Capítulo diecisiete. Adela #2
No sé qué hacer. No sé cómo ayudar. Quiero gritar, pero no es culpa de Lathai ser protector.
Y todo empeora cuando un rayo impacta en el árbol gigante sobre nosotros.
Él protege a Etana con el cuerpo y las alas, pero la corteza que vuela me lastima.
Etana se agita junto a él y relincha como advertencia en el preciso momento que siento una ráfaga de viento en la espalda.
Volteo justo cuando Enkidus baja del cielo a toda velocidad, con las garras apuntadas hacia mí.
Recuerdo las entrañas expuestas de Duschwa, el cuerpo quebrado y a medio devorar de Bartholomew en su casa.
Salto hacia atrás en el mismo momento en que Etana se lanza hacia adelante.
No debe hacerlo. Apenas sobrevivía al parto hace un instante y ahora está en pie, usando las patas y el cuerpo para atacar, para protegerme. Lathai la apoya, con patadas y mordiscos.
Enkidus venía por mí, pero ahora está defendiéndose de los ataques como haría cualquier ser vivo. Lathai logra esquivarla, pero Etana, que estaba más cerca y debilitada, no fue tan rápida.
Enkidus le asesta un zarpazo en el lomo, del que brotan borbotones de sangre carmesí.
Pero Etana sigue luchando. De alguna forma logra inmovilizar el ala del dragón contra el suelo y atacar con el cuerno, que se clava en el ojo de Enkidus.
Este se lamenta y, antes de despegar, da un coletazo que impacta en el vientre de la unicornio y la derriba.
En el aire, se detiene y echa la cabeza hacia atrás. Va a escupir fuego.
–¡Etana, corre! –grito, pero no puede hacerlo. Apenas puede estar en pie.
Enkidus lanza una llamarada que da en el lomo de Etana.
Ella se desploma con fuerza y resbala por las hojas y agujas de pino secas.
Entonces, Enkidus escapa, perseguida por Lathai, mientras que yo me apresuro hacia Etana.
Su vientre se agita, su espalda está cubierta de sangre y el cuello tiene quemaduras tan graves que carne y pelo parecen haberse fusionado.
El olor a carne quemada me provoca náuseas.
–Etana, cariño, levántate. Hazlo por mí.
Tenemos que llegar a la aldea y con mi padre.
Ella se esfuerza por hacer lo que pido, pero no puede ponerse de pie.
Ha comenzado a emitir un sonido bajo y aterrador, y su respiración se ha vuelto superficial, con una aspereza que me preocupa.
Me levanto para evaluar las opciones: podría quedarme y verla morir o podría arriesgarme a buscar a mi padre.
Podría morir de todas formas, y en ese caso lo haría sola.
Lanzo un grito al cielo nocturno.
A la calavera sobre mi rostro.
A Etana por haber intentado protegerme en lugar de correr y salvarse.
Pero, más que todo, me grito a mí misma.
Este es mi pecado. Es mi culpa que mi hermana estelar esté muriendo. Si no hubiera tocado la calavera del fénix el primer pulso mágico nunca hubiera sucedido. Enkidus no hubiera perdido la cabeza.
Tengo que arreglar esto. Tengo que salvar a Etana.
Corro de vuelta a la aldea, o al menos lo intento.
Está demasiado lejos para que pueda mantener un ritmo continuo, pero avanzo lo más rápido que puedo, ignorando el dolor punzante en mi costado y la calavera de fénix sobre mi rostro que vocifera en mi mente y que quiere que vuelva al bosque, al árbol.
A ella parece no importarle en absoluto el unicornio moribundo que acaba de salvarnos a las dos. Pero ella no tiene pies. Yo sí.
–¡Basta! –le grito en la noche, lo que asusta a un conejo que salta desde la maleza–. A menos que puedas hacer que me mueva más rápido con tu misteriosa magia, no quiero sentir ni una cosa más de ti.
Sorprendentemente, la fénix me escucha y se queda en silencio.
Tarde o temprano, logro llegar a mi casa. Pero mi padre no está aquí; podría estar en cualquier parte.
Salgo y casi choco con él. Gracias a la Diosa. Con una sola mirada sabe que algo pasa.
–Etana –consigo decir entre bocanadas de aire–. Muriendo. Dragón. El bebé.
Volvemos al bosque con toda la prisa que podemos, mientras le voy contando lo ocurrido en el camino y, cuanto más comparto, más rápido nos movemos.
Pero él ya no es un hombre joven, así que no avanzamos tan rápido como me gustaría y, por un momento, casi deseo haberme tomado el tiempo de ir por uno de los caballos.
Durante todo el camino les rezo en silencio a las diosas.
A la Hilandera, por fuerza. A la Pupila, por que mi padre tenga la sabiduría para saber cómo mantener con vida a Etana.
Pero la mayoría de mis plegarias van dirigidas a la Cazadora, para que no le suelte la mano.
Para que muestre misericordia, aunque no sea algo por lo que sea conocida.
Hago promesas que no estoy segura de poder cumplir: que si les perdona la vida a Etana y a su cría, iré a la orden.
La serviré con gusto por el resto de mi vida.
Cuando estamos cerca, oigo otro grito. Lathai volvió; su rabia menguó, igual que la tormenta. Ahora está de rodillas junto a Etana, dándole golpecitos con la nariz, pero ella ya murió. Llegué demasiado tarde. Fui demasiado lenta.
La dejé morir sola.
–Lo siento –digo hacia la noche–. Lo siento mucho.
Mi padre se hinca junto a ella para controlarle los signos vitales. Luego se sienta y niega con la cabeza.
–¿Se ha ido? –pregunto.
–Aún no –responde con lágrimas en los ojos–. Pero debes despedirte.