El beso del fénix Capítulo diecinueve. Adela
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Capítulo diecinueve. Adela

capítulo diecinueve Adela

El bosque está oscuro, expectante. El viento intenso sopla entre los árboles, de los que caen gotones de sus hojas quebradas.

Todo se siente en ascuas. En el aire se percibe la quietud antes de que el mundo estalle, no es silencio, es espera.

Me acerco a Etana y me siento junto a Lathai.

Él no me amenaza otra vez, ya que está devastado porque su amada está muriendo.

Debajo de nosotros, la tierra es suave, revuelta por el enfrentamiento con el dragón, y el lodo cuelga de las raíces como sangre seca.

Tal vez sea sangre de verdad. La sangre que brota de Etana.

Quiero desplomarme sobre ella, sostenerla con mi cuerpo de algún modo, pero temo que mi peso empeore las cosas. Su respiración es superficial y laboriosa.

El bosque parece cerrarse sobre nosotros, como espectadores frente a un accidente sin saber qué hacer, pero ansiosos por ver el horror.

De repente, Kian aparece corriendo por el bosque.

–¿Qué? –No puede hablar, está muy agitado. Pero su alivio al verme es evidente–. El fénix…

Se sienta a mi lado sobre la tierra e intenta abrazarme, pero lo alejo.

Su consuelo es sofocante y no lo merezco.

Se me ha cerrado el pecho, mi respiración es entrecortada y mis manos tiemblan por la intensidad de mis emociones, oleadas de impotencia, culpa y angustia que amenazan con ahogarme.

Intento acercarme a Etana, es como si las raíces debajo de mí se movieran conmigo, como si el propio bosque retrocediera ante la emoción salvaje y cruda que brota de mí.

Quiero arrancarme la calavera del rostro. ¿De qué me sirve usar la calavera de una criatura si ni siquiera puedo acceder a la magia que viene con ella? ¿Si no puedo ayudar a mi amiga?

Mis pensamientos son una espiral de rabia, arrepentimiento y confusión, y mi visión se nubla.

Imágenes nítidas y crueles invaden mi mente y confirman lo que sospecho desde que Cecilia nos compartió sus teorías en la biblioteca: que la magia del fénix son dos mitades de un todo.

Destrucción y renacimiento. Y yo soy la parte destructiva.

Pero usar destrucción para salvar a mi amiga significaría…

Una risa amarga y vacía escapa de mí y el aire vibra con anticipación.

¿Esta es quien soy ahora? Nací como guardiana, hija del sanador.

Si algo aprendes en el valle es que la vida es cíclica y que hay cosas peores que la muerte.

Como el sufrimiento en vano. Etana no tiene oportunidad de sobrevivir y lo más amable sería terminar con su sufrimiento.

Pero no tengo la fuerza suficiente para eso.

Una vez más, emociones e imágenes fluyen dentro de mí. Fuerza, determinación, deber, cuidado.

–¿No hay esperanzas, papá?

–Lo lamento, cariño –dice negando con la cabeza–. Sigue con nosotros, pero es cuestión de tiempo. Deberías ir a casa.

–¿Irme? –Jamás podría hacerlo. Se siente como si el bosque se cerrara, pero no sé si es un refugio o una trampa.

–Será una larga agonía, no te quedes a verla sufrir. Recuérdala fuerte y valiente, no sufriendo. –Me da un apretón en el brazo–. No la dejaré sola.

–Yo tampoco –respondo con voz más firme que los aullidos del viento.

Apoyo la mano sobre la piel quemada de Etana. No quiero hacerlo, odio hacerlo. Siempre he intentado ser cuidadosa.

Pero cuando tropiezo, caigo con fuerza.

Tropecé con los fénix, y mis acciones nos condujeron directamente hasta aquí.

Ya no puedo volver atrás para deshacerlas.

No hay un futuro en que pueda enmendarlas.

Solo tengo dos opciones aberrantes: dejar que Etana sufra en agonía o dejar de ser egoísta y usar el poder que la fénix ofrece para terminar con su dolor.

Entonces, a pesar de sentir que mi corazón se quiebra, recurro a la calavera. Lo hago sin cordialidad, sin dudarlo. No me detendré hasta que esté hecho. Si esto es para lo que sirvo, si es lo único que puedo hacer para ayudar a mi hermana, que así sea.

–Hazlo –digo en voz alta–. Lo harás, ahora.

La energía de la fénix fluye dentro de mí sin resistencia, sin titubeos. La magia burbujea, corre, salvaje y devastadora.

Siento cómo fluye hacia ella. Y cómo mato a Etana.