El beso del fénix Capítulo veinte. Kian
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Capítulo veinte. Kian

capítulo veinte Kian

En cuanto la unicornio muere, la fénix por fin libera a Adela. Cae de su rostro a la tierra, junto a una pila de piedras rojas.

Mis piedras rojas.

Las que usé para marcar el camino hasta el valle.

Pero no puedo pensar en lo que implica que ella las haya encontrado ahora, porque estoy demasiado ocupado mirando su rostro, su belleza, su dolor.

Tiene cortes a lo largo de sus perfectas mejillas redondeadas.

La ligera curva de su nariz delicada está roja y arañada.

El arco pálido de sus cejas está teñido de rosado por la sangre que cayó de su frente herida.

Lathai desata su furia y la tormenta se vuelve más violenta cuando golpea los pies, rebuzna y agita las alas. Espero que nos ataque, que nos aleje de su amada, pero debe entender lo que sucede. Ya no hay nada que podamos hacer para lastimar a Etana, ella se ha ido.

Envuelvo a Adela entre mis brazos para protegerla del viento y de la lluvia. La cubro con la manga de mi manto tanto como puedo, y ella hunde el rostro en mi pecho,

Me sorprende que su padre no esté a mi lado también, revisándole las heridas y raspaduras, pero está sobre la unicornio. Saca una hoja pequeña de su bolso de herramientas, se arrodilla junto al cuerpo y, tras susurrar algunas palabras al bosque oscuro, corta el vientre.

Emana un olor dulce y cobrizo que me hace desviar la mirada de la violenta escena. Sangre, entrañas y un potrillo inmóvil aún dentro del saco caen hacia el suelo del bosque.

Este es el trabajo de un sanador. No se trata solo de tener manos delicadas y poner vendajes. El padre de Adela libera a la potranca con cuidado.

–Hubiera sido una criatura magnífica.

–¿Papá? – La voz de Adela, áspera y aterrorizada, me atraviesa, y quiero atraerla de nuevo contra mi pecho, protegerla de todo hasta que deje de sonar como si fuera a romper en llanto o morir. O tal vez ambas. Su dolor es palpable.

Su padre niega con la cabeza, una señal universal.

No hay fortuna ni bendición de las diosas que pueda hacer que esta potranca viva.

La magia de Adela la ha matado junto con su madre.

O quizás murió antes que Etana. No sé lo suficiente sobre el proceso de los nacimientos de unicornios como para asegurarlo.

Adela se aparta aún más de mí y coloca una mano sobre el lomo de la unicornio.

Lanzo una mirada rápida a Lathai, preocupado de que se oponga, pero está demasiado ocupado moviendo el rostro de Etana con el hocico, como si intentara revivirla.

No está prestando atención a Adela, ni siquiera a su cría sin vida.

Adela acaricia a Etana, como si su contacto pudiera consolar a la criatura muerta.

Es ella quien necesita consuelo, pero sé que su noche no hará más que empeorar.

Por fin es libre de la fénix, pero al destruir la cabaña de emparejamiento le he arrebatado cualquier esperanza de volver a su antigua vida.

Pronto, Etana se convertirá en una calavera. La primera y única en el valle por un tiempo, pero los guardianes no necesitarán a una emparejadora para una sola calavera. Y la Suma Sacerdotisa Sarai jamás permitirá que alguien con el poder recién revelado de Adela escape a sus maquinaciones.

El destino de Adela quedó sellado en el momento en que arrojé la vela encendida con fuego de dragón. He reducido a cenizas cualquier esperanza de que pudiera quedarse. Y ella ni siquiera lo sabe todavía.

–Kian. –Su voz tiembla entre la esperanza y el temor. Atraviesa el silencio opresivo y mi culpa–. Sálvalas.

¿Salvarlas? Esa palabra, tan simple y a la vez incomprensible, me golpea como la lluvia que empieza a suavizarse.

Se eleva hasta el dosel del bosque y luego cae sobre mí.

Miro a Etana, luego a la pequeña criatura híbrida arrancada del vientre de su madre.

Sálvalas . Como si yo fuera capaz de algo así. No soy un guardián ni un sanador.

Adela toma mis manos y las coloca sobre Etana. Aún enrojecidos por la desesperación, sus ojos ahora brillan frenéticos ante las posibilidades.

–Usa tu magia. Sálvala. Sálvalas.

Mi magia. Claro. Los fénix funcionan en conjunto, dos partes de un todo. Si Adela es destrucción, yo debo convertirme en renacimiento.

¿Pero cómo? Destruir es simple, directo. Romper. Destruir. Matar. Pero ¿recrear la vida? Cierro los ojos y veo la cabaña ardiendo ante mí. Estoy hecho para la destrucción.

Ella solloza.

–Por favor.

Por Adela, tengo que intentarlo, así que me concentro en Etana, pero en el instante en que siquiera empiezo a pensar en verter magia en ella, el fénix envía una negativa a través de mí tan intensa que duele.

Adela debe sentirlo también, porque grita como si la hubiera apuñalado.

Él no puede o no quiere intentar revivir a una criatura que murió por magia.

En cambio, imágenes de la potranca desfilan ante mí: corre por un prado lleno de flores, descansa bajo un arbusto, vuela entre los pegasos.

Adela se aferra a mis manos, las coloca sobre la pequeña criatura y presiona con fuerza contra sus costillas inmóviles.

–Intenta revivir a su cría, por favor. Intenta con la potranca.

El padre de Adela está a su lado, intentando apartarla. Le acuna la cabeza contra el pecho para protegerla de lo que venga a continuación, pero ella no quiere protección. Quiere resurrección.

El pelaje de la potranca es blanco como el de su madre y aún está pegajoso por los fluidos amnióticos.

Es muy delgada, más enclenque incluso que un potrillo de caballo, con patas largas y un rostro estrecho y delicado.

En la frente tiene un pequeño bulto, un cuerno incipiente, regalo de su madre.

El regalo de Lathai, las alas, sobresalen de su lomo, enormes en comparación con el resto de su cuerpo y majestuosas, incluso cubiertas de viscosidad.

Como si mis pensamientos hubieran atravesado su duelo, Lathai nos presta atención y golpea el suelo con una pesada pezuña.

Esta es mi oportunidad, si es que voy a hacer esto.

Cierro los ojos, imagino una acumulación de presión como la que Ulric describió y dejo que mi voluntad fluya a través de mí. ¿Qué importa si no creo en mí mismo? Esta hermosa mujer herida, que significa más para mí de lo que estoy dispuesto a admitir, cree en mí.

Me inclino sobre la potranca y le susurro al oído húmedo y demasiado grande:

–Si no vuelves a la vida, algún novicio maloliente llevará tu calavera por el resto de sus días y nunca habrás conocido el sabor de la hierba fresca de verano ni el calor del sol del mediodía.

La presión está aumentando, pero no logro acceder a ella.

El fénix se siente como si batiera alas frenéticas dentro de mí para debilitar el muro que he puesto entre nosotros.

Bajo mis defensas y libero la presión insostenible.

Imagino empujar la magia dentro del pequeño cuerpo de la potranca.

Respirará. Se pondrá de pie. Saltará y saldrá al trote hacia la noche o lo que sea que hagan los híbridos recién nacidos de unicornio y pegaso en este valle.

La potranca se estremece.

–Por las tetas de la Hilandera –susurra el padre de Adela, con algo parecido a reverencia en la voz.

Me arrastro hacia atrás.

La potranca abrió los ojos. Son de un negro sólido, rodeados por pestañas espesas. Se pone de pie con piernas temblorosas, mientras todos miramos a la criatura que parece más una ilustración antigua de una criatura que la carne y huesos de sus padres.

–¿Así es como debería verse? –pregunto.

Adela está demasiado ocupada sollozando e intentando acercarse a la criatura por el suelo del bosque como para responder.

Sus lágrimas se mezclan con la lluvia, y todo su cuerpo se sacude hacia adelante, deshecho por la pérdida.

Tiene las manos cubiertas de lodo; la ropa, empapada de lluvia y dolor.

La tormenta azota el bosque, el viento arranca ramas y esparce brotes nuevos y agujas de pino.

Su padre responde:

–No sabemos cómo “debería” ser. Pero… no.

No es lo que esperaría. –Da un paso adelante y extiende las manos aún cubiertas de sangre.

Aunque su voz es firme, sus ojos se desvían hacia Lathai, luego hacia Adela, y de vuelta a Etana.

Quiere examinar a la potranca, pero desconfía del pegaso en duelo y sin duda también desea consolar a su hija.

Da otro paso, pero Lathai está allí entre ellos, golpeando el suelo con suficiente fuerza como para abrir hoyos en la tierra del bosque que al instante se llenan de agua de lluvia, y mostrando los dientes como advertencia.

Nadie se acercará a su cría por ahora. No mientras su herida siga abierta.

La potranca cabecea el vientre de su madre para liberar leche, pero lo único que consigue es que broten más entrañas del corte que abrió el padre de Adela.

La joven se pone de pie, mojada y temblorosa, y se acerca a Lathai.

El viento se suaviza, los árboles dejan de agitarse y la lluvia se aplaca.

Lathai agacha la cabeza, expectante. Ella acaba de matar a su pareja y aun así le permite acercarse, arrodillarse junto a su cría y extender una mano temblorosa.

–Ven aquí, pequeña. Te contaré de tu madre mientras bebes un poco de leche.

Las criaturas del valle confían en ella, pero esta aún no la conoce. La potranca se estremece, echa las orejas hacia atrás y se aleja, nerviosa como un gato salvaje. Y luego, sin mirar atrás, sale corriendo hacia el bosque.

–¡No!

Lathai va tras la pequeña criatura.

Adela también intenta seguirlos, pero me apresuro a rodearle la cintura con un brazo. Ella forcejea contra mí, pero ya no le quedan fuerzas para luchar.

–No la vas a atrapar esta noche –dice su padre–. Déjala ir. Esperemos que regrese cuando tenga hambre o esté cansada. O que Lathai la traiga.

–¿Esperemos?

Su padre se encoge de hombros, pero no con desdén, sino solo porque no sabe con certeza qué pasará. Es un sanador, conoce la naturaleza de las criaturas: sus hábitos y también su imprevisibilidad.

–Vamos a casa. –Gira hacia las luces del pueblo, tenues y titilantes–. Volveremos por la mañana con un carro y nos ocuparemos de Etana. No hay nada que podamos hacer por ella ahora.

La tormenta suspira sobre nosotros; aún no ha cesado, pero comenzó a calmarse. Ahora, nos damos la vuelta y caminamos de regreso al pueblo y hacia el destino que nos aguarda a Adela y a mí.