El beso del fénix Capítulo doce. Kian
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Capítulo doce. Kian

capítulo doce Kian

Despierto con un trasero generoso, perfecto y cálido contra mí, con el brillo rosado del amanecer que se cuela por la única ventana en su habitación e ilumina su figura curvilínea totalmente desalineada. Por las tetas de la Hilandera, dormí toda la noche.

Quién sabe qué hará tía Ujvala después de otra noche acampando en el bosque del valle. Tal vez seguir el camino de vuelta a casa. Su filantropía con los planes de su sobrino preferido y más odioso tiene un límite.

Así que bajo de la cama y, después de sacudirme para que la sangre vuelva a mi cabeza y frotarme los ojos, me apresuro a estirar mi ropa y ponerme la calavera de fénix mientras bajo las escaleras lo más silencioso posible.

El día está frío pero hermoso, con nubes blancas esponjadas sobre los colores vibrantes del alba.

No vuelvo a mi habitación; una de las ventajas de las túnicas es que son siempre iguales, así que nadie sabría que dormí vestido, excepto por las arrugas, tal vez.

En cambio, me dirijo al bosque para buscar a mi familia, solo que, en la plaza del pueblo, me topo con la hermana Roberta.

Maldigo por lo bajo por haberme olvidado de que debíamos reunirnos junto a la fuente para la oración matutina y para comenzar a trabajar en acceder a la magia de nuestras criaturas.

–Qué raro en ti ser el primero en llegar, Kian –dice con sospecha.

–Ansío descubrir qué puede hacer esta cosa –respondo con un golpecito al pico del fénix. Aunque en verdad quiero encontrarme con tía Ujvala, no estoy mintiendo, estoy deseoso por aprender con qué magia podré contar para mi misión de perturbar el orden establecido.

–Todos lo estamos –responde con seriedad.

Cuando los demás llegan, nos formamos en semicírculo como nos lo indican y me preparo para otra ceremonia, canción o plegaria absurda, ya que no puedes convertirte en sacerdote sin llevar a cabo un ritual complejo y ridículo.

–Su destino era emparejarse con la calavera que los ha elegido, el poder que son capaces de ejercer es proporcional a cuánto la Cazadora los valora.

Sí, claro.

No soy de los que creen en el destino, mucho menos en las bendiciones.

¿Por qué a la Triple Diosa le importaría un comino si uso un simple lebrílope o un singular fénix extinto cuando hay personas en el mundo muriendo de hambre o enfermedades?

Estoy seguro de que tiene otras cosas en las que ocupar su tiempo y atención.

Pero si algo le importa, o si existe siquiera, espero que dedique su tiempo a quienes son explotados por las órdenes y que considere mi misión digna de su bendición. O al menos que no la frustre.

La hermana Roberta continúa.

–La mayor parte de su práctica y entrenamiento será en el templo, pero aquí –señala el suelo duro–, donde la magia se origina, será donde comenzaremos. Arrodíllense y apoyen la frente de sus calaveras en el suelo.

Resoplo mientras obedezco. A mi lado, Ulric sisea de dolor y se acomoda la túnica para que no presione las heridas de su espalda.

Giro los hombros al verlo: estoy algo rígido, pero no siento como si mi piel estuviera por desgarrarse por las costras como debería ser.

Justo ayer desperté con pus seco en las sábanas.

–Den gracias a la Gran Diosa, al valle y a las criaturas que la sirven a través de ustedes.

Es extraño escuchar a una sacerdotisa hablando de la Gran Diosa, ya que suelen centrarse en la diosa a la que sirven, en especial los que sirven a la Cazadora. Pero supongo que aquí en el valle, en este momento, el enfoque se amplía.

Con la cabeza contra el suelo frío y el aroma a hierba en descomposición en la nariz, me distraigo pensando en las visiones y sentimientos que el fénix me ha transmitido.

Pensé que el emparejamiento sería terrible, lo temía, pero por el momento me ha resultado bastante reconfortante.

Me ha dado una sensación extraña de camaradería que no sentía desde que decidí unirme a la orden y vivir con un pie en cada mundo, sin dejar que ninguno de los dos me conozca de verdad.

Entonces, susurro mi agradecimiento hacia la tierra debajo de mí y hacia la criatura cuya calavera llevo en mi rostro, sorprendido de mi propia sinceridad.

Tras un momento de contemplación silenciosa, la hermana Roberta lidera las plegarias típicas y luego nos indica a dónde ir y a quién buscar. A todos excepto a mí.

–¿Yo qué hago? –pregunto.

–Ah, Kian. Para ser honesta, no sé cómo ayudarte a acceder a tu magia. Creí que la Suma Sacerdotisa Sarai planeaba trabajar contigo en persona, pero tal vez ha cambiado de planes o está retrasada ahora que tenemos la complicación adicional de la emparejadora.

Presiona los labios y retuerce las manos mientras observa cómo los demás se dispersan en varias direcciones. Si erra en sus indicaciones, Sarai se molestará, y una lamebotas como la hermana Roberta no soportaría la idea de que su amada Suma Sacerdotisa esté de malas con ella.

–Supongo que tendrás que trabajar con los demás, experimentar, ver qué sucede. Puedes comenzar donde quieras.

Perfecto. Veré lo que hacen los demás e intentaré imitarlos.

Terminaré con Ulric, que está en el campo, más cerca del bosque, y luego me apresuraré a reunirme con mi familia.

No creo que el fénix tarde demasiado en revelar su poder; antes de que termine el día, sabré con certeza cuáles serán los siguientes pasos.

Decidido a comenzar por el grupo más desagradable, me dirijo a la capilla, donde los difuntos reciben los tres días de rezos requeridos.

Es una vieja y pequeña, construida con rocas y argamasa suelta, que, como muchos de los sitios de oración más pequeños, consta de seis lados con ventanas amplias emplomadas para dejar pasar la luz.

Dentro se encuentra un altar de mármol donde yacen los cuerpos.

Sobre las bancas de álamo gastadas descansan los guardianes, en sus prendas de lana colorida, continuando los ritos fúnebres para su anterior Emparejador y para Thad.

Supongo que deben asegurarse de completar los rituales en caso de que dos tercios del gytrash no puedan acceder a su magia mortuoria.

Molvi, Ylysia y Linden se ciernen sobre los cuerpos, mientras que uno de los guardianes ancianos, Niclas, les explica las diferencias entre la magia de los gytrash en vida y las habilidades a las que los portadores pueden acceder. Se detiene al verme entrar.

–¿Qué haces aquí? –pregunta Linden, con el pecho hinchado, al tiempo que se interpone entre sus compañeros y yo–. ¿Quieres robar mi lugar?

–La hermana Roberta me envió. –Levanto las manos como gesto de rendición fingida.

Mientras que Ylysia y Molvi son seres humanos aceptables en comparación con muchos miembros de la orden, jamás querría ocupar el lugar de Linden.

Ni siquiera estoy seguro de creer en el más allá, pero no deseo fingir que puedo guiar a las almas allí.

Niclas avanza con la ayuda de un bastón tan nudoso como sus manos manchadas por la edad.

–Bienvenido, novicio Kian. Únete a nosotros y veremos qué puede hacer ese fénix, ¿eh?

Al menos él lo entiende.

El estómago se me revuelve cuando doy un paso más cerca. El lugar está lleno de hierbas e incienso, pero no bastan para cubrir el olor a putrefacción y carne quemada.

–Ahora –indica Niclas–, quiero que cierren los ojos y accedan a su yo superior. Deberían ser capaces de percibir las almas de los muertos.

–¡Puedo sentirlas! –Molvi extiende una mano hacia adelante, suspendida sobre el borde de carne desgarrada donde debería estar el hombro derecho de Thad–. Es casi como un latido suave, pero… ¿al revés?

–Excelente –la anima Niclas; su barba blanca se agita mientras asiente con la cabeza. Luego se vuelve hacia Ylysia–. ¿Qué sientes?

Ylysia abre los ojos y parpadea frente al guardián, mientras que su atención se desvía hacia Linden..

Él nos fulmina con la mirada a todos.

–¡Esto es ridículo! Deberíamos hacer que esa emparejadora vuelva a la cabaña y termine lo que empezó. ¿De qué servimos así? –Hace un gesto hacia sus compañeros con calaveras de gytrash y luego hacia sí mismo, con el rostro descubierto.

Pongo los ojos en blanco ante su pequeño arrebato. Una parte mezquina de mí espera que Linden no reciba el emparejamiento que está tan seguro de merecer.

–A su debido tiempo, joven Linden –responde Niclas y vuelve a dirigir su atención a Ylysia–. Concéntrate en ti, novicia Ylysia, en las partes más profundas y ocultas de ti misma. Donde guardas tus esperanzas y temores secretos. ¿Qué te dice esa parte sobre las almas de los seres que tienes delante?

Ylysia cambia el peso de un pie a otro, como si quisiera salir corriendo. Sus ojos se llenan de lágrimas.

–¡Yo… yo no lo sé! No tengo partes secretas.

Y no quiero hacer esto sin Linden. –Ni siquiera mira los cuerpos frente a ella–.

Ni siquiera he realizado los ritos fúnebres normales.

Nadie que yo conozca ha muerto. ¿Por qué la Cazadora me maldeciría con un gytrash?

Debería haberme emparejado con un pegaso para que me encargara de cultivar flores o algo así.

–La Cazadora no elige sus parejas –la corrige Niclas–. Y ni las calaveras ni la Gran Diosa cometen errores.

–Cierra los ojos, Lys –dice Molvi un tanto seca. Nunca escuché al trío pelear y una parte retorcida en mí espera que lo hagan, pero, en cambio, ella toma la mano de su compañera y suaviza la voz–. No lo sabrás a menos que lo intentes, pero estoy segura de que podrás hacerlo. Eres buena en todo.

Las palabras de aliento suavizan el ceño fruncido de Ylysia. Cierro los ojos junto con ella e intento ver si yo también puedo sentir las almas de los hombres muertos, pero lo único que percibo es su hedor.

Argh. Basta de eso.

Agradecido de no tener ninguna afinidad con los muertos, me retiro de prisa hacia mi siguiente intento.

Encuentro a Markus en la habitación de Svena, que se ve igual que la mía, excepto que su manta es de tonos rosados, púrpuras y verdes.