El beso del fénix Capítulo doce. Kian #2
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Capítulo doce. Kian #2

Markus trabaja con le prudente Ziba, por lo que se aprecia, le más joven de los ancianos guardianes. Ambos se ciernen sobre Svena, y Ziba observa cómo Markus vuelve a envolver sus vendas. Me saludan con un leve asentimiento de cabeza, pero continúan con su trabajo.

Svena hace un débil gesto con la mano.

Aunque no ha sanado por completo, su costado se ve bastante mejor que justo después de que la atacaran, mucho más de lo que lo haría siguiendo un proceso de curación natural. Es evidente que Markus tiene una gran afinidad para la sanación.

–Te ves mejor, Svena –digo.

Su piel, normalmente de un tono bronceado claro, se ve cetrina, y tiene ojeras violáceas profundas debajo de los ojos. Su respiración se vuelve más profunda y me doy cuenta de que se ha quedado dormida. Espero que los esfuerzos de Markus pronto la ayuden a ser ella misma otra vez.

Cuando termina y ha guardado sus instrumentos, Markus se vuelve hacia mí con el rostro iluminado. Empiezo a desconfiar, ya que no somos enemigos mortales ni nada por el estilo, pero tampoco somos lo que yo llamaría amigos.

–Déjame ver tu espalda.

Ahora entiendo por qué tanto interés en mí. Se coloca a mis espaldas y hace un gesto para que Ziba lo siga. Elle lo hace.

Solo que no siento las heridas. Tiro de mi túnica y de la capa debajo y la tela se mueve con libertad. No está pegada a pus o sangre que haya supurado y se haya secado durante la noche, como ha pasado desde la flagelación.

Ziba ayuda a separar el cuello de la túnica de mi cuerpo con suavidad.

–¿Por qué necesitarías ver su espalda? –le pregunta a Markus.

Él hace un sonido de sorpresa y jala la tela hacia abajo tanto que la parte delantera me aprieta el cuello.

–Qué extraño.

Intento mirar por encima del hombro, pero no puedo girar lo suficiente, sobre todo con el fénix que bloquea parte de mi visión periférica.

–¿Alguien ya te ha curado? –pregunta Markus.

–¿Quién podría haberlo hecho? –señalo.

Sarai porta un unicornio y Roberta un pegaso, ninguna de las dos puede sanar ni un rasguño. Y tampoco lo harían, ya que una es responsable de las heridas y la otra cómplice de que existan.

–Tal vez el fénix otorgue capacidad de sanación –sugiere Ziba–. Sería un rasgo inesperado en una criatura llamada “ave de fuego”, pero, según mi experiencia, la diosa tiene su propio sentido del humor cuando se trata de estas cosas.

–¿De qué están hablando? –pregunto, un poco impaciente–. No están siendo groseros, pero sí bastante crípticos. ¿Pueden decirme qué están viendo de una vez?

Markus me da una palmada en la espalda y me estremezco por reflejo, no por dolor.

–Tu espalda está inmaculada. Excepto por las cicatrices, que coinciden con las antiguas.

Cicatrices que también me gané por el látigo de Sarai a lo largo de mis años como novicio.

–Qué curioso –respondo.

Ellos van a ayudar a algunos de los niños de los guardianes que fueron atacados por los capaluses, así que me despido.

Aunque mi espalda ha sido la primera indicación de cuáles podrían ser mis poderes, si la sanación forma parte de ellos es algo inconsciente, y espero que haya bastantes más.

Mi siguiente parada debería ser con Jasmyn, que está creando manuscritos ilustrados en la biblioteca.

O con Illia, a quien veo trabajando con Redonna en los límites de la aldea.

Están concentradas en la frontera que debería mantener a las criaturas fuera del pueblo, que es evidente que no está funcionando, dado que los capaluses entraron con bastante facilidad.

Sin embargo, el tiempo se agota, así que voy con Ulric a los campos.

Aquí es donde quiero que mi poder desate todo su potencial en realidad.

Lo encuentro con la jefa de los ancianos guardianes, Petra, quien lo observa con atención, y no la culpo.

Su poder fue un poco… excesivo cuando se enfrentó a los capaluses.

Al menos sabemos que es fuerte.

Cuando me uno a ellos con un asentimiento a modo de saludo, veo que su fuego es intermitente.

Con un movimiento de las manos, se forman chispas diminutas en la punta de algunas hierbas secas.

Mira a Petra como un gatito que presenta su primera presa y, como alguien que encuentra un ratón muerto en la almohada a la hora de dormir, ella no parece impresionada.

–¿Qué estás intentando hacer? –pregunto. Tal vez el objetivo sea empezar con algo pequeño.

Petra señala el gran campo que nos rodea, lleno de hierbas secas y restos de plantas.

–Queremos limpiar esto, prepararlo para plantar.

Ulric lo intenta de nuevo y obtiene resultados todavía más débiles, pero al menos aún hay una chispa. Un hilo de humo delgado. Él frunce el ceño.

–Y no está resultando, como puedes ver.

Intento imitarlo, agitando las manos. Pienso en fuego, en encender fuego. Solo una pequeña chispa.

No pasa nada.

–Siéntelo –lo anima Petra–. Ya lo has hecho antes. Puedes hacerlo otra vez.

Ulric se yergue, levanta los brazos y luego los deja caer con dramatismo, como si fuera el director del coro de la Hilandera, actuando para las masas en un día de fiesta. Algunas hierbas secas vuelven a encenderse.

–Lindo –admito con sinceridad. Él hace un pequeño baile de alegría, entonces pasa una brisa y las apaga. Levanto los brazos y los dejo caer. Nada–. Dime cómo se siente para ti cuando funciona –le digo.

–¿Conoces la sensación cuando aprietas una espinilla? –Lo miro fijo, pensando que está bromeando, pero claro que no. Es Ulric–. Es como eso. Hay una acumulación de presión y luego un pequeño estallido cuando la magia sale. Y si la acumulación es mayor, hay un estallido más grande.

Hace un gesto de explosión con la mano, y yo pienso en otra función corporal en la que hay acumulación de presión y luego una erupción. Y en cómo, a veces, el momento culminante es mejor cuando te contienes más tiempo.

–¿Has intentado contenerte y dejar que la presión se acumule? –No puedo evitarlo, tengo que molestarlo un poco. Sonrío con malicia–. Como retrasar el orgasmo.

Petra se ríe y a él se le escapa una risita aguda y nerviosa que pronto se apaga cuando vuelve a concentrarse en el campo.

Se enfoca, veo cómo un nuevo rubor le sube por la piel, le oscurece las orejas y el cuello.

Puedo sentir cómo su poder se acumula; los vellos de la nuca se me erizan y la piel me hormiguea.

Me pregunto si parte de esa presión es mi propia magia que empieza a responder, así que intento concentrarla justo cuando Ulric libera un torrente de magia con un gemido.

Las malas hierbas frente a nosotros se incineran, al igual que el campo que nos rodea.

Y luego el siguiente. Y el siguiente. El fuego se extiende demasiado rápido.

Si al menos viajara en dirección a la cabaña de emparejamiento, se encargaría de mi problema por mí.

–¡Es demasiado! –dice Petra cuando el fuego se acerca a la aldea–. Si alcanza las casas, quién sabe qué clase de destrucción causará o qué tan rápido. ¡Controla las llamas! Hazlas retroceder.

Él está congelado en una especie de trance, incapaz de procesarlo. Intento hacerlo yo mismo.

Imagino la presión acumulándose en mí e intento llamar al fuego.

No pasa nada.

No hay hormigueo ni movimiento. Tiene que hacerlo él.

Me acerco a su rostro, pongo mis manos a ambos lados de su cabeza y lo acerco a mí como si fuera a besarlo.

No sería fácil con las calaveras de criatura, pero besar no es mi intención.

Él siempre dijo que le gustaba mi voz, en especial cuando lo elogiaba, entonces me obligo a tranquilizarme y bajo el tono.

–Ulric –digo–. Eres brillante. Lo has hecho muy bien. Puedes hacerlo. –Sus ojos se fijan en los míos en lugar de perderse en la distancia. Están llenos de pánico, pero presentes. No es magia, solo conexión. Un humano con otro–. Ulric, llama al fuego de vuelta hacia ti.

Me inclino aún más cerca, hasta que puedo sentir su aliento mezclarse con el mío.

–Hazlo, ahora.

Ulric cierra los ojos y, con un estremecimiento, lo hace.

El fuego se apaga en los campos y la pequeña llama de esperanza dentro de mí también se extingue.

Si tengo control sobre el fuego, está enterrado muy profundo.

Pero sospecho que, sea cual sea mi magia, no es nada que me ayude a quemar huesos de criaturas.

Tendré que encontrar otro camino hacia la venganza. Y, hasta que lo encuentre, no puedo enfrentar a tía Ujvala, así que, en lugar de dirigirme al bosque, cruzo los campos quemados de regreso a la aldea.

Es hora de visitar a la amiga de Adela y ver si su investigación ha revelado algún secreto sobre el poder de los fénix.