Capítulo diecisiete. Adela
capítulo diecisiete Adela
Camino a casa, pero no es suficiente distancia de la distracción del espléndido novicio. Todavía lo siento y lo único que quiero es ir hacia él, lanzarme a sus brazos y rogarle que me tome otra vez.
Necesito hacer algo con las manos, con la mente. Junto a la puerta trasera de la casa se encuentra la máscara dorada de Bartholomew; han pasado cuatro días desde que se fue, pero se siente como una vida.
Supongo que ahora es mi máscara. Debería guardarla arriba con el resto de mi traje de emparejadora o dársela a Beadda, pero una parte de mí quiere conservarla.
Quiero conservar las dos cosas, el fénix y mi puesto de emparejadora.
La conversación con Cecelia sobre aceptar lo que quiero y quién soy, aun cuando me avergüenza, da vueltas por mi mente.
Si pudiera hacer emparejamientos aunque no pueda deshacerme de la fénix tendría muchas más opciones.
Podría quedarme en el valle o… hubo un tiempo en el que las personas entraban y salían de él con facilidad.
Está en los viejos diarios de emparejadores.
Tal vez podría hacer eso. Podría servir tanto a la Cazadora como a mi comunidad.
Podría tener a Kian, a papá, a Cecelia, a Etana.
A todos los que amo.
Y de repente tomo consciencia del pensamiento que se ha colado en mi mente sin que lo notara. No, no amo a Kian. Disfruto de su cuerpo, de cómo me hace reír y de mirar su hermoso rostro cuando no está cubierto por la calavera del fénix, pero sin duda no lo amo. Todavía no. Es demasiado nuevo aún.
Tal vez lo haga con el tiempo, si lo tenemos. Si es que voy a Insborough con la orden.
Para decidir qué futuro tomaré, necesito saber cuáles son mis opciones, así que tomo mi abrigo, lo arrojo sobre mis hombros, busco una zanahoria en caso de que Etana esté cerca y salgo a enfrentar mi destino.
El cielo es de un azul brillante, con volutas de nubes que asoman detrás de las montañas. Inhalo profundo. Sin importar cuán impulsiva sea, que haga cosas que no debería hacer, al menos el cielo de la tarde no me juzga.
Se suponía que iría a la cabaña de emparejamiento, pero algo me atrae hacia el bosque. Una compulsión que no comprendo, pero dejo que me guie, mientras me digo a mí misma que no lo hago para evitar a las calaveras y lo que yo aún podría o no ser capaz de hacer.
Entro en el bosque y, en el momento en que mis pies pisan el suelo esponjoso, cubierto de agujas de pino y hojas en descomposición, oleadas de emoción me abruman.
Algunas son mías. No he pasado mucho tiempo en el bosque desde que era joven, pero el año después de que mi madre se fue, pasé casi cada hora de vigilia aquí.
Caminando. Pensando. Llorando junto a los trilios y preguntándome qué estaba tan mal en mí como para que ella se fuera sin más.
Rezándole a la Gran Diosa para que volviera conmigo.
Ofreciéndole todo lo que se me ocurriera a cambio.
Hubiera cambiado el mundo entero por mi madre.
Mamá, con su cabello rubio platinado y unos ojos que siempre estaban arrugados por la risa o llenos de lágrimas, rara vez algo en medio.
Mamá, que daba los abrazos más suaves y apretados y me decía que yo era más rara, más poderosa y más hermosa que el fénix extinto hacía tanto tiempo.
De hecho, es una de las únicas guardianas que conozco que contaba historias del fénix siquiera, y me pregunto si de alguna manera sabía lo que me deparaba el futuro. Pero no, claro que no. ¿Cómo podría saberlo?
Ni siquiera sabíamos que las calaveras estaban ahí arriba. Era otra de las tonterías que decía para que su hija ilusa se sintiera especial.
Y funcionaba.
Mis lágrimas empapan el hueso de la calavera del fénix y una ola de dolor y agobio fluye a través de mí. El fénix también tiene sentimientos respecto el bosque. Miedo y rabia, tristeza y dolor.
Algo me impulsa a adentrarme más, hacia el corazón del bosque, donde los árboles se vuelven más espesos cuanto más avanzamos.
En verano, la maleza aquí sería escasa, privada de luz por el denso dosel de arriba.
Hoy, las hojas aún son solo brotes, y tiernos retoños salpican el suelo, estirándose hacia la luz tenue de comienzos de primavera que se filtra entre las pesadas nubes.
Sigo caminando, aplastando la menor cantidad de pequeñas plantas posible hasta encontrar el sendero estrecho que mantenemos despejado para que las órdenes lo usen para llegar hacia el valle.
Como símbolo de la ascensión de los novicios al sacerdocio, es intencionalmente sinuoso.
Sería tonto de mi parte seguirlo, pero tomarlo por un rato es más fácil que abrirme camino por mi cuenta.
Y a estas alturas, sospecho hacia dónde me lleva esa fuerza de atracción. En el centro del bosque hay un roble enorme. Cuando éramos niños, solíamos caminar hasta allí y treparlo entre tarea y tarea, retándonos unos a otros a subir cada vez más alto entre sus ramas.
La fénix me lanza imágenes de él. No son visiones exactamente, sino recuerdos fugaces.
Es más pequeño de lo que lo recuerdo, pero también más lleno de vida.
Para mí siempre fue solo un árbol viejo y grande, hermoso pero insignificante.
Para ella es algo importante, aunque no logro descifrar por qué.
¿Era su hogar? ¿El lugar donde murió? Hay una sensación de pérdida y de anhelo y… de esperanza quizás.
Estoy casi en la base del roble cuando el dedo de mi pie golpea el borde de una raíz y salgo disparada hacia adelante.
Detengo la caída con la cara, una forma muy estúpida de protegerse.
El pico del fénix se hunde en la tierra blanda y en el suelo a mi lado veo algo pequeño, rojo y brillante bajo la suave luz.
Lo recojo y lo observo con los ojos entornados, ya que está fuera de lugar aquí en el bosque.
No hay nada natural en esta piedra de vidrio, y me pregunto si los niños guardianes han estado jugando aquí como solíamos hacerlo nosotros.
Aunque dado que el dragón sigue rondando, hiriendo criaturas, animales y personas, se les ha ordenado quedarse en la aldea donde es más seguro.
En teoría. Después del ataque de los capaluses, muchos de los guardianes mantienen a sus hijos en casa tanto como sea posible.
Me incorporo del suelo justo cuando un delgado rayo de sol atraviesa las nubes e ilumina un punto en el sendero unos pasos más adelante. En ese punto hay otra piedra roja. Me apresuro hacia ella, la recojo y sigo buscando más.
Un poco más adelante en el sendero encuentro otra.
Y un poco más lejos, otra.
Alguien ha marcado el camino. Empiezo a seguir las piedras a través del bosque. La fénix me impulsa hacia adelante. No estoy segura de si es porque también han despertado su curiosidad o porque seguimos acercándonos a su árbol.
Recojo otra media docena de piedras antes de sentir que el mundo se abre bajo mis pies.
Tomamos una corriente ascendente y remontamos vuelo sobre los acantilados de los pegasos, las cuevas de los dragones, las madrigueras de los guivernos y los nidos de los grifos en los árboles distantes.
Vamos disfrutando de la abundancia del verano.
Del valle verde y seguro. De la tierra que nos da sustento. De las personas que nos dan protección.
El crecimiento de la magia es tan veloz como una alondra que intenta evitar convertirse en el desayuno de mi pareja. O no, más bien es algo mucho más peligroso. La magia es salvaje, violenta, destructiva.
Los grifos están muriendo en el parto por tener demasiados bebés a la vez. Los kelpies están perdiendo manojos de melena en la orilla del río. Los lebrílopes están tan irritados que, en sus luchas por el territorio, se están matando unos a otros.
Y no sabemos qué es lo que anda mal.
Fue la visión más poderosa que he tenido, la más vívida. Yo era el fénix y el mundo era nítido, no el halo dorado que suelo ver. Me cuesta despejar la preocupación que me transmitió.
Hasta que se oye un grito equino penetrante desde el otro lado del árbol.
Me acerco corriendo y encuentro a Etana en un charco de sangre y fluidos, con Lathai sobre ella.
Está dando a luz. Él golpea el suelo, bate las alas y vuelve a relinchar.
Cuando la empuja con la nariz, ella se mueve, pero apenas un poco, ya que se la ve exhausta.
Y, aunque su vientre se agita, el potrillo no sale.
Corro hacia ella y dejo caer las piedras rojas a su lado. Aunque no soy sanadora como mi padre, espero que el instinto sea suficiente para ayudarla, para salvarla. Porque como los grifos de mi visión, ella está muriendo en el parto.
Lathai vuelve a relinchar cuando llego hasta ella, y el cielo se abre sobre nosotros, con truenos, relámpagos y lluvia torrencial.
–No es un buen momento para eso, amigo mío –le digo, aunque es obvio que no lo hace a propósito.
Como con los pulsos de magia yo soy la causante involuntaria, con él y la tormenta es igual, solo que nunca había visto una tan grande provocada por un pegaso.
Suelen ser lluvias de verano. En cambio, este es un aguacero lleno de rabia y dolor, igual que Lathai.
Él resopla, me muestra los dientes y golpea la tierra otra vez. Entonces levanto las manos vacías e inclino la cabeza.
–Soy su amiga –le digo.
Él lo sabe, me conoce, pero es una criatura salvaje y su pareja parece estar muriendo. Me acerco con cuidado por temor a que él me ataque. Aunque no le gusta y camina al son de la tormenta, no lo hace.
Reviso a Etana, cuya respiración es superficial y está cubierta de sudor.
Debería asomar la cabeza y dos patas de un potrillo de ella, pero solo hay una membrana roja aterciopelada.
Esto es malo. Extiendo la mano para intentar romper la membrana, pero Lathai no quiere que la toque, así que me lanza un mordisco.
–Déjame ayudarla –le suplico e intento otra vez. Él se encabrita y cae a mi lado, una evidente señal de advertencia.