El beso del fénix Capítulo dieciséis. Kian #2
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Capítulo dieciséis. Kian #2

Extiende las manos hacia mí y, aunque se supone que solo hablemos, voy hacia ella de inmediato, ya que no puedo resistirme a su contacto.

Ella acaricia mis brazos, mi pecho y abdomen con tanta delicadeza que es casi dolorosa.

Siento como si estuviera tocando mi alma, y una parte de mí quiere correr lejos de aquí, rápido.

No es que quiera escapar de ella, sino de la parte de mí que quiere esto con desesperación.

–Ahora estos –ordena, con un dedo en la cintura de mis interiores.

Me concentro en lo físico e ignoro los sentimientos. Esto es solo deseo.

Ella es hermosa y tengo el recuerdo vivo de lo bien que se sintió sobre mí, montándome. Eso es todo.

Con incomodidad, consigo quitarme los interiores, ahora que estoy totalmente desnudo su mirada hambrienta me pone inquieto.

–¿Puedo? –pregunta, con la mano sobre mí. Cuando asiento con la cabeza, desciende y me toma, ya sin delicadeza, sino con una firmeza que me hace gemir. Acerca el rostro al mío, con mucho cuidado de no lastimarme con el pico del fénix–. Ahora, dime.

–¿Que te diga qué, belleza? –inquiero. Mi mente no funciona, no puedo pensar en nada más allá de este momento.

–Dime qué quieres hacerme –responde con una sonrisa, como si pudiera leerme la mente.

Obedezco. Le digo que quiero su cuerpo contra el mío, sobre el mío.

Las cosas sucias que quiero hacerle. Cómo deseo hacerla gritar con mis manos, mi boca, mi miembro.

Mientras lo hago, ella mueve la mano de arriba abajo mientras emite sonidos alentadores.

Sigue totalmente vestida y con una calavera de criatura en el rostro, un símbolo de poder que aborrezco, y está a punto de llevarme al clímax.

Debería hacer que se detenga. Debería corresponderle. Las cosas que le estoy diciendo son verdad. Y sé que sugerí que no tuviéramos sexo, pero me arrepiento de mi decisión. Quiero poner la boca sobre ella, estar dentro de ella.

La necesito.

–Te diré lo que yo quiero –dice cuando me quedo sin palabras. Estoy a punto de perder el control y ni siquiera la he tocado–. Quiero que te corras.

–No. –Me resisto con cada fibra de mi ser–. Todavía no.

Ella se detiene de inmediato.

–¿Quieres que me detenga? –dice con voz seria.

Empujo hacia su mano, porque adoro cómo se siente. No quiero que se detenga, pero tampoco quiero correrme todavía. Un buen amante asegura el placer de su pareja primero. Y aquí estoy yo, desnudo y a punto de explotar sobre su mano sin siquiera haberla tocado.

Soy incapaz de emitir palabras, pero Adela ve mi corazón.

–Quiero verte –confía con la voz cargada de deseo–, quiero verte sentir placer. Pero solo si tú también lo quieres.

–Sí –gimo con otro empujón hacia arriba. Ella se humedece los labios y vuelve a mover la mano de inmediato.

–Córrete para mí. Ahora –exige.

Eso hago, y la explosión de deseo hace un caos de los dos. Después de esperar un momento a que el mundo se aquiete y pueda respirar otra vez, me acerco a besarla, pero ella se aleja, así que la tomo por el mentón e inclino su cabeza. Sé que le preocupa lastimarme con el fénix.

–Eso fue increíble. Tú eres increíble.

Adela sonríe y se desliza hasta el borde de la cama como si estuviera a punto de levantarse e irse.

–Fue muy divertido.

–Pero no hemos terminado, belleza. –Me arrodillo frente a ella.

Todavía está vestida, lo que no es ideal porque en verdad muero por verla, pero no puedo esperar un minuto más para saborear su deseo.

Entonces, levanto su túnica y me zambullo en ella sin preámbulos.

Es tan deliciosa como esperaba, húmeda e hinchada de deseo.

La recorro con la lengua y disfruto de cómo se mueve y gime contra mi rostro y dedos.

Presiono un muslo perfecto y lo abro para poder llegar más profundo, más fuerte.

Ella se tensa y palpita en mis dedos, que curvo con cuidado hacia arriba.

Y entonces se corre. Llega al clímax con fuerza, con espasmos hermosos. La provoco con pequeñas lamidas que la hacen sacudirse y, cuando suplica piedad, le doy un beso en cada muslo.

Después, me recuesto en la cama y abro los brazos para ella.

Repta hasta mí, baja el pico del fénix y se acomoda en mi pecho, y yo apoyo el mentón sobre su cabeza.

Amo y odio lo bien que encajamos. Una parte de mí que no comprendo quiere más de ella, no más sexo (estoy satisfecho, al menos por ahora), sino conocerla más.

Pienso en su vida en el valle, en lo que puede significar para ella. Y hay una cosa que me ha dado curiosidad desde que supe que su familia son solo ella y su padre.

–Cuéntame de tu familia. ¿Cuándo murió tu madre?

–¿Murió?

–Eso supuse –respondo–. No la conocí, y no es que los guardianes dejen el valle.

Se tensa en mis brazos; desearía poder ver su rostro.

–Ella se fue, de hecho. Cuando yo tenía doce. Dejó una nota diciendo que volvería para cuando los árboles de primavera hubieran florecido, pero no la he visto desde entonces. La verdad es que no sé si está viva o muerta, pero sí se fue.

Tengo la impresión de que no quiere hablar más de ello, y la parte de mí que no entiendo me insta a compartirle algo personal también.

–También perdí a mis padres hace casi veinte años. Pero ellos sí están muertos.

Pienso en esa mañana. Hacía frío, el cielo era de un azul hermoso y brillante, cargado de nubes esponjadas.

En contra de la orden directa de tía Ujvala, fui al patio del templo de la Cazadora y subí las escaleras para poder observar.

Mi madre fue la primera en verme, luego mi padre.

Estaban muy lejos como para poder escucharlos, pero vi cómo ambos decían “Te amo”.

Yo estaba lleno de odio y desesperación y, aunque todavía era joven, sabía que nunca estaría bien sin ellos. Así que, en lugar de responder lo mismo que siempre decía (“Te amo desde antes de nacer”), entre lágrimas y flema, con las uñas clavadas en las palmas, respondí al aire: “Te odio”.

Y lo hacía, los odiaba por haber sido atrapados. Por dejarme.

Mi único consuelo fue que nunca me vieron, ya que los ejecutores completaron la tarea antes de que “odio” saliera de mis labios.

–Yo los vi morir.

Ella no responde, solo se acurruca más hasta que nos quedamos dormidos. Cuando despierto de una breve siesta, ella ya no está. Me digo que no debo extrañarla, que ella no es mía.

Incluso si mi cuerpo y mi corazón quieren que lo sea.