El beso del fénix Capítulo dieciocho. Kian
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Capítulo dieciocho. Kian

capítulo dieciocho Kian

Estoy en mi cama, pensando en Adela y en cuánto más placer quiero darle, cuando escucho el primer trueno. Miro por la ventana: se desató una tormenta. Relámpagos, truenos, lluvia torrencial.

Eso es. Esta es mi oportunidad.

Un destello de luz repentino e intenso traza un camino irregular por el cielo, y el trueno estalla casi inmediatamente después. La tormenta está cerca, y ha llegado de repente.

Tomo la vela de fuego de dragón.

Espero no cruzarme con nadie en el corredor, porque no estoy seguro de cómo explicar que llevo una vela encendida en medio de una tormenta.

Ni siquiera la verdad sonaría muy creíble.

Me apresuro a salir del gran salón. Veo a algunos guardianes cruzando la plaza del pueblo, pero todos corren hacia sus casas para resguardarse de la lluvia. Nadie me presta atención.

Gracias a la Hilandera.

Me apresuro a cruzar la pradera y llego a la colina ondulada en el borde del territorio de los lebrílopes, desde donde alcanzo a ver la cabaña de emparejamiento esperando, llamándome, pero me detengo al recordar la pierna de Ivo.

La forma en que brotó la sangre, lo profunda y larga que era la última herida, lo rápido que se puso pálido y débil.

Esto tiene que funcionar.

De repente, siento una atracción profunda dentro de mí hacia otro lugar.

El fénix, que ha estado en silencio los últimos días, ahora me inunda con sentimientos e imágenes que fluyen a través de mí.

Quiere que me interne en lo profundo del bosque, en un claro con un gran árbol que de alguna manera es importante para él.

Me insiste en que vaya, con más fuerza que nunca.

¿Es un engaño? Quizás no quiere que destruya a los de su especie.

Me muestra a Adela, y estoy seguro de que cree que estoy a punto de cometer un error. De lastimarla.

Y no se equivoca.

Esta misión es más difícil ahora que antes de llegar al valle ahora que conozco a las personas a las que voy a lastimar.

No a la orden (cada año entre ellos me ha convencido más de que esto es necesario), sino a los guardianes.

Otra comunidad que está siendo controlada por ella, igual que los trabajadores pobres en Insborough.

Sin máscaras que emparejar, es probable que los guardianes pierdan el apoyo que reciben: los bienes que los mantienen con vida.

Hablan con frecuencia de lo duros que son los inviernos, de lo lento que es el deshielo de la primavera, de lo miserables que son las cosechas.

Y no es como si pudieran sacrificar algunos de sus animales de granja y ya, ya que no comen carne, y ni siquiera los guardianes pueden sobrevivir solo con queso y huevos.

Sin duda los perjudicaré con esta decisión. A la familia de Adela. A sus amigos. A ella. Pero tengo que confiar en su capacidad para adaptarse, porque no habrá otra oportunidad.

La magia es lo que le da a la orden su poder, su influencia, es lo que le permite ofrecer favores a la fuerza y hacer amenazas monstruosas.

Si quiero dar lugar a que la gente de Insborough se gobierne a sí misma de una mejor manera, si quiero liberarla de los diezmos injustos y de las reglas injustas de la orden, la mejor forma de lograrlo es despojando a la orden de tanta magia como sea posible. Tengo que avanzar. Debo hacerlo.

Atravieso la colina para bajar justo en el límite del territorio de los lebrílopes.

Cecelia no exageró, donde quiera que mire, están apareándose.

Son cientos, muchos más de los que creí que existieran, y a ninguno parece importarle mi existencia, mucho menos mi presencia en su territorio.

La llama de la vela parpadea con la lluvia, pero se mantiene encendida mientras avanzo con cuidado de no pisar a ninguna de las bestias libidinosas.

Me detengo en la entrada de la cabaña, tan modesta como todas las construcciones del valle. Aunque no es más que una simple cabaña de madera, contiene demasiada historia y poder en su interior. Si tan solo la magia que alberga fuera bien usada, cuánto bien podrían hacer las órdenes al mundo.

Levanto la mirada hacia la lluvia y pienso en mis padres en la plaza del templo, en cómo mantuvieron la boca cerrada hasta el final. No delataron al resto de la familia, no revelaron los secretos por los que murieron, se mantuvieron fieles a sus principios. Eran buenos, mucho más que yo.

–Los he amado desde antes de nacer –le digo al cielo lluvioso antes de arrojar la vela con fuego de dragón hacia el pórtico de madera.

Las llamas ascienden en una ráfaga de calor virulenta inmune a la lluvia. El fuego de dragón atraviesa el marco de madera y, en minutos, los frascos de aceites comienzan a estallar y las vigas a ceder.

El techo colapsa y el humo asciende hacia el cielo tormentoso.

Todo sucede muy rápido.

Arriba, la tormenta ruge tan violenta y veloz como el fuego que consume el lugar. Los truenos rugen, al tiempo que un rayo cae justo en el centro de la cabaña desde la espesa nube negra que se cierne sobre el valle.

El bosque observa en silencio, como un testigo indiferente a la devastación, y los lebrílopes siguen copulando, tan solo se alejan del calor abrasador.

El cristal de las ventanas estalla hacia afuera, y el fuego del rayo se une a la llama del dragón en una danza de colores calientes, fusionados sobre el cielo gris de tormenta.

Las paredes crujen y chillan antes de colapsar.

Las mesas de trabajo, los estantes y el suelo ya yo están, fueron reducidos a una gruesa capa de cenizas, pero aún veo una pila de calaveras blancas vibrantes en medio de las llamas.

El miedo de que no se quemen me invade por dentro, hasta que el hueso también comienza a ennegrecerse por fin.

Pero la alegría es reemplazada por repulsión casi al instante.

Trago la bilis; el hedor a hueso quemado es abrumador, es peor que el de los cuerpos en las piras fúnebres.

El viento aúlla, se lleva el hedor y alimenta la llama hambrienta, que se hace más grande y brillante.

Esto es por lo que me he esforzado, por lo que he sacrificado una vida familiar cómoda. Esto era lo que quería, debería sentirme victorioso. He alcanzado mi primer objetivo y cruzado una línea que nadie podrá volver a atravesar.

Ya no hay vuelta atrás.

Esperaba sentir un cambio profundo dentro de mí, como si el mundo se moviera y registrara el cambio, pero no hay una gran transformación. La tarde es húmeda y huele a humo. Sin más que quemar, el fuego comienza a extinguirse, como si fuera una fogata abandonada para morir en la noche.

Pero en lugar de dicha u orgullo, siento un dolor leve y penetrante que no comprendo. Y es seguido de inmediato por un terror que me atraviesa.

Adela está en problemas. Está sufriendo. Me necesita.

El fénix me envía imágenes del árbol grande en el claro otra vez. No tengo idea de dónde está, pero no necesito saberlo.

Solo tengo que seguir la atracción de Adela hacia el bosque.