Capítulo dieciséis. Kian
capítulo dieciséis Kian
Adela está mirando las piras arder, retraída en sí misma. Ansío ir con ella, abrazarla, acomodarle el cabello detrás de la calavera de fénix y besarla. Es la clase de cuidado y apoyo emocional que nunca creí ser capaz de desear.
Y no estoy seguro de poder ofrecerlo.
Para ser honesto, a mí también me caería bien algo de consuelo.
Los funerales fueron repugnantes.
Si así eran, no me sorprende que hayan dejado de hacer cremaciones con fuego de dragón en la plaza del templo. El olor a carne rancia quemada se mezcla con el aroma agradable de las hierbas y aceites que se usan para preparar los cuerpos.
Solo que esta ceremonia fue aún peor, ya que al menos los funerales de la orden incluyen cuerpos completos.
Ninguno de los cuerpos quemados hoy lo estaba.
Siento náuseas al recordar cómo se veían sobre sus piras, cuerpos en partes preparados para arder, criaturas sin cabeza.
El anterior Emparejador y el hermano Thad perdieron buena parte de sus cuerpos en boca del dragón.
La única experiencia de mi vida que se sintió más violenta que esta fue la ejecución de mis padres.
El fénix me envía sentimientos, me insta a ir con Adela. Sé que ella se culpa por todo esto, pero yo no puedo hacerlo. Queda una pequeña pizca de fuego de dragón justo frente a mí y mi destino espera más allá de esos lebrílopes, que ahora sé cómo superar gracias a Cecelia.
Así que clavo una ramita en las brasas y espero a ver si enciende y si mantiene la llama. Lo hace.
Gracias a la Diosa.
Es una llama pequeña, que espero que pase desapercibida con la luz de la tarde.
Estoy seguro de que puedo escabullirla a mi habitación y mantenerla encendida para después.
Todavía me quedan velas, así que solo tengo que esperar.
Al parecer, los lebrílopes solo se aparean cuando hay tormenta y cuando lo hacen es…
ferviente. Así que, en cuanto vea rayos o escuche truenos, sabré que estarán demasiado ocupados con sus aventuras amorosas como prestar atención a extraños en su territorio.
Entonces podré pasar a través de ellos y llegar a la cabaña.
Y, entonces, pum .
Las calaveras se habrán ido.
Pienso en Adela mientras deambulo hacia mi habitación. En verdad le caería bien tener un hombro amigo, pero tiene a Cecelia, por supuesto, no me necesita a mí. Ellas son muy cercanas; imagino cómo sería tener a alguien así, alguien que te vea como eres, que sepa todo de ti y aún te ame.
No he tenido eso desde la muerte de mis padres y no lo necesito ahora.
Después del almuerzo del día siguiente, llevo a Adela a mi habitación y le ofrezco un poco del whisky que robé de las cocinas mi primera noche en el valle.
Lo acepta con una pequeña sonrisa, se lo bebe de un solo trago y extiende el vaso para que lo vuelva a llenar.
Accedo, nervioso por cuánto podría beber.
–¿Tienes sed? –pregunto mientras relleno vaso, un poco menos que la primera vez.
–Nervios –admite y deja el vaso ámbar sobre la mesa de noche, junto a la vela que arde con fuego de dragón–. Nunca me han ordenado tener sexo antes.
–Qué suerte la tuya –respondo sin pensar. Ella me mira con una expresión de horror tan grande que puedo verla incluso a través de la calavera que cubre la mayor parte de su rostro.
–Es muy duro.
Su compasión, la facilidad con la que parece verme de verdad, me incomoda. Me encojo de hombros.
–No es tan malo como suena. –O no tan directo como ella cree.
No es que alguien en particular me haya presionado para tener sexo.
Nunca fui asaltado ni he pasado por las tragedias que suelen ocurrirles a las personas.
Pero tengo un objetivo que persigo a cualquier precio desde adolescente, y si usar mi cuerpo para congraciarme con alguien es necesario, eso hago.
Como con Thad.
–Si quieres hablar de ello te escucharé encantada –dice con voz suave.
–En absoluto. –Nada suena peor. Si me abriera apenas un poco, ella haría más preguntas, y lo último que necesito es que la emparejadora descubra que mi objetivo ulterior es destruir todas sus preciadas calaveras.
O, peor, que me conozca.
Los hermosos hombros redondeados de Adela se desploman ante mi tono áspero, y siento culpa por mi respuesta cruel a su amabilidad. Disfruto de estar con ella. Disfruto de nuestra conexión.
Siento una punzada de preocupación por lo que le pasará a esta comunidad cuando se descubra la desaparición de las calaveras.
Subsisten en gran parte gracias a las ofrendas de las órdenes, que de seguro dejarán de llegar en cuanto ya no puedan proporcionar calaveras para el emparejamiento.
Las muertes ocurren en el valle todo el tiempo, así que no es que vayan a desaparecer para siempre, pero les llevará una generación o más recuperar la producción de emparejamientos actual.
Mis acciones tendrán un impacto amplio y devastador.
Por un momento me pregunto si debería seguir el consejo de tía Ujvala y abandonar este camino de venganza. Por Adela y su comunidad.
Pero no.
Este es el paso correcto para alterar todo el sistema, no puede ser tan solo un pequeño contratiempo si quiero que sea efectivo. Las antiguas costumbres tienen que derrumbarse para que surjan nuevas y mejores.
En lugar de que los recursos sean acaparados, que se priorice a los ricos y se les niegue a los pobres o desfavorecidos, los jardines comunitarios y los alimentos frescos podrían estar abiertos para todos.
La educación y el arte podrían tener más lugar si los trabajadores no tuvieran que esforzarse tanto solo para cumplir con sus diezmos.
Y podría formarse un liderazgo más descentralizado, donde cada una de las órdenes tuviera una voz igual y la capacidad de influir en la sociedad de maneras acordes a sus misiones, en lugar de que la Cazadora tenga siempre la última palabra por ser la orden más grande y rica.
Si tan solo la comunidad de Adela no tuviera que sufrir por el bien mayor.
Extiendo la mano, acaricio uno de esos hermosos hombros con un dedo y disfruto de cómo se inclina hacia mi toque, como si yo fuera alguien reconfortante en lugar de destructivo. Una parte de mí desearía que esta conexión que compartimos pudiera ser real y duradera.
–Pero gracias por la oferta. Es solo que… no es algo de lo que me guste hablar.
–Estoy aquí si cambias de opinión –dice con una mano sobre mi rodilla. Es un toque bastante inocente, con intenciones de ofrecerme consuelo, sin duda, pero me enciende. Me acerco, inclinado sobre ella.
–Hay cosas más divertidas de las que podemos hablar.
–La abrazo por la espalda despacio, inseguro de cómo se siente en este momento.
Es verdad que apenas hace días estaba ansiosa por intimar conmigo y a ninguno de los dos nos obligaron a entrar en esta habitación, ella lo hizo por su propia voluntad, pero quiero asegurarme de que esté tan interesada como yo.
Y yo estoy muy interesado.
Mi cuerpo la desea al instante. Amo su suavidad, su olor, los sonidos que escapan de su garganta cuando se arquea hacia mí y presiona sus pechos contra mi brazo y mi pecho.
–Ey, belleza –digo mientras me inclino para llegar a su boca, pero ella retrocede, así que libero la presión de su espalda de inmediato. Sigo tocándola, pero puede separarse con facilidad si lo desea–. ¿Pasa algo? –pregunto con la voz profunda y suave por el deseo.
–No quiero lastimarte con el pico –admite, luego se ríe–. Y mi parte obstinada no quiere hacer esto, solo porque se supone que es lo que tenemos que hacer.
Sus ojos brillan traviesos y me hacen pensar en cómo me tomó en la despensa, cómo se montó sobre mí y se corrió. Creo que a Adela podría gustarle jugar con el poder.
–Rebelarse puede ser muy divertido –coincido–. No tengamos sexo.
–Ah, de acuerdo. –Se desanima al instante, lo que me enciende todavía más. Ella también me desea–. No lo hagamos. –Detecto la alegría forzada en su voz.
–O al menos no como esperan. –Me acerco más, con los labios casi en su oreja, y lamo su lóbulo antes de continuar–: Hay muchas otras formas de dar y recibir placer.
Ella suelta una exhalación temblorosa y se arquea hacia mí otra vez.
–Sí –jadea cuando muerdo su oreja.
Me extiendo para sacarle la ropa, porque sus muslos me han estado atormentando durante días y ya no puedo esperar para ver su cuerpo desnudo. Pero ella se aleja.
–Tú primero.
No es por timidez que quiere que me desvista antes que ella, es por deseo, puro y abierto. Lo veo en sus ojos, ella quiere verme. Y yo quiero que me vea. Así que me quito el manto exterior.
–Quiero sentir tu sabor –digo mientras lo dejo caer–. Quiero saborear la piel de tu cuello y de tus hombros, salada por el sudor de nuestros cuerpos moviéndose juntos.
Adela se humedece los labios mientras me observa y escucha. Cuando se reclina con los codos sobre la cama, requiere de todo mi esfuerzo para no saltar sobre ella.
–¿Qué más te gustaría saborear?
–Tus pezones. –Pienso en la blancura de sus pechos, en sus pezones rosados y en lo sensibles que fueron a mi tacto–. Quiero hacer que se endurezcan con la lengua, con los dientes.
–Yo quiero ponerte duro con la lengua y con los dientes –repite al tiempo que me mira de arriba abajo. Está en evidencia que ya estoy muy excitado–. O más duro, supongo.
Mi mano resbala cuando intento quitarme la túnica y el hábito a la vez, así que se me enredan en la cabeza, tropiezo con el manto en el suelo y por poco caigo al suelo.
Ella se ríe, pero se queda en silencio cuando dejo caer la ropa.
Ya estoy desnudo frente a ella excepto por los interiores de lino, y ella recorre los tatuajes que cubren mi torso y brazos, símbolos de la Cazadora que siempre estarán conmigo.
–Vaya, eres hermoso.