Capítulo quince. Adela
capítulo quince Adela
Han pasado cuatro días desde las muertes.
Tres días completos de preparación. Tres días completos de duelo.
Y ahora, en el cuarto, las almas del sacerdote y de Bartholomew están listas para cruzar al más allá.
También nos despediremos de las criaturas: Duschwa, Gilcriss y el capalus que Etana mató.
Los restos del grifo nunca fueron encontrados.
Como emparejadora, no tengo ningún papel específico en los funerales, aun así se espera que esté presente. Pero no logro salir de la cama.
Todas mis expectativas sobre lo que es y será mi vida han cambiado. No consigo encontrar el equilibrio.
La parte imprudente de mí solo quiere saltar a la cama de Kian. A sus brazos. Como dijo Cecelia que deberíamos hacer para desbloquear la magia. Pero he pasado toda una vida intentando reprimir esas partes imprudentes y aceptarlas ahora podría resultar en desastre.
Oigo los pasos de mi padre moviéndose por la casa, preparándose. Tengo que levantarme. En cambio, hundo el rostro en una almohada y me cubro la cabeza con las mantas.
Mi nariz se llena al instante con el olor de Kian, que quedó adherido a mi cama mucho después de que él se haya ido.
Pienso en la forma en que me tocó en la biblioteca, en cómo su mano rodeó mi nuca para que su pulgar pudiera presionar el borde de mi mandíbula con suavidad y levantar apenas mi rostro.
Quisiera que hubiera besado mi cuello y mi mentón y por debajo de la calavera de fénix para alcanzar mis labios ansiosos. O quizás que llevara sus besos un poco más abajo.
Alguien llama a mi puerta.
Protesto antes de apartar las mantas de mi cabeza.
–Ve sin mí. Estaré ahí.
–Eso pensaba hacer –responde mi padre desde el otro lado de la puerta cerrada–. Pero tienes una visita. El novicio Kian está…
Salto de la cama, cruzo la habitación corriendo y abro la puerta de golpe.
–¿Aquí? ¿Ahora?
¿Lo llamé con mi deseo de aquel casi beso? ¿Habrá sido el fénix?
–Eso sí que fue rápido. –Los ojos de mi padre se arrugan, entretenidos–. Está abajo.
En muchos sentidos, los funerales de los guardianes son lo opuesto a las ceremonias de emparejamiento. No hay prendas especiales ni peinados o joyas elaborados ni palabras específicas que decir. Nuestras despedidas son tan simples como las despedidas de todos los días.
En especial para las criaturas, que en realidad no nos dejan del todo.
Sus calaveras se separan para ser limpiadas y preparadas de inmediato.
Sus cuerpos pasan por los preparativos habituales, con hierbas y oraciones de agradecimiento a la Gran Diosa.
Y luego los enterramos para así devolver sus energías y su magia a la tierra.
Eso solemos hacer, pero solo por necesidad.
Esta vez, como tenemos presente a un novicio emparejado con un dragón y el fuego de dragón es lo único que puede quemar huesos de criatura, los funerales de hoy incluirán cremación.
El fuego los devolverá al valle más rápido que el entierro.
Me visto como lo haría en un día normal, mientras intento no caer en la desazón al pensar en cuántas almas hemos perdido desde que liberé la magia de los fénix.
–¡Hola! –saluda Kian cuando llego a la cocina.
Hoy usa una túnica de color rojo brillante, el color de la orden para funerales.
La madre de Cecelia, sastre del valle, ha estado trabajando en las túnicas desde que llegaron con ayuda de su hija.
Como siempre, ha hecho un trabajo excelente e incluso bordó los puños, que brillan con la luz que se cuela por la ventana cuando Kian extiende la mano hacia la taza de té que le ofrece mi padre.
–¿Qué te trae por aquí? –pregunto. Ocupa demasiado espacio de nuestra pequeña cocina, no con su tamaño, sino con su presencia agobiante.
Antes de que él responda, mi padre dice que nos verá en un momento y se retira. Ahora solo somos Kian y yo, y yo evito mirarlo yendo por una manzana del cuenco de madera y mordiendo un trozo.
–Sé que tenemos que… explorar –dice con voz baja y llena de promesas.
–Así es –afirmo. Odio que mi voz suene baja y aguda, cargada de deseo.
Siento una fuerza de atracción hacia él, una distracción al saber dónde está y querer estar ahí con él.
Tengo que explorar eso, apagarlo o aceptarlo.
Por el momento, con el deseo del beso que no fue en la biblioteca aún encendido, creo que aceptarlo suena mejor.
De seguro él siente esto también.
Me indica que me siente y toma mi mano que no sostiene la fruta, con los dedos entrelazados con los míos.
–Pero hoy es un día de despedidas y no quiero apresurar nuestro duelo.
Vaya. Me reclino en la silla, libero mi mano y como otro bocado. Tal vez no sienta nada por mí.
–¿Tú y el sacerdote eran cercanos? –pregunto con la boca llena.
–El hermano Thad era… –Busca una palabra, pero parece no encontrarla y acaba por encogerse de hombros.
–De acuerdo. Entiendo por qué quieres tiempo para despedirte. Qué curioso, pensaba que para eso eran los tres días de preparativos y luto, pero tal vez en Insborough es diferente.
Tomo tres bocados de manzana seguidos y descarto los restos en la vasija de compostaje sobre la encimera.
–Creo que hacemos muchas cosas de forma diferente –responde, sea lo que sea que eso signifique–.
Pero también sabemos cuándo lastimamos a alguien.
Lamento el retraso. No puedo esperar a tener tu cuerpo sobre el mío otra vez.
Pienso en eso todo el tiempo, constantemente.
Nuestro primer encuentro fue apresurado, quiero que el próximo sea… suntuoso.
Sus palabras me afectan más de lo que me gustaría. Cuando lo dice de ese modo, endulzando la decepción como miel sobre queso brie, no puedo resentirlo un minuto más.
Asiento con la cabeza y una sonrisa se despliega en su hermoso rostro.
–¿Mañana? –sugiere.
–Mañana –accedo. Luego, como soy un tanto mezquina y no quiero ser la única que se pregunte dónde está parada, agrego–: No hay prisa.
Aunque él y la orden se irán pronto y yo me quedaré, siempre que pueda sacar la calavera de mi rostro y romper el vínculo con el fénix. Eso es lo que quiero, sin duda.
Él me mira e imagino que, debajo del fénix, levanta una ceja con escepticismo. Pero solo sonríe y se pone de pie.
–¿Lista para unas despedidas?
No hay una pizca de dolor en la voz de este hombre, pero todos tenemos nuestras formas de procesarlo.
Caminamos por la aldea hasta un campo abierto donde hay cuatro piras. Están un poco más lejos de lo habitual, supongo que es porque nuestro portador del dragón recién emparejado destruyó a dos capaluses e incendió algunos campos con su euforia excesiva.
Acorde a su personalidad y posición, mi padre va al frente. Consciente de lo que se espera de mí como emparejadora, lo sigo, aun cuando siento que mis pies están amarrados a postes en suelo invernal.
No quiero ver esto. No quiero estar aquí.
Justo cuando llego a mi posición junto a mi padre y Petra, el novicio que porta la calavera de dragón enciende las piras de Gilcriss, Duschwa y el capalus. Me pregunto si la calavera sentirá algo al quemar su propio cuerpo.
El calor es inmenso, pero apenas lo percibo, ya que hay algo que zumba bajo mi piel, algo inquieto y creciente. Fluyen sentimientos complejos desde el fénix hacia mí, pero no lo comprendo. Hay una tensión, como una cuerda demasiado estirada.
Debajo del zumbido siento algo pesado, casi como pena. ¿Dolor?
No sé bien qué sentimientos pertenecen a quién.
–Del valle –decimos los guardianes mientras observamos las piras arder. Hay un ligero aroma a salitre en la brisa, pero desaparece al instante, reemplazado por humo y ceniza. Y, antes de que terminemos de decir las palabras, los cuerpos han desaparecido–. Y para el valle.
El fénix palpita con alivio y alegría profunda. Al menos esto es correcto.
Pasamos a la siguiente pira, más alta que las demás.
Bartholomew. Mi mentor durante diecisiete años, uno bueno, supongo. No fue amable, paciente o agradable, pero se tomaba en serio su papel de tutor y fue riguroso. Mis fracasos fueron solo míos, él se aseguró de eso.
Ningún familiar se adelanta para despedirse. Bartholomew siempre dijo que los dragones eran su única familia. Sin embargo, uno de ellos lo asesinó y ahora está escondido en el bosque. Y el otro está a punto de ser usado para cremar su cuerpo.
Parte de mí espera que la calavera sufra, que los lazos que creamos con los seres más cercanos a nosotros continúen en el más allá.
Pienso en la fénix que uso y en el lazo con ella que no puedo romper. Pienso en Etana, que está parada a la distancia. En cuanto me emparejé con la fénix, ella dejó de seguirme por el valle, pero muchas de las criaturas están aquí, observando de cerca.
El viento agita un mechón de cabello, que se atora en el pico del fénix y me bloquea la vista de un ojo. Lo hago a un lado, detrás de la calavera, y el gesto pequeño me estabiliza por un instante.
Los ancianos no me pidieron que dijera unas palabras, por supuesto que no. No quieren que me pare frente a todos con una calavera en mi rostro que les recuerde mis fracasos. O las muertes.
Soy demasiado extraña. Mi existencia está mal.
Percibo las miradas sobre mí, pendientes de qué haré a continuación. O tal vez estén esperando a que tome consciencia de lo que ya todos saben: ya no pertenezco aquí.
Petra avanza, enciende una antorcha con las brasas de Gilcriss y se acerca a Bartholomew.
–Gracias por tu cuidado y tu guarda –dice al encender la pira. El fuego estalla hacia arriba con ese calor, esa fuerza, pero ahora se siente más personal. Es como si también quemara una parte de mí. Mi pasado. Mi futuro.
Observo las llamas, siento cómo las lenguas de fuego lamen mi remordimiento.
Apenas en un parpadeo, lo que quedaba de mi mentor se ha ido. Ahora servirá al valle en la muerte como lo hizo en vida.
¿Y yo? ¿Cómo serviré al valle ahora?
Dejamos el resto del día en manos de la Suma Sacerdotisa. Los funerales de la orden son mucho más elaborados que los nuestros, tienen canciones, plegarias, momentos para arrodillarse y levantarse y muchos muchos llamados y respuestas.
No estoy presente, estoy en el viento, meciéndome con los árboles, en el sol que se extiende con el día.
Hacia el final, quiero robar una antorcha y encender al sacerdote en llamas yo misma. Ya no soporto otro minuto de rituales, de cánticos y despedidas. Pero no tengo que hacerlo.
Por fin la Suma Sacerdotisa Sarai enciende la pira. Está hecho.
Terminada la ceremonia, todos se dispersan excepto yo, que permanezco congelada en mi propio autodesprecio mientras que las pilas de cenizas se disipan en el viento. Todo lo que quedaba de esas cinco vidas se ha ido.
Por mi culpa.