El beso del fénix Capítulo once. Kian
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Capítulo once. Kian

capítulo once Kian

Cuando Adela me pide que la lleve a casa, no lo dudo.

Se ve muy frágil, desanimada, muy diferente a la mujer confiada y audaz que montaba un unicornio con alegría por el campo helado, la que tomó el placer que quería de mí y, al día siguiente, presidió la Ceremonia de Emparejamiento más exitosa en la historia reciente.

Llevo un hombro debajo de su brazo, la sostengo con fuerza para que se recargue en mí y atravieso la aldea en la dirección que ella señala.

En el camino, disfruto de su suave aroma floral y murmuro palabras tranquilizadoras en su cabello.

Mi calavera de fénix quiere cuidarla, protegerla y consolarla y, aunque yo no soy del tipo que cuida, descubro que quiero lo mismo.

Se siente una especie de zumbido en donde nuestros cuerpos se tocan, y no sé decir dónde termina mi atracción hacia ella y comienza la del fénix.

Desearía que me desagradara. Pero Adela es más feroz, vigorosa y seductora de lo que cualquiera debería ser y, a pesar de no tener tiempo para profundidad o constancia, parte de mí quiere estar cerca de ella. Para siempre.

Estoy seguro de que ese impulso es del fénix.

Me sacudo y busco en mi mente algo más en qué pensar, lo que sea. A la distancia se ven campos nevados a la espera del deshielo de primavera y, tras ellos, se encuentra el bosque en el que mi tía, Ivo y quienquiera que los haya acompañado esperan.

Cierto.

Tal vez en eso debería enfocarme, en la razón para estar en este valle en primer lugar. Tengo que encontrarme con mi tía, ya han pasado dos días y se debe estar impacientando, pero no he tenido oportunidad.

El fénix me envía imágenes de Adela y yo teniendo sexo en la despensa.

Bueno, tal vez haya tenido una o dos oportunidades y me dejé distraer, pero iré a ver a mi familia. Más tarde. Volveré al camino.

Mientras avanzamos sobre el hielo que cruje sobre la hierba, pienso en lo injusto que es que el valle tenga a todas las criaturas mágicas sin ninguna de las ventajas de la magia.

–En Insborough hay jardines en los que se cosechan frutas y vegetales durante todo el año, sin importar el clima. Hay limoneros y arándanos que crecen mientras la nieve se acumula sobre las cercas de los jardines.

–Ah. –Emite un solo sonido, pero está lleno de asombro y una pizca de tristeza–. Suena encantador. Ojalá pudiera verlo.

Por supuesto que no puede. Los guardianes deben permanecer dentro de su valle mágico en decadencia, al igual que los demás nos mantenemos fuera de él.

Ellos no conocen el camino para atravesar las barreras de protección, por lo que intentar salir resultaría en muerte por desmembramiento, la misma suerte que correrían los que intentaran entrar.

El fénix me transmite la certeza de que permanecerá junto a su compañera, y tal vez esté en lo cierto. Ahora que Adela usa una calavera de fénix tal vez su futuro sea diferente. Y lo que hicimos en la despensa podría repetirse una y otra y otra vez.

El fénix resplandece de alegría, pero reprimo la sensación de inmediato.

Ya sea que permanezca en el valle o se vaya, que siga en su papel de emparejadora o persiga otro futuro ahora que tiene la calavera de una criatura, no es mía para desearla.

Y tampoco aceptaría serlo si supiera quién soy en realidad, lo mucho que deseo destruir las calaveras del valle y arrebatarle la seguridad a su familia y amigos. Me odiaría si lo supiera.

En pocos minutos llegamos a su puerta. Aquí debería dejarla. Debería marcharme. Pienso en mi tía y en quien esté con ella en el bosque, esperándome.

Pero Adela se tambalea. No puedo irme.

–¿Quieres que te ayude a llegar a la cama? –ofrezco. Ella asiente con la cabeza, exhausta.

Una vez dentro, la ayudo a sacarse el abrigo, que cuelgo junto a la puerta, y luego hago que se apoye en mí para subir la escalera estrecha y empinada.

–¿Cama o baño? –pregunto, porque parece exhausta, pero también está sucia, cubierta de tierra, aceite y sangre. Ella duda–. Puedo ayudarte o darte tu espacio con cualquiera de las dos cosas.

–Ayuda. Baño –responde en voz baja y señala el corredor.

En medio de la estancia hay una tina de cobre grande, con agua corriente y suministros para calentarla. Adela descansa contra la pared mientras que yo hago espuma con el jabón bajo el chorro para un baño de burbujas. Cuando el agua termina de calentarse, la invito.

En un movimiento rápido, demasiado repentino como para darme tiempo a voltear y ofrecerle un poco de privacidad, se inclina y se saca la camisa.

El libertino en mí desearía que esté totalmente desnuda, pero aún está cubierta por una prenda interior.

Aunque no es que necesite ver su piel para maravillarme ante su belleza.

–Ayuda –dice con voz baja y penosa. Entonces dejo de mirar con lascivia los pechos de la pobre mujer agotada y descubro que la camisa se le ha atorado en la cabeza. O, para ser más preciso, en la calavera de la fénix.

Se me escapa una carcajada mezclada con tos por la sorpresa, luego me pongo en movimiento e intento desenganchar su nuevo pico y pasar la calavera además de su cabeza por el cuello de la camisa.

Es demasiado grande, así que después de un tiempo de intentarlo de un lado y del otro, acabo por desgarrar la prenda por la costura trasera para liberarla. Después la ayudo con lo demás.

Consigo ignorar el instinto básico que me impulsa a sumergirme en la exuberancia de su cuerpo y concentrarme en ayudarla a entrar en la tina.

Luego me arrodillo en el suelo tras ella y comienzo a desarmar sus trenzas con cuidado.

Debería darme prisa e ir al bosque, pero lo hago despacio y disfruto de la sensación de su cabello sedoso en los dedos.

–¿Tienes primos? –le pregunto, pensando en Ivo.

–No. Mis padres fueron hijos únicos. Siempre he querido una gran familia –confiesa con voz nostálgica.

–Yo tengo veintisiete primos por parte de mi madre.

–No creí que hubiera familias así de grades –dice sorprendida–. ¿Eran cercanos?

–Aún lo somos. –Busco un peine y lo paso por el cabello ondulado para desarmar cualquier nudo–. Viven en Insborough, así que puedo verlos con frecuencia.

Tal vez con más de la aconsejable, ya que me escabullo para llevarles información sobre dónde y cuándo estarán los líderes de la orden y sobre blancos para robar objetos valiosos.

Adela se sumerge un poco más en el agua.

–Te lavaré el cabello. –Tomo el jabón, hago espuma entre las manos y froto su cabeza, sobre todo alrededor de la calavera del fénix.

–¿Qué hacen juntos? –pregunta con voz somnolienta mientras le escurro el cabello por segunda vez. Lo hizo sonar como si me pidiera una historia para dormir, así que eso hago, en parte para distraerme de la intimidad de este momento. Y de lo mucho que la disfruto.

–Lo que más nos gusta hacer como familia es jugar.

El favorito es Engaña al tonto, ¿lo conoces?

–Ella niega con la cabeza–. Es un juego violento.

La mayoría de los jugadores están en el mismo equipo, con los ojos vendados y los demás tienen que meter una pelota en una portería.

Los de ojos vendados no pueden moverse de sus lugares, pero tienen palos con los que pueden golpear la pelota.

–Suena bastante simple. ¿Qué lo hace violento?

–Mi familia –río–. En especial cuando juegan los más pequeños, porque todavía no se dan idea de la fuerza que tienen, así que no se contienen a la hora de blandir sus palos, aunque sea más probable que golpeen piernas que a la pelota.

–Suena traicionero –responde en tono provocador.

–Tengo cicatrices por ese juego, es brutal.

–Me levanto, rodeo la tina y levanto mi túnica.

Me gusta cómo, a pesar del evidente cansancio, sus ojos observan mis piernas.

Frente a ellos, tenso los músculos y me inclino para señalar algunas cicatrices.

Ella inhala profundo, sin duda disfruta de mi exhibición y a mí me gusta la forma en que me mira.

Me gusta el claro efecto que tengo en ella, igual que ella en mí.

Incluso los hombros pecosos que asoman del agua jabonosa me encienden.

Pero me concentro en las cicatrices.

–Esta fue mi prima Ava. Esta, otra prima, Axa. Apenas tenía seis cuando me la hizo. Juro que sangró por semanas.

–Si lo hizo, necesitabas puntadas.

–¡Las tuve! –Su sonrisa es como una estrella fugaz, de un brillo encantador que me hace volver a ubicarme detrás de ella para no estar mirándola boquiabierto–. La pobre lloró durante una semana porque me lastimó –relato mientras le unto aceite en las puntas del cabello para prevenir quebraduras.

–Suena perfecto. –Suena adormilada, así que no hablo más, sino que tomo un paño para limpiarle el rostro, con cuidado sobre las heridas autoinfligidas.

Pienso en el cuidado con el que Ulric lavó las mías, que por cierto ya no duelen, pero lo borro de mi mente. No puedo pensar en él ahora, en cómo fui incapaz de corresponder su bondad cuando estuvimos juntos, en cómo tendré que usarlo para conseguir el fuego necesario para destruir las calaveras.

O tal vez no lo necesite para nada, si es que descubro como usar la magia del fénix a tiempo, si tiene al menos una pizca del poder que imagino que posee.

Con Adela limpia y como una pasa por tanto remojo, la ayudo a levantarse, secarse y la envuelvo en una toalla.

La intimidad del acto me hace sentir expuesto, en carne viva, pero ella necesita ayuda y yo no soy un monstruo.

Así que le cepillo el cabello otra vez y le hago una trenza simple para que no le moleste al dormir.

Luego me lleva hacia su habitación, que es diminuta, con una cama sencilla y estrecha.

A los pies hay un arcón cubierto con varias piezas de joyería de hueso bañado en oro y una mesa con una jarra, una jofaina y un espejo difuso.

En la esquina hay un armario tan viejo y desvencijado que apenas parece soportar el peso de Adela cuando se apoya contra él con los ojos cerrados, por dolor o cansancio.

–¿Por qué tu habitación es tan triste? –bromeo, aunque en lo único que puedo pensar es en la cama estrecha, en recostarme con ella y abrazarla. Pero bromear es más seguro–. Mi habitación de invitados es más grande y linda que esta, y pensé que era patética cuando la vi por primera vez.

–Llevamos vidas más simples que quienes están al servicio de la Cazadora. –Una sonrisa burlona asoma debajo de la calavera del fénix–. Y recibimos menos compañeros de cama que ustedes durante sus visitas.

Me gusta verla sonreír, porque eso borra al menos un poco del dolor en sus ojos. Me siento en la cama y reboto, la madera chirría, así que salto otra vez.

–¿Cómo recibes compañeros de cama con este chirrido?

–Me las arreglo.

–Sin dudas. –Mi voz suena más ronca de lo que esperaba, cargada de deseo. La miro de arriba abajo, es hermosa, amable, poderosa, ¿quién no querría su compañía?–. Con un poco de lubricación podrías deshacerte de los crujidos indeseados e incrementar los deseados.

Adela se sonroja como si pudiera leer mis deseos carnales. El rubor baja por su cuello y su pecho. La he avergonzado con mi interés, pero no voltea, lo considera. Pero luego sacude la cabeza.

–Lubricante –dice con voz juguetona pero distante–. Entendido. Lo pondré primero en mi lista de prioridades. Después de dormir.

Tras encogerme de hombros, despreocupado, la ayudo a ponerse ropa abrigada y froto un ungüento con aroma a cedrón en la piel sensible de su rostro alrededor del fénix. Ella se retrae e inhala entre dientes, y mi fénix me transmite una punzada de dolor.

Cuando Adela haya descansado y se sienta lista, tendremos que hablar de esto, de nuestra pareja de calaveras, de los sentimientos que nos transmiten, de la atracción hacia el otro.

Tenemos que hablar de lo que esto significa y, lo más importante, cómo deshacernos de ello.

No puedo darle un golpe mortal a una orden religiosa si siento una descarga de preocupación cada vez que Adela se golpea un dedo del pie.

Pero es una conversación para otro día.

Ahora, repta hasta la cabecera de la cama, se desploma sobre la almohada y se queda inmóvil.

Batallo para sacar las mantas de debajo de ella y la cubro hasta el mentón, como deseaba que mis padres hicieran por mí después de que murieron.

Ya estaba muy grande para que me arroparan, pero todavía anhelaba el consuelo de su arrobo.

–Gracias –murmura Adela.

Ojalá pudiera hacer más por ella. Odio que tenga que dormir con la carcasa dura de la calavera del fénix aferrada a su rostro. No debe ser cómodo. En este momento, el mío también pesa en el puente de mi nariz y la correa de cuero ha atrapado algunos cabellos y los jala cada vez que giro la cabeza.

–Quédate.

No hay tono de pregunta en esa palabra solitaria y simple y, aun así, tampoco es una orden.

Es una petición, y me descubro deseando cumplirla.

Tal vez porque el fénix está eufórico por estar cerca de su compañera, porque quiere tocarla, asegurarse de que ambos están aquí después de su sueño largo y silencioso.

Tal vez por mis propias razones, que no logro definir con precisión.

De cualquier manera, no puedo quedarme. Por supuesto que no puedo. Tengo que ir a deambular por el bosque infestado de dragones para encontrar a mi familia. Asegurarme de que todos estén a salvo. Idear un nuevo plan para destruir las calaveras que evite dañar a Ulric.

Pero ella saca una mano de debajo de las mantas y me sujeta. Sus ojos siguen cerrados, en ese limbo entre la vigilia y el sueño. Espero un momento antes de intentar soltarme, lo que provoca que ella gimotee.

Entonces, con algo entre resignación y júbilo, me quito la calavera con cuidado y la dejo sobre la mesa pequeña, apoyada contra la jarra y la jofaina.

Me recuesto a su lado, encima de las mantas, con medio trasero colgando de la cama estrecha, y me quedo inmóvil para no molestarla.

Planeo quedarme solo lo suficiente para verla cruzar el umbral del sueño y luego marcharme.

Su respiración se va volviendo profunda y regular. Pero antes de darme cuenta de lo que está pasando, la sigo hacia un dulce descanso.