Capítulo trece. Adela
capítulo trece Adela
Me encanta lo luminosa que es la pequeña biblioteca junto al gran salón.
Las ventanas sobre las estanterías dejan entrar haces de luz brillantes y en los rincones más oscuros hay faroles para complementarlos.
El aire huele a naranjas y a alguna hierba que no logro identificar, y si hay una mota de polvo en el lugar, está muy bien escondida.
En el centro de la sala, en una mesa tan grande que apenas se puede rodear para acceder a los estantes, está sentada Cecelia.
A pesar de su pequeño tamaño, ocupa espacio, en especial aquí.
Tal vez sea porque parece estar en su elemento, rodeada de pergaminos a medio desenrollar, pilas de libros y casi la misma cantidad de papeles llenos de garabatos: sus propias notas caóticas.
Ahora mismo está hojeando un enorme manuscrito ilustrado de un lado a otro.
Debe de ser muy antiguo, porque los colores se arremolinan en la página, algo que antes podían hacer quienes portaban calaveras de lebrílopes, pero a lo que no se ha podido acceder en unos cien años o más.
Cuando Cecelia levanta la vista del enorme tomo frente a ella; sus grandes ojos café están desenfocados mientras piensa en lo que acaba de leer.
–Buenos días.
Con cuidado, uso una esquina la de bandeja de desayuno, cargada en exceso, para apartar platos y tazas sucios de una pequeña mesa lateral sin tirarlos.
Luego me dejo caer en una silla a su lado.
En parte estoy aquí para aprender cómo romper el vínculo entre la fénix y yo, pero también es porque extraño a mi mejor amiga.
–¿Cuándo fue la última vez que saliste de esta habitación?
Por fin dirige su atención hacia mí.
–También he estado en el salón mirando los tapices. –Sonríe, porque sabe que eso no cuenta–. ¿Qué se dice en el mundo exterior?
Charlamos como si todo fuera normal: como si ella no hubiera estado encerrada investigando durante dos días, y como si yo no tuviera una calavera de fénix adherida a mi rostro y posiblemente a mi alma de forma permanente.
Sin embargo, ella no toca nada de lo que he traído, aunque son todas sus cosas favoritas.
Después de unos minutos se levanta para buscar otro libro y yo levanto una jarra de chocolate caliente de la bandeja; si no va a comer nada, al menos debería tener algo dulce que la ayude a pasar la mañana.
–Una investigadora no puede sobrevivir solo a base de té.
Le lanza una mirada asesina a la tetera y a las múltiples tazas medio vacías dispersas por la mesa, como si su mera existencia la hubiera traicionado, y vuelve a sentarse.
Al hacerlo, golpea el suelo con impaciencia: quiere volver a sumergirse en su investigación y esconderse de sus propios sentimientos abrumadores, pero reprimirá el deseo un rato. Por mí.
Sirvo una taza para cada una del líquido espeso, casi como jarabe, y las dos sostenemos el chocolate humeante cerca de nuestro rostro para inhalar su aroma. Suspiramos al mismo tiempo, igual que hemos hecho desde que éramos niñas.
Justo cuando acabo de dar un gran sorbo de chocolate, Kian aparece en la sala y hace que me ahogue por la sorpresa. No lo hacía del tipo que pasa tiempo en una biblioteca.
–Vaya recibimiento. –Se acerca y se inclina hacia mí, entonces levanto la cabeza como si esperara un beso, pero él pasa el pulgar por encima de mi labio y lo aparta con una mancha de chocolate.
Contengo el aliento al inhalar, sorprendida de que la tensión en el aire no sea suficiente para curvar las esquinas de los papeles de Cecelia, pero entonces él se lame el chocolate del dedo y un escalofrío electrizado me recorre la espalda.
–Maldita sea.
Cecelia se aclara la garganta y arquea una ceja cuando la miro.
Por un momento olvidé a mi mejor amiga y al resto del mundo y ahora todo vuelve de golpe, acompañado de un calor violento que sin duda se manifiesta en rubor, así que sumerjo la nariz en el libro que tengo delante y finjo leerlo con atención, aunque mis ojos no logran enfocarse.
Aun así, mantengo la farsa, incluso paso páginas, hasta que Cecelia hace un chasquido suave de desaprobación y lo gira para dejarlo del lado correcto para mí.
En busca de cualquier cosa que desvíe su atención de mis reacciones extremas ante un simple toque en el labio, le pregunto si ha encontrado algo sobre el fénix.
–¡Sí!
Pasa apretujada junto a Kian y se apresura hacia una estantería específica al fondo de la pequeña biblioteca, de donde vuelve con un libro casi tan grande como su torso.
La cubierta es de un burdeos profundo, sin título, autor ni ilustración; la forma en que su mente logra llevar la cuenta de todos esos libros siempre me asombra.
Pasa las enormes páginas con rapidez y cuidado. Cuando encuentra el pasaje que busca, nos lo lee en voz alta:
–“Las aves de fuego de las leyendas son las más mágicas y místicas de las diecinueve criaturas míticas conocidas en la actualidad”.
–¿Diecinueve? –En el valle solo hay diez especies de criaturas en la actualidad. No tenía idea de que hubiera tantas variedades extintas–. ¿Cómo perdimos a tantas?
–No fuimos nosotros necesariamente –responde Cecelia–.
Algunas nunca migraron al valle. Y, como ocurre con todas las especies vivas, pasan cosas.
Algunas se perdieron por enfermedades, otras porque eran una amenaza o un manjar para otras criaturas.
Aunque los guardianes sí tuvieron parte de la culpa.
Nuestros antepasados exterminaron al menos a cinco especies por un cuidado deficiente.
–Suena presagioso –señala Kian.
–Fue algo terrible. –Cecelia toma otro libro de sus pilas y pasa las páginas.
Esta vez es un tomo pequeño y escrito a mano, más como un diario que un libro de referencia.
Señala una página cubierta de tantas florituras que apenas puedo leer lo que dice–.
Hubo un tiempo en el que la magia era tan fuerte y salvaje que comenzó a filtrarse más allá del valle y a afectar a las aldeas cercanas.
Fue entonces cuando comenzó una de las grandes migraciones de criaturas.
Todos temían qué pasaría con tantas de ellas en el valle, por grande que fuera.
Me enderezo en la silla y escucho con atención.
–Capturaron y encerraron a algunas de las recién llegadas, que eran parejas. Había guivernos, vargos, polillas espíritu, basiliscos, quimeras… –Levanta la vista hacia nosotros, hacia nuestras calaveras iguales–. Y fénix.
Los sentimientos de rabia y desesperación de la fénix me inundan con tal violencia que me pregunto si ella habrá sido una de las criaturas encerradas.
Nunca había escuchado nada de esto, de la influencia de las criaturas más allá del valle, de esfuerzos para contenerlas.
Es parte de nuestra historia como guardianes, pero no se nos enseña como el resto de nuestras tradiciones.
¿Es a propósito? Es probable. No es un buen momento para estar orgullosos de ello si resultó en la extinción de cinco especies.
–En un año, ninguna de las criaturas se reprodujo –continúa Cecelia–, y en tres, todas quedaron extintas.
–¿Tres años? –La pena por criaturas desconocidas de hace cientos de años me quiebra la voz. Tres años no es nada en la expectativa de vida de las criaturas.
–Sí. Excepto por los fénix –responde ella–. Aún no he encontrado qué sucedió con ellos.
Sigue compartiéndonos lo que lee, con pausas ocasionales cuando olvida que estamos en la habitación con ella.
Hasta que, en algún momento, cambia de libro y deja de compartir por completo.
Cuando se hace evidente que está tan absorta en su investigación que ha olvidado nuestra existencia, Kian y yo buscamos nuestros propios libros.
Él escoge Introducción a los ritos fúnebres de los benditos .
Es un libro pequeño, con una bonita cubierta de cuero negro suave, con una calavera de ave grabada en dorado.
Al ser un diseño estilizado, no estoy segura de qué ave se trata, pero sospecho que es un fénix.
Me sorprende que Cecelia no lo tenga acopiado en su pila como un dragón con los huesos de sus presas.
En pocos minutos, Kian está absorto en la lectura, pero yo estoy demasiado afectada como para concentrarme.
Está tan cerca que puedo olerlo cuando se mueve, percibo una combinación de citronela con su propio aroma que me hace desear hundir el rostro en su cuello para absorber su sabor delicioso.
Y no deja de lamerse el dedo para pasar la página.
Temo que hará que Cecelia o yo explotemos, ella de rabia si levanta la cabeza y lo ve transmitiendo saliva a su precioso libro, yo de deseo.
No puedo dejar de pensar en sus labios cuando lamió el chocolate que limpió de mis labios, en cómo se siente su lengua en mi cuello, mis labios, mi…
Me abanico con las páginas del libro para refrescarme.
Por la Diosa, sí que es ardiente.
Cecelia jadea, y por un momento creo que lo vio, pero luego rodea la mesa, se cuela entre los dos y señala una página en la que aves ilustradas se entrelazan en los márgenes. Son hermosas, anaranjadas, rojas y amarillas, como fuego.
Ella comienza a leer, con voz cada vez más aguda conforme crece su excitación.
–“Aunque sus poderes con frecuencia imitan a los de a quien están vinculados, son totalmente únicos. Como pareja armónica, deben existir juntos, como dos mitades de un todo. Uno no existe sin el otro”.
Kian y yo cruzamos miradas. Dos mitades de un todo.
Debe aplicar a las criaturas vivas.
–“En vida, son salvajes como la magia original en sí misma y no pueden ser contenidos ni encerrados. En la muerte, solo despiertan en conjunto”.
Mi mente es un caos. Pareja predestinada. Magia salvaje.
–Pero ¿cómo nos ayuda eso a saber qué podemos hacer? ¿Significa que debemos hacerlo juntos? –pregunta Kian–. ¿Cómo accedemos a la magia?
–¿O nos deshacemos de ella?
Cecelia no nos responde, ya que está perdida en su propia mente, ojeando el libro y varios pergaminos y papeles en los que ha estado escribiendo toda la tarde.
–En las historias, cuando un solo fénix muere regresa de las cenizas, ¿verdad?
–dice por fin–. Pero aquí son dos y su magia representa equilibrio, vida y muerte.
–Cierra el libro con un golpe que nos hace saltar a ambos–.
Mi teoría es que es una combinación de las historias y estos escritos.
Dos mitades de un todo, una es destrucción y la otra es renacimiento.
Sigue hablando, pero no puedo procesar lo que está diciendo porque me quedé estancada en lo que dijo antes.
Acaba de confirmar todo lo que temí durante los últimos días: que soy responsable de las muertes recientes, que mis impulsos han destruido vidas.
Tenía que ir y pegar la mejilla a la calavera de un fénix, los labios a los de un novicio y ponerlo todo de cabeza.
Si una mitad del fénix es destrucción y la otra es renacimiento, mi nuevo destino es claro y es lo que siempre he temido: soy la destrucción y no puedo escapar de ella.
Vuelvo al presente al escuchar a Cecelia decir:
–… y están involucrados románticamente. Los fénix.
Creo que la mejor manera de explorar la conexión mágica es explorar su conexión romántica.
O al menos los aspectos físicos, no estoy segura de que sus corazones tengan que estar involucrados.
–Una sonrisa traviesa se despliega en su rostro.
Está orgullosa de su astucia para unir todas las piezas y muy segura de que sus deducciones son correctas.
–¿Entonces crees que debemos tener sexo para desbloquear nuestra magia? –pregunta Kian. Nunca había escuchado a un hombre reírse tanto ni tan fuerte–. Hecho.
–Sí, eso creo –afirma Cecelia.
Quiero meterme entre las pilas de libros y no salir nunca. Y no es porque no quiera explorar mi conexión física con Kian, sí lo deseo, y mucho, sino porque ese deseo desesperado nunca ha resultado en nada bueno.
Sin decir más, Cecelia se levanta y se va. No creo que espere que nos demos a la tarea aquí mismo en la biblioteca.
Miro a Kian, lista para bromear, pero la forma en que me mira me deja sin palabras.
Sus ojos café se han oscurecido a extremos imposibles.
¿Es deseo? Se sienta sobre la mesa y hace libros y papeles a un lado para estar justo delante de mí.
Me muevo hacia atrás para darle lugar y sus rodillas rodean mi cuerpo, de modo que podría inclinarme apenas y besar su abdomen o su pecho.
Observo su cuerpo, sus piernas a cada lado de mí, otras partes de él que comienzan a mostrar interés en nuestra cercanía.
Frente a mí, Kian se saca la calavera de fénix y la apoya con cuidado sobre la mesa. Se mueve despacio, me da la impresión de que es para darme tiempo a escapar si eso quiero.
Y quiero hacerlo. Pero también quiero quedarme y ver qué sucede.
Él rodea mi cuello con una mano y empuja mi mentón con el pulgar hasta que levanto la vista.
Luego, sin desviar sus ojos de los míos, se acerca, tan cerca que nuestras respiraciones se fusionan.
Su aliento huele a menta y a té, y espero que el mío sea igual de agradable para él. Va a besarme. Quiero que me bese.
Ladeo la cabeza un ápice con anticipación, le doy lugar para que esquive el borde inferior del fénix.
Se está tomando su tiempo y la impaciencia me está matando.
Estoy tentada a empujarlo sobre la mesa y montarme sobre él como hice en la despensa, a mostrarle lo que quiero y lo ansiosa que estoy por tocarlo otra vez, por que él me toque otra vez.
Se ríe a sabiendas, como si pudiera ver cada uno de mis deseos escritos en los movimientos de mi cuerpo. Pero si lo hace, no me los concede. Sino que besa el pico del fénix.
–Ah, nos divertiremos mucho, belleza –dice y, con un guiño, se marcha.