Capítulo veintiuno. Adela #3
Mi mente comienza a dar vueltas, se eleva cada vez más, como el fénix y su pareja en mis visiones.
Mis deseos contradictorios luchan dentro de mí.
Quiero mantener mi pasado conmigo y también desplegar mis alas para explorar este nuevo futuro.
Me preocupo por él, por Cecelia y por todo lo que dejaré atrás.
Sin nueva magia, las órdenes pueden empezar a perder su poder en la sociedad.
Habrá menos beneficios, menos tributos, incluso menos dinero destinado a la comunidad de guardianes oculta que cuida a las criaturas mágicas que se están extinguiendo poco a poco.
En los brazos de mi padre, me doy cuenta de que no hay nada que pueda hacer al respecto.
Excepto…
Como miembro de la orden con vínculos con los guardianes, tal vez pueda ser un puente.
Tal vez pueda abogar por mi comunidad desde afuera, recordarles a las sumas sacerdotisas de las tres órdenes y a sus consejos que, aunque el valle tarde en reponer las calaveras, valdrá la pena que se mantengan firmes en sus promesas.
Su dolor me envuelve. Nunca me he sentido más amada.
–¿La orden se va esta noche? –pregunta con una mano sobre mi cabeza. Apoyo la frente en su cuello.
–Sí. Lo siento mucho.
–Shhhh. No tienes que disculparte. Serás brillante –susurra en mi cabello. Las mismas palabras que me ha dicho toda mi vida, en las que creí hasta que tuve doce años y la madre a la que siempre había admirado, a la que tanto me parecía, nos dejó.
Abrazo a mi padre una vez más antes de apartarme. Tengo poco tiempo y todavía debo buscar a Cecelia y despedirme de ella también.
–¿Me ayudas a empacar?
Él asiente y se une a mí mientras recojo un puñado de recuerdos.
No necesitaré las vestimentas de emparejadora, las hermosas joyas de hueso y demás, así que coloco todo en una pila y le pido a mi padre que se lo dé a Beadda para el futuro, cuando haya nuevas calaveras y nuevos emparejamientos.
Mientras tanto, ella puede estudiar los diarios y aprender los rituales que no podré enseñarle. Sin duda Cecelia la ayudará.
Mi padre nos deja a solas cuando Cecelia llega para despedirse. Ella tiene los ojos hinchados y un rubor delator en la nariz y las mejillas, pero mantiene la cabeza en alto y una sonrisa genuina. Ha estado llorando, pero ahora está bien, al menos por el momento.
Se deja caer en mi cama, que chirria como siempre. Me siento a su lado.
–Ten enormes aventuras, amiga mía. Y escríbeme sobre ellas en detalle –dice con tono determinado.
Nunca acostumbramos a escribirnos, pero, claro, ¿por qué lo haríamos? Hemos vivido a unas pocas casas de por medio desde que nacimos. Una vez más, por poco me destruye todo lo que estoy a punto de perder y lo desconocido que es el mundo que enfrentaré.
A pesar del dolor, la emoción de Cecilia por mí es auténtica y me anima a aceptar la mía.
Habla sobre todo lo que experimentaré, como nuevas comidas, modas y personas.
Pero, sobre todo, habla de la biblioteca del templo y se pregunta en voz alta cómo estará organizada, qué tan grande será, qué libros tendrá en común con la del valle y si alguna vez será posible que le presten materiales.
Le prometo visitar la biblioteca tan pronto como me haya asentado y le ofrezco hacerle un boceto de cómo se ve, pero ambas nos reímos de lo imposible que sería representar algo para ella. No sé dibujar.
Hay un asunto importante que no mencionamos sobre ir a Insborough, algo que estuvimos rodeando con cuidado aunque sé que ambas lo estamos pensando.
A fin de cuentas, mi padre y yo no fuimos los únicos que la perdimos, la ausencia de mi madre fue casi tan dolorosa para mi mejor amiga como lo fue para mí.
Finalmente, Cecelia respira profundo y menciona lo que me provoca escalofríos solo de pensarlo.
–¿Tu mamá? –Me estremezco, pero mi padre no está aquí para sufrir ante su mención–. ¿Intentarás encontrarla?
–No –respondo. A pesar de ser una reacción inmediata, estoy segura de que es verdad. Ella se marchó, nos abandonó, ¿por qué la buscaría? Cecelia no lo discute, ni siquiera responde, tan solo me mira. Pero no sé si está de acuerdo con mi decisión o no–. ¿Crees que sea una tontería?
Ella se encoge de hombros, insegura, reflexiva.
–Creo que la familia es difícil y no tienes que tomar una decisión para siempre. Ve un día a la vez y confía en ti misma.
La rodeo con los brazos y la aprieto con fuerza. Ella se tensa por un momento, pero luego me devuelve el abrazo con intensidad.
–Nunca tendré otra amiga tan increíble como tú –digo.
Ella se ríe.
–Ninguna de las dos se está muriendo, así que seguirás teniéndome.
Y, sin embargo, es probable que nunca volvamos a vernos. Pero no puedo decirlo en voz alta, no es necesario; las dos lo sabemos. Cuando termino de empacar, Cecelia me sigue escaleras abajo.
Mi padre está allí, limpiando con nerviosismo. Levanta la vista al escucharme, con los ojos llenos de lágrimas, y deja la escoba.
–¿Lista, mi amor?
La despedida real es una nebulosa. Un guardián tras otro se acerca, me abraza y dice adiós como si nunca fuera a verme otra vez.
Algo afilado reprimido en lo más profundo de mí comienza a vibrar.
¿De rabia? ¿De miedo? ¿De esperanza y emoción?
Ignoro todo eso y me sumo en el mismo adormecimiento dichoso que sentí cuando la potranca de Etana corrió hacia el bosque. Dejo que me inunde y me atraviese.
Kian se acerca, entrelaza sus dedos con los míos y comienza a caminar hacia el bosque. Y, sin mirar atrás, a todo lo que estoy a punto de perder, camino con él.