Capítulo catorce. Kian #3
En cambio, retrocedo unos cuantos pasos en silencio y luego avanzo pisando con algo de fuerza para que oigan mis pasos y no sospechen que soy el fisgón que en realidad soy. Doblo la esquina y finjo sorpresa al encontrarlas.
–Vaya, hola –digo, esperando dar con el tono justo de alegría.
Su sorpresa es genuina y se pisan una a la otra al hablar.
–¿Qué estás…?
–Ah, Kian…
–Deberías estar…
Adela le hace un gesto a Cecelia para que hable primero.
–No usas tu fénix –señala Cecelia.
–Es verdad. –Miro la calavera que cuelga de mi cinturón. La dejo donde está, y ella no insiste. Me vuelvo hacia Adela.
–Eh… hola.
–Hola –respondo, encantado con el color que se le extiende por el cuello, el mismo tono que tomó cuando se corrió conmigo en la despensa.
Me imagino volviendo todo su cuerpo de ese mismo rosado intenso por el placer.
La última vez que nos vimos, Cecelia nos dijo que teníamos que hacer más de eso, darnos placer el uno al otro.
Y quiero hacerlo. Vaya que quiero hacerlo.
Pero no puedo. Todavía no. Tengo que concentrarme en la razón principal por la que estoy en la orden para empezar.
Ellas no me invitan a unirme, pero nunca he necesitado una invitación para meterme donde no soy del todo bienvenido, así que acerco un taburete y casi que me siento entre las dos.
–Odio interrumpir, pero no podía dormir. Fui a la biblioteca y estaba cerrada por la noche.
–Puedo abrirte –dice Cecelia, al tiempo que se levanta y comienza a caminar hacia allí.
De cerca se la ve hecha polvo. Sobresalen mechones de pelo de su moño, tiene los ojos rojos y la ropa arrugada, como si no hubiera salido del gran salón en días. Probablemente así sea.
–No, no, vuelve a sentarte –respondo, con la sonrisa firme en su sitio. Ella lo hace casi al instante–. Me gustaría aprender más sobre las diferentes criaturas del valle y cómo son. No hacen falta libros cuando tengo a dos expertas que pueden contármelo.
Adela pone los ojos en blanco y no la culpo, me excedí un poco con la adulación. Pero el sentimiento es genuino, preferiría que ellas resuman lo que necesito saber sobre los lebrílopes antes que pasar horas sumido en los libros y tal vez no encontrar nada útil en ellos.
Cecelia me lanza una mirada que no llego a reconocer.
–¿Entonces ya no buscas formas de enviar a las calaveras a dormir? Porque la única forma que conozco de hacerlo es con fuego de dragón.
La investigadora del valle es demasiado lista para su propio bien.
O yo soy demasiado tonto. Por supuesto que notó qué libros y pergaminos seleccioné antes y dedujo lo que pretendía hacer.
Pero no parece sospechar de mí, solo algo intrigada.
Me resulta agradable pasar el tiempo con ella, hay algo en su curiosidad serena que me recuerda a mi madre, o eso creo.
Aunque es difícil de leer. Es correcta en exceso y amable, pero con una pizca de rabia en el fondo.
Tal vez porque arruiné el futuro de su amiga.
–Supongo que quieres ayudar a Adela a liberarse de la calavera. He estado investigando lo mismo.
–¿De verdad? –pregunta Adela y se inclina unos centímetros hacia mí. Hay una nota suave de esperanza en su voz, y algo dentro de mi pecho se tensa.
–Sí. Claro. –Tropiezo con las palabras–.
Eso quiero. Quería. –No sé cuál es la respuesta correcta y no estoy seguro de cómo manejar a estas mujeres.
Mis tácticas habituales, como ser seguro de mí mismo y encantador, no parecen funcionar muy bien con ninguna de las dos, y no tengo muchos otros talentos a los que echar mano–.
Si eso es lo que tú quieres, quiero ayudarte.
Ellas se miran entre sí, y me doy cuenta de que acabo de cometer un gran error al intentar ganarme su confianza.
De eso mismo estaban hablando hace un momento, de lo que Adela quiere.
Pero si sospechan que estaba escuchando a escondidas, no lo dicen.
En cambio, Adela vuelve a reclinarse en la silla como si se sintiera aliviada.
–Te contaré sobre las criaturas que quieras –dice Cecelia–. Con una condición simple.
Las alarmas se encienden en mi interior ya que las condiciones no suelen ser simples, pero las apago. No me pedirá que luche contra un dragón, podré manejar lo que tenga que decir.
–¿Cuál?
Mira a Adela con el mentón en alto y los brazos cruzados. Cree que a su amiga no le gustará lo que está a punto de decir.
–Cuídala si se va contigo –habla rápido, sin dejar lugar para que Adela hable por sí misma–. Y creo que lo hará.
No es que pueda hacerlo, ya que está muy ocupada mirándola boquiabierta.
–Si se ve amenazada o necesita ayuda para escapar, ayúdala. Tráela de vuelta a casa.
–¡Cecelia! –objeta Adela.
–De acuerdo –afirmo sin ninguna duda, aunque reprimo el instinto de protección y cuidado que despierta al pensar en ella. Quiero cuidar de Adela y la revelación me provoca escalofríos.
–Perfecto. –Cecelia asiente con la cabeza y se relaja en la silla–. Gracias. Ahora, ¿sobre qué criaturas te gustaría saber en particular?
–Todas –digo como si estuviera muy interesado en la magia y en el valle y quisiera empaparme en ello. Luego finjo pensarlo un momento–. Empecemos por los lebrílopes.