El beso del fénix Capítulo veintiuno. Adela #2
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Capítulo veintiuno. Adela #2

Acerco la taza de porcelana a mi nariz, apoyo el borde en la barbilla e inhalo profundo. El vapor es fragante, con aroma a cúrcuma y jengibre, y alivia el dolor punzante de mi rostro.

La Suma Sacerdotisa sirve té para ella y para Kian. Él se quita su calavera para beber, que deja sobre una mesa junto a la mía, pero yo observo con atención a la Suma Sacerdotisa mientras se las arregla para beber sin quitarse su calavera de unicornio.

Sin duda tendré que aprender a imitar sus movimientos.

Cuando hemos bebido el té y comido los aperitivos de nueces negras especiadas y albaricoques azucarados, ella se levanta y se dirige a su cuarto de aseo. Vuelve con un pequeño frasco de ungüento y se acerca a mí.

–¿Puedo? –pregunta, con el dedo flotando sobre él.

Asiento con la cabeza, y ella saca una porción generosa que aplica con suavidad sobre los puntos más adoloridos de mi rostro. Cierro los ojos una vez más ante sus cuidados. Si no estuviera tan adormecida, sospecho que esto podría quebrarme.

Aunque nadie podría quejarse del espíritu protector de mi padre, he deseado esta clase de atención maternal desde que tenía doce años y una mañana desperté abandonada por mi madre.

La Suma Sacerdotisa Sarai tiene un tacto amable y murmura palabras bondadosas hacia mí.

Aunque no escucho las palabras en sí, no lo necesito.

Los portadores de calaveras de unicornio más poderosos a veces pueden influir en los sentimientos de las personas, por lo que me pregunto si ella está usando magia para relajarme o si solo es ternura. Cualquiera sea el método, mi alma cansada, magullada y rota lo absorbe.

–Adela, quiero hablar contigo sobre tu futuro –dice con suavidad. Deja el frasco de ungüento al alcance de mi mano y se sienta cerca de mí, inclinada para observarme con atención.

Mi futuro.

Con la cabaña de emparejamiento destruida, también desaparece la única posibilidad de futuro que conocía. Llevó décadas reunir las calaveras, así que, aunque me permitieran quedarme aquí en el valle, no me necesitarían hasta mi vejez. No como emparejadora. ¿Y qué más podría hacer?

Esto es para lo que me he entrenado desde que era prácticamente una niña.

Y claro, la mayoría de los días deseaba que otro hubiera sido elegido en mi lugar, no me sentía digna.

No me sentía emocionada como debería haberme sentido.

Las voces de las calaveras me atormentaban y a veces me sentía atrapada incluso dentro de los enormes límites del valle.

Pero al menos el futuro era cómodo, previsible.

Y ahora una inmensidad desconocida se despliega ante mí. Poderes que nunca imaginé dominar. Una ciudad en la que me cuesta imaginarme viviendo. Una orden de la que no conozco las reglas.

Y todo porque no pude resistir un beso.

No digo nada, no tengo palabras, pero la Suma Sacerdotisa parece comprenderlo.

–Supongo que no hay más calaveras. ¿No tienen una reserva secreta en algún lugar del valle? –Aunque su voz es neutral, la pregunta no es inofensiva. Admitir tal cosa sería confesar traición.

Kian me observa de cerca, con una expresión que no comprendo.

–Nunca ocultaríamos calaveras de la orden –respondo con total honestidad–.

Cuidamos de las criaturas y mantenemos las calaveras a salvo hasta que puedan emparejarse.

Si las calaveras se quedan en silencio, como ha estado ocurriendo cada vez con más frecuencia, las devolvemos al valle como es debido.

Miro las de fénix junto a Kian.

O eso solemos hacer.

No sé por qué Bartholomew dejó a este par silencioso en el estante por tanto tiempo y no está aquí para preguntárselo, pero tomó la decisión correcta, fueran cuales fueran sus razones. Los fénix no se habían ido, solo estaban dormidos.

Miro a Kian, sentado a mi lado, incondicional.

Es extraño pensar que un hombre al que no había visto jamás antes de esta semana, con el que tuve un encuentro sexual en un banquete solo por la emoción del momento, ahora esté unido a mí de por vida.

Si él lo lamenta, su rostro no lo refleja.

Solo veo preocupación y tal vez algo de deseo en la forma en que se inclina un poco más cerca de mí, como un tulipán que extiende su tallo hacia el sol.

Parte de mí imagina que podría estar emocionado por explorar la química inexplicable entre nosotros. Tal vez incluso quiera ir más allá de lo físico y ver cómo se sentiría cuidar uno del otro.

–Dado que ya no hay un rol para ti aquí en el valle –anuncia la Suma Sacerdotisa, con lo que desvía mi atención de Kian–, me gustaría invitarte formalmente a unirte a la orden como novicia.

Sabía que llegaría, y no solo me inspira una oleada de alivio, sino una descarga de emoción ante las posibilidades.

Luego le sigue la culpa por estar ansiosa por dejar atrás el único mundo que he conocido, pero la relego a un rincón de mi corazón.

No la reprimo por completo, puede vivir dentro de mí.

Y por supuesto que también siento pesar por lo que he hecho y lo que perderé.

Cecelia dijo que tenía derecho a vivir la vida que quería. Tengo derecho a desear. Me aferro a esa idea, a la emoción burbujeante.

Un nuevo futuro. Un nuevo destino. Uno al que, ahora lo veo, pude haber estado destinada desde un inicio.

Desde el instante en que el sol iluminó los picos de los fénix.

A fin de cuentas, la Gran Diosa nos guía a todos y yo no soy inmune a sus bendiciones, aunque no siembre vea cómo obra en mí y a través de mí.

–Asegúrate de que sea lo que quieres –dice Kian, creo escuchar una pizca de esperanzas en su voz.

Y sé que estoy muy segura.

Levanto la calavera de fénix de la mesa, me arrodillo frente a Sarai y la dejo sobre su regazo, con la mirada en el suelo.

–¿Realizaría la Ceremonia de Emparejamiento?

La Suma Sacerdotisa acepta de inmediato, toma la calavera y yo cierro los ojos.

–¿Estás lista para enfrentar tu destino? –recita las palabras de emparejamiento. Abro los ojos, aliviada, y asiento con la cabeza. Ella continúa–: ¿Cómo te presentas ante la pareja de tu alma? –pregunta.

No traigo joyas, así que solo me despojo de mi capa manchada de sangre. Aunque nunca imaginé estar de este lado de la ceremonia, las palabras surgen con facilidad.

–Despojada de riqueza y abrigo.

–¿Cómo te presentas ante la pareja de tu alma? –No contamos con hierbas ni aceites, pero pienso en el té fragante, con cúrcuma y jengibre.

–Con manos vacías, listas para trabajar por el bien –respondo con absoluta sinceridad. Puede que no vaya a servir a la Gran Diosa como creí que lo haría, pero aún puedo obrar por el bien del mundo. Incluso con un poder destructivo.

Encontraré la manera.

–¿Cómo te presentas ante la pareja de tu alma? –pregunta por tercera y última vez.

Tampoco tenemos ungüento de pino, así que cierro los ojos e imagino el dolor de las agujas aplastadas cuando me arrodillé junto al cuerpo de Etana.

Mi certeza flaquea entonces, porque Etana no debió haber sido un daño colateral en mi búsqueda de un nuevo futuro.

Pero no puedo deshacer su muerte, solo puedo pagar por ella.

Con la pérdida de la cabaña de emparejamiento y su cría segura con Lathai, la mejor manera de hacerlo es servir a la Cazadora.

–Con la mente clara, con ojos que buscan la verdad y una lengua que habla tanto de justicia como de misericordia.

Sarai coloca la calavera de fénix de vuelta en mi rostro y ajusta con cuidado la correa de cuero detrás de mi cabeza. Luego se inclina con delicadeza para besar mi mejilla.

–Bienvenida a tu destino, pajarilla.

Tengo apenas una hora para empacar mis cosas y despedirme. Después de que el ala de novicios y la cabaña de emparejamiento quedaran reducidas a cenizas, la orden decidió volver a Insborough de inmediato, ya que no tienen un lugar cómodo donde quedarse ni motivos para hacerlo. Será una noche larga.

Camino desde el gran salón hasta mi casa y, mientras rodeo los escombros de la fuente destruida por el rayo, caigo en la cuenta de que podría ser la última vez que atraviese esta plaza.

Es probable que sea mi última vez en el valle, ya que solo los miembros de la orden entrenados para la tarea guían a los novicios, además de la Suma Sacerdotisa, claro.

No sé lo que me depara el futuro ni si la Gran Diosa guiará mis pasos de vuelta a casa, pero es poco probable. Solo una persona que conozco se ha ido de aquí, y nunca ha regresado.

Me pregunto cómo se habrá sentido durante la hora previa a su partida. ¿Su corazón habrá latido de prisa como si hubiera saltado del techo del granero, caído mal y perdido el aliento en el golpe?

Dejo de lado la inseguridad para entrar en el único hogar que he conocido.

Mi padre está aquí, esperándome. Luce como un hombre abatido y soy incapaz de enfrentarlo en este momento, así que me dirijo a las escaleras.

Me despediré de él después de haber recogido mis cosas.

Pero él me intercepta para envolverme en un abrazo apretado.

Me tenso por temor a lastimarlo con el pico de la fénix que ahora uso por elección, entonces él acomoda mi cabeza en su clavícula.

Al ver que está a salvo, me relajo en sus brazos.

Así es como nos abrazamos desde que mi madre se fue, con una especie de desesperación muda.

Aunque duele, también ayuda.