihi sigue hablando sin parar.
Está tan entusiasmada, tan radiante. La emociona la oportunidad de arremangarse y cubrir el dobladillo gris de su manto de novicia emparejada con la suciedad de mi ciudad.
Este nuevo mundo apenas comienza a abrirse ante ella, y descubro que aún no puedo alejarme de su vitalidad.
Podría permanecer en la orden y seguir intentando debilitarla, pasarle información a mi familia, arruinar sus planes, causar caos.
No es el futuro que imaginé, porque el futuro es algo que no planeé en absoluto.
Nunca pensé en qué pasaría después. Pero tal vez no tenga que saberlo con certeza.
No hay nadie que me inste a decidir en este momento.
Podría darme un poco de tiempo a mí mismo para explorar qué es lo que hay entre Adela y yo y, mientras tanto, descubrir qué quiero para mí sin trabajar por objetivos secretos.
Ihi de repente ha terminado con las lecciones y nos despide.
–Nos reuniremos aquí mañana a las siete. Hasta entonces, descansen, coman y, por el amor de la Diosa, aséense.
Con eso se marcha y los demás novicios toman sus caminos; algunos van a comer, otros a bañarse o a sus habitaciones.
Adela permanece en el lugar.
Giro para dirigirme a mi habitación, pero ella me detiene.
–Pensé que podría acompañarte hoy. ¿Tal vez? –La esperanza en su voz me inquieta. O tal vez sea que quiero decirle que sí.
Cuando miro sus ojos grandes y esperanzados, no puedo evitar ver la cabaña de emparejamiento envuelta en las llamas que yo desaté.
El futuro del valle y de todas las personas a las que ella ama quedó reducido a cenizas por obra mía.
Apenas hace un momento estaba admirando su emoción y ahora me alejo de ella.
Pero es solo porque hoy necesito desaparecer un momento, ver a Ivo, asegurarme de que tía Ujvala no esté enfadada, y si le muestro el templo a Adela y luego desaparezco de repente, notará mi ausencia y comenzará a hacer preguntas.
–Hoy necesito un poco de espacio. Es mi primer día de vuelta… en casa –digo casi ahogado al señalar alrededor.
Adela se aleja apenas de mí.
–Si cambias de parecer… –responde con la voz cargada de dolor.
Quiero acercarme y consolarla, pero no es mía para cuidarla. El fénix me llena con sentimientos posesivos, nítidos e indeseados. Los ignoro.
–No cambiaré de parecer.
Sin mirar atrás, la dejo en el salón de mármol frío y huyo a esconderme a mi habitación como el cobarde que soy.
Unas horas más tarde, después de una siesta inquieta, me escabullo por una puerta lateral que suelen usar los ayudantes laicos de la cocina.
Llevo la ropa neutral de un hombre de clase trabajadora y cargo un bulto irregular que contiene algo de pan, queso e hidromiel robados.
Y la calavera de fénix, porque lo último que necesito es que alguien la encuentre abandonada.