Capítulo veintiuno. Adela
capítulo veintiuno Adela
Adormecida, sigo a mi padre y a Kian a través de los campos encharcados por la lluvia.
Mis piernas se mueven solo porque se supone que deben hacerlo.
Kian sostiene mi mano con calidez, firmeza, estabilidad, pero apenas puedo sentirlo.
No miro la hierba bajo mis pies, la silueta oscura de los árboles y arbustos ni el cielo cargado después de la tormenta.
No puedo hacerlo. Porque si dejo entrar los detalles del mundo que me rodea, dejaré entrar también los sentimientos respecto a lo que acaba de ocurrir en el bosque. Y entonces me derrumbaré.
Llegamos a la cima de la colina.
Al otro lado, entre los pequeños montículos de las madrigueras de lebrílopes y los charcos de agua de lluvia, un grupo de personas permanece apiñado bajo el halo plateado y menguante de la tormenta. Guardianes y miembros de la orden vociferan, tensos, frenéticos.
Sacudo la cabeza, intentando salir de mi aturdimiento para entender qué está pasando.
O más bien, qué falta, porque donde debería haber un edificio que contiene tanto mi pasado como mi futuro, no hay nada.
La cabaña de emparejamiento ha desaparecido.
Y no solo la cabaña, sino todo lo que había dentro.
Aunque pudiera oír a las calaveras mientras estoy vinculada a la fénix, habría silencio. Las calaveras han desaparecido. No hay nada frente a mí excepto ceniza húmeda.
Los recuerdos me invaden, amenazan con ahogarme.
La voz insistente de Bartholomew, el olor a madera vieja de las mesas de trabajo, las calaveras ordenadas con cuidado sobre los estantes.
Y la casa de Bartholomew, las ruinas humeantes y su cuerpo destrozado por el dragón al que tanto amaba.
Y también el cuerpo de Etana, que ahora yace en medio del bosque, quemado y cortado.
Emito un gemido, un sonido crudo e involuntario que brota de mi pecho.
Las cabezas se giran hacia mí y los rostros se tensan, alarmados.
–¡No trae la calavera! –señala Jasmyn.
Llevo una mano a mi rostro, donde mis dedos encuentran piel desnuda en lugar de la calavera de fénix que la ha cubierto durante días. Durante un breve instante deseo que vuelva, que me proteja de sus miradas.
La mano de Kian presiona la mía.
–La tengo –murmura. Quiero arrebatársela.
Desearía que la hubiera dejado en el bosque, que hubiera estado en la cabaña cuando se incendió.
Quiero arrojarla al río junto con el último kelpie en el mundo.
Quiero cien cosas imposibles a la vez. El dolor me desborda, y solo una parte es mía, ya que la fénix grita a través de mí, y soy incapaz de separar su pena de la mía.
Mi padre avanza a paso firme, abriéndose camino entre la multitud atónita hacia los ancianos.
–¿Qué pasó aquí? –exige.
El rostro de Redonna está surcado de lágrimas. John parece a punto de romper algo con sus propias manos.
–La tormenta –dice Petra, tan tranquila como siempre–. Un rayo impactó en la fuente y destruyó un ala del gran salón. Suponemos que también cayó aquí.
Mi voz suena ronca cuando logro hablar. Lo único que escuché fue que un rayo alcanzó el gran salón.
–¿Cecelia? ¿La biblioteca?
–Ella está a salvo. Impactó en el ala de las habitaciones de los novicios, pero no había nadie presente. La mayoría estaba cenando. –Petra ve a Kian, cubierto de lodo y suciedad–. Nadie salió herido.
Se enciende un destello minúsculo de esperanza, demasiado débil para chispear.
–Un rayo corriente no pudo hacer esto –señala John–. O las calaveras seguirían ahí.
Cierto.
Las calaveras deberían estar entre los restos humeantes, intactas, protegidas por su propia magia. Pero no fue una tormenta natural, sino que el dolor abrió el cielo. Rabia y pena con alas.
–Lathai provocó la tormenta –informo.
–¿El rayo de una criatura mágica podría hacer esto? –pregunta la hermana Roberta.
–Podría ser posible. –Petra ladea la cabeza–. Aunque siempre hemos creído que solo el fuego de dragón podía destruir las calaveras.
–Tal vez haya más que ello, pero se perdido en su historia –sugiere la Suma Sacerdotisa Sarai.
–Por desgracia, es una posibilidad. Creo que hemos perdido mucho más de lo que hemos conservado.
Pero ¿no es así con todas las historias?
Sin embargo, esa es una pregunta para responder mañana, después de que hayamos descansado y el sol salga para echar luz a lo que podamos descubrir en las cenizas –concluye Petra.
Luego, gira hacia mí, observa mi rostro, la sangre en mi ropa, la calavera en manos de Kian–.
Hasta entonces, ¿podrían decirme qué pasó con ustedes?
Mi padre me mira.
Yo debería ser quien lo cuente. Fui yo quien trajo esta tormenta a nosotros. Pero las palabras se vuelven jarabe en mi boca, no puedo hablar. Así que es mi padre quien responde.
Veo la historia reflejada en sus rostros: sorpresa, tristeza, furia. Pero lo peor es la angustia. La lástima. No conocen todos los detalles, ya que mi padre dejó mucho fuera a propósito, pero saben lo peor. Etana está muerta, por mi mano.
Petra da un paso adelante y me envuelve en sus brazos. Como Cecelia, no es una mujer afectuosa, así que sus abrazos son incómodos y reverentes, como una oración. De todas formas, me aferro a ella, empapada y temblando, agradecida por el silencio, por la ausencia de preguntas.
Por ahora. Sé que vendrán después. Siempre lo hacen.
La Suma Sacerdotisa Sarai avanza desde el fondo de la multitud, con el ruedo de su camisón negro empapado y cubierto de lodo, la calavera de unicornio torcida sobre la cabeza, como si se la hubiera puesto a toda prisa.
No trae el velo de siempre, y lo que alcanzo a ver de su rostro está pálido a la luz de los faroles.
Me observa durante un largo instante antes de hablar.
–¿El vínculo? –Su mirada se desplaza hacia la calavera de fénix en las manos de Kian.
–Sigue ahí –admito, deseando poder mentir y quedarme en el valle.
–Ven conmigo –dice y se da la vuelta para alejarse de los restos de la cabaña en dirección hacia el gran salón–. Hablemos.
No quiero. Hablar llevará a tomar decisiones, y las decisiones me llevarán a abandonar el valle, porque aquí ya no queda nada para mí salvo cenizas y dolor.
Kian se mueve a mi lado, instintivamente protector. Pero mi padre es más rápido y se coloca frente a mí como un escudo. Siempre mi guardián.
Pero no necesito protección de la Suma Sacerdotisa.
Ella es la voz de la Cazadora, y ahora necesito a la Diosa, necesito que me hable a través de su sacerdotisa, a través de cualquier cosa, que me diga por qué me eligió para traer la muerte. Que me diga cómo sobrevivir a esto, cómo traer algo bueno a este mundo a partir de ello.
–Iré con ella. –Doy un paso al frente, fuera de la protección de mi padre y de Kian.
–Ven a casa, Adela –dice papá con una mano en mi mejilla–. Descansa.
Me refugio en el contacto y, por un instante, me permito creer en sus posibilidades. Pero su mano está cubierta de sangre y placenta pringosas, y en el fondo tengo la certeza de que ir a casa ya no es una opción.
Ahora no lo es y tal vez nunca lo sea.
Arrastro mi cuerpo cansado, sucio y manchado de sangre hasta el gran salón, siguiendo a la Suma Sacerdotisa Sarai como uno de nuestros corderos recién nacidos.
Kian camina a mi lado, llevando mi calavera de fénix. Aún puedo sentirla, puedo sentirlos a ambos, pero ignoro las emociones que la fénix me envía y esa sensación que me hace desear acurrucarme en los brazos de Kian con desesperación.
Cada pocos pasos intenta tomarme de la mano, pero no puedo corresponderlo.
Se sentiría demasiado bien y no merezco consuelo ni calor.
He causado muchas muertes en una sola semana, pero hasta ahora todas habían sido indirectas, consecuencias de acciones ingenuas.
Hasta hoy, que crucé una línea de la que nunca podré regresar. Etana.
Yo maté a Etana.
Dirigí mi magia hacia ella y, con esa magia, terminé con su vida. Y con la de su potranca nonata. Es solo gracias a Kian que la pequeña sigue con vida.
Paso junto a las pinturas, los tapices y las esculturas de mi gente, paso junto a la biblioteca.
Ofrezco una oración de agradecimiento a la Gran Diosa por haber salvado al menos esto.
Puedo oler el humo de la otra ala y lamento el arte y la historia que colgaban de sus muros y ahora están destruidos. Hemos perdido demasiado.
Cuando atravesamos la puerta de la Suma Sacerdotisa, ella mira a Kian.
–¿Te quedarás?
–Sí.
–No necesito un guardián, Kian –digo con un suspiro.
–Quizás yo sí –responde, con su sonrisa burlona de siempre–. Si nadie me vigila, creo que podría causar todo tipo de estragos. Destruir sistemas y sociedades enteras.
Ignoro su comentario, no tengo energía para eso.
Apenas tengo fuerzas para dejarme caer en el sillón mullido que ella señaló.
Si la Suma Sacerdotisa no va a discutir con él, yo tampoco.
Kian acerca una silla de madera y se sienta a mi lado, lo suficientemente cerca como para tocarme si lo necesita, aunque no lo hace.
He estado en esta habitación antes, claro, pero nunca mientras una Suma Sacerdotisa la habitaba.
Ahora huele a canela y rosa y la decoración es opulenta.
Gruesas alfombras cubren el suelo y unas cortinas pesadas abiertas cuelgan en las ventanas.
La tormenta de Lathai casi ha terminado por completo, y puedo ver algunas estrellas brillando en la noche que ahora es de un azul profundo.
–Primero té, algunos ungüentos para esas heridas y luego hablaremos.
La Suma Sacerdotisa coloca una tetera sobre las brasas de la chimenea para calentarla y añade un leño encima. El fuego ruge. Cierro los ojos y disfruto del calor y el silencio.
Oigo el hervor del agua, cómo ella prepara el té y dispone una bandeja. Luego se acerca, sirve una taza de boca ancha y delicada y me la ofrece. Por un momento me invade la desesperación al pensar que no podré beber sin romperla con el pico del fénix, entonces recuerdo que ya no llevo la calavera.
Claro.