El beso del fénix Capítulo catorce. Kian #2
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Capítulo catorce. Kian #2

El chico gruñe una afirmación y empieza a avanzar cojeando cuesta abajo.

Tía Ujvala y yo lo seguimos medio paso por detrás.

Nos movemos más despacio, preocupados por chocar con arbustos o ramas que no podemos ver.

También debemos tener cuidado de no tropezar con el suelo, que es mucho más irregular de lo que recordaba de las otras dos veces que estuve aquí.

Pero llegamos desde otros ángulos entonces, y ahora encontramos montículos pequeños que nos hacen tropezar, aunque logramos seguir.

La cabaña está cada vez más cerca, y todos estamos ansiosos por llegar. Tía Ujvala empieza a moverse un poco más rápido. Ivo también, aunque su cojera se ha vuelto más evidente.

De repente, él vuelve a maldecir y medio salta, medio cae hacia un lado. Esta vez no llega al suelo, pero su respiración es irregular y su voz tiembla cuando habla.

–Puedo encender mi farol, ¿por favor?

Estoy a punto de decir que no cuando tía Ujvala también grita.

–¡Ay! ¿Qué demonios…?

Ivo no espera respuesta, saca su farol e intenta encender la mecha. No funciona.

Él grita otra vez.

De repente, yo también siento que algo afilado me pincha la pantorrilla, penetra la piel y corta el músculo. Se siente como un pequeño cuchillo. ¿Qué está pasando? ¿La cabaña de emparejamiento tiene alguna barrera extraña que ataca las piernas de los intrusos?

Oigo silbar el bastón de tía Ujvala en el aire y cómo impacta contra algo. Luego le sigue un chillido agudo y un alboroto.

–¡Necesitamos luz!

Si tan solo tuviera la magia de Ulric. Cierro los ojos, me concentro y pido que la mecha encienda con el siguiente intento de Ivo.

Lo hace, y todos jadeamos al unísono cuando el pequeño círculo de luz ilumina lo que nos ha estado atacando: entre las pequeñas colinas, alrededor de cincuenta lebrílopes corretean de un lado al otro delante de nosotros, con las narices hacia el suelo para apuntar sus astas hacia nosotros.

Algunos tienen gotas de sangre en las puntas afiladas.

En comparación con Ivo, cuya pierna sangra de múltiples heridas, tía Ujvala y yo tenemos cortes menores.

–No creo que hayan tropezado con una rama –señalo.

–Gracias por la brillante observación –responde tía Ujvala.

Ivo sacude el farol de un lado al otro como si fuera un arma para espantar a las criaturas. Y, la verdad, funciona. Parece que les molesta la luz, porque se alejan brincando cuando se acerca demasiado.

Avanzo hacia la cabaña de emparejamiento que ya está muy cerca, apenas a unos diez metros, pero en cuanto me alejo de la luz, los lebrílopes comienzan a rascar la tierra y afilar los dientes, como gatitos excitados al acecho de pájaros vulnerables.

–No les gusta la luz. Cuando lleguemos a la cabaña, atenderemos nuestras heridas.

Hay toda clase de hierbas y suministros.

Después podremos pensar cómo… –Dejo la frase incompleta, porque tía Ujvala ya se dio la vuelta y está caminando hacia el bosque.

Se detiene, y mis esperanzas florecen. Aceptará, no me dejará aquí para resolver esto solo–. Estamos muy cerca.

Pero Ivo se tambalea y la luz se mece con él.

Está pálido, tal vez por la pérdida de sangre o tal vez por la conmoción.

Como sea, veo el instante en el que tía Ujvala toma una decisión.

Se acerca a él, se mete debajo de su brazo y los dos comienzan a cojear lejos de la cabaña de emparejamiento. Lejos de mí.

Estoy congelado. Quiero seguir con mi plan desorganizado y también quiero ver que lleguen a salvo. Pero no puedo hacer que mis pies se muevan.

Mi tía e Ivo no tienen ese problema, ellos ascienden la pequeña colina. En cuanto la luz se aleja, los lebrílopes atacan, uno intenta morderme, así que lo alejo de una patada. Sin embargo, eso no disuade a los demás, que siguen intentado atacar.

Entonces, mi cuerpo decide por mí: corro hacia la luz.

Llegamos a una pendiente leve que no presentaría dificultades en circunstancias normales, pero Ivo está lánguido y tía Ujvala ya no es joven, así que me apresuro para asistirlo bajo el otro brazo. Está a punto de desmayarse.

En cuanto llegamos a la cima de la pendiente, los lebrílopes dejan de seguirnos y, aliviados, bajamos el ritmo y logramos llegar de vuelta al bosque.

El cielo se despejó y, más allá de las copas de los árboles, las estrellas están brillando.

A la distancia, escuchamos el llamado de un dragón, pero es suave, estamos a salvo.

Tía Ujvala se detiene en el límite del bosque.

–Lo siento –dice en voz baja.

–También yo.

–Deberías volver en caso de que tu emparejadora o amigos te echen de menos. –Apoya una mano cálida en mi mejilla–. Cuídate, cariño. Y ven a casa cuando puedas.

Asiento con la cabeza, pero no encuentro palabras, y ella desaparece con Ivo entre los árboles.

Estoy solo, pero no me rendiré. Llegaré a la cabaña, destruiré las calaveras.

Pero, primero, dormiré.

No duermo. En lugar de dirigirme al sector de las habitaciones de los novicios, giro hacia la biblioteca otra vez.

Si quiero llegar a la cabaña de emparejamiento tendré que pasar a través de los lebrílopes.

Y si quiero superar a esas malditas criaturitas territoriales necesitaré saber más que la magia que pueden infundir sus calaveras después de la muerte.

Es más fácil ahora que Cecelia debe estar durmiendo.

Por desgracia, la biblioteca está cerrada con cerrojo y no tengo herramientas para forzarlo, o al menos no con sutileza. Así que, con un suspiro, me dispongo a ir a la cama.

Sin embargo, cuando estoy atravesando el gran salón, oigo voces desde las cocinas.

Me acerco en silencio. Es muy tarde para los guardianes que limpian después de la cena y muy temprano para los panaderos.

Oculto en las sombras, me asomo por una esquina: allí están Adela y Cecelia, sentadas frente al fuego en una especie de nicho en la cocina, inmersas en una conversación que parece ser seria.

–¿Te irás con ellos? –escucho soplar a Cecelia de una sola vez, como si la pregunta fuera una sola palabra.

–Temo que sea inevitable –responde Adela. Está de espaldas a mí y habla en voz baja, así que es difícil de escuchar–. No puedo ser emparejadora con una calavera sobre mi rostro.

–¿Has vuelto a la cabaña? –Cecelia inclina la cabeza; su curiosidad es evidente aún a la distancia.

Yo también siento curiosidad, así que escucho con atención mientras me pregunto si habrá una forma de convencer a Adela de que me lleve con ella cuando vuelva a la cabaña de emparejamiento.

Pero me rio de mí mismo, ¿de qué serviría eso?

¿Voy a robar las calaveras frente a sus narices? Y aún no tengo forma de destruirlas.

Pero Adela no responde o no llego a escucharla.

–Hasta que no intentes comunicarte con las calaveras no sabrás de qué eres capaz.

Si aún puedes emparejar, creo que los ancianos insistirán en que te quedes.

Pero ¿estás segura de que tú no quieres irte?

–Cecelia se inclina hacia adelante, de modo que el fuego la ilumina y resalta las hebras rojizas de su cabello castaño oscuro y las líneas de preocupación en su ceño–.

Nunca quisiste ser la emparejadora, esta podría ser tu escapatoria.

Además, tu química con Kian es extraordinaria.

Sí que lo es.

–No dejaría el valle por un hombre con el que tuve sexo una vez.

Gracias a la Cazadora.

–Por supuesto que no, pero es una ventaja –agrega Cecelia–.

Siempre te intrigó Insborough. ¿No recuerdas cuánto te emocionabas cuando eras niña cada vez que llegaban mercancías de afuera?

Hasta que… –Deja de hablar, y desearía que siguiera.

¿Qué hizo que Adela cambiara y dejara de amar el mundo fuera del valle?

–. Creo que una parte de ti quiere ir, puedes desear una vida diferente a la que fue escogida para ti.

Apenas escucho cuando Adela responde “Tengo miedo”. Después levanta las piernas sobre la silla, deja caer los hombros y se hace lo más pequeña posible.

–No confío en esa parte de mí misma, en la que siente curiosidad por cómo sería la vida fuera del valle. Con…

Tengo que entrar e interrumpir, no debería espiar esta conversación que se percibe difícil para ambas. Y, para ser honesto, yo también estoy aterrado de lo que siga a ese “con”.

–Deberías confiar en ti misma. –Cecelia le toma la mano y presiona–. Sí, a veces eres irritable, distraída o cometes errores, pero ¿quién no? Eres esencialmente buena.

–¿Lo soy? A veces solo quiero romper cosas. –Luce incómoda al admitir que es humana.

Cecelia se ríe tan fuerte que se le escapa un ronquido. Adela levanta la cabeza y los hombros y le da un golpe juguetón.

–¿Y? –pregunta su amiga, sin aliento por la risa.

–¡Y eso me hace una persona horrible! –exclama Adela, pero ha ganado confianza con la diversión de su amiga. Hay una sonrisa en su tono.

–¡Claro que no! Te hace ser persona. Todos quieren romper cosas algunas veces. Tienes derecho a tener una vida que ames, incluso cuando no sea la que todos los demás dicen que deberías desear.

Ahora cambian a temas más mundanos: preocupaciones por la primavera tardía, un poco de chisme sobre una de las parejas de guardianes que espera a un nuevo bebé, y un intercambio sobre cómo está Beadda con todos los cambios repentinos.

Debería irme a la cama, dormir y olvidar la decepción, el sentimiento de abandono y el simple cansancio. Si no puedo averiguar más sobre los lebrílopes y cómo llegar a la cabaña esta noche, debería hundirme entre las mantas acogedoras de los guardianes y dar el día por terminado.